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29 de enero de 2010

EL MAGO Y LA BRUJA

Se acababa el siglo y la vieja agonizaba. Acuclillados yacían sus súbditos rogándole a Dios por una vida eterna. Desde México una extraña maldición salía de los labios de un hombre “Sigue a la serpiente Bruja Maldita, sigue a la Kundalini que ella te llevará al infierno”. Dos ingleses desquiciados trataban de escalar el Iztaccihualt, nadie había llegado tan alto. La bruja se retorcía en su lecho mortuorio. La oscura Londres se llenaba de una niebla espesa, como si los demonios fueran esparciéndola para que nadie pudiera ver la barca donde se llevarían el cuerpo putrefacto de la reina Victoria.


Inglaterra había ensanchado sus fronteras convirtiendo el sueño de Elizabeth, de tener un imperio donde nunca se pusiera el sol en realidad. Pero a costa de eso había vuelto la edad media, ahí tenían no más el cuerpo de Wilde sucumbiendo a la hipocresía de una sociedad en una celda. En eso había consistido el pago del imperio a su genial escritor. Muchos se habían ido, sofocados por el abrazo imperial, entre los exiliados estaba el gran Aleister Crowley quien en la tarde de la agonía de la reina bajaba del monte más alto que tiene México. Decía que era un exiliado político pero no era así, quería recorrer el mundo llevado por sus ganas de escalador y por su ambición de mago en ciernes. Era el año 1900 y Crowley tenía apenas 25 años.

La noticia se expandió por el mundo. El nuevo siglo se había llevado a la anciana reina. Muchos desde lugares tan lejanos como México lloraron la muerte de la bruja como si fuera propia. Crowley tenía mucho que celebrar cuando llegaron a su campamento. Él y su acompañante habían roto varios records mundiales esa semana, por eso no entendió la expresión adusta con la que los recibió el dueño de casa. Con gran sorpresa vio el indio mexicano cómo ese loco inglés hacía volar el sombrero por los aires y daba saltos de alegría. En el fondo de su ser se atribuía la muerte de la reina. Desde el Iztaccihualt ordenó a Pan que se la llevara, nadie pudo ver cómo sus albaceas preparaban la nave, como uno de los súbditos de pan le arrancaba los ojos a la anciana bruja y la cagaba encima.. Londres tenía tanto dolor en esa tarde aciaga que nadie quería ver y nadie podía ver nada a través de la niebla espesa que se extendía por la ciudad como una nata.

Y es que no sólo para Crowley sino que para muchos artistas y pensadores la muerte de la reina significaba un gran alivio. El propio Aleister nos lo cuenta en sus memorias lo que significaba el estricto y casi eterno reinado de Victoria “No podíamos ver, no podíamos respirar” decía, y aunque reconocería que durante su reinado Inglaterra había ganado en prosperidad también era puntilloso a la hora de decir que “No obstante, de una u otra manera, el espíritu de su época había matado todos nuestros anhelos. Una mentalidad de tenderos, pagada de si misma, pulcra, superficial, servil, snob y sentimental, se propagaba por todas partes”. Indudablemente la reina Victoria le recordaba a Crowley otra autócrata: Su propia madre.

Con el fin de la época victoriana vendría el Crowlenianismo que duraría, según su propio fundador unos dos mil años. Lamentablemente para Aleister, el gran mago, la gran bestia, su época todavía no se ha podido instaurar. El crucificado sigue allí, indolente en su dolor, eternamente derrotado. Los dioses paganos siguen escondidos en Thelema, su gran santuario. Un buen día de estos la tierra gritará desgarrada y los grandes dioses huirán espantados instaurando el reino de Crowley que durará hasta el fin de los tiempos.