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12 de noviembre de 2009

DEJAR QUE LA SANGRE FLUYA



Una guerra atroz de sesenta años no nos ha impulsado a crear una literatura de horror. Un escenario ideal de decapitados, de bebés traspasados por el hierro de las bayonetas, de latifundistas que como vampiros desangraban a sus pobres campesinos. Sesenta años de un río interminable de sangre para que vengamos a dar una poetisa como Shakira o Ángela Botero. 
El problema es que el siglo XX no nos tocó. Estamos muy lejos de todo y los ecos que nos llegan del mundo no los escuchamos porque somos sordos. Que pueblo tan miedoso es el colombiano, todavía el espanto del hombre crucificado nos crispa la piel, le tememos al inconsciente, a los fantasmas que se apiñan dentro de nosotros.
Los pocos que pueden leer, con los escasos libros que tienen, van haciendo una torrecita de marfil y desde el piso más alto ven al resto de los mortales. Para ellos el horror es un entretenimiento de masas, mejor leer y escribir cosas sobre la ciudad, escribir como una mala traducción de Bukowsky e ir a los recitales de poesía de los amigos porque ahí se puede levantar un buen polvo.
 Hoffman llegó a la conclusión de que todo relato es fantástico. Todo lo que viene de adentro pertenece al reino de las tinieblas. Si le sumamos eso a los relatos que cuentan nuestros abuelos, nuestros tíos, nuestros hermanos, qué cuentos macabros podríamos hacer, ¿a qué estadios inquietantes del espíritu podríamos llegar?. Conozco a una generación de escritores que lo puede revertir, gente joven con un hacha en la mano dispuesta a cortar de raíz con la anquilosada herencia que nos han dejado generaciones pasadas. Hay que cortar esa cabeza y dejar que la sangre fluya.

14 de septiembre de 2009

EL EXTRAÑO CASO DE JEFFERSON: EL NIÑO CHAVISTA DE MEDELLIN


Por: Policarpo Salaba y Rieta

Nadie sabe por qué pero Jefferson resultó un día con la camiseta del Ché. Antes de que la lluvia de pasteles de arroz y mangos podridos cayeran sobre su integridad las moscas detuvieron su vuelo. Jefferson subió a su cuarto sin comer, los papás se encogían de hombros porque ni ellos saben por qué un domingo empezó a ver Aló presidente mientras comía sus amados pasteles de pollo. En el barrio Laureles todos eran colombianos de bien, hasta el mismo papá de Jefferson ofreció su casa en Circasia para que el presidente fuera a dar el consejo comunitario desde allí. Eran colombianos de bien como cualquiera de ustedes que se levantan un día festivo al mes para cumplir con la sagrada labor de acompañar a este gobierno de la usurpación chavista.

El caso de Jefferson empezó a preocuparles a los papás cuando vieron que repartía toda la comida con sus amigos, era clemente con la pintoresca sirvientela y tolerante con los negros. Pero lo que terminó por llenar la paciencia fue la extraña capacidad que adquirió de hablar incansablemente. Hablaba comiendo, dormido, miccionando y hablaba bobadas sobre su barriga inmensa como si ese fuera su único reino. Los papás, fervientes católicos, llamaron al cura para infringirle un exorcismo, pero Jefferson fue inclaudicable y no cesó su empeño hasta llegar al desmán de ponerse una camiseta del Ché. Desde acá encomendamos nuestro rezo al señor para que el impida que este temible fenómeno se repita así sea una sola vez más.