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2 de marzo de 2010

HASTA QUE ESTÉN PRESOS NO CELEBRO

Tenía ganas de emborracharme el viernes para celebrar que a partir del 7 de agosto de este año -si en su inmenso ego no le da por hacerse un autogolpe- Álvaro Uribe Vélez no será más el presidente de Colombia; pero al tomarme el primer trago empecé a darme cuenta de que no había mucho qué celebrar. Uribe se irá y, a menos de que ocurra un milagro y los 44 millones de colombianos recuperen súbitamente la razón, el próximo presidente será Juan Manuel Santos. Si hubiese tenido un accidente en los 90’s y para preservar mi cuerpo me hubieran congelado hasta que encontraran la cura para sacarme la inmovilidad y esa cura hubiese llegado hoy, y en un confortable spa estuviera recuperando la motricidad, y cuando ya pudiera leer sólo pidiera un periódico y viera que Juan Manuel es el favorito en las encuestas para ocupar el sillón presidencial, podría colegir que el periódico que estaría leyendo sería una de esas inocentadas que acostumbra sacar El Tiempo el 28 de diciembre. Y al darme cuenta de que la noticia fuese cierta lo más seguro es que volvería al congelador esperando una época más feliz para despertarme.


Antes del 2002 Santos era uno de los personajes mas odiados del país, él representaba lo peor de la oligarquía colombiana, sus párpados morados hacían pensar en que este político gustaba del travestismo en sus noches bogotanas, pero todo eso cambió cuando Uribe lo nombró Ministro de defensa y chupa medias oficial del régimen. No necesitó dar una declaración ni emitir una resolución genial, tan sólo le bastó ponerse una gorra y posar al lado de su presidente para ser la primera opción de Uribe y su partido. Así que dentro de poco desempolvará ese terrible manual de cómo entregarse a las grandes potencias que escribió junto a Tony Blair y que lo titularon la Tercera Vía, que no es más que un refrito de las ideas de Carl Popper, sólo que un poco más favorables a todos aquellos países que quieran explotar los recursos de otro país que no tenga recursos para hacerlo. En resumidas cuentas su gobierno terminará con lo que no alcanzó a terminar el actual mandatario: El país.

No hay nada que celebrar y, sin embargo, al empujarme el segundo trago empecé a dejar mi pesimismo y a pensar en qué pasaría si ganara algún férreo opositor del dictador y con la imagen que alcancé a ver me bastó para ser feliz: el grupo Gaula derrumbando la puerta de Andrés Felipe Arias y sacándolo a él en piyama en la mitad de la noche. Vi como lo esposaban y sin juicio previo lo metían a una celda nauseabunda y oscura, era como un Joseph K pero uno se alegraba de todas las desgracias que le estaban sucediendo, en la mitad de la noche cuando las ratas comiencen a devorar su cuerpo enclenque gritará con esa voz de hombre que nunca le conocimos por estar imitando a su patrón: “¡Sáquenme de acá!”. Pero de nada le servirá porque nosotros -sus carceleros- nos estaremos riendo de su dolor.

Vi cómo el nuevo gobierno hacía efectiva la orden de extradición que pesa sobre Uribe Vélez desde 1992, ya que los gringos consideraban al siniestro senado como el brazo político del Cartel de Medellín. Terminaría sus días en un cuarto un poco más limpio que el de Arias y con menos ratas.

Hasta que todo eso pase y la justicia no se acuerde de nuestro país no hay nada qué celebrar. Lo del viernes fue un inicio que tendrá que desembocar en el triunfo de una nueva fuerza que en realidad conozca los verdaderos problemas del país y los quiera erradicar, que esa sea su única función, que soporte la embestida de los medios que seguramente no cesarán de atacarlos y que dirán lo que no dicen ahora: “Un buen periodista tiene que estar en contra del poder”. Los que estamos por fuera seguramente volveremos y trataremos de reconstruir la dignidad, la decencia y la moral que este gobierno ha destruido.

12 de noviembre de 2009

DEJAR QUE LA SANGRE FLUYA



Una guerra atroz de sesenta años no nos ha impulsado a crear una literatura de horror. Un escenario ideal de decapitados, de bebés traspasados por el hierro de las bayonetas, de latifundistas que como vampiros desangraban a sus pobres campesinos. Sesenta años de un río interminable de sangre para que vengamos a dar una poetisa como Shakira o Ángela Botero. 
El problema es que el siglo XX no nos tocó. Estamos muy lejos de todo y los ecos que nos llegan del mundo no los escuchamos porque somos sordos. Que pueblo tan miedoso es el colombiano, todavía el espanto del hombre crucificado nos crispa la piel, le tememos al inconsciente, a los fantasmas que se apiñan dentro de nosotros.
Los pocos que pueden leer, con los escasos libros que tienen, van haciendo una torrecita de marfil y desde el piso más alto ven al resto de los mortales. Para ellos el horror es un entretenimiento de masas, mejor leer y escribir cosas sobre la ciudad, escribir como una mala traducción de Bukowsky e ir a los recitales de poesía de los amigos porque ahí se puede levantar un buen polvo.
 Hoffman llegó a la conclusión de que todo relato es fantástico. Todo lo que viene de adentro pertenece al reino de las tinieblas. Si le sumamos eso a los relatos que cuentan nuestros abuelos, nuestros tíos, nuestros hermanos, qué cuentos macabros podríamos hacer, ¿a qué estadios inquietantes del espíritu podríamos llegar?. Conozco a una generación de escritores que lo puede revertir, gente joven con un hacha en la mano dispuesta a cortar de raíz con la anquilosada herencia que nos han dejado generaciones pasadas. Hay que cortar esa cabeza y dejar que la sangre fluya.

3 de noviembre de 2009

¿SUEÑAN LOS COLOMBIANOS CON ARGENTINOS CIBERNÉTICOS?

Tuve la desgracia de crecer con gente que quería ser Argentina. El primero que conocí fue a mi tío Alfonso, insuflado por la victoria gaucha- en el oscuro mundial organizado por la dictadura- empezó a ponerse camisetas albicelestes y a decir, cada vez que se tomaba un par de cervezas, que ese era su país. Las mujeres soñaban con tener a un Tarantini o a un Gustavo Ceratti.

Tengo amigos argentinos que no me creen que en el resto de Latinoamérica hay idotas que creen que el Rock Argentino es la única música culta y de relevancia intelectual que existe en el continente. Conozco gente incluso que cree que El lado oscuro del corazón es una obra maestra y que Ernesto Sábato es un gran escritor. Se tiene que pertenecer a la periferia cultural del mundo para creerse esto.

Con la crisis del 2001 se abarataron los costos y los colombianos empezaron a llegar en ramilletes. Al principio venían a estudiar, entonces era común ver al clásico rolo “argentinófilo” hablar con el acento de ellos una vez pisaba Ezeiza. Al menos venían a estudiar, ahora empezaron a llegar los buscavidas, el clásico colombiano echado pa’lante que no le tiene miedo a nada.

-Che –me dicen los pibes-, tienen que andar muy mal allá para venirse a este mierdero.
Mi respuesta por supuesto es “sí, estamos muy mal allá”. Pero así este gobierno nefasto haya incrementado la necesidad de la gente de salir de su terruño, esto siempre ha sido así. Ahora se presenta la exquisita oportunidad de venir a un país que hace cinco décadas fue grande y que ahora se está cayendo a pedazos. Y como no nos piden visa, y como son blanquitos y los edificios parecen europeos, pues qué mejor oportunidad para venir a buscar fortuna acá. Pero el desengaño llegará pronto, los sueldos son patéticos, no hay trabajo y, sobre todo, no hay vallenato ni guaro. Eso sí, llegarán a Colombia de nuevo con su fabuloso acento argentino.

Hace poco vi en ESPN un especial que hicieron sobre cómo se veía el clásico Boca-River en un bar de Bogotá. Creía que era una colonia argentina que vivía en Bogotá y vibraba con este devaluado clásico que el periodismo argentino ha venido promocionando en el continente como ¡uno de los siete espectáculos que no puedes dejar de ver en tu vida! Vi a un grupo de gente tomando cerveza con camisetas de Boca y de River, dije: “bueno, debe ser la colonia porteña en Bogotá”. Pero no. Eran colombianos comiéndose las uñas por un equipo con el que no han convivido nunca. ¿Cómo se puede ser hincha de un equipo cuando no has entrado a su estadio, cuando no conoces el barrio de donde salió este equipo? Entiendo que se pueda ser simpatizante ¿pero hincha? Y sin embargo estaban allí ¡dando declaraciones! Diciendo que en el partido de vuelta en la Bombonera iban a comer Gashinas, y lo decían así, con acento argento y todo.

La argentinofilia es un mal que todo colombiano está propenso a padecer. Yo también la empiezo a vivir, cada vez bajo más y más canciones de Los redondos y cada vez defiendo con más ahínco las grotescas declaraciones de Maradona. Me consuelo pensando que eso es así porque Maradona y los Redondos son universales, pero en el fondo sé que es mentira que el virus ya está dentro de mí.

28 de octubre de 2009

LOS VIAJES DEL VIENTO EN BUENOS AIRES!

ÚLTIMA NOTICIA
Con alegría recibimos la noticia de que Ciro Guerra había hecho una segunda película, nos emocionamos al ver los reconocimientos que Los viajes del viento había recibido en Berlín y allí recibió una ovación rotunda por parte del público y de la crítica. Ahora nos enteramos que la película va a ser estrenada en Buenos Aires el próximo 19 de noviembre después de ser exhibida en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Ciro Guerra es un cineasta colombiano de 28 años. En el 2002 recibió un premio a mejor guión en construcción en el Festival de cine de San Sebastián, proyecto que se hizo realidad en el 2004 con su Becketiana ópera prima La sombra del caminante. Ahora el público argentino tendrá contacto con la obra de este estandarte del Nuevo Cine Colombiano.

Los malditos colombianos de bien


He venido notando con preocupación cómo el pueblo colombiano se va llenando de excusas para votar por el tirano. El principal argumento que esbozan es el de “No podemos dejar al país sumido en la anarquía ya que no hay un líder que continúe los logros que el presidente ha venido cosechando”. Ese temor -que viene desde las toldas del uribismo- ha venido cosechando un rotundo éxito. A mi me parece que no hay nada qué temer, porque cualquiera puede cosechar desempleos, fraudes, masacres, deserción en las universidades.

Hoy escuché en la noticias de Caracol que entre el año 2002 y el 2007 se perpetraron 500 masacres solamente en la Costa Atlántica colombiana. El escalofriante número no me causó tanta impresión como los comentarios que esta noticia suscitaba en la gente. La mayoría iba lanza en ristre contra Caracol acusándolos de guerrilleros porque hablaban mal de los paracos y por ende atacaban la integridad del presidente. Porque en mi país se ha vuelto una cualidad ser mafioso. Yo recuerdo en el año 2002 cuando Carlos Castaño publicó su libro, la opinión pública (La misma opinión pública que hace poco lloró los diez años de desaparición de Jaime Garzón) pidió que Carlos Castaño –jefe de las Autodefensas en ese entonces- fuera nuestro presidente. Unos cuantos meses después ocurrió algo peor: un ex senador pedido en extradición en 1992 por Estados Unidos, un exgobernador que creó milicias paramilitares en su departamento era elegido por una amplia mayoría como Presidente de Cocalombia.

Ocho años después los colombianos de bien -que son la mayoría- piden otra reelección, simple y llanamente porque “el colombiano de bien” es un vampiro sediento de sangre. Como es común en los diarios la mayoría de comentarios parecían escritos por chimpancés con síndrome de dawn, por ahí unos cuantos habían completado con éxito la primaria y entre esos leí el siguiente: “Si, que vivan los paras, berracos, gracias por salvarnos y hacer a los colombianos mas libres!”.

Muchos colombianos tienen las manos untadas de sangre. Y les gusta relamérselas, succionar la yugular, que de los hombres sólo quede el bagazo. No hay nada de qué sentirse orgulloso, como dice Jairo Melo, Colombia es prisión. Álvaro Uribe morirá en una mecedora en una de sus mesopotámicas fincas, rodeado de su familia y de sus eternos lameculos. Seguro la próstata se le inflamará y el castigo que tendrá será tener que orinar sangre pero sus exequias tendrán la pomposidad que sólo tienen los grandes hombres. Su imagen seguramente será divinizada, puesta en escapularios. En Colombia no se habla mal de los muertos. Nunca. Mientras llega ese maravilloso momento los colombianos de mal -que somos la minoría- tendremos que soportar su discurso de cura de pueblo y lo que es peor, soportar la alegría de los malditos colombianos de bien.

19 de octubre de 2009

COLOMBIA, PAÍS DE TARTUFOS

Tal como se sospechaba las voces de protesta contra Residente, el vocalista de Calle 13 no se hicieron esperar. El pueblo colombiano, fiel a su destino, fue una vez valiente e hizo respetar la libertad que lo obliga a aceptar 14 bases norteamericanas en su territorio.

Expresiones que van desde el “Indignante” hasta el típicamente racista y muy colombiano “A ese mico quien le dio velas en este entierro” llenaron los blogs y periódicos nacionales. Por supuesto, ya el alcalde de Manizales acaba de decir que no dejará que esta infiltración ideológico chavista y extranjera perturbe la paz de su ciudad. Desde mi faro puedo ver el humo que sale de la quema de CD’S y DVD’s que se tuestan en las esquinas de mi país. Esto no representará ninguna pérdida para el grupo porque en Colombia el 85 por ciento del material discográfico se compra en el San Andresito. En Colombia la piratería y la ilegalidad abundan.

Colombia es Pasión y también es Uribe. En esta nueva muestra de intolerancia noto que el pueblo ya se mimetizó con su gobernante. Todos hablan de la afrenta que sufrió el país como si fuera personal. Y nadie habla de los falsos positivos, de los hornos crematorios encontrados en la selva, de los 5 millones de desplazados, de los 38 mil muertos al año, del Agro Ingreso seguro, del desempleo, de los parapolíticos que ya están haciendo campaña para el congreso, de la recesión del juego macabro en que ha sometido este gobierno a los familiares de los secuestrados y de tantas otras cosas que los colombianos no quieren ver por estar pendientes de lo que hace Piedad Córdoba o Hugo Chávez, o ahora lo que hace un simple cantante.

Residente puede ponerse la camiseta que se le venga en gana, él no es más que una estrella del pop, como lo es Shakira o Juanes. La diferencia que tiene con ellos es que en vez de gustarle Luis Miguel a él le gusta Manu Chao y quiere ser como él. A mi me gustaría que se pareciera más a su paisano Héctor Lavoe pero él es un santo y con los santos no se juega. Para los colombianos Residente ya no es más un cantante puertorriqueño, ahora pertenece al bloque intelectual de las FARC.

Colombia no es Macondo, Colombia es el país que muestra Fernando Vallejo en su obra, por eso no pueden tener un presidente, necesitan un capataz, alguien que sea decente, que se eche la cruz antes de usar el machete.

Allá nos crían con el temor de Dios y de los padres. Para un colombiano lo más importante es quedar bien con el papá, ser el orgullo de la familia. Para nosotros la ciudad es algo nuevo y por eso es que el colombiano cuando sale del país empieza a decir que su terruño es el mejor vividero que hay, empieza a ver las calles sucias de cualquier ciudad, las mujeres son feas porque no tienen las tetas ni el culo de las colombianas, las ciudades son aburridas porque en las calles no se escucha vallenato ni corridos prohibidos, no hay nada con lo que pueda saciar su interminable sed de sangre.

Ahora Residente les acaba de dar otra excusa para odiar, para indignarse, para meterse el escapulario a la boca. Lástima que alguien de afuera cumpla el papel que tendría que cumplir alguien como Juanes o como Shakira, denunciar -así sea en unos premios de mierda- la barbarie que está ocurriendo en Colombia, tiene que ser “Un negro de porquería” el que venga a decirnos en una puta camiseta una verdad que en otro lugar daría vergüenza, pero que en mi país de vampiros alegra los corazones ya muertos.

14 de septiembre de 2009

EL EXTRAÑO CASO DE JEFFERSON: EL NIÑO CHAVISTA DE MEDELLIN


Por: Policarpo Salaba y Rieta

Nadie sabe por qué pero Jefferson resultó un día con la camiseta del Ché. Antes de que la lluvia de pasteles de arroz y mangos podridos cayeran sobre su integridad las moscas detuvieron su vuelo. Jefferson subió a su cuarto sin comer, los papás se encogían de hombros porque ni ellos saben por qué un domingo empezó a ver Aló presidente mientras comía sus amados pasteles de pollo. En el barrio Laureles todos eran colombianos de bien, hasta el mismo papá de Jefferson ofreció su casa en Circasia para que el presidente fuera a dar el consejo comunitario desde allí. Eran colombianos de bien como cualquiera de ustedes que se levantan un día festivo al mes para cumplir con la sagrada labor de acompañar a este gobierno de la usurpación chavista.

El caso de Jefferson empezó a preocuparles a los papás cuando vieron que repartía toda la comida con sus amigos, era clemente con la pintoresca sirvientela y tolerante con los negros. Pero lo que terminó por llenar la paciencia fue la extraña capacidad que adquirió de hablar incansablemente. Hablaba comiendo, dormido, miccionando y hablaba bobadas sobre su barriga inmensa como si ese fuera su único reino. Los papás, fervientes católicos, llamaron al cura para infringirle un exorcismo, pero Jefferson fue inclaudicable y no cesó su empeño hasta llegar al desmán de ponerse una camiseta del Ché. Desde acá encomendamos nuestro rezo al señor para que el impida que este temible fenómeno se repita así sea una sola vez más.