10 de noviembre de 2009

HOMENAJE A NELSON CÁRDENAS

Quise homenajear a mi gran amigo Nelson Cárdenas creador de la única escuela de Fotografía, cine club, y refugio de escaladores que existió en el centro de Bucaramanga a principios de esta década moribunda. Para esto he invitado a Ricardo Abdahllah quien fue coeditor de Vista al Sur y asiduo asistente de las ediciones del cineclub. Próximamente iremos publicando algunas de esas reseñas que se entregaban antes de las sesiones.



La casa de Nelson*
Por Ricardo Abdahllah

Todas las ciudades tienen sus cineclubs, y el tamaño de cada ciudad una influye más en la cantidad que en la calidad de los mismos. No se puede negar, como a nadie de pequeño lo pusieron a ver El Espejo ni Fanny y Alexandra, se necesita que haya sitios donde le pasen The Wall y Pulp Fiction, la pervertida Noche de los lápices y la melosa sociedad de los poetas muertos. Para empezar, para ir viendo lo que es el cine.
Luego como bendito sea mi dios el cine no se termina en ese ramillete de dos docenas de películas que uno a los diecisiete considera, con comillas enormes, « cine arte », se necesita que gente que no sólo quiera el cine, sino que sepa de cine, venga a uno a enseñarle. Ahí nacen los cine-clubs memorables, esos donde uno no va a ver las películas que ya le gustan sino a que le gusten nuevas. Ni siquiera con lo triste que me puse cuando la cerraron, le pregunté a Nelson Cárdenas, cómo fue que le dio por abrir la Casa Sur. Ya la pregunta estaba mal hecha, Nelson no « abrió » una casa como quien le busca sede a una asociación o cooperativa u ONG; Nelson agarró tres cuartas partes de la casa donde vivía con la idea de armar algo que reunía las funciones de escuela de fotografía, editorial, biblioteca especializada y galería de exposiciones. Y sobre todo cineclub. Decir que no era un cineclub con criterios comerciales es redundante: cineclub que se respete es pobre o mediopobre; decir que no era un cineclub con criterios políticos (porque eso ya no se usaba al final de los noventa) o intelectualoides (porque de esos sobraban) es la mitad del verdadero elogio: que el cinclub de Sur se hacía con propósitos cinéfilos, que mientras estábamos acostumbrados a los cineclubs universitarios con ciclos de cuatro películas al mes donde el tema era cualquier pretexto, en Sur (nos) pasaban tres películas por semana con criterio de director, filmografías completas y en orden que mezclaban lo digerible con lo exigente, las películas de Almodóvar, que eran lleno seguro, con los clásicos del cine mudo que exigían no sólo paciencia intelectual sino física. Que al final de las tres horas que dura El nacimiento de una nación sólo quedáramos cinco espectadores, es una prueba de la clase de películas que uno podía ver; que decenas de personas me hayan dicho que estaban presentes esa noche, es una prueba de la importancia que la Casa Sur iba a tener en los recuerdos de los bumangueses.

Nelson no sólo era el dueño de la Casa (y de la perra mona y del escarabajo rojo) sino que siempre fue el patriarca de la familia Sur, que incluía por un lado a los fotógrafos, por el otro a los cineastas y cinéfilos y por otro más a los que, venidos de las dos otras ramas, le seguimos la cuerda (porque a Nelson no podía no seguírsele la cuerda) en un proyecto de revista. De la revista puede decirse, que en la lista de las publicaciones periódicas santandereanas, que es otra manera de decir « las revistas de acá », no hubo una tan bien hecha, tan bonita digámoslo, como Vista al Sur y yo creo que, con lo consentidas que suelen ser las revistas culturales, muy pocas tuvieron papás que la quisieran tanto. De los consejos de redacción de la re-Vista al Sur, que Nelson no alzó nunca la voz y nunca impuso nada por la fuerza y que sin embargo casi siempre tenía razón.
Que Nelson tiene una hija, que es un caminador bravísimo de los senderos satandereanos y un seguidor de Inodoro Pereyra, el gaucho de Fontanarrosa, fueron cosas que aprendí hablando antes y después de las películas; antes y después y durante los consejos de redacción. También aprendí a escribir rápido y al punto, a que me editaran duro, a calmar el ego y a ver cine con los ojos más abiertos así estuvieran a veces cansados y a veces borrachos.

Yo no me imaginaba todo eso la primera vez que entré a la Casa Sur, en una de las proyecciones de un ciclo de Woody Allen. Por eso me acerqué con cierta timidez y respeto al hombre de poco cabello que luego del final de la cinta, que era cinta en el sentido de casette de VHS, se quedó arreglando las sillas que con el movimiento de los espectadores se desacomodaban en el suelo de piedritas. Me tomó poco tiempo perder la timidez y un poco más el cabello. El respeto no se lo perdí nunca.
*Exclusivo de El Ateneista

6 de noviembre de 2009

ADORACIÓN A LA SOMBRA


En una cervecería de Berlín se reunían cada sábado a hablar los jóvenes Hoffman, Tiek y Von Chamizo. A pesar de tener en alta estima el teatro, las artes y la música, les atraía hablar de hechicerías, duendes y demonios. En esa taberna -de nombre impronunciable y que hoy ha sido barrida de la faz de la tierra por obra y gracia del tiempo- empezó el Romanticismo.

Lejos del mediterráneo, condenados a vivir en la oscuridad que les ofrecía el espeso bosque, los alemanes centraron su interés en lo oculto, en lo que habita en las tinieblas del alma. Kleist fue el primero que fue consecuente con el demonio pero después lo siguieron un grupo de adoradores de su obra. En esas orgías intelectuales el grupo llegaba a conclusiones como de que “Todo relato es fantástico”, muchos de sus cuentos son puertas que se abren al universo que habita dentro de ellos. Von Chamisso destapó la cortina que cubría la imagen del demonio en la maravillosa historia de Peter Schlemihl donde al cambiarle a éste su sombra por un saco que le dará eternamente las monedas de oro que necesite lo condena a vivir rechazado por todo el que se le acerca, como si no tener sombra fuera la peor de las pestes. Todos los alemanes tienen sombra y la cuidan, la sombra es el Daimón, su doble, de allí la obsesión del romanticismo por el doble. Hoffman y el cuento del hombre que también le vende su reflejo para obtener la felicidad material. La sombra es todo lo que se tiene.

Pero esa mirada turbia que tenían hacia la realidad venía cimentada en una profunda religiosidad, es como cuando habla Safrnski que el romanticismo habla “De una continuación de la religión con medios estéticos”. Por eso al conde que se casa con una baronesa y descubre que es un vampiro, más que el horror lo embarga la indignación: “Maldito engendro del diablo,¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas endemoniada!” Y después pierde la razón porque ya no queda margen para la moral y en un mundo donde es permitido actuar al mal con tanta libertad no es digno vivir.

A esa profundización del mundo oscuro de la sombra llegaron un grupo de amigos que se emborrachaban cada sábado. En esa taberna confrontaron a sus daimones y los hicieron hablar, que dijeran todo lo que sabían de su universo. Todas esas confesiones quedaron consignadas en sus maravillosos relatos.

3 de noviembre de 2009

UN HERMOSO CADÁVER INSEPULTO


La casa estaba sobre una de esas sucias calles de San Telmo. Un cartel enorme anunciaba que estaba en venta. El cartel tapaba la puerta así que tuvimos que agacharnos para entrar. Durante dos años funcionó en esa casa lo que queda de la otrora poderosa Zoetrope, la compañía cinematográfica fundada por Coppola treinta años atrás. Este fue el cartel general en el cual el realizador neoyorkino lideró su proyecto Tetro, largometraje íntegramente rodado en la Argentina y cuyo rodaje despertó polémica por la manera como se trató a la mano de obra local. Después de un largo pasillo venía una rudimentaria sala de proyección. Allí estaba Walter Murch con su equipo de montajistas. La de hoy sería la primera visualización del montaje final de la película.

Me había prometido ver la película fríamente, sin caer en la emoción dulzona que tenía al estar en la primera visualización de una película de uno de los tres directores vivos más importantes del cine. Lamentablemente no me tuve que esforzar mucho. Si Francis Ford Coppola viene a filmar a la Argentina es porque es más barato, no porque la historia requiera los escenarios de este país ni porque exista un interés particular. Uno de los técnicos que vio conmigo la película me contó que vino a este país a cerrar la compra de un viñedo en Mendoza y que “de paso” podía hacer una película. Lo mismo pasó hace unos tres años cuando en Rumania hizo ese esperpento pretencioso llamado Youth Without Youth (Juventud sin juventud).
Durante meses creímos que Coppola estaba haciendo la gran historia de inmigrantes italianos que llegaron a la Argentina durante la primera mitad del siglo XX. Una historia monumental y que nadie nunca ha contado. Nada está más lejos de lo anterior. Tetro es la historia de un escritor que quiere huir de la poderosa presencia de su padre, un laureado director de orquesta (otra referencia a su enorme álbum familiar, pues Tetro es otro de los alter egos de Coppola ya que Carmine, su padre, fue un destacado compositor) y por eso es que viene a refugiarse a una de las buhardillas de La Boca.. Hasta allí va a buscarlo su hermano menor para convencerlo de que vuelva a Nueva York, a la civilización. Tetro (encarnado por Vincent Gallo) se resiste a irse, una tarde llega a su buhardilla y encuentra a su hermano leyendo sus escritos, se enfurece irracionalmente hasta el punto en que arremete con violencia contra el pobre jovencito. Sobre esta pareja de gringos revolotean sin cesar los actores hispanoparlantes, de quienes nadie sabe qué carajos hacen allí, son como parte del decorado, extras que -entre otros privilegios- tienen el de poder decir alguna frase mal hilvanada. El desconocimiento total de la cultura porteña lleva a que los personajes tengan costumbres que no están acordes a sus características. Si en Buenos Aires vives en La Boca es casi seguro que no puedas tener la posibilidad de realizar tus tertulias diarias o peñas en el Café Tortoni, pero Coppola, como cualquier turista, no hace más que sacar postales de la ciudad y lo único que le falta es llevar la trama a la Bombonera y al Obelisco porque hasta la operística y patética escena final donde el cadáver del gran compositor -que fue en vida el padre de Tetro- es velado, se lleva a cabo ¡en el Teatro Colón!.

Tetro sucumbe a la tentación de mostrar sus escritos, es un dramaturgo, un poeta, es la encarnación misma del arte. Al final -como en una pésima telenovela venezolana- se descubre que el gringo que vino a buscarlo no es su hermano sino su hijo (¡!) y ya la tolerancia que uno puede tener, por más de que al lado pueda ver al genial Walter Murch preocupado, se va yendo por una de las tantas cloacas infectas que tiene San Telmo.
Tal vez la historia del cine no ha dado un personaje más parlanchín que Francis Ford Coppola. Desde que se metió en la selva a hacer no una película sobre el Vietnam sino "el Vietnam mismo” la cantidad de declaraciones que ha dado este hombre podrían llenar perfectamente el cañón del Colorado. En noviembre del año pasado en una charla dada acá en Buenos Aires en la ENERC (la escuela del INCAA) dijo que ya era un hombre millonario gracias a sus viñedos y que por eso iba a empezar a hacer las películas que esos horribles productores le habían negado. Con Youth Without Youth y con Tetro entendemos que los productores no siempre son estas figuras vampirescas y castradoras, porque lo que le faltaron a estas dos películas fue alguien que le hiciera a entender a Coppola que las películas no sólo se hacen para uno hablar de sus obsesiones y de sus miedos sino que también está bueno de vez en cuando contar una historia.
Coppola quiere hablar de Buenos Aires y de Bucarest sin conocer estas ciudades. Acá en Buenos Aires se ganó la fama de tacaño; los actores y los técnicos quedaron francamente desilusionados. El actor argentino Mike Amigorena quien participa del filme dio estas fuertes declaraciones “No dejo de pensar en que sería otra cosa. Hubo muchos problemas con la producción. Coppola se puso a escatimar. Una cosa es que lo hagan acá y lo digan de frente y te digan “Che vamos a hacer una película pero no hay guita” y seguramente lo haga como hice quinientas… pero que venga un millonario, que venga y no te pague...no se si fue él, pero su producción fue poco seria. La verdad Coppola no me impresionó mucho, para mi fue un cero al as”.
El sentimiento fue generalizado y los resultados se ven en esta estrambótica y desafortunada historia. Para contar con más apoyo, el director de El Padrino, tuvo que llamar a estrellas locales como Susana Jiménez para que hicieran un cameo y así ganarse el favor de los medios.


Al finalizar de la proyección el grupo de técnicos se dispersó. Nadie aplaudió. La mujer de Walter Murch lo presionaba para que dijera algo, al menos para que diera las gracias en nombre de su amigo y compañero desde El padrino II, pero Walter no se volteó a mirarnos y me imaginé su rostro lleno de vergüenza y de añoranza por las hermosas películas que alguna vez hicieron juntos. “Igual debí haberle pedido un autógrafo” pensé, pero cuando me devolví la puerta con el cartel de “SE VENDE” ya estaba cerrada.

¿SUEÑAN LOS COLOMBIANOS CON ARGENTINOS CIBERNÉTICOS?

Tuve la desgracia de crecer con gente que quería ser Argentina. El primero que conocí fue a mi tío Alfonso, insuflado por la victoria gaucha- en el oscuro mundial organizado por la dictadura- empezó a ponerse camisetas albicelestes y a decir, cada vez que se tomaba un par de cervezas, que ese era su país. Las mujeres soñaban con tener a un Tarantini o a un Gustavo Ceratti.

Tengo amigos argentinos que no me creen que en el resto de Latinoamérica hay idotas que creen que el Rock Argentino es la única música culta y de relevancia intelectual que existe en el continente. Conozco gente incluso que cree que El lado oscuro del corazón es una obra maestra y que Ernesto Sábato es un gran escritor. Se tiene que pertenecer a la periferia cultural del mundo para creerse esto.

Con la crisis del 2001 se abarataron los costos y los colombianos empezaron a llegar en ramilletes. Al principio venían a estudiar, entonces era común ver al clásico rolo “argentinófilo” hablar con el acento de ellos una vez pisaba Ezeiza. Al menos venían a estudiar, ahora empezaron a llegar los buscavidas, el clásico colombiano echado pa’lante que no le tiene miedo a nada.

-Che –me dicen los pibes-, tienen que andar muy mal allá para venirse a este mierdero.
Mi respuesta por supuesto es “sí, estamos muy mal allá”. Pero así este gobierno nefasto haya incrementado la necesidad de la gente de salir de su terruño, esto siempre ha sido así. Ahora se presenta la exquisita oportunidad de venir a un país que hace cinco décadas fue grande y que ahora se está cayendo a pedazos. Y como no nos piden visa, y como son blanquitos y los edificios parecen europeos, pues qué mejor oportunidad para venir a buscar fortuna acá. Pero el desengaño llegará pronto, los sueldos son patéticos, no hay trabajo y, sobre todo, no hay vallenato ni guaro. Eso sí, llegarán a Colombia de nuevo con su fabuloso acento argentino.

Hace poco vi en ESPN un especial que hicieron sobre cómo se veía el clásico Boca-River en un bar de Bogotá. Creía que era una colonia argentina que vivía en Bogotá y vibraba con este devaluado clásico que el periodismo argentino ha venido promocionando en el continente como ¡uno de los siete espectáculos que no puedes dejar de ver en tu vida! Vi a un grupo de gente tomando cerveza con camisetas de Boca y de River, dije: “bueno, debe ser la colonia porteña en Bogotá”. Pero no. Eran colombianos comiéndose las uñas por un equipo con el que no han convivido nunca. ¿Cómo se puede ser hincha de un equipo cuando no has entrado a su estadio, cuando no conoces el barrio de donde salió este equipo? Entiendo que se pueda ser simpatizante ¿pero hincha? Y sin embargo estaban allí ¡dando declaraciones! Diciendo que en el partido de vuelta en la Bombonera iban a comer Gashinas, y lo decían así, con acento argento y todo.

La argentinofilia es un mal que todo colombiano está propenso a padecer. Yo también la empiezo a vivir, cada vez bajo más y más canciones de Los redondos y cada vez defiendo con más ahínco las grotescas declaraciones de Maradona. Me consuelo pensando que eso es así porque Maradona y los Redondos son universales, pero en el fondo sé que es mentira que el virus ya está dentro de mí.

1 de noviembre de 2009

FREAKS O LOS PEDAZOS DE UN MUNDO

En 1961 Diane Arbus, la fotógrafa estadounidense, iría a una proyección sin saber que este hecho tan cotidiano le cambiaría por completo su vida. Se presentaba en el MOMA una película que, en su momento, causó un terrible escándalo y fue sacada de cartelera como quien expulsa un espíritu demoniaco. Una hermosa trapecista se enamora perdidamente de un enano. La convivencia con microcéfalas y mujeres barbudas cambiará sus patrones estéticos. La mujer poco a poco empieza a hartarse de esos seres y quiere arrancarse de raíz la venda que le ha impedido ver los monstruos que la rodean. Lo que condenó a la película al ostracismo fue que su director hubiera optado por mostrar monstruos reales en la pantalla. Diane Arbus no estaba acostumbrada a la fealdad, por algo era la fotógrafa de moda más importante de su época, sin embargo después de ver Freaks ese gusto que tenía escondido iba a salir a flote tal y como dice su biógrafa Patricia Bosworth, “Le fascinó que los fenómenos de la película no fueran monstruos imaginarios sino reales porque en el fondo las anomalías humanas siempre la habían emocionado, retado y atemorizado a la vez, debido a todas las convenciones que desafiaban. En ocasiones pensaba que su terror estaba unido a algún profundo rincón de su subconsciente. Ver al hombre esqueleto o a la mujer barbuda le recordaba alguna parte oculta o antinatural de si misma”.
A partir de la proyección Diane Arbus empezaría a interesarse por fenómenos, en su lente sólo se filtraba lo anormal. Doce años después como si todo el horror del mundo se hubiera metido en ella se comería una ensalada de barbitúricos y la encontrarían tres días después, ya putrefacta metida en su bañera mientras una cámara registraba cada paso que daba a la muerte.

Como ella miles de personas cambiaron no sólo su manera de ver el cine sino la manera de ver el mundo a partir de ver esta película que -sin duda- reboza todos los límites estéticos que se había impuesto Hollywood. Dos años antes de su estreno Tod Browning, un hombre acostumbrado a lo macabro (su primer empleo fue en un circo donde realizaba el truco de ser enterrado vivo en un ataúd durante dos días y luego ser milagrosamente resucitado), había empezado con la serie de películas de terror de la Universal con su inolvidable Drácula. Tenía carta abierta del Todopoderoso señor Thalberg y se la iba a jugar a esta extraña historia donde una dudosa heroína aceptaba resignada a convertirse en una mujer pollo con tal de parecerse más a su familia. Era la época de la desolación total, la bolsa de Nueva York había saltado en mil pedazos y las familias que hasta hace unos años creían vivir en la tierra prometida tenían que partirse en dos por culpa del desempleo y del hambre. Se acabaron los años donde la gente quería ver héroes en la pantalla, ahora sólo lo anormal, lo extravagante, lo macabro era creíble. Si bien una década antes los alemanes habían previsto con el expresionismo que esa prosperidad era un espejismo, Estados Unidos, el país de la esperanza iba a vivir el horror en carne propia.
Pero lo que había hecho Tod Browning cruzaba el límite de la moral. La gente podía soñar con un monstruo como Frankenstein pero ver la realidad en unas siamesas, en un hombre que sólo era un torso y una cabeza, era un viaje sin regreso al pesimismo. El estudio le bajó el pulgar, Thalberg el productor más innovador de la historia de Hollywood había desaparecido y nadie quería afrontar un riesgo tan grande. Dice David J. Skal -en su libro Monster Show- sobre esta película: “Se consideró tan horrible que fue repudiada por el estudio y rechazada durante casi treinta años por los censores del otro lado del atlántico. El negativo original según contaba una leyenda, había sido entregado sin contemplaciones a las aguas de la bahía de San Francisco”. Sin embargo Freaks ha sobrevivido a todas esas calamidades y hoy -ochenta años después- sigue perturbando la cabeza de todos los que la ven. Hoy, más que nunca, vivimos en un mundo de monstruos donde lo anormal es lo que impera. Las fronteras de lo monstruoso se han roto y eso lo supo ver Tod Browning muchos años antes cuando trataba de no perder el control mientras escuchaba las paletadas de arena caer sobre su ataúd.
(Arriba-izq: Fotograma de "Freaks". Abajo-der: Foto tomada por Diane Arbus)

31 de octubre de 2009

ESTRENO NACIONAL DE LA SANGRE Y LA LLUVIA - 30 OCT.

Ayer se estrenó en Colombia la película La Sangre y la LLuvia, dirigida por el caleño Jorge Navas, coescrita con nuestro gran amigo Carlos Henao. Hasta el momento ha recibido las mejores críticas y grandes aplausos.
Antes de su estreno comercial pasó por importantes festivales como el de Berlín (en el Latin American Works in Progress), Venecia (en la sección Jornada de los autores) y Biarritz, en Francia. Próximamente estará en los Premios Goya de España en el apartado de cine latinoamericano.
Véanla ustedes por ahora porque los que estamos en Buenos Aires tendremos que esperar hasta marzo para verla. Pero nos alegra enormemente que se vaya a estrenar comercialmente en las salas de esta ciudad cinéfila. Desde acá les deseamos suerte al equipo para que siga cosechando triunfos en todos los festivales que están por venir.

"Este es un retrato simbólico, filmado en locaciones reales a partir de sentimientos reales, buscando lo lírico y lo elemental desde lo cinematográfico, procurando a la vez crear preguntas y sensaciones que indaguen por el presente, por la esperanza o por la desespe...ranza, sin pretender lanzar un juicio moral o una conclusión final.

Todas las noches hay muertes violentas en Bogotá; todas las noches cadáveres abandonados, en medio de esta soledad e indiferencia, son recogidos por las autoridades, dejando solo, como huella de su despedida, la sangre sobre el asfalto que brotó de sus cuerpos heridos. Todas las noches llueve y esta lluvia diluye y borra la sangre de las calles, llevándose entre caudales de este líquido mezclado y sucio, las huellas y la memoria a las alcantarillas y desagües, desapareciendo en los subsuelos de la ciudad, como en los subsuelos de la memoria. Testimonios desaparecidos de que las cosas no están funcionando para nada bien. Al otro día todo vuelve a la normalidad, al silencio impotente, al caos de los automóviles y de los transeúntes, al miedo como un fantasma, al dolor de las calles húmedas".
Jorge Navas