En paises devastados por la violencia, la pobreza y la corrupción, el humor es un remedio infalible para curar el alma. Si bien no fueron el pueblo mas perseguido del siglo XX los judíos vivieron las duras y las maduras en los primeros 50 años del siglo pasado. Muchos de los sobrevivientes del holocausto se convirtieron en los mejores cómicos de nuestra época. Billy Wilder, Woody Allen, Larry David perdieron algun familiar en alguno de los temibles campos de concentración nazi. El siglo XX es el siglo del humor judío, corrosivo, negro, cínico.
Colombia, como bien se sabe es la periferia. Acá no dejamos entrar ni a japoneses ni a judíos por aquello de que no creían en cristo, a los nazis si y cuenta la leyenda que mas de un Herr comandante de la Gestapo vivió una vejez tranquila en la sabana bogotana. Después de mucho tiempo vuelvo al país y como ya la mayoría de gente que conocí a muerto me quedé un sábado confinado en el televisor y con suma curiosidad vi los canales nacionales y estaba en pleno zapping cuando el rostro de Alvaro Lemmon (O es Lennon?) volvió a embrujarme como cuando yo era niño, entonces sumido en la ma atróz de las depresiones decidí suicidarme tomando grandes sorbos de chabacanería propinado por el hombre al que en Plato Magdalena cuentan que erigieron una musculosa esttua de bronce. Constaté con mucho temor que en Colombia las ofensivas coplas paisas todavía hacen reir, los pobres concursantes de este octogenario programa salen vestidos de arrieros, algunos llevan sus cabras constatando que los años no han pasado, que por mas camionetas último módelo atiborren nuestras precarias calles todavía somos un país rural, con un humor rural, apelando siempre al doble sentido. Quitense de la cabeza eso de que el colombiano es chistoso, yendonos bien el colombiano podría ser morboso y no más.
Navegar un sábado en la noche por los canales colombianos es como subirse al Delorian con Marty Mcfly y aterrizar en 1985. Uno cree que en cualquier momento la transmisión va a ser interrumpida para que el presidente Belisario Betancurt se dirija con su poético lenguaje a todo el país. De 7 a 11 de la noche la telelvisión colombiana es una nauseabundo vertedero de chistes verdes. Es el legado que sembró La nena Gimenez y Montecristo. En las discotecas y metederos no falta el borracho que pide que le bajen volumen a la música para contar "El último chiste" Yo los conozco, tengo primos que hacen eso, ellos no han muerto, el humor colombiano los hace inmune a las balas.
Acá creen que los gringos son unos bobos, que no entienden porque se rien de "Esas estupideces", a ellos les hacen falta el doble sentido, "Los gringos eran buenos cuando pasaban lo de Benni Hill" dicen los colombianos desconociendo que el asqueroso bufón era inglés. Es dificil que una serie como The Big Bang Theory o Seindfield pueda calar acá cuando su humor es construido a través de la cotidianidad, de las confusiones que deja el lenguaje, todo muy lejando de nuestro humor de retreta, humor de domingo después de misa.
Series como Saturday Night Live (Todo un clásico de la televisión mundial, infatigable semillero de cómicos, he escuchado a gente comparando a John Belushi con el principe de Marulanda)o Family Guy (Herederos directos de la patafisica de Alfred Jarry) son prácticamente desconocidos en este tierrero donde las flores se fuman o se procesan.
El humor acá se destila en telenovelas casi siempre a cargo de un gomelo, un negro, un retrasado mental, una niña hueca, un enano o un costeño. Colombia tiene el humor mas fascista después de Japón simple y llanamente por que somos el pueblo mas fascista después de japón.
Acá está terminantemente prohibido reirse de uno mismo y de los demás. Somos muy dignos,extremadamente suceptibles. Si uno tiene amigos es para reirse de ellos, sino no tiene gracia. Por eso no tengo amigos que tengan puestos en San Andresito o cambien bolívares a pesos. Lamentablemente acá todos llevan en sus espaldas esa profesión por eso no tengo amigos. Y todos son tan graciosos según ellos, siempre cargados del último chascarrillo, del último chiste del hombre cornudo, de la última mestruación sabatina. Vaya ríase de un paisa, no de sus chistes sino del collar de arepas en descomposición que carga y sabrá que se siente que le descarguen completico, el proveedor de una nueve milimetros en el pecho. Por eso es que los grandes cómicos los acribillan en las esquinas, somos un país destinado a una muerte larga y miserable donde no tendremos derecho ni siquiera a la última carcajada.
Esperamos entre tanta basura que aparezca el mesias. Mientras tanto debemos seguir vomitando con las coplas de Vargas Vil y lo pedos verbales del gordo Manosalva, aguantarnos a este pueblo contador de sueños y de malos chistes. Aguantar hasta que la muerte venga por nosotros.
18 de enero de 2011
12 de enero de 2011
THEDA BARA O LA MUERTE ARABE
La guerra de las patentes arreciaba y parecía que Edinson, Pathe y sus francotiradores destrozarían en cualquier momento a los jóvenes rebeldes que trataban de hacer películas en la soleada california, en ese terreno baldío que llamaban Hollywood. Pero a los independientes se les ocurrió una idea, la de elevar a los actores y actrices de sus películas a la altura de las estrellas.
Adolph Zuckor, húngaro de nacimiento, había llegado al país con la idea de establecer un negocio de pieles pero quedaría enredado en el floreciente mundo de los nickelodeons. De el fue la idea de crear un ideal de mujer, virtuoso, hermoso y puro, con tirabuzones y eternamente virgen. Se llamaba Mary Pickford y era considerada la novia de América. Judíos de toda Europa pululaban en las verdes llanuras de California buscando fortuna y brotando ideas. Uno de ellos fue William Fox quien tomando como ejemplo la idea de Zuckor decidió crear la contraparte, el reverso de la moneda. Si la una era muy pura la otra sería muy puta, si una buscaba un hombre bueno que la llevara al altar la otra buscaba una orgía perpetua. Para ese papel tenía en mente a una oscura actriz de teatro que por obra y gracia de Fox terminó llamándose Theda Bara, anagrama de Muerte Arabe, nombre que se convertiría en sinónimo de lujuria y pecado. Fue la primera vampireza de Hollywood, su primera femme fatale.
Copiandole a los italianos el concepto de divismo, William Fox creó una leyenda entorno a su lujuriosa estrella. Había nacido en una caravana en medio del desierto, su madre estaba a punto de dar a luz cuando una cuadrilla de beduinos fuertemente armados los sorprendió a sangre fría. La niña, aún con el cordón umbilical pegado a su madre muerta, fue separada y llevada por ellos a sus tiendas de campaña donde fue amamantada y criada hasta que una expedición de arqueólogos británicos la rescató. Tenía 15 años y evidentemente había sido abusada sexualmente por la tribu entera.
El público estalló con esa biografía y los hombres, sobre todo los hombres, querían ver en la pantalla a esa pecadora por naturaleza, a esa perra con olor a perfume. Si bien Mary Pickford en Paramount reventaba taquillas y aliviaba conciencias, la Fox no se amilanaba , la serie de melodramas que crearon para Theda daba sus réditos y vaya de que manera. La lascivia paga mejor que la virtud. Las películas en las que la Bara era protagonista eran melodramas sencillos, casi ridículos, en las que ella prevaricaba hasta que su muerte, si conciencia o su conversión la sorprendía en el último rollo.
La única película que se conserva de ella fue la primera y más famosa en las que actuó: A fool there was de 1914. Según George Sadoul en su Historia del cine universal esta película “No incluía nada que no se pudiera presenciar en cualquier calle mayor, ni tampoco nada que tuviera que ver con la vida real. Pero el público se sentía atraído hasta el paroxismo por esta historia de un respetable hombre casado que cae indefenso en las garras de una taimada mujer”. Fox estaba feliz, A fool there was fue un exitazo que dejó en réditos mas de un millón de dólares, cifra inédita en los 20 años que tenía el cine en ese momento y que solo sería superada un año después por la que es considerada la primera película con un lenguaje cinematográfico moderno: El nacimiento de una nación de D.W. Griffith.
En el devenir incesante de la Historia del cine vendrían mujeres fatales de todos los calibres, unas mas temibles y despiadadas que otras. No mas miren los ojos de la Stanwyck empujando al infierno a Fred McMurray en Double indemnity o a Jessica Lange obligando a Jack Nicholson a cometer a un asesinato en El cartero llama dos veces pero ninguna tiene el aire frío, como de una mujer que vuelve de la tumba trayendo su lascivia fétida que se deja ver en los pocos fotogramas que quedan de Theda Bara.
Mujeres como ella han hundido civilizaciones enteras.
Adolph Zuckor, húngaro de nacimiento, había llegado al país con la idea de establecer un negocio de pieles pero quedaría enredado en el floreciente mundo de los nickelodeons. De el fue la idea de crear un ideal de mujer, virtuoso, hermoso y puro, con tirabuzones y eternamente virgen. Se llamaba Mary Pickford y era considerada la novia de América. Judíos de toda Europa pululaban en las verdes llanuras de California buscando fortuna y brotando ideas. Uno de ellos fue William Fox quien tomando como ejemplo la idea de Zuckor decidió crear la contraparte, el reverso de la moneda. Si la una era muy pura la otra sería muy puta, si una buscaba un hombre bueno que la llevara al altar la otra buscaba una orgía perpetua. Para ese papel tenía en mente a una oscura actriz de teatro que por obra y gracia de Fox terminó llamándose Theda Bara, anagrama de Muerte Arabe, nombre que se convertiría en sinónimo de lujuria y pecado. Fue la primera vampireza de Hollywood, su primera femme fatale.
Copiandole a los italianos el concepto de divismo, William Fox creó una leyenda entorno a su lujuriosa estrella. Había nacido en una caravana en medio del desierto, su madre estaba a punto de dar a luz cuando una cuadrilla de beduinos fuertemente armados los sorprendió a sangre fría. La niña, aún con el cordón umbilical pegado a su madre muerta, fue separada y llevada por ellos a sus tiendas de campaña donde fue amamantada y criada hasta que una expedición de arqueólogos británicos la rescató. Tenía 15 años y evidentemente había sido abusada sexualmente por la tribu entera.
El público estalló con esa biografía y los hombres, sobre todo los hombres, querían ver en la pantalla a esa pecadora por naturaleza, a esa perra con olor a perfume. Si bien Mary Pickford en Paramount reventaba taquillas y aliviaba conciencias, la Fox no se amilanaba , la serie de melodramas que crearon para Theda daba sus réditos y vaya de que manera. La lascivia paga mejor que la virtud. Las películas en las que la Bara era protagonista eran melodramas sencillos, casi ridículos, en las que ella prevaricaba hasta que su muerte, si conciencia o su conversión la sorprendía en el último rollo.
La única película que se conserva de ella fue la primera y más famosa en las que actuó: A fool there was de 1914. Según George Sadoul en su Historia del cine universal esta película “No incluía nada que no se pudiera presenciar en cualquier calle mayor, ni tampoco nada que tuviera que ver con la vida real. Pero el público se sentía atraído hasta el paroxismo por esta historia de un respetable hombre casado que cae indefenso en las garras de una taimada mujer”. Fox estaba feliz, A fool there was fue un exitazo que dejó en réditos mas de un millón de dólares, cifra inédita en los 20 años que tenía el cine en ese momento y que solo sería superada un año después por la que es considerada la primera película con un lenguaje cinematográfico moderno: El nacimiento de una nación de D.W. Griffith.
En el devenir incesante de la Historia del cine vendrían mujeres fatales de todos los calibres, unas mas temibles y despiadadas que otras. No mas miren los ojos de la Stanwyck empujando al infierno a Fred McMurray en Double indemnity o a Jessica Lange obligando a Jack Nicholson a cometer a un asesinato en El cartero llama dos veces pero ninguna tiene el aire frío, como de una mujer que vuelve de la tumba trayendo su lascivia fétida que se deja ver en los pocos fotogramas que quedan de Theda Bara.
Mujeres como ella han hundido civilizaciones enteras.
LA MAQUINA QUE DERROTO A NAPOLEON
En 1769 Maria Tereza de Austria decidió convocar a su palacio a los sabios e inventores mas reputados de la corte. A la Emperatriz le preocupaba aburrirse en sus ratos libres así que necesitaba urgentemente un entretenimiento. Entre todos los inventos exhibidos le llamó la atención el que le ofreció el barón Wolfgang Von Kempelen. El invento consistía en un hombre de madera sentado al frente de un cajón donde se dejaba ver un reluciente tablero de ajedrez con una visible actitud de desafiar a cualquiera, a trenzarse en una feroz partida. Maria Tereza y sus ministros quedaron estupefactos al ver como el hombre de madera con suma autoridad, derrotaba en unos cuantos movimientos a todo aquel que osara retarlo. Esa tarde comenzó la leyenda.
El ajedrecista, uno de los autómatas mas celebres de todos los tiempos se enfrentó con los hombres más brillantes de su época. Desde el emperador José II pasando por Federico el Grande e incluso a Benjamin Franklin al que derrotó en París. Entre todas las partidas que realizó se destaca la que sostuvo con Napoleón al que derrotó con suma facilidad. En la Historia del ajedrez (1913) H.J.R Murray reconoce que “Napoleón era un jugador entusiasta pero no muy bueno era malo en la apertura e impaciente con el ataque, además de que tenía muy mal perder”. Los que presenciaron la partida afirma que el emperador hizo trampa repetidas veces y que se molestaba cada vez que el turco (Nombre con el que también se conocía la supuesta máquina ya que llevaba un turbante y una pluma en su cabeza) le corregía el movimiento haciéndole notar su error. El emperador terminó tan desesperado que optó por acabar la partida pegándole un puñetazo al tablero haciendo que las fichas se estrellaran contra el suelo.
Por supuesto que muchos dudaban de la veracidad del Turco. Era prácticamente imposible que en el Siglo XVIII una máquina pudiera pensar por si misma. Hombres de talento y de genio como Edgar Allan Poe escribieron sendos ensayos donde intentaban aclarar el misterio, las sombras en las que estaba envuelto el Turco.
Incluso su inventor, nunca afirmó que su criatura jugara al ajedrez por si mismo “ Se trata de un mecanismo sencillo, una bagatela cuyos efectos resultan tan maravillosos solo por la audacia de su concepción y por la afortunada elección en los métodos que se adoptaron para estimular la ilusión” Está claro que el truco existía y los mejores ajedrecistas de esa época habitaron el cuerpo del Turco. Todo consistía en un complejo sistema de espejos e imanes que acá no tendremos el espacio ni el tiempo ni la paciencia para explicarlo. Además optamos por creer que es mas importante el bluff que sostuvo Von Kempelen y sus otros dueños, un truco que prefiguró las maravillas que trajo la modernidad como ese ordenador que hace una década destrozó al mejor jugador de la historia y sin embargo esos computadores están lejos de poseer el aura de magia y misterio que poseía el Turco.
Después de derrotar a los mejores jugadores de Europa el hijo de Von Kempelen, pensando en que la curiosidad por la máquina mermaba vendió el invento de su padre a Johann Maelzel quien se dedicó a exhibir al autómata por toda Europa hasta que en 1825 sus deudas le obligaron a huir a Nueva York donde emprendió una improvisada y para nada fructífera gira americana. Acosado por los acreedores recién adquiridos en el nuevo continente Maelzel decide develar el secreto del Turco a varios periódicos a cambio de un puñado de dólares. Los días como atracción de feria del autómata estaban contados. Sin embargo por unos cuantos años más siguió viajando, incluso alcanzó a estar en Cuba donde Schlumberger, el ajedrecista que en ese momento estaba dentro de la máquina contrae fiebre amarilla y muere después de una breve y tormentosa agonía. Maelzel aquejado de una serie de dolores y de una debilidad constante decide embarcarse a Nueva York donde sería sorprendido por la muerte en la mitad de la travesía. Su cuerpo como si fuera un amasijo de carne putrefacta fue arrojado al mar junto a las costas de Charleston.
El Turco, ya huérfano, es comprado por un excéntrico y filantrópico millonario que tuvo la idea de donarlo al Peale’s Museum de Filadelfia donde logra descansar quince años hasta que un voraz incendio lo transformó en cenizas. Corría el año de 1854.
Durante un siglo el jugador de ajedrez fue objeto de admiración, burla, envidia e indignación. Tuvo una vida parecida a la que siglos después solo tendrían las estrellas del Rock. Sobre él escribieron las mejores plumas del siglo XIX e inspiró historias macabras como la que escribió Ambrose Pierce: El maestro de ajedrez de Moxon publicado en 1909.
De el Turco solo nos han quedado algunos dibujos y sobre todo la imagen difusa que deja su leyenda. Solo Vaucanson con su pato cagón estuvo tan cerca de crear vida. Tan cerca y tan lejos. Todo creador es un mentiroso, un inventor de bluff, un fraude. Sin embargo es una mentira que nos hace felíz.
El ajedrecista, uno de los autómatas mas celebres de todos los tiempos se enfrentó con los hombres más brillantes de su época. Desde el emperador José II pasando por Federico el Grande e incluso a Benjamin Franklin al que derrotó en París. Entre todas las partidas que realizó se destaca la que sostuvo con Napoleón al que derrotó con suma facilidad. En la Historia del ajedrez (1913) H.J.R Murray reconoce que “Napoleón era un jugador entusiasta pero no muy bueno era malo en la apertura e impaciente con el ataque, además de que tenía muy mal perder”. Los que presenciaron la partida afirma que el emperador hizo trampa repetidas veces y que se molestaba cada vez que el turco (Nombre con el que también se conocía la supuesta máquina ya que llevaba un turbante y una pluma en su cabeza) le corregía el movimiento haciéndole notar su error. El emperador terminó tan desesperado que optó por acabar la partida pegándole un puñetazo al tablero haciendo que las fichas se estrellaran contra el suelo.
Por supuesto que muchos dudaban de la veracidad del Turco. Era prácticamente imposible que en el Siglo XVIII una máquina pudiera pensar por si misma. Hombres de talento y de genio como Edgar Allan Poe escribieron sendos ensayos donde intentaban aclarar el misterio, las sombras en las que estaba envuelto el Turco.
Incluso su inventor, nunca afirmó que su criatura jugara al ajedrez por si mismo “ Se trata de un mecanismo sencillo, una bagatela cuyos efectos resultan tan maravillosos solo por la audacia de su concepción y por la afortunada elección en los métodos que se adoptaron para estimular la ilusión” Está claro que el truco existía y los mejores ajedrecistas de esa época habitaron el cuerpo del Turco. Todo consistía en un complejo sistema de espejos e imanes que acá no tendremos el espacio ni el tiempo ni la paciencia para explicarlo. Además optamos por creer que es mas importante el bluff que sostuvo Von Kempelen y sus otros dueños, un truco que prefiguró las maravillas que trajo la modernidad como ese ordenador que hace una década destrozó al mejor jugador de la historia y sin embargo esos computadores están lejos de poseer el aura de magia y misterio que poseía el Turco.
Después de derrotar a los mejores jugadores de Europa el hijo de Von Kempelen, pensando en que la curiosidad por la máquina mermaba vendió el invento de su padre a Johann Maelzel quien se dedicó a exhibir al autómata por toda Europa hasta que en 1825 sus deudas le obligaron a huir a Nueva York donde emprendió una improvisada y para nada fructífera gira americana. Acosado por los acreedores recién adquiridos en el nuevo continente Maelzel decide develar el secreto del Turco a varios periódicos a cambio de un puñado de dólares. Los días como atracción de feria del autómata estaban contados. Sin embargo por unos cuantos años más siguió viajando, incluso alcanzó a estar en Cuba donde Schlumberger, el ajedrecista que en ese momento estaba dentro de la máquina contrae fiebre amarilla y muere después de una breve y tormentosa agonía. Maelzel aquejado de una serie de dolores y de una debilidad constante decide embarcarse a Nueva York donde sería sorprendido por la muerte en la mitad de la travesía. Su cuerpo como si fuera un amasijo de carne putrefacta fue arrojado al mar junto a las costas de Charleston.
El Turco, ya huérfano, es comprado por un excéntrico y filantrópico millonario que tuvo la idea de donarlo al Peale’s Museum de Filadelfia donde logra descansar quince años hasta que un voraz incendio lo transformó en cenizas. Corría el año de 1854.
Durante un siglo el jugador de ajedrez fue objeto de admiración, burla, envidia e indignación. Tuvo una vida parecida a la que siglos después solo tendrían las estrellas del Rock. Sobre él escribieron las mejores plumas del siglo XIX e inspiró historias macabras como la que escribió Ambrose Pierce: El maestro de ajedrez de Moxon publicado en 1909.
De el Turco solo nos han quedado algunos dibujos y sobre todo la imagen difusa que deja su leyenda. Solo Vaucanson con su pato cagón estuvo tan cerca de crear vida. Tan cerca y tan lejos. Todo creador es un mentiroso, un inventor de bluff, un fraude. Sin embargo es una mentira que nos hace felíz.
11 de enero de 2011
RED SOCIAL DE DAVID FINCHER
Con mucho escepticismo me senté en la sala. No había leído mucho sobre la película porque por esos días había decidido alejarme de cualquier medio electrónico. En los últimos meses, cuando decidí alejarme de las personas para poder escribir me sumí en la más deprimente de las adicciones: Internet. Cuando trataba de sumirme en la escritura de un cuento o de un artículo inmediatamente me asaltaba la idea de revisar mi correo o ver quien estaba conectado. Desde que llegué a Colombia esa necesidad desapareció así que estoy solo en una sala y al frente un proyector chorrea una luz sobre una pantalla blanca. Lo que sabía de la película era su nombre, Red Social e imaginaba que era una comedia adolescente sobre los enredos que puede generar entre las parejas el Facebook. No había mucho para ver y lo poco que había ya lo había visto. Me llamaba la atención que la dirigiera un tipo con la trayectoria de David Fincher, autor de Seven, una de mis películas favoritas y del mejor video de la historia del Rock. Love Strong de Los Rolling Stones, cuando vi la Libertad que simboliza a Columbia recordé que había odiado la última película de ese director, la insoportable Benjamin Button pero aún así no me levanté del asiento, al contrario, a medida que la película iba avanzando me adhería más y más a la silla hasta olvidarme que afuera arreciaba uno de los peores aguaceros de los que esta ciudad tenga recuerdos. No era una comedia romántica ni nada parecido, era la reconstrucción de los hechos por los cuales Mark Zuckerberg un joven brillante de 20 años creó un imperio de 25 billones de dólares casi sin pensarlo.
La película empieza la noche en la cual su novia decide echarlo. Con la rabia atravesándole la garganta se refugia en su apartamento donde encuentra consuelo en lo que ama y obsesiona, la internet. Quiere quitarse ese dolor y para eso decide hacerlo grande, demostrarle que es un gran tipo, no puede traerle la luna, ni Jimmy Stewart lo pudo hacer y Donna Reed tuvo que conformarse con un dibujo de su amada atrapando con un lazo de seda la redondez de ese satélite, aunque bueno, después de que hace unas semanas Román Abramovic le regalara cuarenta hectáreas de la luna a su novia los románticos del mundo no tienen muchas excusas que dar.
Pero Zuckerberg no necesita bajar cuerpos celestes a la tierra, tiene una idea genial, crear una página que revolucionará las relaciones sociales, la vida privada será cosa del pasado y lo mejor podrás encontrar a ese amigo perdido que no ves desde tu infancia. Un par de gemelos geniales, estudiantes de Harvard tienen una idea, digamos que ellos fueron los que pusieron la primera piedra pero Mark lo perfeccionó así los gemelos insistan en que fue un robo, un plagio, nadie podría detener la genialidad galopante del joven Hacker.
Con un montaje excepcional, Fischer no se conforma con contarnos la clásica historia del millonario hecho a pulso sino que decide recrear un ambiente, una atmósfera inquietante, cerrada y asfixiante como puede ser Harvard, sus códigos de caballeros, sus reglas inflexibles, su estéril academicismo , su hipocresía y falsedad latentes. Harvard es un feróz ecosistema donde sobrevive el más apto, el más abyecto el que logra ocultar sus sentimientos y convertirse en una máquina “Nuestros alumnos-Dice el presidente de la institución- no buscan un trabajo, lo crean” En ese ambiente se han criado los cerebros mas brillantes de Estados Unidos pero también los más fríos, calculadores.
A pesar de lo que pueda decir su novia Mark Zuckerberg no es una máquina. Por su despecho crea una página que ha sido la piedra angular de los conflictos entre parejas de los últimos tiempos. Todos se cuidan de tomarse una foto indebida, todos entramos en mundos que creímos cerrados con tan solo un click. 40 millones de usuarios testimonian no una moda sino una nueva forma de vida creada desde el desordenado cuarto de un despechado y genial estudiante universitario.
La principal virtud de la película radica en que su director no cae en la tentación de someter a juicio a los personajes. El simplemente muestra y es el espectador el que decide quien puede tener la razón. Creo que a Mark Zackelberg los traicionan sus amigos, aunque bueno, está claro que el que está mas cerca de serlo sea prácticamente un desconocido, el genial creador de Napster Sean Parker (Maravillosamente interpretado por Justin Timberlake) quien es capaz de ver el potencial que esta página puede tener no solo a nivel económico sino a nivel cultural. Seguramente el proyecto de los gemelos se hubiese restringido a la comunidad universitaria de Harvard y no ser el suceso mundial que hoy representa Facebook.
Con Red Social David Ficher consigue su película más sólida desde los lejanos días de El club de la pelea. En un año cinematográficamente muy pobre Red social se postula como firme candidata a arrasar con los premios de la Academia. Este es un filme que no solo sirve para informarte sobre los vericuetos del Billonario mas joven del mundo sino que es buen cine, una virtud que cada día escasea más en nuestras salas.
La película empieza la noche en la cual su novia decide echarlo. Con la rabia atravesándole la garganta se refugia en su apartamento donde encuentra consuelo en lo que ama y obsesiona, la internet. Quiere quitarse ese dolor y para eso decide hacerlo grande, demostrarle que es un gran tipo, no puede traerle la luna, ni Jimmy Stewart lo pudo hacer y Donna Reed tuvo que conformarse con un dibujo de su amada atrapando con un lazo de seda la redondez de ese satélite, aunque bueno, después de que hace unas semanas Román Abramovic le regalara cuarenta hectáreas de la luna a su novia los románticos del mundo no tienen muchas excusas que dar.
Pero Zuckerberg no necesita bajar cuerpos celestes a la tierra, tiene una idea genial, crear una página que revolucionará las relaciones sociales, la vida privada será cosa del pasado y lo mejor podrás encontrar a ese amigo perdido que no ves desde tu infancia. Un par de gemelos geniales, estudiantes de Harvard tienen una idea, digamos que ellos fueron los que pusieron la primera piedra pero Mark lo perfeccionó así los gemelos insistan en que fue un robo, un plagio, nadie podría detener la genialidad galopante del joven Hacker.
Con un montaje excepcional, Fischer no se conforma con contarnos la clásica historia del millonario hecho a pulso sino que decide recrear un ambiente, una atmósfera inquietante, cerrada y asfixiante como puede ser Harvard, sus códigos de caballeros, sus reglas inflexibles, su estéril academicismo , su hipocresía y falsedad latentes. Harvard es un feróz ecosistema donde sobrevive el más apto, el más abyecto el que logra ocultar sus sentimientos y convertirse en una máquina “Nuestros alumnos-Dice el presidente de la institución- no buscan un trabajo, lo crean” En ese ambiente se han criado los cerebros mas brillantes de Estados Unidos pero también los más fríos, calculadores.
A pesar de lo que pueda decir su novia Mark Zuckerberg no es una máquina. Por su despecho crea una página que ha sido la piedra angular de los conflictos entre parejas de los últimos tiempos. Todos se cuidan de tomarse una foto indebida, todos entramos en mundos que creímos cerrados con tan solo un click. 40 millones de usuarios testimonian no una moda sino una nueva forma de vida creada desde el desordenado cuarto de un despechado y genial estudiante universitario.
La principal virtud de la película radica en que su director no cae en la tentación de someter a juicio a los personajes. El simplemente muestra y es el espectador el que decide quien puede tener la razón. Creo que a Mark Zackelberg los traicionan sus amigos, aunque bueno, está claro que el que está mas cerca de serlo sea prácticamente un desconocido, el genial creador de Napster Sean Parker (Maravillosamente interpretado por Justin Timberlake) quien es capaz de ver el potencial que esta página puede tener no solo a nivel económico sino a nivel cultural. Seguramente el proyecto de los gemelos se hubiese restringido a la comunidad universitaria de Harvard y no ser el suceso mundial que hoy representa Facebook.
Con Red Social David Ficher consigue su película más sólida desde los lejanos días de El club de la pelea. En un año cinematográficamente muy pobre Red social se postula como firme candidata a arrasar con los premios de la Academia. Este es un filme que no solo sirve para informarte sobre los vericuetos del Billonario mas joven del mundo sino que es buen cine, una virtud que cada día escasea más en nuestras salas.
5 de enero de 2011
LA TARDE EN QUE LA MUERTE DEJO DE SER ABSOLUTA
Cierro los ojos y me inserto en el cuerpo de una persona, los abro y estoy caminando en París sobre la calle de las capuchinas. Es una despejada tarde de invierno y la ciudad vivía la resaca de la navidad. El siglo se acaba y no se sabe si reir o llorar al ver como el hombre era capaz de acelerar el tiempo, torcer el destino, ganarle el pulso a Dios con el poder de sus inventos. Ahora, precisamente, a unos cuantos metros en el Salón Indien del Gran café los hermanos Lumiere darán a conocer su nueva empresa, una máquina que es capáz de captar, retener y proyectar el movimiento. Ahora el tiempo podía caber en una lata. Miles de años después se haría realidad el sueño que tuvo ese cavernícola al tratar de proyectar el movimiento de un bufalo en la escabrosa roca de una cueva en Altamira. A pesar de la relevancia del evento la sala está semivacía y solo un periódico a decidido mandar un reportero. Esa mañana de navidad París era una sola migraña.
Subitamente se apagan las luces, el hombre que no soy yo torpemente se abre camina entre las butacas y por pisar los encallecidos pies de una gorda se gana un paraguazo. Sin embargo logra ubicarse en un buen sitio a pesar de la rechifla generalizada. Sobre una pared blanca una luz comienza a desparramar imágenes, como manchas de humedad crecen sobre la pared las imágenes de unos obreros saliendo de una fábrica, una mujer sumergida en sus pensamientos viendo como el mar se la quiere tragar, un niño riega unas plantas e incluso nos tuvimos que echar al suelo al ver como una locomotora se nos venía encima. Cuando se prendieron las luces la gente estaba pálida y apenas podía coordinar unos débiles aplausos.
Al salir me sorprendió constatar que aún era de día, caminé por la ciudad gambeteando el viento que empezaba a aparecer cortando el gabán como un cuchillo. Dormí con tranquilidad soñando los sueños de otro, me levanté y busqué en los cinco periódicos que circulaban en París alguna noticia del milagro que había presenciado . En solo uno encontré una nota pequeña pero hecha con delicadeza, una nota que abría la historia de la crítica cinematográfica y que terminaba de esta manera “ Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta; los personajes que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros vivos y activos después de su fallecimiento”.
Ese 25 de diciembre de 1895 los impresionistas vivieron el último estertor de su alegría porque en el suave contonera de una señora encorsetada, en el ondear de el gorro enmohecido de un obrero, en el abanicarse de una joven, en el humo que vomita la locomotora, significaron el fracaso absoluto de la búsqueda de Monet, Van Gogh o Renoir, no podían revertir la situación mientras ellos solo contaban con una paleta llena de colores los Lumiere atacaban con su metralleta que disparaba 16 fotos por segundo.
Como evangelistas salieron por el mundo los camarografos de Lumiere llevando el legado, la muerte se podía vencer, los recuerdos conservar, la belleza eterna. Se filmaron mares, paisajes exóticos que el ciudadano común y corriente nunca pensó llegar a ver.
Sin embargo al cabo de tres años los hermanos comenzaron a tener perdidas, la gente se cansaba de ver las mismas tomavistas sin que ninguna acción pasara en ellas. Espentados por el declive le vendieron su invento a un mago francés un tipo que dirigía el Teatro Houdini de París y que se llamaba George Melies el hombre que transformó un adelanto tecnológico en la más eficaz de las varitas mágicas.
Subitamente se apagan las luces, el hombre que no soy yo torpemente se abre camina entre las butacas y por pisar los encallecidos pies de una gorda se gana un paraguazo. Sin embargo logra ubicarse en un buen sitio a pesar de la rechifla generalizada. Sobre una pared blanca una luz comienza a desparramar imágenes, como manchas de humedad crecen sobre la pared las imágenes de unos obreros saliendo de una fábrica, una mujer sumergida en sus pensamientos viendo como el mar se la quiere tragar, un niño riega unas plantas e incluso nos tuvimos que echar al suelo al ver como una locomotora se nos venía encima. Cuando se prendieron las luces la gente estaba pálida y apenas podía coordinar unos débiles aplausos.
Al salir me sorprendió constatar que aún era de día, caminé por la ciudad gambeteando el viento que empezaba a aparecer cortando el gabán como un cuchillo. Dormí con tranquilidad soñando los sueños de otro, me levanté y busqué en los cinco periódicos que circulaban en París alguna noticia del milagro que había presenciado . En solo uno encontré una nota pequeña pero hecha con delicadeza, una nota que abría la historia de la crítica cinematográfica y que terminaba de esta manera “ Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta; los personajes que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros vivos y activos después de su fallecimiento”.
Ese 25 de diciembre de 1895 los impresionistas vivieron el último estertor de su alegría porque en el suave contonera de una señora encorsetada, en el ondear de el gorro enmohecido de un obrero, en el abanicarse de una joven, en el humo que vomita la locomotora, significaron el fracaso absoluto de la búsqueda de Monet, Van Gogh o Renoir, no podían revertir la situación mientras ellos solo contaban con una paleta llena de colores los Lumiere atacaban con su metralleta que disparaba 16 fotos por segundo.
Como evangelistas salieron por el mundo los camarografos de Lumiere llevando el legado, la muerte se podía vencer, los recuerdos conservar, la belleza eterna. Se filmaron mares, paisajes exóticos que el ciudadano común y corriente nunca pensó llegar a ver.
Sin embargo al cabo de tres años los hermanos comenzaron a tener perdidas, la gente se cansaba de ver las mismas tomavistas sin que ninguna acción pasara en ellas. Espentados por el declive le vendieron su invento a un mago francés un tipo que dirigía el Teatro Houdini de París y que se llamaba George Melies el hombre que transformó un adelanto tecnológico en la más eficaz de las varitas mágicas.
6 de diciembre de 2010
LA MUERTE DE UN SIERVO
El hecho de haberme vestido temprano no impidió que llegara tarde a la presentación de Stephanek. La gente se convertía en un sólo hombre gordo y sudoroso. Detestaba ese tipo de aglomeraciones y me maldije entre dientes por haberme quedado esperando una carroza cuando lo más seguro para llegar al teatro es el tranvía pero detesto las multitudes. Como un acto reflejo siempre que llego tarde me llevo la mano al bolsillo en busca de un billete que se puede convertir en llave siempre y cuando de con el portero indicado. Desde que el nuevo presidente está en el poder, los fraudes y sobornos escasean pero esta noche podría estar con suerte. Con el billete de cien en la mano me fui internando en la multitud. El portero era un hombre joven y de contextura gruesa, apenas me vio me dejó entrar: “lo he visto en los periódicos señor, no tiene porque molestarse” y yo alcancé a sonrojarme y disimuladamente guardé el billete en mi bolsillo.
Ya no había nadie en la sala de espera. Al fondo sólo se veía la cortina roja. Stephanek estaba detrás de ella. ¿Cómo describir la emoción de estar allí? Sabía de Stephanek por sus discos y las noticias que llegaban sueltas en el periódico local. Cuando leí que él venía a la ciudad simplemente no lo pude creer. Stephanek, el más grande de los baladistas estaría acá en la árida tierra de los cujíes. Esto era otro logro del gobierno revolucionario, ponernos en un ámbito universal cuando nosotros siempre fuimos provincia. No puedo decir que caminé hasta la cortina, la apreciación más cercana sería que me elevé por los aires y que flotando entraría en la sala repleta de gente. No se escuchaba sino un estribillo de opereta, apenas estaban en los preliminares. Ya me disponía a cruzar la cortina cuando un tipo salió de ella.
–Pero qué sorpresa encontrármelo a usted tan tarde por el pasillo- dijo el hombre.
–Perdón, ¿lo conozco?
–Talvez no, pero yo a usted sí. Cómo no conocer al agregado cultural del gobierno revolucionario, permítame presentarme: soy Joaquín Rosales, profundo admirador de Stephanek al igual que usted.
–¿Y cómo sabe que yo admiro a Stephanek?
–Ay hombre admiro su sencillez, casi todo el mundillo intelectual de este país goza con el articulo que usted publicó en el periódico, creo que se llamaba “Qué tiene que ver la vista con la vida de un baladista”.
–Oh, ya lo había olvidado; son tantos los artículos que he publicado, bueno, de verdad me alegro que le haya gustado, ahora si me permite, debo entrar, no quiero perderme un solo momento del espectáculo
–Descuide, al parecer ha surgido un problema técnico. No creo que empiece antes de las diez.
–Bueno, de todas maneras quiero entrar, de pronto pueda agarrar algún puesto bien ubicado.
–Pues amigo, usted está hoy con suerte, tengo mis excentricidades como la mayoría de los intelectuales y siempre que voy a este tipo de espectáculos compro tres asientos, para evitarme los comentarios estúpidos de cualquier espectador ignorante así que si me permite ofrecerle uno…
–Hombre no tiene por qué molestarse, estoy seguro de conseguir uno adentro.
–No es ninguna molestia además no tiene ni la más mínima posibilidad de conseguir asiento adentro, mire ¿por qué más bien no me acompaña a fumar un cigarrillo, hablamos un rato y después entramos a escuchar al baladista ¿le parece?
Consulté el reloj y faltaban veinte minutos para las diez. No estaba mal fumarme un cigarrillo, ser un personaje público tiene ese tipo de ventajas, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte.
–Lo único malo señor Rosales es que en esta sala está prohibido fumar.
–Ah si, yo iba a ir al baño a fumarlo, así que si quiere acompañarme.
Asentí, el hombre debía medir más de lo normal, además sus hombros eran descomunales, podía decir perfectamente que era un canciller de otro país invitado por el gobierno revolucionario y yo lo hubiese creído perfectamente. Pero no era así, seguramente era del País del viento.
–Es difícil encontrar un baño más limpio en esta ciudad– dijo el hombre mientras sacaba su pitillera–, de verdad se puede decir que huele hasta rosas.
–Uno de los preceptos revolucionarios es mantener limpio hasta lo que debe estar sucio. Gracias– Dije al aceptar el cigarrillo.
–Sabe que si se supliera a cabalidad esa asepsia, este país estaría peor de lo que está, déjeme prendérselo, listo… mire hermano, esos ambientes tan fríos que deja la limpieza a mí la verdad me generan suprema desconfianza.
–Yo creo que todo esta limpio, todo, sobre todo las conciencias, antes en este país todo el mundo las tenía sucias, eso cambió cuando llegó el presidente… qué raro, estos cigarrillos tienen filtro.
–No, no es raro, es que estos cigarrillos son americanos.
– ¡Americanos! Eso es un crimen, ¿Dónde los consiguió?
– Ya sabe, contactos aquí, contactos allá, yo no puedo quedarme quieto, además me parece una exageración que darse un gusto tan básico como fumar bien sea considerado un crimen.
–Si el contrabando no es un crimen entonces ¿qué lo es?
–El mal gusto señor, el mal gusto de fumar ese tabaco nacional que huele a pecueca, ese sí que es un crimen inadmisible, dicen que da hasta caries.
–Señor, usted no se da cuenta que esos comentarios podrían llevarlo al exilio, yo formo parte del gobierno revolucionario y podría sacarlo del país solamente con decir que usted tiene en su saco un paquete de cigarrillos ame, ame… ame…
– ¡Americanos! Ay señor, agregado cultural, créame que he leído detalladamente sus escritos y puedo constatar que usted en el fondo es un liberal, por eso no le oculto que tengo un paquete de cigarrillos en el bolsillo, además usted no ha botado su cigarro todavía.
Rosales tenía razón, yo tenía el cigarro entre los dedos. No lo disfrutaba, lo juro, lo tenía todavía conmigo por la conmoción que sentía al ver a alguien que no pudiera ver que la gloria no estaba en un paquete de cigarros nacionales sino en la integridad de un país. Boté el cigarrillo inmediatamente.
–Eventualmente usted es de la oposición– le dije a Rosales un poco más tranquilo.
–Como organismo pensante que se respete claro que lo soy.
–Y usted tampoco se llama Joaquín Rosales
– ¡Hombre, claro que no! Mi nombre puede ser cualquiera.
–La oposición nunca nos trajo cosas buenas, mientras ustedes estuvieron en el poder hubo desempleo y analfabetismo. La corrupción acabó con este país.
–No pertenezco a esa clase de oposición. Cuando estuvieron los del partido azul también estuve preso. Soy un inconforme universal.
– ¿Cómo se puede ser tan ruin? ¿Sabe una cosa? Agradézcale a este gobierno el hecho de haber traído a Stephanek, el mejor baladista de todos los tiempos. Por mí que usted se pudra en el infierno, hoy he venido a ver a Stephanek y no a hablar con un desadaptado, así que si me disculpa…
Iba a agarrar la perilla de la puerta cuando el hombre me tomó del brazo “está bien”, me dijo acercándome el rostro que se volvía pálido a medida que iba votando palabras: “está bien, lo admiro, tiene la suficiente vergüenza como para tratar de sobornar al portero, ¿cree que no vi como se metía la maño al bolsillo y sacaba ese inmaculadito billete de cien? Todo por la cultura, señor agregado cultural, todo por la cultura”. Traté de zafarme pero su mano se convirtió en hierro. “Y después la sangre se le subió a la cara de la vergüenza que le dio, pero el crimen ya estaba hecho, eso es lo que le enseña el presidente a sus secuaces, eso es”.
–Suélteme, está usted loco –Le grité en la cara soltándome bruscamente de su mano–. ¿Quiere que llame a la policía? Tengo suficientes pruebas –el hombre arrugó el paquete de cigarros y lo botó a una papelera–. ¡Eso no es una prueba incauto! Me creerán todo lo que les diga, ¡todo! Yo también soy el gobierno, yo también soy pueblo.
El tipo se llevó las manos a la cara y empezó a mover su cabeza. Por un momento creí que era una forma de pedir perdón, incluso estuve tentado a acercarme y decirle algo alentador. El impulso se convirtió en asco y decidí salir. La sala de espera continuaba vacía, ya detrás de la cortina roja se escuchaban los primeros acordes del concierto, justo iba a cruzar el umbral cuando volví a sentir la mano pesada como el hierro.
–Le aconsejo que no entre, he matado al tirano.
Sin atreverme a mirarlo sentí un líquido caliente bajar por la piel. Aterrado traté de reaccionar pero Rosales ya no estaba en la sala. El cuchillo lleno de sangre estaba en el piso, la perplejidad no me dejó moverme del sitio. Un barullo de voces iba creciendo desde adentro. La música se había interrumpido abruptamente, de la cortina salieron dos hombres gigantes con rosotas oscuros, uno me tomó del cuello y el otro gritaba que habían encontrado al asesino. No entendía nada y todo su fue poniendo negro.
Al despertar me hallaba en una celda. No había necesidad de un juicio, así que fue fácil comprobar que había traicionado a la patria, que era el jefe máximo de la insurgencia, que en mi actividad delictiva había ordenado la muerte de quince mil personas. La sentencia era la horca pero fue conmutada porque el presidente, en una intensa pelea, pudo ganarle el pulso a la muerte.
Ahora pago cadena perpetua y trabajos forzados.
Anoche, después de cinco años volví a leer el periódico. En la primera página aparece la foto de un hombre ahorcado. Debajo de ésta había un texto: “Se suicida el actual asesor de nuestro querido comandante. Al parecer iba a ser relevado de su cargo, sufrió tanto al saber la noticia que no encontró otro consuelo que la muerte. Paz en su tumba a este perínclito barón de la patria”.
A pesar de lo borrosa que estaba la foto no me costó ningún trabajo reconocer a Joaquín Rosales. Después de fracasar en su intento de aniquilar al comandante no tuvo más remedio que agachar la cabeza y anexarse a lo que tanto odiaba. El Presidente en su infinita bondad lo recibió con los brazos abiertos: Joaquín tenía debajo del brazo una carpeta donde reposaban los nombres de los principales cabecillas rebeldes. Gracias a eso la insurgencia fue virtualmente aniquilada y Rosales se convirtió en la mano derecha del comandante.
Lo que me duele de estar encerrado es no haber podido ver a Stephanek. Dicen que el gobierno está pensando en traerlo, en darnos una función a los reclusos. De sólo pensarlo he perdido el sueño. La condena sigue y la pago gustoso. Yo soy la prueba viviente de que el sistema judicial impuesto por el presidente es infalible. Mientras tanto él sigue en el trono, inmutable, grande y eterno.
Ya no había nadie en la sala de espera. Al fondo sólo se veía la cortina roja. Stephanek estaba detrás de ella. ¿Cómo describir la emoción de estar allí? Sabía de Stephanek por sus discos y las noticias que llegaban sueltas en el periódico local. Cuando leí que él venía a la ciudad simplemente no lo pude creer. Stephanek, el más grande de los baladistas estaría acá en la árida tierra de los cujíes. Esto era otro logro del gobierno revolucionario, ponernos en un ámbito universal cuando nosotros siempre fuimos provincia. No puedo decir que caminé hasta la cortina, la apreciación más cercana sería que me elevé por los aires y que flotando entraría en la sala repleta de gente. No se escuchaba sino un estribillo de opereta, apenas estaban en los preliminares. Ya me disponía a cruzar la cortina cuando un tipo salió de ella.
–Pero qué sorpresa encontrármelo a usted tan tarde por el pasillo- dijo el hombre.
–Perdón, ¿lo conozco?
–Talvez no, pero yo a usted sí. Cómo no conocer al agregado cultural del gobierno revolucionario, permítame presentarme: soy Joaquín Rosales, profundo admirador de Stephanek al igual que usted.
–¿Y cómo sabe que yo admiro a Stephanek?
–Ay hombre admiro su sencillez, casi todo el mundillo intelectual de este país goza con el articulo que usted publicó en el periódico, creo que se llamaba “Qué tiene que ver la vista con la vida de un baladista”.
–Oh, ya lo había olvidado; son tantos los artículos que he publicado, bueno, de verdad me alegro que le haya gustado, ahora si me permite, debo entrar, no quiero perderme un solo momento del espectáculo
–Descuide, al parecer ha surgido un problema técnico. No creo que empiece antes de las diez.
–Bueno, de todas maneras quiero entrar, de pronto pueda agarrar algún puesto bien ubicado.
–Pues amigo, usted está hoy con suerte, tengo mis excentricidades como la mayoría de los intelectuales y siempre que voy a este tipo de espectáculos compro tres asientos, para evitarme los comentarios estúpidos de cualquier espectador ignorante así que si me permite ofrecerle uno…
–Hombre no tiene por qué molestarse, estoy seguro de conseguir uno adentro.
–No es ninguna molestia además no tiene ni la más mínima posibilidad de conseguir asiento adentro, mire ¿por qué más bien no me acompaña a fumar un cigarrillo, hablamos un rato y después entramos a escuchar al baladista ¿le parece?
Consulté el reloj y faltaban veinte minutos para las diez. No estaba mal fumarme un cigarrillo, ser un personaje público tiene ese tipo de ventajas, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte.
–Lo único malo señor Rosales es que en esta sala está prohibido fumar.
–Ah si, yo iba a ir al baño a fumarlo, así que si quiere acompañarme.
Asentí, el hombre debía medir más de lo normal, además sus hombros eran descomunales, podía decir perfectamente que era un canciller de otro país invitado por el gobierno revolucionario y yo lo hubiese creído perfectamente. Pero no era así, seguramente era del País del viento.
–Es difícil encontrar un baño más limpio en esta ciudad– dijo el hombre mientras sacaba su pitillera–, de verdad se puede decir que huele hasta rosas.
–Uno de los preceptos revolucionarios es mantener limpio hasta lo que debe estar sucio. Gracias– Dije al aceptar el cigarrillo.
–Sabe que si se supliera a cabalidad esa asepsia, este país estaría peor de lo que está, déjeme prendérselo, listo… mire hermano, esos ambientes tan fríos que deja la limpieza a mí la verdad me generan suprema desconfianza.
–Yo creo que todo esta limpio, todo, sobre todo las conciencias, antes en este país todo el mundo las tenía sucias, eso cambió cuando llegó el presidente… qué raro, estos cigarrillos tienen filtro.
–No, no es raro, es que estos cigarrillos son americanos.
– ¡Americanos! Eso es un crimen, ¿Dónde los consiguió?
– Ya sabe, contactos aquí, contactos allá, yo no puedo quedarme quieto, además me parece una exageración que darse un gusto tan básico como fumar bien sea considerado un crimen.
–Si el contrabando no es un crimen entonces ¿qué lo es?
–El mal gusto señor, el mal gusto de fumar ese tabaco nacional que huele a pecueca, ese sí que es un crimen inadmisible, dicen que da hasta caries.
–Señor, usted no se da cuenta que esos comentarios podrían llevarlo al exilio, yo formo parte del gobierno revolucionario y podría sacarlo del país solamente con decir que usted tiene en su saco un paquete de cigarrillos ame, ame… ame…
– ¡Americanos! Ay señor, agregado cultural, créame que he leído detalladamente sus escritos y puedo constatar que usted en el fondo es un liberal, por eso no le oculto que tengo un paquete de cigarrillos en el bolsillo, además usted no ha botado su cigarro todavía.
Rosales tenía razón, yo tenía el cigarro entre los dedos. No lo disfrutaba, lo juro, lo tenía todavía conmigo por la conmoción que sentía al ver a alguien que no pudiera ver que la gloria no estaba en un paquete de cigarros nacionales sino en la integridad de un país. Boté el cigarrillo inmediatamente.
–Eventualmente usted es de la oposición– le dije a Rosales un poco más tranquilo.
–Como organismo pensante que se respete claro que lo soy.
–Y usted tampoco se llama Joaquín Rosales
– ¡Hombre, claro que no! Mi nombre puede ser cualquiera.
–La oposición nunca nos trajo cosas buenas, mientras ustedes estuvieron en el poder hubo desempleo y analfabetismo. La corrupción acabó con este país.
–No pertenezco a esa clase de oposición. Cuando estuvieron los del partido azul también estuve preso. Soy un inconforme universal.
– ¿Cómo se puede ser tan ruin? ¿Sabe una cosa? Agradézcale a este gobierno el hecho de haber traído a Stephanek, el mejor baladista de todos los tiempos. Por mí que usted se pudra en el infierno, hoy he venido a ver a Stephanek y no a hablar con un desadaptado, así que si me disculpa…
Iba a agarrar la perilla de la puerta cuando el hombre me tomó del brazo “está bien”, me dijo acercándome el rostro que se volvía pálido a medida que iba votando palabras: “está bien, lo admiro, tiene la suficiente vergüenza como para tratar de sobornar al portero, ¿cree que no vi como se metía la maño al bolsillo y sacaba ese inmaculadito billete de cien? Todo por la cultura, señor agregado cultural, todo por la cultura”. Traté de zafarme pero su mano se convirtió en hierro. “Y después la sangre se le subió a la cara de la vergüenza que le dio, pero el crimen ya estaba hecho, eso es lo que le enseña el presidente a sus secuaces, eso es”.
–Suélteme, está usted loco –Le grité en la cara soltándome bruscamente de su mano–. ¿Quiere que llame a la policía? Tengo suficientes pruebas –el hombre arrugó el paquete de cigarros y lo botó a una papelera–. ¡Eso no es una prueba incauto! Me creerán todo lo que les diga, ¡todo! Yo también soy el gobierno, yo también soy pueblo.
El tipo se llevó las manos a la cara y empezó a mover su cabeza. Por un momento creí que era una forma de pedir perdón, incluso estuve tentado a acercarme y decirle algo alentador. El impulso se convirtió en asco y decidí salir. La sala de espera continuaba vacía, ya detrás de la cortina roja se escuchaban los primeros acordes del concierto, justo iba a cruzar el umbral cuando volví a sentir la mano pesada como el hierro.
–Le aconsejo que no entre, he matado al tirano.
Sin atreverme a mirarlo sentí un líquido caliente bajar por la piel. Aterrado traté de reaccionar pero Rosales ya no estaba en la sala. El cuchillo lleno de sangre estaba en el piso, la perplejidad no me dejó moverme del sitio. Un barullo de voces iba creciendo desde adentro. La música se había interrumpido abruptamente, de la cortina salieron dos hombres gigantes con rosotas oscuros, uno me tomó del cuello y el otro gritaba que habían encontrado al asesino. No entendía nada y todo su fue poniendo negro.
Al despertar me hallaba en una celda. No había necesidad de un juicio, así que fue fácil comprobar que había traicionado a la patria, que era el jefe máximo de la insurgencia, que en mi actividad delictiva había ordenado la muerte de quince mil personas. La sentencia era la horca pero fue conmutada porque el presidente, en una intensa pelea, pudo ganarle el pulso a la muerte.
Ahora pago cadena perpetua y trabajos forzados.
Anoche, después de cinco años volví a leer el periódico. En la primera página aparece la foto de un hombre ahorcado. Debajo de ésta había un texto: “Se suicida el actual asesor de nuestro querido comandante. Al parecer iba a ser relevado de su cargo, sufrió tanto al saber la noticia que no encontró otro consuelo que la muerte. Paz en su tumba a este perínclito barón de la patria”.
A pesar de lo borrosa que estaba la foto no me costó ningún trabajo reconocer a Joaquín Rosales. Después de fracasar en su intento de aniquilar al comandante no tuvo más remedio que agachar la cabeza y anexarse a lo que tanto odiaba. El Presidente en su infinita bondad lo recibió con los brazos abiertos: Joaquín tenía debajo del brazo una carpeta donde reposaban los nombres de los principales cabecillas rebeldes. Gracias a eso la insurgencia fue virtualmente aniquilada y Rosales se convirtió en la mano derecha del comandante.
Lo que me duele de estar encerrado es no haber podido ver a Stephanek. Dicen que el gobierno está pensando en traerlo, en darnos una función a los reclusos. De sólo pensarlo he perdido el sueño. La condena sigue y la pago gustoso. Yo soy la prueba viviente de que el sistema judicial impuesto por el presidente es infalible. Mientras tanto él sigue en el trono, inmutable, grande y eterno.
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