Había algo que no lo dejaba dormir. Se la pasaba las noches dando vueltas en la cama. No sabía qué Dios lo estaba tocando. Entonces un día se despierta y se encierra en el ático. Suzanne lo llama pero éste le responde de detrás del tabique. Le dice que no se preocupe, que por fin ha encontrado la espina que lo está atormentando. Durante tres días no bebió ni comió nada. En el ático sólo se escuchaban las estridentes notas de su saxofón.
Al cuarto día se escucharon sus pasos bajar por la escalera de madera. Se había sacado los demonios, Elice lo vio bajar y aún hoy en día se emociona evocando ese momento “Era como Moisés bajando de la montaña, fue tan bonito. Bajó y tenía esa alegría, esa paz en el rostro, tranquilidad. De manera que le dije : ‘Explícamelo todo, no te he visto en cuatro días’.” Él le dijo “Ésta es la primera vez que me ha llegado toda la música que quiero grabar, en una suite. Ésta es la primera vez que lo tengo todo, todo listo”. Había nacido A love supreme la ofrenda de un pobre mortal a Dios.
El camino que emprendió John Coltrane para llegar a esta joya de perfección y precisión no había sido fácil, tuvo que vencer sus propios demonios, derrotar su terrible adicción a la heroína que cada día deterioraba más y más su talento. Todavía se acordaba con claridad la noche en que Miles Davis lo había humillado en público propinándole dos puñetazos en la cara sólo porque él ya no estaba allí, él era un cuerpo que comenzaba a podrirse. No tenía ni el amor propio para responderle a Miles. Poco después sería echado del grupo, tocaba fondo pero no se dejó ahogar. Se retiró al desierto como Cristo y volvió renovado listo para acompañar a Davis, es en ese ascenso al Everest que es Kind of blue, pero Coltrane quería tener una voz propia, y con Giant Steps vislumbró las cosas que podía llegar a realizar. Pero nadie se imaginó que este negro taciturno fuera un pobre enviado de Dios en la tierra destinado a ofrendar a su creador.
Desde Bach nadie se preocupó tanto por ofrendar su música al creador. La dedicatoria en la contratapa “Esto es para ti Señor” es muy poco comparado con el fervor que le dedicó Coltrane a este disco. En una época donde el miedo atómico devastaba al mundo, donde los existencialistas proclamaban la muerte de Dios e imponían la absurda presencia de la nada, Coltrane volvía a hablar de paz, de amor y entonces la música empezó a cambiar y los jóvenes supieron del poder del jazz y del amor.
Como su hermano Kind of blue, éste es un disco que ha influenciado a cientos de músicos. Todos recuerdan la primera vez que lo escucharon. Bono fue uno de los que sintió la presencia de Dios al escucha esta creación de Coltrane “Hay tanta maldad en el mundo… pero la belleza es nuestro premio de consolación…la belleza de la voz aflautada de Coltrane, sus susurros, su astucia, su sexualidad maliciosa, su alabanza a la creación. De esta manera empecé a entender a Coltrane. Pulsé el botón de repeat y me quedé despierto escuchando a un hombre enfrentándose a Dios con el don de su música”
Este hombre no podía descansar porque siempre tenía la música en la cabeza. Era una especia de asceta, de un viejo artista del medioevo empecinado en encontrar esa presencia divina, la voz con la que se pueda comunicar con Dios. Con toda la humildad que tenía le hizo un poema a su creador, se lo entregó en sus pies y recitó una oración.
Coltrane su murió sin saber que su humilde ofrenda había superado a su Dios.
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16 de diciembre de 2009
24 de noviembre de 2009
NADA MALO PUEDE PASAR SI MONK ESTÁ CONMIGO
En la desesperación no encuentro otra salida que el jazz. Es difícil que te guste, hay que escuchar mucho, quedarse atento en un viaje a los acordes desaforados de un tipo como Sonny Rollins, pero vale la pena cuando en medio de una borrachera ya uno necesita escuchar Round Midnight. La mayoría aprecia al jazz porque está mal visto hablar mal de la música culta. Al jazz no hay que mirarlo con respeto, los que la hicieron fueron los negros de la América oprimida que en vez de levantarse y matar a los que los discriminaban tuvieron la nobleza de armarse con instrumentos musicales y disparar melodías que devastaron al mundo. Seguían tocando hasta el otro día, su condena era no poder dormir y el consuelo lo encontraban en el pinchazo de la aguja.
En estos tiempos tan rápidos cuando nadie puede quedarse quieto el jazz invita a acostarse sobre el prado y contemplar el cielo. Nada malo puede pasarle a uno si escucha Blue Monk.
Lo malo del jazz es que te absorbe. Ya no le encuentras tanta gracia al rock o a la salsa. El jazz te enseña a estar mejor solo, a apreciar el silencio. Los que lo odian tratan de denostarlo diciendo que es la única música donde los que están en el escenario se divierten más que los que están abajo. Eso en parte es verdad, porque al parecer no hay nada mejor que tocar como un Dios.
Antes de conocer a Miles Davis era racista como la inmensa mayoría de los colombianos. Miles era un ser superior. Dicen los que han ido al cielo que allá habita un tipo con grandes anteojos negros y una trompeta en la mano. Los que acaban de llegar preguntan: “¿Ese es Miles Davis?” y les contestan “No, ese es Dios, tratando de ser Miles”. La autobiografía de Miles termina siendo el diario de un genio. La bitácora de una divinidad. No sabía nada de eso, no sentía. En el villorrio ese de donde vengo la gente no escucha estas cosas. Ya no sienten nada, están muertos, no son más que fantasmas.
Gracias al jazz puedo levantarme a trabajar un sábado, me motiva saber toda la música que voy a escuchar mientras afuera la gente corre para que el aguacero no les dañe el peinado. Nada malo puede pasar si el jazz está conmigo.
(Foto: Sonny Rollins. Tomada por William Claxton)
14 de noviembre de 2009
NICA: UN SOPLO DE AIRE FRESCO EN LA CLOACA DEL JAZZ
Pannonica de Koenigswarte, o simplemente Nica

Johnny Carter encuentra la muerte mientras ve televisión al lado de su amante, amiga y benefactora Tica. Este personaje que Cortázar muestra en El perseguidor existió y gracias a ella muchos músicos de jazz encontraron un refugio cuando todo el mundo les daba la espalda.
Se trataba de la baronesa Pannonica de Koenigswarte, descendiente directa de los últimos reyes de Francia, despreció su apellido, al hombre que era su marido y a todas las comodidades que puede tener una baronesa. Después de escuchar en París el Sonido de la bomba se afinca en Nueva York con lo poco que tenía (que era muchísimo para cualquiera de los mortales). Era la década de los cuarenta, justo la época en que los negros hacían explotar la música en mil pedazos. La baronesa empezó a ir a los bares y a conocer de cerca a estos dioses del Olimpo. Así como Ludwig de Baviera creía que la verdadera aristocracia provenía del arte, y nombró como compositor de la corte a Richard Wagner; Nica (como era conocida por sus amigos) estaba obsesionada con tener cada vez más cerca a los autores de la música que ella tanto amaba.
Por eso poco le importó a la baronesa el desprecio de su familia. La felicidad la encontraba en la pirotécnica noche neoyorkina, noche que empezaba a las cuatro de la mañana en el Minton´s y terminaba en su balcón a la noche del otro día. La música no paraba de fluir sin importarle que los blancos se taparan los oídos. Aún hoy no pueden asimilar que la música clásica del siglo XX la hicieron los negros. Justamente la fascinación que ejercía el jazz sobre Nica da para que la clase alta de Nueva York que se obsesionaba con sentar en su mesa a la baronesa se preguntara: ¿Qué tiene esa música de negro que tiene como loca a la Baronesa Pannonica? Curiosos, los blanquitos de bien empiezan a pasearse por los antros donde Sony Rollins, Coltrane y Miles Davis devastaban los cimientos de la música. En las mesas del fondo la Baronesa se hacía notar por su encanto y por el brillo de sus diamantes. Ella destilaba clase y los músicos de Jazz se van a revestir de esa aura. Ella legitima jazz y lo introduce en los salones más exclusivos de Europa. Se convierte esta música de arrabal en un suceso de estima. Los idiotas dirán que “se comercializa” “se perratea”. Pero no es así. El músico de Jazz comienza a ganar lo que se merece, antes de que la baronesa irrumpiera en la escena musical los músicos de Jazz se la pasaban tratando de mantenerse a flote. El biógrafo de Theolonious Monk Laurent de Wilde dice “Nica estaba allí para recordar a todos estos grandes artistas que habían entregado su vida a su instrumento, que hay un fasto, un nivel de vida que debe acompañar al talento”. Es que no puede ser posible que un tipo como Charly Parker pase el final de sus días en rincones de calles sórdidas donde lo esperaba un dealer, un policía o los dos a la vez, y tener que ir a una casa de empeño a tocarle tres notas al dueño para convencerlo de que el Stradivarius vale un poco más de diez dólares. Y muchos hijos de mil putas dicen que de eso se trata el arte, de comer mierda para darle a la humanidad un legado. Nica fue un soplo de aire fresco en la cloaca del jazz neoyorkino.
Ella fue la última de los mecenas. Hoy en día la aristocracia la conforman un grupo de mafiosos rusos y los asquerosos jeques árabes cuya única diversión es comprar equipos de fútbol. El jazz ha dejado de ser una música popular para convertirse en la perversión de unos pocos intelectualoides. La fuerza del Sonido de la bomba se ha extinguido y de ella sólo se escucha un lejano eco.

Johnny Carter encuentra la muerte mientras ve televisión al lado de su amante, amiga y benefactora Tica. Este personaje que Cortázar muestra en El perseguidor existió y gracias a ella muchos músicos de jazz encontraron un refugio cuando todo el mundo les daba la espalda.
Se trataba de la baronesa Pannonica de Koenigswarte, descendiente directa de los últimos reyes de Francia, despreció su apellido, al hombre que era su marido y a todas las comodidades que puede tener una baronesa. Después de escuchar en París el Sonido de la bomba se afinca en Nueva York con lo poco que tenía (que era muchísimo para cualquiera de los mortales). Era la década de los cuarenta, justo la época en que los negros hacían explotar la música en mil pedazos. La baronesa empezó a ir a los bares y a conocer de cerca a estos dioses del Olimpo. Así como Ludwig de Baviera creía que la verdadera aristocracia provenía del arte, y nombró como compositor de la corte a Richard Wagner; Nica (como era conocida por sus amigos) estaba obsesionada con tener cada vez más cerca a los autores de la música que ella tanto amaba.
Por eso poco le importó a la baronesa el desprecio de su familia. La felicidad la encontraba en la pirotécnica noche neoyorkina, noche que empezaba a las cuatro de la mañana en el Minton´s y terminaba en su balcón a la noche del otro día. La música no paraba de fluir sin importarle que los blancos se taparan los oídos. Aún hoy no pueden asimilar que la música clásica del siglo XX la hicieron los negros. Justamente la fascinación que ejercía el jazz sobre Nica da para que la clase alta de Nueva York que se obsesionaba con sentar en su mesa a la baronesa se preguntara: ¿Qué tiene esa música de negro que tiene como loca a la Baronesa Pannonica? Curiosos, los blanquitos de bien empiezan a pasearse por los antros donde Sony Rollins, Coltrane y Miles Davis devastaban los cimientos de la música. En las mesas del fondo la Baronesa se hacía notar por su encanto y por el brillo de sus diamantes. Ella destilaba clase y los músicos de Jazz se van a revestir de esa aura. Ella legitima jazz y lo introduce en los salones más exclusivos de Europa. Se convierte esta música de arrabal en un suceso de estima. Los idiotas dirán que “se comercializa” “se perratea”. Pero no es así. El músico de Jazz comienza a ganar lo que se merece, antes de que la baronesa irrumpiera en la escena musical los músicos de Jazz se la pasaban tratando de mantenerse a flote. El biógrafo de Theolonious Monk Laurent de Wilde dice “Nica estaba allí para recordar a todos estos grandes artistas que habían entregado su vida a su instrumento, que hay un fasto, un nivel de vida que debe acompañar al talento”. Es que no puede ser posible que un tipo como Charly Parker pase el final de sus días en rincones de calles sórdidas donde lo esperaba un dealer, un policía o los dos a la vez, y tener que ir a una casa de empeño a tocarle tres notas al dueño para convencerlo de que el Stradivarius vale un poco más de diez dólares. Y muchos hijos de mil putas dicen que de eso se trata el arte, de comer mierda para darle a la humanidad un legado. Nica fue un soplo de aire fresco en la cloaca del jazz neoyorkino.
Ella fue la última de los mecenas. Hoy en día la aristocracia la conforman un grupo de mafiosos rusos y los asquerosos jeques árabes cuya única diversión es comprar equipos de fútbol. El jazz ha dejado de ser una música popular para convertirse en la perversión de unos pocos intelectualoides. La fuerza del Sonido de la bomba se ha extinguido y de ella sólo se escucha un lejano eco.
23 de octubre de 2009
RIMBAUD O RAMBO
La culpa de que no me guste la poesía la tienen todos los poetas que conozco. Crecí en un medio de mierda donde todos los poetas eran borrachos y marihuaneros, ¡pajeros de mierda! Se reunían para bajarse un tanque de Alcohol antiséptico con Fresco Royal. Eran pobres como la miserable verga de un murciélago keniano. Apenas se tomaban ese menjurje agarraban las guitarras y empezaban a escupir sus versos. Yo era muy joven y estaba cansado de los idiotas del colegio y quería probar algo real, entonces me metí a un grupo de teatro y los descubrí. Se apeñuscan entre las grietas de esa ciudad. Casi siempre están solos o los acompañan unas mujeres que parecen ser un fantasma de su propio viaje de bazuco (o paco). Terminaban la noche agarrándose a puños entre ellos y no faltó el hijo de puta que trató de levantarme.
Por eso entendí que la literatura era una mierda de prosa y sobre todo de soledad. Matías siempre me recomienda grandes poetas que yo necesito leer si pretendo ser un escritor. Pero yo prefiero quedarme con mi mediocridad antes de recordar a esos vagabundos que quisieron mostrarme el camino.Y es una lástima porque sé que me pierdo algo impresionante. Yo me he asomado por sus rendijas y he visto cosas de Paul Celan que me provocan quedarme allí, pero al final me gana el asco. Entonces tengo que buscar la poesía en otro lado, en las cosas que veo o que leo. Entender que Sympathy for the Devil -de los Rolling Stones- podrían estar todas las imágenes del infierno que estoy buscando. Y en eso, amigos míos, en la consecución de imágenes ,no hay nada más poderoso que el cine y la música. A veces puedo notar toda una puta década en Rock it o en Milestones. La poesía que necesito la saco del jazz, todas las noches voy a esa mina y voy sacando todo lo que necesito de ella, todo el oro que me hace falta para vivir. Y ahora me dan ganas de parar de escribir sólo para escuchar a Theolonius Monk, la canción de la luna, parar un momento y buscarla en Youtube, ver cómo mueve los pies, todo como tan sacado de un puto sueño. De pronto el que lee a Pessoa siente lo mismo, pero a mí eso me está pasando con el Jazz, yo agarro la música y la estrangulo, que me de toda la poesía que no he leído.
Y sin embargo también los he envidiado, cuando los he visto hablar solos en las orillas del río Pamplonita. Perdidos en su delirio, inocentes que ya no le deben nada a nadie y yo quisiera ser por un rato así y dejar este trabajo que me pasa por encima, que me tritura sin clemencia. Son libres los hijueputas eso no puedo negarlo. A mí el jazz todavía no me da esa libertad, nada me dará esa libertad. Las novelas son laberintos, te encierran, te condenan a la neurosis a la paranoia y eso se intensifica con el tiempo. Yo quiero pelear todo el tiempo. Me fastidian la gente trabada recitando a la Dama de los Cabellos Ardientes. Todo me molesta y eso es porque no tengo los suficientes discos de jazz ni un Ipod para escucharlo. En cambio los poetas se paran en las esquinas a leerse la crueldad en Bernhard, sin embargo a mí me parece que el teatro de Bernhard tiene toda la poesía que yo necesito.
Es un espejismo, los poetas creen ser libres. Los que conozco unos snobs insoportables. Acá en Buenos Aires son snobs, en Colombia son indigentes. Incluso Juan Manuel Roca piensa como un indigente. Ninguno piensa en publicar, todos miran a ver la forma de arrancarle pancito al estado para llevárselos a sus diez mil hijos. Porque la poesía fortalece al espermatozoide, nada debe haber más emocionante que la carrera de millones de espermatozoides por la uretra de un poeta. Son fértiles, son como los campos de Ucrania con un espesor de tres metros de humus. Hasta Juan Manuel Roca es así. A William Ospina lo salvó Ursua.
Hay cosas de Rimbaud que me gustan. Baudelaire también, pero el conjunto me aburre, sobre todo cuando me lo recitan. Lo bueno de las novelas es que no se pueden recitar. Yo creo que por eso me gustan tanto. Ahora no estoy leyendo novela, me acerqué mucho al cuento gracias al terror y a las maravillosas ediciones de Valdemar. No me hace falta la poesía, para escribir si pero para leer no. El poeta es perezoso. No sé quién era el que leía libros a pedazos, creo que era Bernhard, sin embargo no lo creo, o talvez por leérselas a pedazos es que iba cada verano a Mallorca como cualquier vieja vienesa. Los poetas no leen, sólo viven. Un poeta no puede ser un novelista en cambio un buen novelista casi siempre es un poeta extraordinario.
Miles Davis no era un poeta era un músico. El jazz no tiene nada que ver con la escritura, es una cuestión de imagen. El mejor escritor de la historia no podría amarrarle los cordones a un músico o a un pintor verdadero. Eso sí, lo que yo debería hacer es ocuparme más del arte que no sé un carajo. Pero de la poesía no, para eso escucho las canciones de The Doors. Lo malo es que no sé inglés.
La culpa de todo la tienen los poetas que conocí. El único que era sobrio estaba embobado con el ajedrez. Tenía un libro viejo, grande y amarillento. Repasaba la partida entre Alejín y Capablanca, recuerdo sus nombres porque era lo único que murmuraba mientras movía las fichas. Yo iba los domingos a que me leyera las cartas pero se enfermó con el ajedrez y olvidó el tarot. Al final de la tarde me sacaba un libro de Esenin y me leía esos poemas largos y comprometidos. Sólo leía poesía y filosofía. No lo volví a ver. Menos mal que no conocí a ningún novelista, debe ser por eso que me terminó gustando tanto. Por eso y porque no se puede recitar.
18 de octubre de 2009
EXPOSICIÓN SOBRE MILES DAVIS EN PARÍS
ERA UN DEMIURGO PERO SE FUE En París acaban de inaugurar una exposición en honor a Miles Davis. En la Cité de la Musique, la muestra titulada We want Miles sigue la trayectoria personal y profesional del último gran genio del jazz desde su ciudad natal, East St-Louis, hasta su último concierto retrospectivo en La Villette, en París, tan sólo unas semanas antes de su muerte. Las colas se extienden por tres manzanas. La mayoría de los asistentes son gente mayor que, hasta hace poco, guardaba celosamente en sus cajones de madera apolillada fotos grasientas del rey del jazz; algunas, incluso, estaban autografiadas. Los franceses son egoístas y no les gusta compartir ni siquiera los recuerdos. Afortunadamente abrieron el museo y entonces ya pueden pasear con tranquilidad los recuerdos abanicándoselos a los viejos de los bares que salen cada noche a vociferar contra el rock.
El museo debe oler a muerto. A Miles siempre le gustaba tocar dándole la espalda al público. Jorge Mara me contó que lo vio en Copenhague hace cuarenta años tocando una y otra vez “Bye, bye blackbird”. Fue el primero a quien le chupó un huevo todo. Excepto su música. Creo que nunca vino a Buenos Aires, acá no saben apreciar la música negra, por eso el único músico de jazz que respetaron fue a Stan Getz. He escuchado a gente decir que Miles Davis no era sino un plagiador, que copiaba la música que le entregaban viejos chamanes. Miles es el jazz y su estilo de vida, no hay nada mas cool que él, creo que se inventa la palabra a partir de su imagen, de su voz. Cada vez que me siento a escribir pienso en él, en su voluntad de hierro. Antes de Michael Jackson, él fue el hombre que puso a los blancos a escuchar música negra. Un maestro que puso a tocar como a los dioses a John Coltrane, Herbie Hancock, Sonny Rollins o Keny Garreth. Y hay incautos que dicen que no quería a sus músicos, todavía recuerdo el verano de 1989, Miles, con su banda en el Olympia, daba unos cuantos compases como una locomotora a punto de arrancar y luego salía toda la fuerza de sus acompañantes, se les ofrecía a su público, les decía ‘miren, acá les dejo mi legado’.
El legado de Miles no es un museo. Los parisinos son especiales en eso de guardar cosas. Por eso cada vez hay menos mugre en las aceras de París. Sin embargo esta ciudad recibió con los brazos abiertos a todos estos músicos que por culpa del racismo no eran tomados en serio en Estados Unidos. A Satchmo (Louis Armstrong) lo querían porque era un negro bonachón que todo el tiempo se reía, un hombre que con sus ojos abiertos como dos huevos fritos hacía de bufón a toda la corte kukuxclaniana. Eso no le gustaba a Davis, mejor escupirles el talento en la cara a esta partida de blancos fofos e idiotas. Vomitarles los demonios, dejarlos agonizar en la rudeza del asfalto. Los blancos no pueden asimilar que sea negra la música clásica del siglo XX. París fue el refugio para Charlie Parker, para Coltrane, para Davis. Theolonious Monk tenía a Nueva York, Miles no, Miles sólo en París se sintió tranquilo, allí lo entendieron.
Los parisinos le devuelven el cariño en forma de museo. No hay nada más aburrido que un museo, un montón de cosas muertas. Los pedazos de Miles no están allí, se dispersan cada vez que de una bocina salen sus acordes, entonces la imagen de Miles se mete en cada una de las moléculas de mi habitación. A veces lo veo fumándose un cigarrillo en la oscuridad. Miles Davis se supo mutar cuando la época se lo exigía, fue como Beethoven, como Los Rolling Stones. Hoy en día tendría 83 años y tal vez tres hits en el Billboard. A todo el mundo le gustaba, fue el primer artista negro en convocar 53 mil personas en un estadio. Era un demiurgo, pero se fue. Su música es una puerta a su cabeza, al mundo Davis, un mundo donde -desde sus ventanas- se ve el brillo de una ciudad ardiendo.
El museo debe oler a muerto. A Miles siempre le gustaba tocar dándole la espalda al público. Jorge Mara me contó que lo vio en Copenhague hace cuarenta años tocando una y otra vez “Bye, bye blackbird”. Fue el primero a quien le chupó un huevo todo. Excepto su música. Creo que nunca vino a Buenos Aires, acá no saben apreciar la música negra, por eso el único músico de jazz que respetaron fue a Stan Getz. He escuchado a gente decir que Miles Davis no era sino un plagiador, que copiaba la música que le entregaban viejos chamanes. Miles es el jazz y su estilo de vida, no hay nada mas cool que él, creo que se inventa la palabra a partir de su imagen, de su voz. Cada vez que me siento a escribir pienso en él, en su voluntad de hierro. Antes de Michael Jackson, él fue el hombre que puso a los blancos a escuchar música negra. Un maestro que puso a tocar como a los dioses a John Coltrane, Herbie Hancock, Sonny Rollins o Keny Garreth. Y hay incautos que dicen que no quería a sus músicos, todavía recuerdo el verano de 1989, Miles, con su banda en el Olympia, daba unos cuantos compases como una locomotora a punto de arrancar y luego salía toda la fuerza de sus acompañantes, se les ofrecía a su público, les decía ‘miren, acá les dejo mi legado’.
El legado de Miles no es un museo. Los parisinos son especiales en eso de guardar cosas. Por eso cada vez hay menos mugre en las aceras de París. Sin embargo esta ciudad recibió con los brazos abiertos a todos estos músicos que por culpa del racismo no eran tomados en serio en Estados Unidos. A Satchmo (Louis Armstrong) lo querían porque era un negro bonachón que todo el tiempo se reía, un hombre que con sus ojos abiertos como dos huevos fritos hacía de bufón a toda la corte kukuxclaniana. Eso no le gustaba a Davis, mejor escupirles el talento en la cara a esta partida de blancos fofos e idiotas. Vomitarles los demonios, dejarlos agonizar en la rudeza del asfalto. Los blancos no pueden asimilar que sea negra la música clásica del siglo XX. París fue el refugio para Charlie Parker, para Coltrane, para Davis. Theolonious Monk tenía a Nueva York, Miles no, Miles sólo en París se sintió tranquilo, allí lo entendieron.
Los parisinos le devuelven el cariño en forma de museo. No hay nada más aburrido que un museo, un montón de cosas muertas. Los pedazos de Miles no están allí, se dispersan cada vez que de una bocina salen sus acordes, entonces la imagen de Miles se mete en cada una de las moléculas de mi habitación. A veces lo veo fumándose un cigarrillo en la oscuridad. Miles Davis se supo mutar cuando la época se lo exigía, fue como Beethoven, como Los Rolling Stones. Hoy en día tendría 83 años y tal vez tres hits en el Billboard. A todo el mundo le gustaba, fue el primer artista negro en convocar 53 mil personas en un estadio. Era un demiurgo, pero se fue. Su música es una puerta a su cabeza, al mundo Davis, un mundo donde -desde sus ventanas- se ve el brillo de una ciudad ardiendo.
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