En 1769 Maria Tereza de Austria decidió convocar a su palacio a los sabios e inventores mas reputados de la corte. A la Emperatriz le preocupaba aburrirse en sus ratos libres así que necesitaba urgentemente un entretenimiento. Entre todos los inventos exhibidos le llamó la atención el que le ofreció el barón Wolfgang Von Kempelen. El invento consistía en un hombre de madera sentado al frente de un cajón donde se dejaba ver un reluciente tablero de ajedrez con una visible actitud de desafiar a cualquiera, a trenzarse en una feroz partida. Maria Tereza y sus ministros quedaron estupefactos al ver como el hombre de madera con suma autoridad, derrotaba en unos cuantos movimientos a todo aquel que osara retarlo. Esa tarde comenzó la leyenda.
El ajedrecista, uno de los autómatas mas celebres de todos los tiempos se enfrentó con los hombres más brillantes de su época. Desde el emperador José II pasando por Federico el Grande e incluso a Benjamin Franklin al que derrotó en París. Entre todas las partidas que realizó se destaca la que sostuvo con Napoleón al que derrotó con suma facilidad. En la Historia del ajedrez (1913) H.J.R Murray reconoce que “Napoleón era un jugador entusiasta pero no muy bueno era malo en la apertura e impaciente con el ataque, además de que tenía muy mal perder”. Los que presenciaron la partida afirma que el emperador hizo trampa repetidas veces y que se molestaba cada vez que el turco (Nombre con el que también se conocía la supuesta máquina ya que llevaba un turbante y una pluma en su cabeza) le corregía el movimiento haciéndole notar su error. El emperador terminó tan desesperado que optó por acabar la partida pegándole un puñetazo al tablero haciendo que las fichas se estrellaran contra el suelo.
Por supuesto que muchos dudaban de la veracidad del Turco. Era prácticamente imposible que en el Siglo XVIII una máquina pudiera pensar por si misma. Hombres de talento y de genio como Edgar Allan Poe escribieron sendos ensayos donde intentaban aclarar el misterio, las sombras en las que estaba envuelto el Turco.
Incluso su inventor, nunca afirmó que su criatura jugara al ajedrez por si mismo “ Se trata de un mecanismo sencillo, una bagatela cuyos efectos resultan tan maravillosos solo por la audacia de su concepción y por la afortunada elección en los métodos que se adoptaron para estimular la ilusión” Está claro que el truco existía y los mejores ajedrecistas de esa época habitaron el cuerpo del Turco. Todo consistía en un complejo sistema de espejos e imanes que acá no tendremos el espacio ni el tiempo ni la paciencia para explicarlo. Además optamos por creer que es mas importante el bluff que sostuvo Von Kempelen y sus otros dueños, un truco que prefiguró las maravillas que trajo la modernidad como ese ordenador que hace una década destrozó al mejor jugador de la historia y sin embargo esos computadores están lejos de poseer el aura de magia y misterio que poseía el Turco.
Después de derrotar a los mejores jugadores de Europa el hijo de Von Kempelen, pensando en que la curiosidad por la máquina mermaba vendió el invento de su padre a Johann Maelzel quien se dedicó a exhibir al autómata por toda Europa hasta que en 1825 sus deudas le obligaron a huir a Nueva York donde emprendió una improvisada y para nada fructífera gira americana. Acosado por los acreedores recién adquiridos en el nuevo continente Maelzel decide develar el secreto del Turco a varios periódicos a cambio de un puñado de dólares. Los días como atracción de feria del autómata estaban contados. Sin embargo por unos cuantos años más siguió viajando, incluso alcanzó a estar en Cuba donde Schlumberger, el ajedrecista que en ese momento estaba dentro de la máquina contrae fiebre amarilla y muere después de una breve y tormentosa agonía. Maelzel aquejado de una serie de dolores y de una debilidad constante decide embarcarse a Nueva York donde sería sorprendido por la muerte en la mitad de la travesía. Su cuerpo como si fuera un amasijo de carne putrefacta fue arrojado al mar junto a las costas de Charleston.
El Turco, ya huérfano, es comprado por un excéntrico y filantrópico millonario que tuvo la idea de donarlo al Peale’s Museum de Filadelfia donde logra descansar quince años hasta que un voraz incendio lo transformó en cenizas. Corría el año de 1854.
Durante un siglo el jugador de ajedrez fue objeto de admiración, burla, envidia e indignación. Tuvo una vida parecida a la que siglos después solo tendrían las estrellas del Rock. Sobre él escribieron las mejores plumas del siglo XIX e inspiró historias macabras como la que escribió Ambrose Pierce: El maestro de ajedrez de Moxon publicado en 1909.
De el Turco solo nos han quedado algunos dibujos y sobre todo la imagen difusa que deja su leyenda. Solo Vaucanson con su pato cagón estuvo tan cerca de crear vida. Tan cerca y tan lejos. Todo creador es un mentiroso, un inventor de bluff, un fraude. Sin embargo es una mentira que nos hace felíz.
12 de enero de 2011
11 de enero de 2011
RED SOCIAL DE DAVID FINCHER
Con mucho escepticismo me senté en la sala. No había leído mucho sobre la película porque por esos días había decidido alejarme de cualquier medio electrónico. En los últimos meses, cuando decidí alejarme de las personas para poder escribir me sumí en la más deprimente de las adicciones: Internet. Cuando trataba de sumirme en la escritura de un cuento o de un artículo inmediatamente me asaltaba la idea de revisar mi correo o ver quien estaba conectado. Desde que llegué a Colombia esa necesidad desapareció así que estoy solo en una sala y al frente un proyector chorrea una luz sobre una pantalla blanca. Lo que sabía de la película era su nombre, Red Social e imaginaba que era una comedia adolescente sobre los enredos que puede generar entre las parejas el Facebook. No había mucho para ver y lo poco que había ya lo había visto. Me llamaba la atención que la dirigiera un tipo con la trayectoria de David Fincher, autor de Seven, una de mis películas favoritas y del mejor video de la historia del Rock. Love Strong de Los Rolling Stones, cuando vi la Libertad que simboliza a Columbia recordé que había odiado la última película de ese director, la insoportable Benjamin Button pero aún así no me levanté del asiento, al contrario, a medida que la película iba avanzando me adhería más y más a la silla hasta olvidarme que afuera arreciaba uno de los peores aguaceros de los que esta ciudad tenga recuerdos. No era una comedia romántica ni nada parecido, era la reconstrucción de los hechos por los cuales Mark Zuckerberg un joven brillante de 20 años creó un imperio de 25 billones de dólares casi sin pensarlo.
La película empieza la noche en la cual su novia decide echarlo. Con la rabia atravesándole la garganta se refugia en su apartamento donde encuentra consuelo en lo que ama y obsesiona, la internet. Quiere quitarse ese dolor y para eso decide hacerlo grande, demostrarle que es un gran tipo, no puede traerle la luna, ni Jimmy Stewart lo pudo hacer y Donna Reed tuvo que conformarse con un dibujo de su amada atrapando con un lazo de seda la redondez de ese satélite, aunque bueno, después de que hace unas semanas Román Abramovic le regalara cuarenta hectáreas de la luna a su novia los románticos del mundo no tienen muchas excusas que dar.
Pero Zuckerberg no necesita bajar cuerpos celestes a la tierra, tiene una idea genial, crear una página que revolucionará las relaciones sociales, la vida privada será cosa del pasado y lo mejor podrás encontrar a ese amigo perdido que no ves desde tu infancia. Un par de gemelos geniales, estudiantes de Harvard tienen una idea, digamos que ellos fueron los que pusieron la primera piedra pero Mark lo perfeccionó así los gemelos insistan en que fue un robo, un plagio, nadie podría detener la genialidad galopante del joven Hacker.
Con un montaje excepcional, Fischer no se conforma con contarnos la clásica historia del millonario hecho a pulso sino que decide recrear un ambiente, una atmósfera inquietante, cerrada y asfixiante como puede ser Harvard, sus códigos de caballeros, sus reglas inflexibles, su estéril academicismo , su hipocresía y falsedad latentes. Harvard es un feróz ecosistema donde sobrevive el más apto, el más abyecto el que logra ocultar sus sentimientos y convertirse en una máquina “Nuestros alumnos-Dice el presidente de la institución- no buscan un trabajo, lo crean” En ese ambiente se han criado los cerebros mas brillantes de Estados Unidos pero también los más fríos, calculadores.
A pesar de lo que pueda decir su novia Mark Zuckerberg no es una máquina. Por su despecho crea una página que ha sido la piedra angular de los conflictos entre parejas de los últimos tiempos. Todos se cuidan de tomarse una foto indebida, todos entramos en mundos que creímos cerrados con tan solo un click. 40 millones de usuarios testimonian no una moda sino una nueva forma de vida creada desde el desordenado cuarto de un despechado y genial estudiante universitario.
La principal virtud de la película radica en que su director no cae en la tentación de someter a juicio a los personajes. El simplemente muestra y es el espectador el que decide quien puede tener la razón. Creo que a Mark Zackelberg los traicionan sus amigos, aunque bueno, está claro que el que está mas cerca de serlo sea prácticamente un desconocido, el genial creador de Napster Sean Parker (Maravillosamente interpretado por Justin Timberlake) quien es capaz de ver el potencial que esta página puede tener no solo a nivel económico sino a nivel cultural. Seguramente el proyecto de los gemelos se hubiese restringido a la comunidad universitaria de Harvard y no ser el suceso mundial que hoy representa Facebook.
Con Red Social David Ficher consigue su película más sólida desde los lejanos días de El club de la pelea. En un año cinematográficamente muy pobre Red social se postula como firme candidata a arrasar con los premios de la Academia. Este es un filme que no solo sirve para informarte sobre los vericuetos del Billonario mas joven del mundo sino que es buen cine, una virtud que cada día escasea más en nuestras salas.
La película empieza la noche en la cual su novia decide echarlo. Con la rabia atravesándole la garganta se refugia en su apartamento donde encuentra consuelo en lo que ama y obsesiona, la internet. Quiere quitarse ese dolor y para eso decide hacerlo grande, demostrarle que es un gran tipo, no puede traerle la luna, ni Jimmy Stewart lo pudo hacer y Donna Reed tuvo que conformarse con un dibujo de su amada atrapando con un lazo de seda la redondez de ese satélite, aunque bueno, después de que hace unas semanas Román Abramovic le regalara cuarenta hectáreas de la luna a su novia los románticos del mundo no tienen muchas excusas que dar.
Pero Zuckerberg no necesita bajar cuerpos celestes a la tierra, tiene una idea genial, crear una página que revolucionará las relaciones sociales, la vida privada será cosa del pasado y lo mejor podrás encontrar a ese amigo perdido que no ves desde tu infancia. Un par de gemelos geniales, estudiantes de Harvard tienen una idea, digamos que ellos fueron los que pusieron la primera piedra pero Mark lo perfeccionó así los gemelos insistan en que fue un robo, un plagio, nadie podría detener la genialidad galopante del joven Hacker.
Con un montaje excepcional, Fischer no se conforma con contarnos la clásica historia del millonario hecho a pulso sino que decide recrear un ambiente, una atmósfera inquietante, cerrada y asfixiante como puede ser Harvard, sus códigos de caballeros, sus reglas inflexibles, su estéril academicismo , su hipocresía y falsedad latentes. Harvard es un feróz ecosistema donde sobrevive el más apto, el más abyecto el que logra ocultar sus sentimientos y convertirse en una máquina “Nuestros alumnos-Dice el presidente de la institución- no buscan un trabajo, lo crean” En ese ambiente se han criado los cerebros mas brillantes de Estados Unidos pero también los más fríos, calculadores.
A pesar de lo que pueda decir su novia Mark Zuckerberg no es una máquina. Por su despecho crea una página que ha sido la piedra angular de los conflictos entre parejas de los últimos tiempos. Todos se cuidan de tomarse una foto indebida, todos entramos en mundos que creímos cerrados con tan solo un click. 40 millones de usuarios testimonian no una moda sino una nueva forma de vida creada desde el desordenado cuarto de un despechado y genial estudiante universitario.
La principal virtud de la película radica en que su director no cae en la tentación de someter a juicio a los personajes. El simplemente muestra y es el espectador el que decide quien puede tener la razón. Creo que a Mark Zackelberg los traicionan sus amigos, aunque bueno, está claro que el que está mas cerca de serlo sea prácticamente un desconocido, el genial creador de Napster Sean Parker (Maravillosamente interpretado por Justin Timberlake) quien es capaz de ver el potencial que esta página puede tener no solo a nivel económico sino a nivel cultural. Seguramente el proyecto de los gemelos se hubiese restringido a la comunidad universitaria de Harvard y no ser el suceso mundial que hoy representa Facebook.
Con Red Social David Ficher consigue su película más sólida desde los lejanos días de El club de la pelea. En un año cinematográficamente muy pobre Red social se postula como firme candidata a arrasar con los premios de la Academia. Este es un filme que no solo sirve para informarte sobre los vericuetos del Billonario mas joven del mundo sino que es buen cine, una virtud que cada día escasea más en nuestras salas.
5 de enero de 2011
LA TARDE EN QUE LA MUERTE DEJO DE SER ABSOLUTA
Cierro los ojos y me inserto en el cuerpo de una persona, los abro y estoy caminando en París sobre la calle de las capuchinas. Es una despejada tarde de invierno y la ciudad vivía la resaca de la navidad. El siglo se acaba y no se sabe si reir o llorar al ver como el hombre era capaz de acelerar el tiempo, torcer el destino, ganarle el pulso a Dios con el poder de sus inventos. Ahora, precisamente, a unos cuantos metros en el Salón Indien del Gran café los hermanos Lumiere darán a conocer su nueva empresa, una máquina que es capáz de captar, retener y proyectar el movimiento. Ahora el tiempo podía caber en una lata. Miles de años después se haría realidad el sueño que tuvo ese cavernícola al tratar de proyectar el movimiento de un bufalo en la escabrosa roca de una cueva en Altamira. A pesar de la relevancia del evento la sala está semivacía y solo un periódico a decidido mandar un reportero. Esa mañana de navidad París era una sola migraña.
Subitamente se apagan las luces, el hombre que no soy yo torpemente se abre camina entre las butacas y por pisar los encallecidos pies de una gorda se gana un paraguazo. Sin embargo logra ubicarse en un buen sitio a pesar de la rechifla generalizada. Sobre una pared blanca una luz comienza a desparramar imágenes, como manchas de humedad crecen sobre la pared las imágenes de unos obreros saliendo de una fábrica, una mujer sumergida en sus pensamientos viendo como el mar se la quiere tragar, un niño riega unas plantas e incluso nos tuvimos que echar al suelo al ver como una locomotora se nos venía encima. Cuando se prendieron las luces la gente estaba pálida y apenas podía coordinar unos débiles aplausos.
Al salir me sorprendió constatar que aún era de día, caminé por la ciudad gambeteando el viento que empezaba a aparecer cortando el gabán como un cuchillo. Dormí con tranquilidad soñando los sueños de otro, me levanté y busqué en los cinco periódicos que circulaban en París alguna noticia del milagro que había presenciado . En solo uno encontré una nota pequeña pero hecha con delicadeza, una nota que abría la historia de la crítica cinematográfica y que terminaba de esta manera “ Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta; los personajes que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros vivos y activos después de su fallecimiento”.
Ese 25 de diciembre de 1895 los impresionistas vivieron el último estertor de su alegría porque en el suave contonera de una señora encorsetada, en el ondear de el gorro enmohecido de un obrero, en el abanicarse de una joven, en el humo que vomita la locomotora, significaron el fracaso absoluto de la búsqueda de Monet, Van Gogh o Renoir, no podían revertir la situación mientras ellos solo contaban con una paleta llena de colores los Lumiere atacaban con su metralleta que disparaba 16 fotos por segundo.
Como evangelistas salieron por el mundo los camarografos de Lumiere llevando el legado, la muerte se podía vencer, los recuerdos conservar, la belleza eterna. Se filmaron mares, paisajes exóticos que el ciudadano común y corriente nunca pensó llegar a ver.
Sin embargo al cabo de tres años los hermanos comenzaron a tener perdidas, la gente se cansaba de ver las mismas tomavistas sin que ninguna acción pasara en ellas. Espentados por el declive le vendieron su invento a un mago francés un tipo que dirigía el Teatro Houdini de París y que se llamaba George Melies el hombre que transformó un adelanto tecnológico en la más eficaz de las varitas mágicas.
Subitamente se apagan las luces, el hombre que no soy yo torpemente se abre camina entre las butacas y por pisar los encallecidos pies de una gorda se gana un paraguazo. Sin embargo logra ubicarse en un buen sitio a pesar de la rechifla generalizada. Sobre una pared blanca una luz comienza a desparramar imágenes, como manchas de humedad crecen sobre la pared las imágenes de unos obreros saliendo de una fábrica, una mujer sumergida en sus pensamientos viendo como el mar se la quiere tragar, un niño riega unas plantas e incluso nos tuvimos que echar al suelo al ver como una locomotora se nos venía encima. Cuando se prendieron las luces la gente estaba pálida y apenas podía coordinar unos débiles aplausos.
Al salir me sorprendió constatar que aún era de día, caminé por la ciudad gambeteando el viento que empezaba a aparecer cortando el gabán como un cuchillo. Dormí con tranquilidad soñando los sueños de otro, me levanté y busqué en los cinco periódicos que circulaban en París alguna noticia del milagro que había presenciado . En solo uno encontré una nota pequeña pero hecha con delicadeza, una nota que abría la historia de la crítica cinematográfica y que terminaba de esta manera “ Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta; los personajes que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros vivos y activos después de su fallecimiento”.
Ese 25 de diciembre de 1895 los impresionistas vivieron el último estertor de su alegría porque en el suave contonera de una señora encorsetada, en el ondear de el gorro enmohecido de un obrero, en el abanicarse de una joven, en el humo que vomita la locomotora, significaron el fracaso absoluto de la búsqueda de Monet, Van Gogh o Renoir, no podían revertir la situación mientras ellos solo contaban con una paleta llena de colores los Lumiere atacaban con su metralleta que disparaba 16 fotos por segundo.
Como evangelistas salieron por el mundo los camarografos de Lumiere llevando el legado, la muerte se podía vencer, los recuerdos conservar, la belleza eterna. Se filmaron mares, paisajes exóticos que el ciudadano común y corriente nunca pensó llegar a ver.
Sin embargo al cabo de tres años los hermanos comenzaron a tener perdidas, la gente se cansaba de ver las mismas tomavistas sin que ninguna acción pasara en ellas. Espentados por el declive le vendieron su invento a un mago francés un tipo que dirigía el Teatro Houdini de París y que se llamaba George Melies el hombre que transformó un adelanto tecnológico en la más eficaz de las varitas mágicas.
6 de diciembre de 2010
LA MUERTE DE UN SIERVO
El hecho de haberme vestido temprano no impidió que llegara tarde a la presentación de Stephanek. La gente se convertía en un sólo hombre gordo y sudoroso. Detestaba ese tipo de aglomeraciones y me maldije entre dientes por haberme quedado esperando una carroza cuando lo más seguro para llegar al teatro es el tranvía pero detesto las multitudes. Como un acto reflejo siempre que llego tarde me llevo la mano al bolsillo en busca de un billete que se puede convertir en llave siempre y cuando de con el portero indicado. Desde que el nuevo presidente está en el poder, los fraudes y sobornos escasean pero esta noche podría estar con suerte. Con el billete de cien en la mano me fui internando en la multitud. El portero era un hombre joven y de contextura gruesa, apenas me vio me dejó entrar: “lo he visto en los periódicos señor, no tiene porque molestarse” y yo alcancé a sonrojarme y disimuladamente guardé el billete en mi bolsillo.
Ya no había nadie en la sala de espera. Al fondo sólo se veía la cortina roja. Stephanek estaba detrás de ella. ¿Cómo describir la emoción de estar allí? Sabía de Stephanek por sus discos y las noticias que llegaban sueltas en el periódico local. Cuando leí que él venía a la ciudad simplemente no lo pude creer. Stephanek, el más grande de los baladistas estaría acá en la árida tierra de los cujíes. Esto era otro logro del gobierno revolucionario, ponernos en un ámbito universal cuando nosotros siempre fuimos provincia. No puedo decir que caminé hasta la cortina, la apreciación más cercana sería que me elevé por los aires y que flotando entraría en la sala repleta de gente. No se escuchaba sino un estribillo de opereta, apenas estaban en los preliminares. Ya me disponía a cruzar la cortina cuando un tipo salió de ella.
–Pero qué sorpresa encontrármelo a usted tan tarde por el pasillo- dijo el hombre.
–Perdón, ¿lo conozco?
–Talvez no, pero yo a usted sí. Cómo no conocer al agregado cultural del gobierno revolucionario, permítame presentarme: soy Joaquín Rosales, profundo admirador de Stephanek al igual que usted.
–¿Y cómo sabe que yo admiro a Stephanek?
–Ay hombre admiro su sencillez, casi todo el mundillo intelectual de este país goza con el articulo que usted publicó en el periódico, creo que se llamaba “Qué tiene que ver la vista con la vida de un baladista”.
–Oh, ya lo había olvidado; son tantos los artículos que he publicado, bueno, de verdad me alegro que le haya gustado, ahora si me permite, debo entrar, no quiero perderme un solo momento del espectáculo
–Descuide, al parecer ha surgido un problema técnico. No creo que empiece antes de las diez.
–Bueno, de todas maneras quiero entrar, de pronto pueda agarrar algún puesto bien ubicado.
–Pues amigo, usted está hoy con suerte, tengo mis excentricidades como la mayoría de los intelectuales y siempre que voy a este tipo de espectáculos compro tres asientos, para evitarme los comentarios estúpidos de cualquier espectador ignorante así que si me permite ofrecerle uno…
–Hombre no tiene por qué molestarse, estoy seguro de conseguir uno adentro.
–No es ninguna molestia además no tiene ni la más mínima posibilidad de conseguir asiento adentro, mire ¿por qué más bien no me acompaña a fumar un cigarrillo, hablamos un rato y después entramos a escuchar al baladista ¿le parece?
Consulté el reloj y faltaban veinte minutos para las diez. No estaba mal fumarme un cigarrillo, ser un personaje público tiene ese tipo de ventajas, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte.
–Lo único malo señor Rosales es que en esta sala está prohibido fumar.
–Ah si, yo iba a ir al baño a fumarlo, así que si quiere acompañarme.
Asentí, el hombre debía medir más de lo normal, además sus hombros eran descomunales, podía decir perfectamente que era un canciller de otro país invitado por el gobierno revolucionario y yo lo hubiese creído perfectamente. Pero no era así, seguramente era del País del viento.
–Es difícil encontrar un baño más limpio en esta ciudad– dijo el hombre mientras sacaba su pitillera–, de verdad se puede decir que huele hasta rosas.
–Uno de los preceptos revolucionarios es mantener limpio hasta lo que debe estar sucio. Gracias– Dije al aceptar el cigarrillo.
–Sabe que si se supliera a cabalidad esa asepsia, este país estaría peor de lo que está, déjeme prendérselo, listo… mire hermano, esos ambientes tan fríos que deja la limpieza a mí la verdad me generan suprema desconfianza.
–Yo creo que todo esta limpio, todo, sobre todo las conciencias, antes en este país todo el mundo las tenía sucias, eso cambió cuando llegó el presidente… qué raro, estos cigarrillos tienen filtro.
–No, no es raro, es que estos cigarrillos son americanos.
– ¡Americanos! Eso es un crimen, ¿Dónde los consiguió?
– Ya sabe, contactos aquí, contactos allá, yo no puedo quedarme quieto, además me parece una exageración que darse un gusto tan básico como fumar bien sea considerado un crimen.
–Si el contrabando no es un crimen entonces ¿qué lo es?
–El mal gusto señor, el mal gusto de fumar ese tabaco nacional que huele a pecueca, ese sí que es un crimen inadmisible, dicen que da hasta caries.
–Señor, usted no se da cuenta que esos comentarios podrían llevarlo al exilio, yo formo parte del gobierno revolucionario y podría sacarlo del país solamente con decir que usted tiene en su saco un paquete de cigarrillos ame, ame… ame…
– ¡Americanos! Ay señor, agregado cultural, créame que he leído detalladamente sus escritos y puedo constatar que usted en el fondo es un liberal, por eso no le oculto que tengo un paquete de cigarrillos en el bolsillo, además usted no ha botado su cigarro todavía.
Rosales tenía razón, yo tenía el cigarro entre los dedos. No lo disfrutaba, lo juro, lo tenía todavía conmigo por la conmoción que sentía al ver a alguien que no pudiera ver que la gloria no estaba en un paquete de cigarros nacionales sino en la integridad de un país. Boté el cigarrillo inmediatamente.
–Eventualmente usted es de la oposición– le dije a Rosales un poco más tranquilo.
–Como organismo pensante que se respete claro que lo soy.
–Y usted tampoco se llama Joaquín Rosales
– ¡Hombre, claro que no! Mi nombre puede ser cualquiera.
–La oposición nunca nos trajo cosas buenas, mientras ustedes estuvieron en el poder hubo desempleo y analfabetismo. La corrupción acabó con este país.
–No pertenezco a esa clase de oposición. Cuando estuvieron los del partido azul también estuve preso. Soy un inconforme universal.
– ¿Cómo se puede ser tan ruin? ¿Sabe una cosa? Agradézcale a este gobierno el hecho de haber traído a Stephanek, el mejor baladista de todos los tiempos. Por mí que usted se pudra en el infierno, hoy he venido a ver a Stephanek y no a hablar con un desadaptado, así que si me disculpa…
Iba a agarrar la perilla de la puerta cuando el hombre me tomó del brazo “está bien”, me dijo acercándome el rostro que se volvía pálido a medida que iba votando palabras: “está bien, lo admiro, tiene la suficiente vergüenza como para tratar de sobornar al portero, ¿cree que no vi como se metía la maño al bolsillo y sacaba ese inmaculadito billete de cien? Todo por la cultura, señor agregado cultural, todo por la cultura”. Traté de zafarme pero su mano se convirtió en hierro. “Y después la sangre se le subió a la cara de la vergüenza que le dio, pero el crimen ya estaba hecho, eso es lo que le enseña el presidente a sus secuaces, eso es”.
–Suélteme, está usted loco –Le grité en la cara soltándome bruscamente de su mano–. ¿Quiere que llame a la policía? Tengo suficientes pruebas –el hombre arrugó el paquete de cigarros y lo botó a una papelera–. ¡Eso no es una prueba incauto! Me creerán todo lo que les diga, ¡todo! Yo también soy el gobierno, yo también soy pueblo.
El tipo se llevó las manos a la cara y empezó a mover su cabeza. Por un momento creí que era una forma de pedir perdón, incluso estuve tentado a acercarme y decirle algo alentador. El impulso se convirtió en asco y decidí salir. La sala de espera continuaba vacía, ya detrás de la cortina roja se escuchaban los primeros acordes del concierto, justo iba a cruzar el umbral cuando volví a sentir la mano pesada como el hierro.
–Le aconsejo que no entre, he matado al tirano.
Sin atreverme a mirarlo sentí un líquido caliente bajar por la piel. Aterrado traté de reaccionar pero Rosales ya no estaba en la sala. El cuchillo lleno de sangre estaba en el piso, la perplejidad no me dejó moverme del sitio. Un barullo de voces iba creciendo desde adentro. La música se había interrumpido abruptamente, de la cortina salieron dos hombres gigantes con rosotas oscuros, uno me tomó del cuello y el otro gritaba que habían encontrado al asesino. No entendía nada y todo su fue poniendo negro.
Al despertar me hallaba en una celda. No había necesidad de un juicio, así que fue fácil comprobar que había traicionado a la patria, que era el jefe máximo de la insurgencia, que en mi actividad delictiva había ordenado la muerte de quince mil personas. La sentencia era la horca pero fue conmutada porque el presidente, en una intensa pelea, pudo ganarle el pulso a la muerte.
Ahora pago cadena perpetua y trabajos forzados.
Anoche, después de cinco años volví a leer el periódico. En la primera página aparece la foto de un hombre ahorcado. Debajo de ésta había un texto: “Se suicida el actual asesor de nuestro querido comandante. Al parecer iba a ser relevado de su cargo, sufrió tanto al saber la noticia que no encontró otro consuelo que la muerte. Paz en su tumba a este perínclito barón de la patria”.
A pesar de lo borrosa que estaba la foto no me costó ningún trabajo reconocer a Joaquín Rosales. Después de fracasar en su intento de aniquilar al comandante no tuvo más remedio que agachar la cabeza y anexarse a lo que tanto odiaba. El Presidente en su infinita bondad lo recibió con los brazos abiertos: Joaquín tenía debajo del brazo una carpeta donde reposaban los nombres de los principales cabecillas rebeldes. Gracias a eso la insurgencia fue virtualmente aniquilada y Rosales se convirtió en la mano derecha del comandante.
Lo que me duele de estar encerrado es no haber podido ver a Stephanek. Dicen que el gobierno está pensando en traerlo, en darnos una función a los reclusos. De sólo pensarlo he perdido el sueño. La condena sigue y la pago gustoso. Yo soy la prueba viviente de que el sistema judicial impuesto por el presidente es infalible. Mientras tanto él sigue en el trono, inmutable, grande y eterno.
Ya no había nadie en la sala de espera. Al fondo sólo se veía la cortina roja. Stephanek estaba detrás de ella. ¿Cómo describir la emoción de estar allí? Sabía de Stephanek por sus discos y las noticias que llegaban sueltas en el periódico local. Cuando leí que él venía a la ciudad simplemente no lo pude creer. Stephanek, el más grande de los baladistas estaría acá en la árida tierra de los cujíes. Esto era otro logro del gobierno revolucionario, ponernos en un ámbito universal cuando nosotros siempre fuimos provincia. No puedo decir que caminé hasta la cortina, la apreciación más cercana sería que me elevé por los aires y que flotando entraría en la sala repleta de gente. No se escuchaba sino un estribillo de opereta, apenas estaban en los preliminares. Ya me disponía a cruzar la cortina cuando un tipo salió de ella.
–Pero qué sorpresa encontrármelo a usted tan tarde por el pasillo- dijo el hombre.
–Perdón, ¿lo conozco?
–Talvez no, pero yo a usted sí. Cómo no conocer al agregado cultural del gobierno revolucionario, permítame presentarme: soy Joaquín Rosales, profundo admirador de Stephanek al igual que usted.
–¿Y cómo sabe que yo admiro a Stephanek?
–Ay hombre admiro su sencillez, casi todo el mundillo intelectual de este país goza con el articulo que usted publicó en el periódico, creo que se llamaba “Qué tiene que ver la vista con la vida de un baladista”.
–Oh, ya lo había olvidado; son tantos los artículos que he publicado, bueno, de verdad me alegro que le haya gustado, ahora si me permite, debo entrar, no quiero perderme un solo momento del espectáculo
–Descuide, al parecer ha surgido un problema técnico. No creo que empiece antes de las diez.
–Bueno, de todas maneras quiero entrar, de pronto pueda agarrar algún puesto bien ubicado.
–Pues amigo, usted está hoy con suerte, tengo mis excentricidades como la mayoría de los intelectuales y siempre que voy a este tipo de espectáculos compro tres asientos, para evitarme los comentarios estúpidos de cualquier espectador ignorante así que si me permite ofrecerle uno…
–Hombre no tiene por qué molestarse, estoy seguro de conseguir uno adentro.
–No es ninguna molestia además no tiene ni la más mínima posibilidad de conseguir asiento adentro, mire ¿por qué más bien no me acompaña a fumar un cigarrillo, hablamos un rato y después entramos a escuchar al baladista ¿le parece?
Consulté el reloj y faltaban veinte minutos para las diez. No estaba mal fumarme un cigarrillo, ser un personaje público tiene ese tipo de ventajas, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte.
–Lo único malo señor Rosales es que en esta sala está prohibido fumar.
–Ah si, yo iba a ir al baño a fumarlo, así que si quiere acompañarme.
Asentí, el hombre debía medir más de lo normal, además sus hombros eran descomunales, podía decir perfectamente que era un canciller de otro país invitado por el gobierno revolucionario y yo lo hubiese creído perfectamente. Pero no era así, seguramente era del País del viento.
–Es difícil encontrar un baño más limpio en esta ciudad– dijo el hombre mientras sacaba su pitillera–, de verdad se puede decir que huele hasta rosas.
–Uno de los preceptos revolucionarios es mantener limpio hasta lo que debe estar sucio. Gracias– Dije al aceptar el cigarrillo.
–Sabe que si se supliera a cabalidad esa asepsia, este país estaría peor de lo que está, déjeme prendérselo, listo… mire hermano, esos ambientes tan fríos que deja la limpieza a mí la verdad me generan suprema desconfianza.
–Yo creo que todo esta limpio, todo, sobre todo las conciencias, antes en este país todo el mundo las tenía sucias, eso cambió cuando llegó el presidente… qué raro, estos cigarrillos tienen filtro.
–No, no es raro, es que estos cigarrillos son americanos.
– ¡Americanos! Eso es un crimen, ¿Dónde los consiguió?
– Ya sabe, contactos aquí, contactos allá, yo no puedo quedarme quieto, además me parece una exageración que darse un gusto tan básico como fumar bien sea considerado un crimen.
–Si el contrabando no es un crimen entonces ¿qué lo es?
–El mal gusto señor, el mal gusto de fumar ese tabaco nacional que huele a pecueca, ese sí que es un crimen inadmisible, dicen que da hasta caries.
–Señor, usted no se da cuenta que esos comentarios podrían llevarlo al exilio, yo formo parte del gobierno revolucionario y podría sacarlo del país solamente con decir que usted tiene en su saco un paquete de cigarrillos ame, ame… ame…
– ¡Americanos! Ay señor, agregado cultural, créame que he leído detalladamente sus escritos y puedo constatar que usted en el fondo es un liberal, por eso no le oculto que tengo un paquete de cigarrillos en el bolsillo, además usted no ha botado su cigarro todavía.
Rosales tenía razón, yo tenía el cigarro entre los dedos. No lo disfrutaba, lo juro, lo tenía todavía conmigo por la conmoción que sentía al ver a alguien que no pudiera ver que la gloria no estaba en un paquete de cigarros nacionales sino en la integridad de un país. Boté el cigarrillo inmediatamente.
–Eventualmente usted es de la oposición– le dije a Rosales un poco más tranquilo.
–Como organismo pensante que se respete claro que lo soy.
–Y usted tampoco se llama Joaquín Rosales
– ¡Hombre, claro que no! Mi nombre puede ser cualquiera.
–La oposición nunca nos trajo cosas buenas, mientras ustedes estuvieron en el poder hubo desempleo y analfabetismo. La corrupción acabó con este país.
–No pertenezco a esa clase de oposición. Cuando estuvieron los del partido azul también estuve preso. Soy un inconforme universal.
– ¿Cómo se puede ser tan ruin? ¿Sabe una cosa? Agradézcale a este gobierno el hecho de haber traído a Stephanek, el mejor baladista de todos los tiempos. Por mí que usted se pudra en el infierno, hoy he venido a ver a Stephanek y no a hablar con un desadaptado, así que si me disculpa…
Iba a agarrar la perilla de la puerta cuando el hombre me tomó del brazo “está bien”, me dijo acercándome el rostro que se volvía pálido a medida que iba votando palabras: “está bien, lo admiro, tiene la suficiente vergüenza como para tratar de sobornar al portero, ¿cree que no vi como se metía la maño al bolsillo y sacaba ese inmaculadito billete de cien? Todo por la cultura, señor agregado cultural, todo por la cultura”. Traté de zafarme pero su mano se convirtió en hierro. “Y después la sangre se le subió a la cara de la vergüenza que le dio, pero el crimen ya estaba hecho, eso es lo que le enseña el presidente a sus secuaces, eso es”.
–Suélteme, está usted loco –Le grité en la cara soltándome bruscamente de su mano–. ¿Quiere que llame a la policía? Tengo suficientes pruebas –el hombre arrugó el paquete de cigarros y lo botó a una papelera–. ¡Eso no es una prueba incauto! Me creerán todo lo que les diga, ¡todo! Yo también soy el gobierno, yo también soy pueblo.
El tipo se llevó las manos a la cara y empezó a mover su cabeza. Por un momento creí que era una forma de pedir perdón, incluso estuve tentado a acercarme y decirle algo alentador. El impulso se convirtió en asco y decidí salir. La sala de espera continuaba vacía, ya detrás de la cortina roja se escuchaban los primeros acordes del concierto, justo iba a cruzar el umbral cuando volví a sentir la mano pesada como el hierro.
–Le aconsejo que no entre, he matado al tirano.
Sin atreverme a mirarlo sentí un líquido caliente bajar por la piel. Aterrado traté de reaccionar pero Rosales ya no estaba en la sala. El cuchillo lleno de sangre estaba en el piso, la perplejidad no me dejó moverme del sitio. Un barullo de voces iba creciendo desde adentro. La música se había interrumpido abruptamente, de la cortina salieron dos hombres gigantes con rosotas oscuros, uno me tomó del cuello y el otro gritaba que habían encontrado al asesino. No entendía nada y todo su fue poniendo negro.
Al despertar me hallaba en una celda. No había necesidad de un juicio, así que fue fácil comprobar que había traicionado a la patria, que era el jefe máximo de la insurgencia, que en mi actividad delictiva había ordenado la muerte de quince mil personas. La sentencia era la horca pero fue conmutada porque el presidente, en una intensa pelea, pudo ganarle el pulso a la muerte.
Ahora pago cadena perpetua y trabajos forzados.
Anoche, después de cinco años volví a leer el periódico. En la primera página aparece la foto de un hombre ahorcado. Debajo de ésta había un texto: “Se suicida el actual asesor de nuestro querido comandante. Al parecer iba a ser relevado de su cargo, sufrió tanto al saber la noticia que no encontró otro consuelo que la muerte. Paz en su tumba a este perínclito barón de la patria”.
A pesar de lo borrosa que estaba la foto no me costó ningún trabajo reconocer a Joaquín Rosales. Después de fracasar en su intento de aniquilar al comandante no tuvo más remedio que agachar la cabeza y anexarse a lo que tanto odiaba. El Presidente en su infinita bondad lo recibió con los brazos abiertos: Joaquín tenía debajo del brazo una carpeta donde reposaban los nombres de los principales cabecillas rebeldes. Gracias a eso la insurgencia fue virtualmente aniquilada y Rosales se convirtió en la mano derecha del comandante.
Lo que me duele de estar encerrado es no haber podido ver a Stephanek. Dicen que el gobierno está pensando en traerlo, en darnos una función a los reclusos. De sólo pensarlo he perdido el sueño. La condena sigue y la pago gustoso. Yo soy la prueba viviente de que el sistema judicial impuesto por el presidente es infalible. Mientras tanto él sigue en el trono, inmutable, grande y eterno.
22 de noviembre de 2010
LA MIRADA DE SOFIA. Comentario sobre Lost in Translation
Las altas edificaciones se alzaban insultantes ante los ojos de los recién llegados. No habían pirámides ni caía la lluvia acida sobre la ciudad. Si, era un paisaje post-apocalíptico, donde el fraude, la falsa sofisticación, la descarada aculturación del ser japonés encontraban su nicho.
En Tokio la gente no suele enamorarse, pasear es incomodo, y ningún verdor renace, en Tokio los verdores mueren. Ellos han llegado sin ponerse cita. Ella no tiene veinte años y está casada con un fotógrafo de revistas frívolas y está allí para realizar su trabajo. Ella solo lo acompaña, pero hay algo en su rostro, una especie de rictus, de gesto mal hilvanado que le hace parecer incomoda, asfixiada, con el ahogo en que mueren los que viven vidas prestadas. No puede dormir, su único consuelo es una ventana del hotel, una dudosa panorámica de la ciudad donde todos son pequeñas piezas de un sofisticado aparato.
A él lo han traído desde los Estados Unidos para promocionar una marca de whisky. Su carrera ya vislumbraba los primeros síntomas de decadencia. El precio por decir un par de frases era realmente alto, pero había que afrontarlo: se sentiría mas cómodo en una película. Entre los japoneses se distingue porque es el mas alto, además su rostro compungido demuestra un profundo desconsuelo. Tokio no es tanto el problema, su vida talvez lo sea.
Dos almas solas se encuentran en Tokio, no pueden estar juntos, es difícil imaginar una pareja que tenga tantas pocas cosas en común, ella no tiene veinte años, el es un veterano de cincuenta años. Tal vez el mayor entre todos los aciertos que ha tenido Sofia Copolla en este su segundo largometraje, sea el de que nos haya hecho creíbles a esta pareja tan dispareja. Bill Murria, un hombre subvalorado por ser un comediante, ha tenido en Lost in traslation el mejor papel masculino que se haya podido ver en tanto tiempo. Su tranquilidad, su contención, su incesante desasosiego llega a calar de frente en el espectador. Murria tiene un control absoluto sobre su personaje, no concediéndole ni una mueca, ni una pequeña caricaturarización. Sofia Copolla declaró en mas de una ocasión que ella no podría hacer la película sin contar en el elenco con Bill. Para acompañarlo ha escogido en un cuidadoso casting a la debutante Scarlett Johansonn una jovencita de apenas diesciete años que revela en este, su primer papel protagónico una madurez y una belleza inusitada. La Copolla demostró que es ante todo, una genial directora de actores.
Sentimos tensión por el destino de estas dos personas en esa ilusión óptica que es Tokio. El único consuelo que tienen es que están los dos sufriendo por aparte esa torutura que son las noches en vela. En el televisor no hay nada bueno, ni siquiera se puede entender lo que dicen. Todo es como un molde, como una copia desfigurada de lo que puede ser una capital ultra moderna en occidente. A imágenes que inevitablemente lo llevan a uno a recordar Tokio ga ese penetrante documental de Win Wenders donde demostraba, a partir de las películas que filmara Ozu en la primera mitad del siglo XX, como la cuktura japonesa estaba peligrosamente abocada a la destrucción. Jovencitos imitando a John Travolta, con el pelo lleno de gel y frases en inglés. Concentrados únicamente en la lobotización que pueden general las máquinas de video. El Tokio de Ozu había desaparecido. Ahora no quedan ni las ruinas que Wenders filmó veinte años atrás.
Pero esta no es una película sobre Tokio. La ciudad apenas aparece como un contexto y si se escogió esta locación fue por la misma razón que Orson Welles eligió a Belgrado en vez de Praga para hacer el proceso; hay que ahogar al espectador, atiborrarlo de elementos. Lo que importa es la situación de los dos protagonistas. Desde el principio sabemos que no pueden estar juntos, son muchas las cosas que los separaban. Entre los dos se abrían cine mil abismos y mares, era un camino realmente complicado el que tenían entre las dos orillas. Con una sutileza impresionante, Sofia Copolla se resiste a explotar esa tensión que hay entre los dos. Un toque sutil de las manos, una mirada un poco disfrazada, una epera ansiosa de que sea otro día para volverse a ver. No existe mejor estado en el amor que el de la incertidumbre; las cartas están sobre la mesa pero nadie se atreve a abrirlas. Ellos está perdidos en la traducción, no entienden nada, en el karaoke de pronto, pueden dedicarse una canción, mirarse mas intensamente.
En la Tokio mecanizada de principios de siglo, dos personas descubren que se aman. Lo único que comparten son las noches en blanco, la nausea que se les atraviesa en la garganta. El último día ha llegado, el toma un taxi y empieza a ver como la ciudad se va escapando en la ventana. Están sobre una calle estrecha donde los hombres se golpean en los hombros para caminar. Entre todas las cabezas sobresale la de ella. Le pide al taxista que se detenga un momento. A apretujones va hasta ella, nadie corre en Tokio, eso sería como romper el orden establecido. La detiene y ella se voltea y en sus ojos todo el amor represado en estos días y él le dice algo al oído y nosotros no alcanzamos a escuchar nada, debe ser una promesa, una palabra de espera, o tan solo las gracias, el placer de extrañar, de anhelar la gloria en un segundo. Se abrazan y el la besa y se va. En el aeropuerto un avión lo espera, ella debe esperar un días más pero ya no está desesperada, el rostro de él también ha cambiado, está mas relajado, mas tranquilo, se ha desahogado. Tokio sigue escapando en la ventana del taxi, Bryan Eno canta y el ojo de Sofía sigue mirando a los relojes electrónicos, los edificios llenso de luces como inmensos árboles de navidad, las autopistas espaciosas y atestados de autos. Empieza a caer la noche sobre Tokio. La cámara se centra en el recorrido de el auto y después se va oscureciendo como si por ella se le entrara la noche, como un párpado que se cierra
En Tokio la gente no suele enamorarse, pasear es incomodo, y ningún verdor renace, en Tokio los verdores mueren. Ellos han llegado sin ponerse cita. Ella no tiene veinte años y está casada con un fotógrafo de revistas frívolas y está allí para realizar su trabajo. Ella solo lo acompaña, pero hay algo en su rostro, una especie de rictus, de gesto mal hilvanado que le hace parecer incomoda, asfixiada, con el ahogo en que mueren los que viven vidas prestadas. No puede dormir, su único consuelo es una ventana del hotel, una dudosa panorámica de la ciudad donde todos son pequeñas piezas de un sofisticado aparato.
A él lo han traído desde los Estados Unidos para promocionar una marca de whisky. Su carrera ya vislumbraba los primeros síntomas de decadencia. El precio por decir un par de frases era realmente alto, pero había que afrontarlo: se sentiría mas cómodo en una película. Entre los japoneses se distingue porque es el mas alto, además su rostro compungido demuestra un profundo desconsuelo. Tokio no es tanto el problema, su vida talvez lo sea.
Dos almas solas se encuentran en Tokio, no pueden estar juntos, es difícil imaginar una pareja que tenga tantas pocas cosas en común, ella no tiene veinte años, el es un veterano de cincuenta años. Tal vez el mayor entre todos los aciertos que ha tenido Sofia Copolla en este su segundo largometraje, sea el de que nos haya hecho creíbles a esta pareja tan dispareja. Bill Murria, un hombre subvalorado por ser un comediante, ha tenido en Lost in traslation el mejor papel masculino que se haya podido ver en tanto tiempo. Su tranquilidad, su contención, su incesante desasosiego llega a calar de frente en el espectador. Murria tiene un control absoluto sobre su personaje, no concediéndole ni una mueca, ni una pequeña caricaturarización. Sofia Copolla declaró en mas de una ocasión que ella no podría hacer la película sin contar en el elenco con Bill. Para acompañarlo ha escogido en un cuidadoso casting a la debutante Scarlett Johansonn una jovencita de apenas diesciete años que revela en este, su primer papel protagónico una madurez y una belleza inusitada. La Copolla demostró que es ante todo, una genial directora de actores.
Sentimos tensión por el destino de estas dos personas en esa ilusión óptica que es Tokio. El único consuelo que tienen es que están los dos sufriendo por aparte esa torutura que son las noches en vela. En el televisor no hay nada bueno, ni siquiera se puede entender lo que dicen. Todo es como un molde, como una copia desfigurada de lo que puede ser una capital ultra moderna en occidente. A imágenes que inevitablemente lo llevan a uno a recordar Tokio ga ese penetrante documental de Win Wenders donde demostraba, a partir de las películas que filmara Ozu en la primera mitad del siglo XX, como la cuktura japonesa estaba peligrosamente abocada a la destrucción. Jovencitos imitando a John Travolta, con el pelo lleno de gel y frases en inglés. Concentrados únicamente en la lobotización que pueden general las máquinas de video. El Tokio de Ozu había desaparecido. Ahora no quedan ni las ruinas que Wenders filmó veinte años atrás.
Pero esta no es una película sobre Tokio. La ciudad apenas aparece como un contexto y si se escogió esta locación fue por la misma razón que Orson Welles eligió a Belgrado en vez de Praga para hacer el proceso; hay que ahogar al espectador, atiborrarlo de elementos. Lo que importa es la situación de los dos protagonistas. Desde el principio sabemos que no pueden estar juntos, son muchas las cosas que los separaban. Entre los dos se abrían cine mil abismos y mares, era un camino realmente complicado el que tenían entre las dos orillas. Con una sutileza impresionante, Sofia Copolla se resiste a explotar esa tensión que hay entre los dos. Un toque sutil de las manos, una mirada un poco disfrazada, una epera ansiosa de que sea otro día para volverse a ver. No existe mejor estado en el amor que el de la incertidumbre; las cartas están sobre la mesa pero nadie se atreve a abrirlas. Ellos está perdidos en la traducción, no entienden nada, en el karaoke de pronto, pueden dedicarse una canción, mirarse mas intensamente.
En la Tokio mecanizada de principios de siglo, dos personas descubren que se aman. Lo único que comparten son las noches en blanco, la nausea que se les atraviesa en la garganta. El último día ha llegado, el toma un taxi y empieza a ver como la ciudad se va escapando en la ventana. Están sobre una calle estrecha donde los hombres se golpean en los hombros para caminar. Entre todas las cabezas sobresale la de ella. Le pide al taxista que se detenga un momento. A apretujones va hasta ella, nadie corre en Tokio, eso sería como romper el orden establecido. La detiene y ella se voltea y en sus ojos todo el amor represado en estos días y él le dice algo al oído y nosotros no alcanzamos a escuchar nada, debe ser una promesa, una palabra de espera, o tan solo las gracias, el placer de extrañar, de anhelar la gloria en un segundo. Se abrazan y el la besa y se va. En el aeropuerto un avión lo espera, ella debe esperar un días más pero ya no está desesperada, el rostro de él también ha cambiado, está mas relajado, mas tranquilo, se ha desahogado. Tokio sigue escapando en la ventana del taxi, Bryan Eno canta y el ojo de Sofía sigue mirando a los relojes electrónicos, los edificios llenso de luces como inmensos árboles de navidad, las autopistas espaciosas y atestados de autos. Empieza a caer la noche sobre Tokio. La cámara se centra en el recorrido de el auto y después se va oscureciendo como si por ella se le entrara la noche, como un párpado que se cierra
8 de noviembre de 2010
PEQUEÑA HISTORIA DE UN CICLOPE QUE SOLO QUERIA ESCRIBIR EN PROSA
Érase una vez un hombre, que a diferencia de todos los hombres, nació siendo ojo. En Aragón todavía se olía a pólvora y ajenjo como rezago de lo que había sido el siglo XIX, cuando el cíclope dio sus primeros pasos. La gente se acostumbró poco a poco a su presencia. A los ocho años sus padres lo mandaron al colegio de los jesuitas en Zaragoza, donde permaneció hasta concluir el bachillerato. Allí el ojo conoció al monstruo de la iglesia por dentro y lo aprendió a odiar, lo cual se supo después, cuando el ojo, ya grande, contó al mundo todo lo que veía.
En 1916 se fue a Madrid y en la casa de estudiantes vivió sus mejores años junto a Dalí, García Lorca y Rafael Alberti. Bajo el influjo de las greguerías de Ramón Gonzáles de la Serna, el gran ojo respiró por su membrana y soñó por primera vez. Quería ser un gran novelista. Entonces empezó sin temor a afilar su pluma, pero la piedra era más fuerte que la hoja, y ésta se rompió. Resignado, veía como Dalí se obsesionaba por la pintura y García Lorca por las vergas y la poesía, “no tengo ningún paraguas” pensó; entonces aprovechando su corpulencia se dedicó al boxeo, donde era, franca y afortunadamente, malo.
Creyendo no servir para nada se fue a París en 1923, y como quien busca una excusa para no bostezar, se inscribe en la academia de cine fundada por Jean Epstein, de quien terminó convirtiéndose en asistente. Paris, como Venecia, tiene ese perfume que solo la mierda de gato puede dar. Allí, como dijo Cortazar, todos son hermosos y sucios en iguales proporciones; el gran ojo no era hermoso y tampoco sucio, sólo era un ojo queriendo encontrar un cuerpo.
Trabajar con Epstein le hizo conocer un mundo que hasta el momento él había desdeñado, el cine. Allí descubrió que este también era un medio para dar rienda suelta a sus obsesiones. De un momento para otro, la hoja se hizo más fuerte que la piedra y descubrió que su puñal no tenía forma de pluma sino más bien de cámara.
A los veintiocho años entra al movimiento surrealista liderado por André Bretón. Allí se reencuentra con Dalí. Con él realizaría lo que años después sería conocido como la primera de las películas surrealistas de la historia, El perro andaluz (1929). El guión, hecho entre el de Higueras y el de Aragón, era un concentrado de sus sugestiones oníricas. No tiene una coherencia narrativa y muchos formaron un escándalo al ver las claras alusiones sexuales que presentaba la película. Una escena quedaría para el recuerdo y es la de “la pupila viciosa de nube” como después el gran ojo la bautizaría. Como en un poema, describe en la pantalla cómo una nube corta la luna como si fuera una pupila, mientras abajo, el mismo gran ojo le corta de un solo tajo la retina a una chica que, impávida, veía sentada como se moría una noche con luna llena. Esta película le trajo la notoriedad que nunca buscó.
Con la fama a sus pies, en 1930 se arriesga a hacer otra película. Esta vez el escándalo sería mayor ya que la noche del estreno, en plena proyección, se formó una trifulca entre judíos y antisemitas. La película estuvo patrocinada por el Vizconde de Noailles, quien junto a su esposa formaron la pareja de mecenas mas importantes del siglo XX.
En Estados Unidos ya preguntaban por ese gran ojo que tanto daba de que hablar en Europa. El escándalo que tuvo la edad de oro ayudó a levantar más el ventisquero de su fama; inclusive, el escándalo siguió varios años cuando Dalí denunció que Buñuel había robado parte de su idea en esta película, cosa que se comprobó fácilmente. El gran ojo fue a ver para que lo querían en Hollywood, pero allí el ambiente era poco independiente y lleno de estrellas y suntuosos productores que pretendían ser mas importantes que los mismos directores. Cansado y desilusionado, volvió a su país a filmar el documental Hurdes, tierra sin pan. Pero la desilusión no terminaría allí. A poco de llegar aparecería como una nube negra la guerra civil española, en donde caería su entrañable amigo Federico García Lorca y donde Dalí daría un inesperado paso hacía el franquismo, cosa que terminó de desmoralizarlo y de dilatarle mucho más su eterna pupila.
Empezaría un temible y largo paréntesis en la vida del cíclope. En Nueva York encontraría paz en su exilio trabajando en la cinemateca del Museo de Arte Moderno, esperando que la nube del franquismo se disipara sobre su amada España. Las ganas de hacer cine lo atormentaban más y más, era como uno de esos gusanos que corroen la carne y no hay pinza que valga, ni ningún desinfectante para excusarlo. En Estados Unidos no podía hacer cine, y para completar su infortunio, su ex amigo Dalí ayudó para que lo expulsaran por sus antiguas filiaciones con el partido comunista. El de Higuera lo dijo públicamente y el odio del cíclope se recrudecía.
En 1947 ya se sentía como el Quijote, que todas las guerras estaban perdidas, justo antes de empezar la senectud. Su vida, que alguna vez había sido tan promisoria, se iba yendo a raudales por un sino que lo condenaba irresolutamente. Y justo cuando creyó quedar mudo, aparecieron Los olvidados.
La trama de Los olvidados se parece mucho a la del neorrealismo, aunque vale decir, un neorrealismo mucho mas descarnado y pesimista. Jaibo es el jefe de una banda de niños y adolescentes callejeros en Ciudad de México. Pedro, quien sufre con una madre que lo trata mal, es testigo de cómo Jaibo mata a golpes a un supuesto espía. Jaibo obliga a Pedro a una absoluta complicidad y luego lo implica en un robo que no ha cometido. Cuando el niño busca defenderse se convierte en una nueva víctima.
Los olvidados se parece mucho más a Tierra sin pan, que a El perro andaluz y a La edad de oro (1930). Su belleza es casi insultante a los ojos de lo fuerte que puede llegar a ser la película. Nunca cae en la pornomiseria en la que cayeron los demás directores latinoamericanos a la hora de retratar los problemas sociales en los que vivimos. Esto no se ve en la película de hoy, ni el panfleto, ni las ganas de explotar la tristeza del otro. El gran ojo realiza su quinta película (antes había hecho Gran casino (1946) con Jorge Negrete y Maria Félix, un infecto bodrio del cual ni el mismo Ojo quiso acordarse; y Gran Calavera (1949)) a los cincuenta años edad en que muchos directores ya tienen una obra consolidada.
El ojo dejó de ser sólo una triste pupila para convertirse en el gran don Luis Buñuel, hombre clave en la historia de tres filmografías: la española, la francesa y la mexicana. Donde muchos terminaron, don Luis empezó; Los olvidados estalló como un trueno en el cielo de la filmografía mundial, los reconocimientos llegaron uno tras otro: mejor dirección en el festival de Cannes 1951, del jurado oficial y FIPRESCI al conjunto de su obra. Tres premios Ariel por dirección, argumento y adaptación.
Es todo el conjunto de la película lo que la hace grande. Posee una belleza áspera que raya en la grosería; uno no sabe si achacársela a las actuaciones, en especial a la de Roberto Cobo quien interpreta a Jaibo. Cobo ya mayor también será actor de Ripstein en El lugar sin límites. Y ni hablar de la fotografía de ese maestro de maestros que fue Gabriel Figueroa quien compartiría puesto con Tissé cuando Eisenstein fue a México a filmar ¡Que viva México!(1930). Figueroa es el mejor fotógrafo latinoamericano de todos los tiempos y su figura nunca se borrará como tampoco se borrará jamás la de Buñuel.
“En Los olvidados traté de denunciar la triste condición de los humildes sin embellecerla, porque odio la dulcificación del carácter de los pobres”; por eso, el que alguna vez sólo fue un cíclope, no cae en el maniqueísmo pendejo en el que cayeron (y aún caen, ¡por Dios!) muchos seudo marxistas de pacotilla, al decir que los pobres siempre son buenos y los que son perversos son los ricos.
Debido al infame control de la izquierda sobre la intelectualidad, la película fue acusada de especuladora, siendo prohibida y boicoteada por muchos intelectuales. El gran André Bazán, padre de la nueva ola francesa dijo sobre ella en su acostumbrada columna de Cahiers du Cinemá: “la grandeza de esta película se percibe inmediatamente cuando caemos en la cuenta de que no se refiere nunca a categorías sociales. Sin ningún maniqueísmo en los personajes, su culpabilidad sólo es contingente: la conjunción aleatoria de destinos que se entrecruzan como puñales. Es absurdo reprochar a Buñuel una afición perversa a la crueldad. Pero la crueldad no es de Buñuel; él se limita a revelarla al mundo. Elige lo más atroz porque el verdadero problema no es saber que existe también la felicidad, sino hasta donde puede ir la condición humana en la desdicha. Los olvidados es una película de amor que requiere amor. No hay nada más opuesto al pesimismo existencialista que la crueldad de Buñuel. Porque no elude nada, porque no concede nada, porque se atreve a mostrar la realidad con una obscenidad quirúrgica, puede encontrar al hombre en toda su grandeza y forzarnos, por una especie de dialéctica Pascaliana, al amor y a la admiración. En Los olvidados las caras más horrorosas tienen rostro humano. El sentimiento que brota de Los olvidados es el de la inmarchitable dignidad humana. Y por eso no suscita en el público una complacencia sádica o una indignación fariseica. La crueldad de Buñuel es totalmente objetiva. Es sólo lucidez y nada tiene de pesimismo”. Con eso los mamertos se callaron un poco, pero ni así pudieron comprender, aprehender, lo que Buñuel veía como un inmenso ojo como el mas bello de los cíclopes.
Innumerables películas le seguirían, todas de una belleza inigualable. Buñuel nunca se creyó un genio, ni siquiera un artista. Para él, hombre de principio de siglo, el genio todavía tenía que ver más con la ingeniería que con las artes. Por eso cuando King Vidor, Robert Mamoulain y George Cuckor se pararon en 1981 para brindar por el más grande de los directores vivos, Buñuel no entendía porque él, si él no tenía ningún merito, si él no siempre había sido Buñuel, sino un gran ojo que sólo quería escribir novelas.
En 1916 se fue a Madrid y en la casa de estudiantes vivió sus mejores años junto a Dalí, García Lorca y Rafael Alberti. Bajo el influjo de las greguerías de Ramón Gonzáles de la Serna, el gran ojo respiró por su membrana y soñó por primera vez. Quería ser un gran novelista. Entonces empezó sin temor a afilar su pluma, pero la piedra era más fuerte que la hoja, y ésta se rompió. Resignado, veía como Dalí se obsesionaba por la pintura y García Lorca por las vergas y la poesía, “no tengo ningún paraguas” pensó; entonces aprovechando su corpulencia se dedicó al boxeo, donde era, franca y afortunadamente, malo.
Creyendo no servir para nada se fue a París en 1923, y como quien busca una excusa para no bostezar, se inscribe en la academia de cine fundada por Jean Epstein, de quien terminó convirtiéndose en asistente. Paris, como Venecia, tiene ese perfume que solo la mierda de gato puede dar. Allí, como dijo Cortazar, todos son hermosos y sucios en iguales proporciones; el gran ojo no era hermoso y tampoco sucio, sólo era un ojo queriendo encontrar un cuerpo.
Trabajar con Epstein le hizo conocer un mundo que hasta el momento él había desdeñado, el cine. Allí descubrió que este también era un medio para dar rienda suelta a sus obsesiones. De un momento para otro, la hoja se hizo más fuerte que la piedra y descubrió que su puñal no tenía forma de pluma sino más bien de cámara.
A los veintiocho años entra al movimiento surrealista liderado por André Bretón. Allí se reencuentra con Dalí. Con él realizaría lo que años después sería conocido como la primera de las películas surrealistas de la historia, El perro andaluz (1929). El guión, hecho entre el de Higueras y el de Aragón, era un concentrado de sus sugestiones oníricas. No tiene una coherencia narrativa y muchos formaron un escándalo al ver las claras alusiones sexuales que presentaba la película. Una escena quedaría para el recuerdo y es la de “la pupila viciosa de nube” como después el gran ojo la bautizaría. Como en un poema, describe en la pantalla cómo una nube corta la luna como si fuera una pupila, mientras abajo, el mismo gran ojo le corta de un solo tajo la retina a una chica que, impávida, veía sentada como se moría una noche con luna llena. Esta película le trajo la notoriedad que nunca buscó.
Con la fama a sus pies, en 1930 se arriesga a hacer otra película. Esta vez el escándalo sería mayor ya que la noche del estreno, en plena proyección, se formó una trifulca entre judíos y antisemitas. La película estuvo patrocinada por el Vizconde de Noailles, quien junto a su esposa formaron la pareja de mecenas mas importantes del siglo XX.
En Estados Unidos ya preguntaban por ese gran ojo que tanto daba de que hablar en Europa. El escándalo que tuvo la edad de oro ayudó a levantar más el ventisquero de su fama; inclusive, el escándalo siguió varios años cuando Dalí denunció que Buñuel había robado parte de su idea en esta película, cosa que se comprobó fácilmente. El gran ojo fue a ver para que lo querían en Hollywood, pero allí el ambiente era poco independiente y lleno de estrellas y suntuosos productores que pretendían ser mas importantes que los mismos directores. Cansado y desilusionado, volvió a su país a filmar el documental Hurdes, tierra sin pan. Pero la desilusión no terminaría allí. A poco de llegar aparecería como una nube negra la guerra civil española, en donde caería su entrañable amigo Federico García Lorca y donde Dalí daría un inesperado paso hacía el franquismo, cosa que terminó de desmoralizarlo y de dilatarle mucho más su eterna pupila.
Empezaría un temible y largo paréntesis en la vida del cíclope. En Nueva York encontraría paz en su exilio trabajando en la cinemateca del Museo de Arte Moderno, esperando que la nube del franquismo se disipara sobre su amada España. Las ganas de hacer cine lo atormentaban más y más, era como uno de esos gusanos que corroen la carne y no hay pinza que valga, ni ningún desinfectante para excusarlo. En Estados Unidos no podía hacer cine, y para completar su infortunio, su ex amigo Dalí ayudó para que lo expulsaran por sus antiguas filiaciones con el partido comunista. El de Higuera lo dijo públicamente y el odio del cíclope se recrudecía.
En 1947 ya se sentía como el Quijote, que todas las guerras estaban perdidas, justo antes de empezar la senectud. Su vida, que alguna vez había sido tan promisoria, se iba yendo a raudales por un sino que lo condenaba irresolutamente. Y justo cuando creyó quedar mudo, aparecieron Los olvidados.
La trama de Los olvidados se parece mucho a la del neorrealismo, aunque vale decir, un neorrealismo mucho mas descarnado y pesimista. Jaibo es el jefe de una banda de niños y adolescentes callejeros en Ciudad de México. Pedro, quien sufre con una madre que lo trata mal, es testigo de cómo Jaibo mata a golpes a un supuesto espía. Jaibo obliga a Pedro a una absoluta complicidad y luego lo implica en un robo que no ha cometido. Cuando el niño busca defenderse se convierte en una nueva víctima.
Los olvidados se parece mucho más a Tierra sin pan, que a El perro andaluz y a La edad de oro (1930). Su belleza es casi insultante a los ojos de lo fuerte que puede llegar a ser la película. Nunca cae en la pornomiseria en la que cayeron los demás directores latinoamericanos a la hora de retratar los problemas sociales en los que vivimos. Esto no se ve en la película de hoy, ni el panfleto, ni las ganas de explotar la tristeza del otro. El gran ojo realiza su quinta película (antes había hecho Gran casino (1946) con Jorge Negrete y Maria Félix, un infecto bodrio del cual ni el mismo Ojo quiso acordarse; y Gran Calavera (1949)) a los cincuenta años edad en que muchos directores ya tienen una obra consolidada.
El ojo dejó de ser sólo una triste pupila para convertirse en el gran don Luis Buñuel, hombre clave en la historia de tres filmografías: la española, la francesa y la mexicana. Donde muchos terminaron, don Luis empezó; Los olvidados estalló como un trueno en el cielo de la filmografía mundial, los reconocimientos llegaron uno tras otro: mejor dirección en el festival de Cannes 1951, del jurado oficial y FIPRESCI al conjunto de su obra. Tres premios Ariel por dirección, argumento y adaptación.
Es todo el conjunto de la película lo que la hace grande. Posee una belleza áspera que raya en la grosería; uno no sabe si achacársela a las actuaciones, en especial a la de Roberto Cobo quien interpreta a Jaibo. Cobo ya mayor también será actor de Ripstein en El lugar sin límites. Y ni hablar de la fotografía de ese maestro de maestros que fue Gabriel Figueroa quien compartiría puesto con Tissé cuando Eisenstein fue a México a filmar ¡Que viva México!(1930). Figueroa es el mejor fotógrafo latinoamericano de todos los tiempos y su figura nunca se borrará como tampoco se borrará jamás la de Buñuel.
“En Los olvidados traté de denunciar la triste condición de los humildes sin embellecerla, porque odio la dulcificación del carácter de los pobres”; por eso, el que alguna vez sólo fue un cíclope, no cae en el maniqueísmo pendejo en el que cayeron (y aún caen, ¡por Dios!) muchos seudo marxistas de pacotilla, al decir que los pobres siempre son buenos y los que son perversos son los ricos.
Debido al infame control de la izquierda sobre la intelectualidad, la película fue acusada de especuladora, siendo prohibida y boicoteada por muchos intelectuales. El gran André Bazán, padre de la nueva ola francesa dijo sobre ella en su acostumbrada columna de Cahiers du Cinemá: “la grandeza de esta película se percibe inmediatamente cuando caemos en la cuenta de que no se refiere nunca a categorías sociales. Sin ningún maniqueísmo en los personajes, su culpabilidad sólo es contingente: la conjunción aleatoria de destinos que se entrecruzan como puñales. Es absurdo reprochar a Buñuel una afición perversa a la crueldad. Pero la crueldad no es de Buñuel; él se limita a revelarla al mundo. Elige lo más atroz porque el verdadero problema no es saber que existe también la felicidad, sino hasta donde puede ir la condición humana en la desdicha. Los olvidados es una película de amor que requiere amor. No hay nada más opuesto al pesimismo existencialista que la crueldad de Buñuel. Porque no elude nada, porque no concede nada, porque se atreve a mostrar la realidad con una obscenidad quirúrgica, puede encontrar al hombre en toda su grandeza y forzarnos, por una especie de dialéctica Pascaliana, al amor y a la admiración. En Los olvidados las caras más horrorosas tienen rostro humano. El sentimiento que brota de Los olvidados es el de la inmarchitable dignidad humana. Y por eso no suscita en el público una complacencia sádica o una indignación fariseica. La crueldad de Buñuel es totalmente objetiva. Es sólo lucidez y nada tiene de pesimismo”. Con eso los mamertos se callaron un poco, pero ni así pudieron comprender, aprehender, lo que Buñuel veía como un inmenso ojo como el mas bello de los cíclopes.
Innumerables películas le seguirían, todas de una belleza inigualable. Buñuel nunca se creyó un genio, ni siquiera un artista. Para él, hombre de principio de siglo, el genio todavía tenía que ver más con la ingeniería que con las artes. Por eso cuando King Vidor, Robert Mamoulain y George Cuckor se pararon en 1981 para brindar por el más grande de los directores vivos, Buñuel no entendía porque él, si él no tenía ningún merito, si él no siempre había sido Buñuel, sino un gran ojo que sólo quería escribir novelas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)