24 de enero de 2012

GONE BABY GONE DE BEN AFFLECK. LA PELICULA DE UN AUTOR.

Desde que en 1994 junto con su amigo Matt Damon escribió el guión de Good Will Hunting Ben Affleck estuvo tentado a dirigir sus propios proyectos. En aquella ocasión Harvey Weinstein impuso su peso y exigió que en el proyecto estuviera al frente un veterano como Gus Van Sant. Trece años después Ben Affleck era mas importante para la prensa rosa que para la crítica especializada. Su publicitado romance con JLO lo catapultó en los tabloides sensacionalistas pero prácticamente acabó su carrera como estrella cinematográfica. Además veía con preocupación como su nombre empezaba ha convertirse en veneno para la taquilla.
A diferencia de Matt Damon la prioridad en su carrera como actor fue hacer la mayor cantidad de plata posible. Por eso se sintió cómodo en las insufribles Armagedon y Pearl Harbor, tal vez dos de las películas mas ridículas de la historia. El morder constantemente el polvo lo llevó a replantearse su carrera. Por eso decide en 2007, con apoyo de su casa materna Miramax emprender el difícil camino de la dirección. Lo importante es que tenía una historia por contar. Affleck era de un barrio deprimido de Boston. Creció viendo gente drogándose, muchos de sus amigos de infancia cayeron presos o abaleados por la policía. En unas semanas ayudado por una guionista profesional el hombre mas sexy de Hollywood, ayudado por una guionista profesional terminó un guión bastante prometedor, lleno de personajes solidos, llenos de contradicciones. Gente real encerrada en un papel.
Influenciado por Clint Eastwood adaptó la novela de Dennis Lehane el mismo que adaptó Río Mistico. Mientras veía Gone baby Gone no podía dejar de pensar en las similitudes que encontraba con el autor de Gran Torino, solo que había una diferencia que se concretó a medida que transcurría la película. El nivel de realismo, el casting, el color local. Todo era mas real en la película del otrora odiado Ben Affleck.
Películas sobre desapariciones de niño hay muchas y a mi en lo particular no me gustan. Creo que el maltrato animal e infantil mostrado en el cine no es mas que un abuso de poder por parte del realizador. Pero en el cine no existen grandes temas sino grandes tratamientos. Lo interesante del filme es la mirada que hace Ben Affleck de esa desaparición. Como un maestro va tejiendo una de esas tramas que al final sorprenden pero que no se basan solo en buscar el efecto deseado sino en ayudarnos a entender las dificilísimas decisiones que toman los personajes dentro del filme. Como Eastwood, Affleck se revela como un excelente director de actores. Su hermano Casey quien hace poco lo vimos en Un asesino dentro de mi se forja un personaje lleno de matices, de contradicciones. Un tipo con una rectitud moral que provoca admiración y rechazo a la vez. La desconocida actriz Amy Ryan está impresionante en su papel de madre drogadicta. Ed Harris y Morgan Freeman con este filme continúan construyendo su leyenda. Como en la vida real acá nadie es completamente bueno ni completamente malo. Son solo seres humanos y Ben Affleck nos da el privilegio de juzgar, de sacar conclusiones por nuestra propia cuenta. Nos convierte en espectadores activos.
Gone baby gone no fue un gran éxito de taquilla lo que dificulta encontrarla en buscadores comunes. La encontré en Netflix y como me encantó The town y Casey Affleck se encuentra entre mis nuevos ídolos decidí verla. Esperaba ver una muy buena película. No siempre sucede que el resultado desborde tus expectativas. Esperemos que Ben replantee su carrera y que entienda que como Clint Eastwood pueden ser mejores detrás de las cámaras que delante de ellas. Gone baby gone y The town confirman a Ben Affleck como un autor. Algo muy raro de ver en nuestros aburridos y grises días.

23 de enero de 2012

SICOPATA AMERICANO. MATAR AL RITMO DE MICHAEL BOLTON

Patrick Bateman se levanta todos los días a las siete de la mañana. Desayuna ligero, hace una fuerte rutina de ejercicios. Luego sumerge su rostro en dieciséis clases de crema. Antes de salir a su lujosa oficina en el World Trade Center pasa su cuerpo perfecto por la máquina bronceadora. La competencia es tan fuerte en Wall Street que todos visten igual, se peinan de una misma forma, llevan las mismas gafas. El aburrimiento y la frivolidad son lo único que se respira en los despachos de los rascacielos.
Contrario a lo que te han dicho, cuando disfrutas del éxito no tienes que trabajar mucho para mantenerte en él. Trata de rodearte de gente linda, de ganadores. Reserva con anticipación un cupo en el restaurante o en el gimnasio de moda. Si no te ven estas aniquilado. Eres un yuppie, nada puede cambiar, ni los genocidios en Sri-Lanka, ni la muerte de millones de niños por hambre en Etiopía. Eres un yuppie, tienes el mundo en un puño.
Después de la revolución cultural de los sesenta, los hijos de los hippies fueron máquinas perfectamente aceitadas que impusieron en los ochenta el régimen de la tecnocracia. Por eso la directora canadiense Mary Harron tiene el acierto de ser fiel con la novela homónima de Bret Easton Ellis hasta en su propia atmósfera. La película respira por sus poros toda la maldita estética ochentera, las calles de Nueva York destilando fiebre por sus cloacas, las minifalda, las grandes limusinas, el gel, el VHS. Los malditos años de Reagan son al final peores que los de Nixon porque ya no existía la contracultura. La labor había concluido, ya estaban en el poder los Bateman, frios y despiadados. Viviendo solamente para sus cuerpos perfectos, refugiados en sus amplios y desocupados departamentos donde guardan porque no el cuerpo mutilado de la última prostituta con la que salieron.
Cristian Bale no solo es un gran actor sino que tiene la capacidad Deniriana de transformarse en lo que se le da la gana. La transformación no solo es física sino mental. Si nos da tanto miedo Patrick Bateman es porque es un personaje real, construido por obra y gracia de este nuevo genio de la actuación. Cada vez que va a perpetrar un asesinato tiene la costumbre de poner el disco de moda, explicando la grandeza de Genesis cuando decidió sucumbir a la estupidez de Phil Collins, o lo hermosa que es una balada de Whitney Houston. Es el discurso de un fanático, de un hombre que cree que Michael Bolton o Richard Marx bien podrían estar a la altura de Mozart o Miles Davis. ¿A donde se fue Jefferson Airplane?, ¿acaso los asesinos en serie ya no escuchan Velvet Underground?.
El cinismo, la crítica exacerbada no solo a un sistema sino a una década son los puntos fuertes en este nuevo clásico. Hombres vestidos igual, hechos en masa, constatan que la distopía de Huxley se cumplió a cabalidad. No fue el comunismo lo que hizo que los hombres se parecieran sino el capitalismo salvaje. La competencia despiadada igualó a los niños bien. En los ochenta ya no necesitabas tener canas para dirigir la economía mundial, tan solo una buena pinta, un correcto bronceado, un cuerpo escultural es necesario para estar al frente de una compañía.
Cansado de no tener satisfacción el yuppie se divierte matando al que se le ponga al frente. A medida que el aburrimiento vaya aumentando va creciendo la obsesión, el descontrol, Bateman olvidará el método y simplemente matará todo lo que se le ponga al frente. Las cabezas de sus prostitutas se mantienen frescas dentro del refrigerador, la cámara de video registra cada una de las torturas “Incluso he fritado pedazos de cerebro y me los he comido” le dice en una de sus confesiones finales cuando cree que la policía ya vendrá por el.
Pero no, Bateman al otro día va al club y nada ha cambiado. Para unos pocos hombres la ley se aplica y se hace a su antojo. Con una orden emitida desde arriba, desde la punta de una de las torres gemelas el sicópata americano ha quedado exonerado de culpa. Tendrá una segunda oportunidad de redimirse pero el no lo hará. Seguirá torturando y matando al ritmo de Paula Abdul.

17 de enero de 2012

LA CITA ERA EN EL SUR. Por Ricardo Abdahllah

No era necesario recordar la cita, al final de un día largo, a una hora en que lo lógico sería correr a casa, uno se encontraba con la gente en cine. No en “el cine” sino en cine, porque las funciones no se hacían en una cómoda sala oscura con pantalla gigante sino en el patio cubierto de una casa vieja sobre el Paseo España. A las seis y media, el dueño de casa, un señor calvo que hablaba poco y al punto, abría la puerta, se ponía pendiente para que no se saliera el perro, y la gente comenzaba a reunirse en la entrada ; un tipo bajito, de afro trasnochado, se quedaba en la puerta y entregaba los comentarios de la película “que pasó, chamín” saludaba y uno entraba mirando fotos y adentro o en la puerta se encontraba a la novia, a los mechudos de la UIS, a los técnicos de la UNAB, a un neurótico comentarista que sabía todo de cine, a dos o tres parejitas que iban siempre y se cogían de la mano, a don Alberto, que se sentaba en la primera fila, y a un tipo al que, de tanto que se parecía al líder de los Stones, habían terminado por llamar Jagger. A las siete menos cuarto, la gente se sentaba en sillas estilo director de cine (tal vez las sillas tenían una función subliminal) y después de una breve presentación, se encendía el televisor. “Jagger” cuadraba el sonido y se apagaban las luces. No siempre todos aguantaban hasta el final ; a veces porque la película, aunque buena, era larga y se corría el riesgo de perder el último bus (como sucedió, en “Reeds” de Warren Beaty), a veces porque era difícil acomodarse en la silla y el número de posiciones posibles en una silla de lona es finito, y a veces porque, hay que decirlo, hay películas que sólo pueden soportarse por puro interés histórico y abnegado amor al cine (de cuarenta espectadores, tres llegaron al final de “El nacimiento de una nación”). Una y otra vez el cuerpo pedía descanso, una y otra vez la “Mona” caminaba meneando la cola entre los espectadores (la historia no recuerda perro más culto, ni siquiera Lassie, que tiene estrella en el Paseo de la Fama, vio tanto cine), una y otra vez la silla se resbalaba sobre las piedras del piso y hacia ruido. Nadie protestaba.

Al final se encendía la luz y la gente decía “Hablemos de la película”. Y se hablaba y se discutía ; había gente que sabía mucho de cine y otros que sentían mucho el cine y en varias ocasiones la charla se alargaba y se continuaba a la salida y, si había mucho que decir, se llegaba hasta el parque de Las Palmas hablando de la película y una vez ahí se comenzaban a soñar cinematecas y festivales.

Fue así como en una cierta época en Bucaramanga, en el patio de una casa, se vio a Buñuel y a Hitchcock, Renoir, Woody Allen, Griffith, Buster Keaton, Griffith, Eisenstein, Herzog, Chaplin, Welles, Ford, Bergman, Subiela, Fassbinder, Truffaut, Murnau, Fritz Lang, Godard, Stone, Spielberg y un largo etcétera que incluye a los directores que hace falta nombrar para completar la lista de ilustres “invitados” a las cuatro proyecciones semanales del cineclub, que sumadas a lo largo de estos años, sobrepasaron las trescientas con una sola repetición : “Amarcord” de Fellini, proyectada en Mayo del 2002 y Mayo del 2003.

Ahora se cierra Sur y se presiente que el día en que veamos otro letrero sobre la fachada nos dará un ataque de nostalgia con par lágrimas inevitables.

LA ULTIMA NOCHE DE LA HUMANIDAD. CINE PARA COMER CRISPETA

Hace años que dejé de ir al cine con la expectativa de ver una buena película. Me acostumbré a atiborrarme de crispetas bañadas en mantequilla y chocolatinas. Me quito los zapatos dejando que las imágenes me hipnoticen y que al salir el día se haya convertido en noche.
Aburrido de estas vacaciones interminables me fui a ver la única película de cartelera que no he visto: La última noche de la humanidad. Venía de ver una sorpresa más que grata como fue Los Mupppets, una decepción absoluta (Sherlock Holmes) y una película brillante en lo técnico pero francamente olvidable (Tin-Tin). Esperaba no aburrirme mucho con esta visión adolescente del fin del mundo. Me encontré con hora y media del más puro entretenimiento.
Resulta extraño que con todos los recursos que ahora cuenta el cine todavía este arte no haya podido llegar a la maestría que se ha conseguido en la literatura, por parte de H.G Welles o en el comic gracias a los argentinos Solano López y Germán Oesterheld. Precisamente hay varios puntos en común entre El eternauta y La última noche… esos copos bajando por Moscú, la situación Robinson que viven en la bodega de una discoteca moscovita, evocan la poesía del comic porteño. El recurso de hacer invisible la fuerza invasora es un muy buen recurso. El Tiburón de Spielberg eran mas los tanques flotando en el agua que un pedazo de carne y muelas. En la última noche los alienígenas son los faroles encendiéndose, las sirenas aullando, las personas desintegrándose.
El escenario es Moscú. Primero vemos a la ciudad de los zares llena de gente, renaciendo definitivamente de la barbarie comunista para entrar a la modernidad de la mano de su poderosa y cruel mafia. Dos jóvenes norteamericanos acaban de llegar, van a patentar un GPS que ayuda a los turistas a encontrar con facilidad los sitios mas calientes de una ciudad desconocida. Su contacto en Rusia los ha estafado, cuando ellos llegan a la reunión un tipo ya se ha apropiado de su invento. Para quitarse las penas no hay nada como el vodka así que en unas discotecas nos encontramos a estos tipos, no tienen nada de especial, no parecen héroes, ni siquiera galanes pero en la barra han encontrado a dos norteamericanas sexis y justo cuando creemos que la película se decantará por la seducción barata, Moscú se queda sin energía y comienzan a bajar del cielo esas entidades repletas de energía.
Allí empieza la lucha por la supervivencia, la búsqueda del arma que logre repeler la fuerza invasora. Aparecen los clichés que conlleva el género. A mi en lo particular no me molestaron. Lo de que los rescate un submarino nuclear ruso me parece genial, además de que esa arma que parece un gadget hecho por un electricista moscovita medio loco sumado al afiche me recordaron inevitablemente las grandes historias Pulp de los cincuenta.
Si quieren comer crispetas y dejar que el denso tiempo de enero se pierda entre sus dedos grasientos de mantequilla vayan a ver La última noche de la humanidad. Al menos verán en pantalla gigante las ruinas de una ciudad hermosa y desconocida

12 de enero de 2012

LA PIEL QUE HABITO. LA PELICULA DE UN ENFERMO

A lo largo de la historia del cine han existido por montones casos de agotamientos creativos. Después de haber catapultado el neorrealismo con películas tan hermosas como El limpiabotas, Ladrón de bicicletas y sobre todo Umberto D, Vittorio de Sica pasó a dirigir coproducciones millonarias dignas del más profundo de los olvidos. Bastaría la década de los setenta para convertir en mito al director Werner Herzog. Con Señales de vida, Aguirre la ira de Dios y Los enanos también empezaron pequeños, se mostraba como el director mas metafísico, más extraño y original que hubiera podido dar ese movimiento que resquebrajó el orden establecido y que fue conocido como El nuevo cine alemán. Sin embargo las fisuras en su obra comenzaron a verse después de que aceptara la oferta de la 20th Century Fox para que fuera distribuida su Nosferatu. El hombre duro y radical terminaría convertido en un cineasta a sueldo de las grandes compañías, en un mito fofo y enorme cuyo único interés era hacer filmes en lugares y condiciones extremas. El toque metafísico desparecería para siempre.

Francis Ford Coppola quien con la saga del Padrino pasó de ser un chupa medias de Roger Corman a convertirse en la esperanza suprema de los cineastas libres es ahora un anciano gordo que se le pasa rodando las películas más pedantes que se puedan encontrar en un cine-club. Su deseo dejó de ser dinamitar Hollywood. Ahora está mas interesado en establecer su imperio vinícola.

Michael Cimino, William Friedkin, Peter Bogdanovich no solo fueron casos en los que se vio el agotamiento total del talento sino que sus carreras terminaron porque al público que una vez adorara sus Exorcistas, Francotiradores o Lunas de papel, simplemente dejó de interesarle sus universos personales.

A diferencia de estos cineastas Almodovar en su etapa de lucidez logró crear una afición, como si su nombre suscitara el fervor de un equipo de fútbol. Una afición que no solo embarga al público sino que seduce y enferma a gran parte de la crítica española. Enceguecidos por el éxito que sus bizarradas producen en Estados Unidos los críticos no han querido ver los esperpentos que empezaron a salir de su manga después de haber hecho Hable con ella. Lo grave es que con cada nueva película el director manchego pone en peligro su legado porque, por ejemplo después de ver La mala educación uno se promete nunca más ver cosas como Tacones lejanos o la entrañable Mujeres al borde de un ataque de nervios. La repugnancia se repitió con menor intensidad en Volver y sobre todo con Los abrazos rotos donde pudimos notar un cierto reverdecer de ideas dentro de la cabeza del autor de Carne trémula.

Pero estas esperanzas terminaron de sucumbir al ver La piel que habito. La película venía precedida de muy buenos comentarios, donde celebraban el exitoso regreso de Antonio Banderas al universo almodovariano, se hablaba de dieciseis nominaciones a los premios Goya, se afirmaba una recuperación absoluta del talento transgresor de Pedro. Todo eso no es más que humo. La piel que habito es la película de un enfermo sexual, de un hombre que cree que porque tiene éxito y cinco críticos que siempre hablan bien de él puede desconocer los límites de la decencia y el buen gusto. Hay filmes como Saló o El imperio de los sentidos que presentan escenas de coprofilia explícita o de una manera abierta y sin tapujos primerísimos primeros planos de un coito, acá a pesar de no haber visto genitales presenciamos escenas absolutamente aberrantes, escatológicas.

En un afán desmedido por seguir siendo la vanguardia del cine español, Almodovar ha escrito uno de sus proyectos soñados, porque desde hace diez años buscaba encontrar la manera de adaptar una de sus novelas preferidas Tarántula de Thierry Jonquet. El tema central, convertir a un hombre en contra de su voluntad en una mujer. Si algo había de vital y a la vez de divertido era ver esas locas que hablaban sin tapujos de las ganas irrefrenables de chupar polla, dicho con todo el descarno posible, sin tapujos. Creíamos en esos travestis porque dentro de sus películas aparecían como si fueran seres de carne y hueso, creadas desde la brillantez de sus guiones. Y eso es de lo que mas adolece este filme, de historia, de argumento, de creación de personajes. En los primeros diez minutos creemos que el punto de vista va a estar focalizado en el cirujano plástico que como un Frankenstein post-moderno a creado piel artificial para revestir a su autómata, a su Olimpia. Podemos perdonarle al manchego que el cirujano esté encarnado en un Antonio Banderas inexpresivo como siempre y cuyo mejor papel seguirá siendo hasta la fecha el del Gato con botas. Creemos que estamos viendo algo muy raro, novedoso, algo que despierta inmediatamente nuestro interés de voyeurs. Pero empiezan a aparecer personajes y situaciones que están allí solo de relleno, que no le aportan absolutamente nada a la historia.

Seca, vestido de leopardo en plenas festividades es un fantasma que solo nos sirve para saber que la anterior mujer del cirujano era una perra. La extraordinaria Marisa Paredes es un ama de llaves, la Igor de Banderas que a la vez es su madre y a la vez su amante y a la vez la guardaespaldas. Es a veces muy buena, a veces muy mala. Su temperamento inestable dentro del filme es debido al poco cuidado con el que fue construido su personaje dentro del guión.

Bueno y los espectadores necesitábamos ponernos de parte del protagonista, sentirnos identificado con él como sucede en las grandes películas. Pero la pobreza actoral de Jan Cornet es innegable, amarrado en un sótano implora piedad no como una víctima a punto de ser torturada, furcia implorando el látigo de su amante ocasional. No sentimos piedad por ese joven medio amariconado (Parece ser esta la única orden que le da Almodovar a sus actores. Mariconéate un poco) cuando el doctor sediento de venganza comienza a volarle la verga, a meterle tetas, y a ponerle el hermoso rostro de Elena Amaya. Esos ojos vidriosos con los que aparece ella de principio a fin del filme parecen la señal absoluta de que no entiende su papel, de que está ahí haciendo de un hombre que ahora es una mujer porque trabajar con Almodovar sin duda que da prestigio o sino pregúntenle a Carmen Maura o a Penélope Cruz.
Además para los amantes del cine del realizador español no se preocupen que otra vez vuelve a aparecer un bolero cantado por alguien del tercer mundo como sucedería con caetano y su currucucu en Hable con ella. Las señoras de edad y los maricas se enternecerán ante la sensibilidad de esta negra con un profundo acento español cantando las viejas canciones del trópico.

La crítica mundial por supuesto ha vuelto a sacar sus vuvuzelas y ha celebrado a rabiar esta nueva joya dentro de su filmografía. Alaban la puesta en escena, los decorados de Guillermo Pérez Villalta y las alusiones al arte de Louise Bourgeois, yo la verdad no se quién es este último artista pero en la mayoría de críticas que leí lo reseñan como un gran pintor. La crítica sigue pensando que Almodovar ha sabido representar como nadie el legado de R. W. Fassbinder, yo por supuesto que discrepo absolutamente de esas opiniones. Para mi cada vez se parece más a la loca drogadicta que cantaba Voy a ser mamá con Macnamara, solo que en esa época tenía sentido del humor y por qué no algo de talento.

3 de diciembre de 2011

SILENCIO EN EL PARAISO de Colbert García. Por Nelson Cardenas

No recuerdo en cual de los episodios de La Guerra de las Galaxias, la estrella de la muerte, comandada por Darth Vader decide, para dar una muestra simple de poderío, destruir un planeta. Un dedo en el botón y un rayo salía limpio, verde y hacía volar un planeta entero. Toda la vida que en él se albergara, la historia, los sueños y los recuerdos, todas las posibilidades evaporadas, en un instante sin reversa, por una razón vana y con alevosía absoluta. La muerte de cada ser, más allá de las circunstancias se asemeja a ese planeta reventado, todo un universo destruido en un instante que deja una hueco en el espacio que lo rodea. Pero cuando esa destrucción absoluta e irreversible, que ya de por sí carece de justificaciones válidas, se ejecuta por motivos perversos, ruines e inequiparables tan siquiera a un soplo de la vida que se llevan por delante, aunado a la premeditación y al aprovechamiento abusivo de las necesidades de la población más vulnerable, la cosa alcanza unas dimensiones de una barbarie y de desmoronamiento social pocas veces visto en la historia de la humanidad.
Silencio en El Paraíso es una aproximación conmovedora a la dimensión de esos mundos destruidos en uno de los más oscuros y macabros sucesos de nuestra historia de guerra, los llamados, con ignorante cinismo, “falsos positivos”, como si hubiera algo de positivo en la muerte de cualquier persona. La sombra de la muerte, que se pasea por la película por pocos minutos, los suficientes para darnos el horror, cede ante la inocencia de una historia simple de amor, que brota como hierba entre el cemento, en la polvareda de un barrio de Soacha que capotea, como tantos otros el drama de la falta de oportunidades, de la ausencia del Estado y del poder de la justicia privada. Al igual que esa hierba que nace donde se supone que no, la vida que se muestra aquí se rebela ante la pesada realidad, lo intenta, busca caminos y aprende a moverse en contra del viento. Hasta el ángel de la muerte muestra aquí alguna compasión, pero el destino y la presión de las circunstancias obligan a la bolita a caer en el número nefasto.
Hace un par de años en un texto sobre Vals con Bashir, de Ari Foldman, decía que tenía certeza de que el cine nuestro, alejado de los comerciales y los cambios de canal propios de la televisión, tenía el encargo de contarnos, aunque no quisiéramos, la verdad y la dimensión entera de lo que nuestro país ha vivido por fuera de las reinas y los goles con los que no mantienen embobados, para entender que lo que sabemos de lugares como Rwanda, Camboya, Argentina o El Líbano, también ocurrió aquí, con nuestros vecinos, compañeros de buseta, o empleados de nuestra empresas. Que ocurrió y no fue una película de domingo.
A alguien le escuche decir alguna vez que sí, que eso había sucedido, pero que no había sido a ella directamente y que por tanto prefería no saber, para no afectar su vida, que ya mucha cosa tenía que manejar a diario como para meterle más drama.
Lamentablemente, esa y todas las tragedias de esta guerra en la que nos empeñamos ciegamente, son tan innegables como el sol, y aunque cerremos los ojos existen y nos quemarán tarde que temprano en una esquina, en cualquiera de las formas que tienen los odios exacerbados, los fragmentos de los planetas que reventamos cada día. Y quizás la única forma de detener ese dolor es poder entenderlo sabiéndolo de cerca, así sea en una película.