15 de marzo de 2013

THE WALKING DEAD. Lo verdaderamente humano es la maldad.


Créanme, yo también detesto a los zombies, nunca he entendido ese culto desmesurado que se ha establecido en torno al legado de George Romero y estaba convencido de que la única posibilidad de hacer algo medianamente decente dentro de ese subgénero era en clave de comedia, como se demostró hace un par de años con la divertidísima Zombieland.


Pero desde hace unos meses venía escuchando los comentarios sobre la adaptación que había hecho Frank Darabont sobre el cómic de Robert Kirkman y Tony Moore, la mayoría de ellos coincidían en decir que The walking dead tenía la altura dramática de las mejores series, en una época donde la televisión está dando un salto de calidad con respecto al cine.

Con todo el escepticismo comencé a verla pero no pasan muchos minutos para que quedes enganchado en el primer capítulo. Acá lo más importante no son los muertos en vida que caminan incesantemente buscando aplacar su insaciable hambre con un poco de carne sino la visión que dan sus creadores acerca de la maldad que está incubada en el género humano y que en un caso extremo, como podría ser el fin del mundo, se dispararía llegando a niveles insospechados.

Rick es el sheriff del pueblo, ha recibido un disparo que lo ha dejado en coma, al despertarse se encuentra con que han sonado las trompetas del apocalipsis, en las calles lo único que se escucha es el graznido de los cuervos, la muerte azota las calles, en ella solo se ve putrefacción, sangre, vísceras, ha caído una maldición, la muerte ha llegado para quedarse, nunca para, ni siquiera cuando el corazón se ha detenido.


En los alrededores de Atlanta un campamento de supervivientes trata de entender lo que está sucediendo.  Todo ocurrió muy rápido, unas semanas antes los niños todavía jugaban en el parque y ahora sólo se escuchan los gemidos de esos cuerpos insepultos que se niegan a descansar, la muerte se ha instalado para quedarse. Rick ha encontrado en el grupo de supervivientes a su esposa Lori y a su hijo Carl. Todavía hay tiempo de pensar en que el virus puede contrarrestarse, desde que exista respeto entre ellos, el respeto a la vida, a los pocos que han quedado todo puede revertirse. La esperanza seguirá viva.

Pero en The Walking dead las cosas nunca van a mejorar, por el contrario vamos a ver como ese grupo de sobrevivientes va a ser mermado hasta convertirse en un puñado de personas aferrado a un ideal. La democracia no tardará mucho en desaparecer y vendrá la tiranía, la dictadura, dejando claro que en una hora tan extrema como la del apocalipsis se necesita con urgencia la voz de un caudillo, de un hombre duro que no desfallezca, que encuentre como sea el camino de la salvación.

Ninguno de los personajes de esta serie tiene garantizada la vida, así que evita encariñarte con alguno de ellos. Cuando aparezca alguien nuevo no creas en sus buenas intenciones, en el fin del mundo nadie vela por los intereses colectivos y la única ley que se respeta es la de del “Sálvese quien pueda”.

El gran mérito de los creadores de la serie fue la de hacer una metáfora sobre los Estados Unidos. Woodbury es la tierra de las oportunidades, el único lugar donde se le ha impedido a la muerte entrar.  Los 78 habitantes de este pueblo de un par de cuadras y media docena de edificios tratan de aferrarse a la nostalgia de lo que era la humanidad antes de que el virus la azotara. Esta tierra de libertad es manejada con mano férrea por El Gobernador un hombre que ha creado un sólido grupo paramilitar preparado no sólo para hacerle frente a los caminantes sino a los otros grupos de sobrevivientes que esparcidos por el territorio buscan un sitio dónde estar. El Gobernador no duda un momento a la hora de usar la crueldad para mantener a su pueblo en el relativo bienestar en el que está. Hace ataques preventivos para mantener a los terroristas diezmados. 


Él es uno de esos hombres a los que el apocalipsis les viene muy bien, gracias a que este ha llegado, se está cumpliendo su sueño de dictador. Este hombre encantador tiene un par de secretos bastante oscuros. Cuando se ve ahogado por la responsabilidad de dirigir un pueblo se encierra en su cuarto y se pone a contemplar las cabezas de sus enemigos, conservadas en peceras, sumergidas en un líquido espeso como en el que suelen dormir los fetos en el vientre de sus madres. Luego se levanta del sillón, abre una reja y de ahí sale su hija Peggy, una víctima de la enfermedad más a la que se rehúsa a sacrificar esperando que de un momento a otro aparezca una cura que saque de una buena vez la muerte que se ha metido en ella.

Bienestar para los míos y el resto que se hunda en su propio infierno, parece ser la premisa del Gobernador y sobre todo de los Estados Unidos de América. Ellos eligen quien entra y quién permanece y quién se va, quién muere y quién vive. Sólo en la tercera temporada empezamos a ser consciente del significado político que tiene la serie y la sátira hiriente que le propina a la democracia más prestigiosa del planeta.



Sus escritores han tenido la sabiduría de preguntarse además por el papel que jugaría la religión cuando la desesperanza se ha instalado. En un capítulo de la segunda temporada entran a una iglesia y hay tres zombies sentados en sus bancas. Después de eliminarlos a punta de garrote y hachazos (Disparar puede ser una mala idea, ya que el ruido atraería a otros caminantes) los protagonistas se encuentran con la imagen de Cristo y hablan con él, algunos todavía se aferran a la virtud cristiana de creer que las cosas pueden mejorar, otros simplemente se burlan de la decadente figura de un hombre apuntalado en una cruz. A medida que la serie vaya avanzando la fe de los personajes irá desapareciendo. Bastarán mucho años para que el último de los sobrevivientes vuelva extrañar a Dios, entonces lo hará de nuevo a su imagen y semejanza.

Los zombies caminan lento, no piensan y su único mérito es que son muchos, demasiados, pero a la larga resultan siendo el mal menor. En el apocalipsis no esperes que los pocos que pueblen el planeta se unan para derrotar el mal, la verdadera maldición no es la aparición de la enfermedad sino el egoísmo, la apatía, la indiferencia ante la desgracia del otro, la maldad que despierta en cada ser el instinto de supervivencia.

The Walking dead es junto con Breaking Bad y Mad Men la mejor serie dramática que nunca antes se ha escrito. Prueben el primer capítulo e inmediatamente se harán adictos. Te deprimirás dulcemente observando la desgracia de los otros, en un par de capítulos perderás el asco a las vísceras, a la sangre que no para de fluir, te acostumbrarás al color ocre del apocalipsis y cuando menos lo esperes te preguntarás que se sentiría aplastar el cráneo de un maldito zombie. Irás descendiendo lentamente al oscuro abismo en el que deambulan los supervivientes del mundo y quedará claro que cuando llegue el final y desaparezca la esperanza traicionaras a tu mejor amigo, a tu familia, a todo en lo que has creído. Te arrojarás sin pensarlo al oscuro abismo de la maldad humana.

13 de marzo de 2013

HITCHCOCK De Sasha Gervasi. La oportunidad perdida.


Es una pena que una idea tan atractiva haya naufragado en las manos de un director novato. Si fuimos a la sala fue para ver todos los problemas que le acarrearon al maestro del suspenso haber escogido hacer, en el pináculo de su carrera, un filme de horror justo cuando este era considerado un género vulgar, intrascendente, indigno de un director de la talla de Alfred Hitchcock.

En vez de eso el horrendo guión de John J. McLaughlin se centra en una supuesta crisis matrimonial entre el realizador inglés y su fiel compañera Alma Reville. La relación entre la montadora de Una dama desaparece y un escritor mediocre, revestida de una coquetería completamente inoportuna es absolutamente vulgar. Da vergüenza ver como Mister McGuffin cae presa de unos celos infantiles que acaban interfiriendo con su trabajo.
Si la señora Reville tuvo intenciones o no de serle infiel a su corpulento esposo me tiene sin cuidado.  Yo lo que quería saber eran los innumerables inconvenientes  que tuvo Hitchcock a la hora de proponerle a los productores de la Paramount  su idea de adaptar la novela homónima de Robert Bloch. Su inquebrantable decisión de realizar el filme a toda costa, con su particular estilo, renunciando a sus acostumbradas estrellas, incluso asumiendo de su propio bolsillo el costo total de la producción hicieron que el rodaje de esta película fuera particularmente estresante. Cuentan los que estuvieron allí que los nervios del director inglés estaban crispados y en más de una ocasión estaba en el plató ardiendo en fiebre literalmente.

En el férreo sistema de los estudios no había espacio para la experimentación. Hitch tuvo la osadía por ejemplo de matar a su protagonista, Janet Leight en la primera media hora, de adentrarse en un género considerado impropio de un hombre de su prestigio, de haber escogido entre su casting no a una estrella sino a un desconocido y enigmático actor como Anthony Perkins y sobre todo luchar soterradamente contra la implacable censura.
Todos estos aspectos harían de Hitchcock una película necesaria ya que serviría para mostrarnos los fantasmas que azotaron al genial artista en la más famosa y polémica de sus creaciones. Pero estos problemas se resuelven en unos cuantos minutos y para el ingenuo Gervasi lo trascendental es lo morboso, la obsesión que tenía Hitch por la comida, las ansias de aventura que tenía su esposa, la incontrolable obsesión que le despertaban las hermosas actrices con las que trabajó, pura vulgaridad e intrascendencia, música para hipnotizar incautos.
Pero lo peor de la película son sus actuaciones. Se nota que el hombre que nos cautivó hace cinco años con el inolvidable documental Anvil, el sueño de una banda de rock, aún no sabe dirigir actores. Anthony Hopkins se encuentra ahogado entre el abotargado maquillaje y la absurda caricaturización de su personaje, Helen Mirrer  se vale de su talento para no ahogarse entre la improvisación, Scarlett Johansson carece de cualquier tipo de expresión y vuelve a demostrar que si no está bien dirigida poco o nada puede aportarle a sus papeles y James D’Arcy realiza una pobrísima caracterización que raya con la ridícula imitación del genial actor Anthony Perkins.

No hay un solo plano que trascienda, que nos indique que estamos frente a una película. Resulta paradójico que The girl  el telefilme de HBO, reseñado hace unos meses en este blog tenga más lenguaje cinematográfico que esta ambiciosa y esperadísima producción. Hay momentos que despiertan nuestro interés, algunos detalles de cómo se rodaron ciertas escenas, la reacción del público ante la famosa escena del baño y el sonido estruendoso de los violines chillones de Bernard Herman, la revolucionaria campaña publicitaria para convertir a Sicosis en un éxito de taquilla, pero no son suficientes para hacernos quitar la impresión de que Hitchcock está lejos de ser el homenaje que se merecía el maestro del suspenso. Tal vez lo único que justifique esta mediocre película es en el interés que pueda despertar en las nuevas generaciones  ver Sicosis. Si no fuera por eso merecería ser archivada y olvidada para siempre.

10 de marzo de 2013

OZ EL PODEROSO De Sam Raimi. Arte de Mcdonalds..


En los primeros veinte minutos, mientras ese maravilloso blanco y negro te recuerda la época donde el cine era aún la caja de los sueños que había inventado Edison, crees que estás frente a un clásico. Nos es imposible resistirnos ante el encanto de e Óscar Diggs un presdigitador con un ego desbordado, mujeriego y mentiroso  que subsiste engañando incautos con trucos de poca monta. No existe oficio más parecido al de un mago que el del cineasta y eso parece entenderlo muy bien Sam Raimi, el director de esta cinta, ya que aparentemente nos prepara en su hermoso prólogo no solo para conocer el maravilloso reino de Oz sino para hacer una reflexión sobre lo que es el cine, una ilusión producida por un rayo de luz.

En una de las mejores escenas de la película Óscar, mientras se prepara para dejar para siempre a su verdadero amor, va acomodando las piezas de su zootropo, las imágenes de un elefante moviéndose proyectándose en la pared contienen una particular poesía. La admiración que tiene el ilusionista hacia Thomas Alva Edison y la alusión que hace al Kinetoscopio, uno de los primeros aparatos que sirvieron para apresar el movimiento en imágenes, establecen claramente el tono de homenaje que asume Raimi, en su película, no sólo hacia el clásico de Víctor Fleming sino hacia el cine, una invención que 117 años después de su origen nos sigue cautivando y sorprendiendo.
Lamentablemente todo eso que se bosquejaba al principio se deshace después de que el ciclón, el mismo que se llevaría Dorothy años después, lleve a Óscar a la tierra de Oz, entonces la pantalla se amplía y empieza el festival del color, de los innovadores efectos especiales y nos recuerda que en el cine contemporáneo ya no importa tanto la historia sino mostrar la última tecnología con la que trabajan los grandes estudios.
Después de la primera hora la película cae en un bache del cual no logra levantarse. Todo se vuelve soso, azucarado, empalagoso. Con Disney no existe el espacio para la experimentación o el riesgo. El director está más preocupado por poner a funcionar la última tecnología que en construir personajes reales, complejos, con los cuales podamos identificarnos o sentir miedo.

Pareciera que el único actor que está a la altura es James Franco. Supo darle a su personaje esa irresistible prepotencia, esa torpe humanidad que le dio Frank Braum, el autor del inmortal libro al mago de Kansas. Lamentablemente ninguna de las tres mujeres que lo acompañan están a su altura. Por Mila Kunis nunca sentimos miedo, ni siquiera cuando se transforma en la horrible bruja, Rachel Weisz vuelve a demostrar toda su incapacidad para reflejar una emoción y  Michelle Williams le imprime a su personaje una solemnidad inoportuna, creemos que hubiera sido otro el resultado si la bruja buena hubiera tenido así fuera un poquito de sentido del humor.
Es tan deficiente el trabajo de estas actrices que nos quedamos encantados con el simio volador y sobre todo con esa hermosa y triste niña porcelana que acaba de perder a toda su familia. La escena cuando Oz le pega sus dos piernas es maravillosa y por momentos, al verla moverse nos recuerda el trabajo del maestro checo Jan Svankmajer.
Aunque el compositor Danny Elfman y Sam Raimi tuvieron un severo altercado al final del rodaje de Spider Man 2 que parecía irremediable acá vuelven a trabajar juntos casi una década después. El resultado es más que satisfactorio. Elfman hizo en esta película su mejor trabajo desde El joven manos de tijera e inevitablemente nos hace pensar lo que hubiera sido este filme en manos de Tim Burton, porque Raimi después de la mitad le entrega el filme por completo al público infantil, recordando que trabaja para Disney y con ellos no hay espacio para la experimentación, los homenajes o las reflexiones sobre este arte.

 No, Disney como el diablo no hace concesiones y la película tenía que ser ante todo un paquete que incluyera a toda la familia y al final Oz, el poderoso no es más que eso, una hamburguesa gigante y grasosa, destinada al consumo masivo y a ser olvidada al cabo de unos cuantos días.

5 de marzo de 2013

LOS TRES CAINES. Los paracos ya tienen su serie.


No es gratuito que justo mientras el gobierno y las FARC se han sentado a dialogar en La habana  se estrene en Colombia una serie sobre los temibles hermanos Castaño. Los medios, en vez de apaciguar los ánimos, de dejar de arrojarle leña seca a la hoguera de los odios, cumplen con la tarea de  exacerbarlos  aún más. Lo de anoche fue descarado, vergonzoso. Cuando se hace una reconstrucción histórica es inevitable no caer de una u otra forma en el anacronismo, en la imprecisión. Muchas veces este error no es más que una licencia que se toman los creadores de una serie para darle más interés dramático. La ficción por lo general es más divertida que la realidad. Lo inaceptable es que se trastoque deliberadamente la historia con el fin de manipular al público, de justificar un genocidio.

Eso es lo que convierte a Los tres caínes en una serie repugnante. Según los libretistas de este esperpento los Castaño eran una próspera  familia de campesinos antioqueños que a fuerza de pulso y recursividad lograron mejorar su calidad de vida. Fidelio, el segundo de doce hermanos trabajó muy duro para juntar platica, como se espera de todo paisa echado para adelante. Con lo poco que juntó puso una gallera y una tienda  en su natal Amalfi. Su hermano Carlitos, el menor de todos, vendía quesos para ayudar a su familia a sobrevivir. La guerrilla hizo su respectiva inteligencia, engatusó al ingenuo niño que hasta vocación de izquierda tenía y le hizo soltar la lengua. Gracias a la información obtenida las FARC pudieron ir por el padre, sacándolo de la finca, encadenándolo a un árbol, pidiendo diez millones de pesos al pobrecito del Fidelio.
A R.T.I. la productora a cargo del proyecto no le interesó contar que en el año 1977, cuatro años antes de que ocurrieran estos hechos, Fidel Castaño había consolidado su alianza con el ya poderoso narcotraficante Pablo Escobar. Ya había vivido en Paris siendo un estrambótico comerciante de arte. Dicen los expertos que la fama desmesurada de Fernando Botero se debe  a las astronómicas sumas que pagaba Castaño por sus pinturas en las subastas más importantes del mundo. Su odio hacia la izquierda no surgió como dice la serie a una venganza por la muerte de su padre mientras estaba secuestrado por la guerrilla. Ya en 1979 había creado Los tangueros un grupo de cuarenta hombres armados que tenían el propósito no solo de defenderse de las células de las FARC que rondaban por la zona sino que intimidaban y en algunos casos despojaban de la tierra a los campesinos del lugar.

Los guerrilleros pidieron 10 millones de pasos, Fidelio y Vicente con su inquebrantable vocación de negociantes les mandaron 6 millones. Las Farc respondieron ejecutando a su padre. En la serie no se narra la especulación de los Castaño sino que los muestran como víctimas de un engaño. Inmediatamente carlitos empezó a ver que todo eso que hablaba sobre la izquierda no era más que un atado de mentiras, Vicente dejó su acostumbrada mano blanda y Fidelio no tuvo más remedio que armarse para sobrevivir. Ellos defenderían su territorio a rajatabla, no permitiría que estos hampones asesinos siguieran atacando a los humildes hacendados locales.
Lo que termina de hacer de esta oda al paramilitarismo un bodrio insoportable son sus pésimas actuaciones. De Gregorio Pernía no nos extraña su absoluta incompetencia pero si sorprende ver tan perdido a un actor con el talento de Elkin Diaz  incapaz siquiera de hacer un acento paisa creíble. Julián Román cayendo una vez más en la exageración, convertido de nuevo en una triste caricatura de Carlos Castaño.

 Igual no es culpa de ellos. Los libretos escritos por el sobrevalorado Gustavo Bolívar no pueden ni siquiera delinear a un personaje, los diálogos son de una precariedad absoluta, más de un sainete de colegio que de una serie televisiva.Los encuadres son rebuscados, la cámara se mueve, los colores son horrendos, la iluminación deficiente, dando de nuevo ese tinte cromático tan característicos de R.C.N.
Creí que el punto alto que había dejado Escobar el patrón del mal iba a exigirle a los productores de Los tres caínes una mayor rigurosidad. El desprecio que ha demostrado tener este canal por el buen gusto ha enfocado su búsqueda en tener un raiting alto, en aplastar a la competencia. Seguramente se convertirá dentro de poco en la serie más vista en la pobre historia de nuestra televisión. Tiene  los dos ingredientes que más aprecian los colombianos: Paramilitarismo y chambonería.

4 de marzo de 2013

CLOUD ATLAS De los Wachowsky. Desmesura necesaria


Resulta incomprensible que la Academia haya ignorado el último filme de los hermanos Wachowsky sobre todo en un año donde las producciones nominadas fueron sé caracterizaron por su intrascendencia. Desde hace cinco años venimos recibiendo noticias de que los creadores de Mátrix se habían embarcado en el proyecto más ambicioso de sus carreras. Adaptar el best- seller de David Mitchell parecía una labor imposible. Los que lo han leído han afirmado que es una novela que coquetea peligrosamente con el género de la auto-superación. Narra seis historias desperdigadas a través del tiempo. Lo que intenta hacer Mitchell es dar su visión un poco naif de lo que es la reencarnación. El hilo conductor lo da una melodía compuesta por un joven músico en la Europa de 1936. En la melodía los personajes  se encontraran en diferentes épocas.

El hilo conductor de las historias resulta estar bastante debilitado dentro del filme. No entendemos muy bien que tiene que ver un joven traficante de esclavos, un compositor en los albores de la Segunda Guerra, una periodista metida en un peligroso complot político, un editor acosado por su propio autor, un clon que se resiste a caer dentro de la dictadura del consumo y un hombre del futuro intentando sobrevivir en una tierra devastada. Los Wachowsky y Tom Tykwer (El mismo de Corre Lola Corre) renuncian a idear un código que trate de explicar porque diablos estos personajes se encuentran en seis puntos de la historia y caen en el facilismo empalagoso de decirnos que ellos se van a encontrar a través del tiempo porque el amor es muy fuerte y eterno.

El hecho de que la película haya sido realizada por tres directores puede explicar la desconexión que pueden tener las historias dentro del filme. Pareciera uno de esos intentos que acostumbraban a hacer los productores en los sesenta y setenta de reunir a un grupo de notables realizadores para que cada uno realizara un mediometraje y juntos hacer un filme que tuviera como hilo conductor, por ejemplo a Bocaccio o a Edgar Alan Poe. A sabiendas de que iba a estar tres horas frente a la pantalla decidí dejar de preocuparme por juntar los retazos y me dispuse a disfrutar cada una de las seis historias. Debo decir que todas tienen un nivel de interés muy alto y aunque no sepamos muy bien que es lo que está sucediendo disfrutamos cada minuto de esta película  desmesurada, hermosa e incoherente a la vez.
Cloud Atlas logra incursionar con éxito en cuatro tipos de géneros, la comedia, el triller político, la ciencia ficción y el drama histórico. Es muy raro entrar a una sala de cine y que durante tres horas logres mantener la atención en la película así no entiendas muy bien que es lo que está sucediendo. Me encantó el homenaje que sus realizadores le hacen a Soylent Green el inmortal clásico de Richard Fleisher, el inmaculado diseño de arte, la imponente fotografía de ese monstruo llamado John Toll, los efectos especiales absolutamente innovadores, la visión de un futuro dominado por la dictadura del consumo. Sin embargo de las seis historias la mejor es justamente la del joven compositor que lleno de amargura termina metiéndose la pistola en la boca.

A mi juicio la idea de que los actores hagan varios papeles me parece un exabrupto digno de las películas de Eddie Murphy. El hecho de tener que ver constantemente a dos de las actrices que más detesto, Hale Berry y Susan Sarandon me hizo pensar por momentos en lo hermoso que deberían estar las calles a esa hora de la tarde. El maquillaje recargado, como el que usa Hugh Grant en uno de los papeles o el del gran Hugo Weaving disfrazado de mujer es francamente ridículo y recargado. Tom Hanks está ahí, haciendo lo que él sabe hacer que no es mucho. Con Hanks, Berry y Sarandon los directores intentaron hacer un casting que les asegurara alguna nominación. Además de Weaving los dos otros actores que se destacan son el veterano Jim Broadbent y sobre todo el joven talento Ben Wishaw.
No creo que a la lista de sus defectos esté el de sus tres horas de duración. No sentí el paso de los minutos, nunca me aburrí. Me parece que a pesar de sus imperfecciones Cloud Atlas es la mejor película de estudio del año. Es saludable para la industria que aún existen directores como los Wachowsky dispuestos a asumir riesgos, a salirse de los convencionalismo, alejados del insoportable universo de la CIA y otros agentes encubiertos.
El resultado no era el que se esperaba, sin embargo les alcanzó para ser una de las mejores películas que se hicieron el año pasado.



1 de marzo de 2013

LOS RETRATOS De Iván Gaona. La tendencia surge en la provincia


A finales del año pasado el crítico Pedro Adrián Zuluaga habló de una cierta tendencia en el último cine colombiano. Después de tanto esperar se podía hablar por fin  del surgimiento de una cinematografía nacional que dejaba de lado el maldito lugar común. No se trata solo de ocultar los flagelos que azotan desde hace más de sesenta años a Colombia si no tener la oportunidad de contar historias que hacen parte de nuestra cotidianidad.

Los peligros de caer en el abismo del lugar común aumentan cuando la historia tiene como contexto el campo. Cuando uno está al frente de un relato de campesinos es inevitable no pensar en que vamos a tener que soportar de nuevo la tortura de una tragedia. Lógicamente que es necesario denunciar pero muchas veces uno siente que detrás de estos proyectos no hay nada más que la búsqueda desesperada de pasar por políticamente correcto. Dicho en otras palabras se busca a como dé lugar agarrar pueblo.
Con esa prevención me senté a ver Los retratos. No sabía que su director había sido partícipe de dos de las producciones que marcan esa cierta tendencia de la que hacía referencia Zuluaga, Los viajes del viento y La playa D. C. No sólo es el rostro tan familiar de esa campesina vieja que nos recuerda irremediablemente a cualquiera de nuestros ancestros o la magia que puede destilar una polaroid, no, es la mirada de Iván Gaona lo que hace de este cortometraje una experiencia única, completamente original dentro de nuestro cine.

No hay espacio para los guiños, los homenajes o la pedantería. No hay un solo resquicio para la frase brillantemente elaborada que proclame a alguno de sus protagonistas como un viejo sabio que viene a enseñarnos pues como es que es el mundo. Para nada. Los dos viejos son tan adorables y comunes como cualquier campesino, con las mismas preguntas que se pueden hacer en el campo cada día ¿Qué hay para comer? ¿Será que llueve? ¿De que nos sirve un aparato de estos si no hay para la sopa?.
En un puñado de minutos Gaona logra mostrarnos lo lejos que está el campesino colombiano de la tecnología, la identificación que sienten con la música y la cultura mexicana, la precaria tranquilidad en la que viven, sus diálogos cargados de silencio, como si aún no hubieran perdido la capacidad telepática de comunicarse.

Este nivel de observación no se dio por casualidad. Gaona volvió a su tierra natal, Güepsa Santander donde ha filmado la mayoría de sus cortos. Los actores de Los retratos son campesinos de la zona. Para trabajar con actores naturales no sólo se necesita la intención, también hay que tener talento. El resultado es de un nivel poético nada común dentro de nuestra naciente cinematografía. Gaona ha dicho que dejó que los mismos campesinos modificaran su guión, la gran mayoría de los diálogos que están dentro del corto fueron propuestos por ellos mismos. De ahí la naturalidad, humor y ternura que palpita en cada una de sus secuencias. Por primera vez vemos al campesino santandereano tal y como es, sin máscaras, sin ese barroquismo dramático en el que suelen caer los cineastas jóvenes.
Los retratos es una pequeña joya, un testimonio vivo y único del campo colombiano, la evidencia de que desde la provincia se está haciendo el mejor cine de este país.