A los grandes autores todo el mundo los cita y nadie los lee, por eso la gente está tan contenta con Vallejo, se pegan a los tres o cuatro insultos que andan rondando por ahí para declararse seguidores o enemigos de él. Lo que diga Vallejo no importa ya que las palabras se escurren como lágrimas en la lluvia y lo único que queda es la obra.
No existe poder evocador mas demoledor que el que tienen las novelas, escritos, desahogos llamelo como quiera de este genial escritor antioqueño. Se han cansado de compararlo con Proust, con Celine algunos imbéciles como Barbet Schroeder lo han comparado con Bukowsky como si Fernando Vallejo no lo hubiera sacado a empujones y codazos del pedestal donde algunos lectores fumadores de marihuana pusieron a ese borracho de mierda.
Todos los años releo su obra, ahora acabo de comprarme la edición del Rio del Tiempo que sacó Alfaguara en el 2003 insuflado por la visita que hizo el escritor a la ciudad y porque mi gran amigo Leonardo Tarifeño ha tenido el gusto de entrevistarlo tres veces y el primer sábado de abril publicó un magnífico texto sobre la tarde en que conoció al maestro. Leyendo la nota supe del desprecio soterrado que tiene Vallejo hacia la poesía a pesar de que dedicó varios años de su odiada vida en la escritura de las impresionantes biografias de Barba Jacob y José Asunción Silva. Leonardo me decía que lo que le apasionaba a Vallejo de estos dos poetas no eran sus versos sino lo desgraciadas que fueron sus vidas. Porfirio no pudo tener una patria fija y Silva sucumbió ante la hipócrita y destructiva sociedad Bogotana que al final terminó obligandolo a meterse un tiro en el pecho cuando apenas tenía 30 años. Pero más allá de eso el primer Vallejo el de la desgarradoramente nostálgica Los dias azules llevan trazos de un poeta exquisito, como el que aparece cuando decide describir la fuerza de un machete “Humilde labrador de los campos, siervo de la gleba, cortador de cañas, desbrozador de montes, limpiador de la maleza, el machete se levantó enfurecido porque le había llegado su hora. En el corazón del monte, en la ceguedad del odio, en el rugir del viento, Amo de los caminos, Dueño de la encrucijada, Violador de la noche, deja oír tu nombre metálico que ya la noche enmudece. Deja ver tu brillo partiendo la luna. Machete de filo y sangre, machete de sangre y muerte. Alma negra, sangre Negra, Capitán Venenno, Cortador de Cabezas, Rey del reino de Thanatos, Seño de Colombia ¡Alzate! Levanta mi brazo que te voy a matar” Con los Días Azules Vallejo comienza el trabajo que lo llevaráa diseccionar a Colombia, a Medellín, a su familia, a si mismo. La descripción que hace de los viajes a la finca, del fiambre caliente, del pesebre donde el niño jesús es mas grande que el burro y donde despues de un pastor se puede ver un tigre, Vallejo no quiere construir un país de su imaginación sino de su recuerdo. Su país no es Macondo es Medellín.
Hace dos noches lo vi por primera vez. Me sorprendió verlo tan erguido, tan joven. Me sorprendio también ver a tantos argentinos interesados en lo que podía decir. Dijo cosas que ya casi que las recita, las mismas provocaciones, casi lo mismo que recitó en La desazón suprema. Uno no sbae si tiene un tele pronter en las gafas. Como tantos borregos hice la fila al final para que me firmara el libro y darle la mano, estaba cansado pero aún tenía tiempo para sonreir cuando uno le decía que era un gusto concoerlo, que era un gusto que no se hubiera visto tentado por caer en los brazos de la parca.
Vallejo se parece más al niño de los Dias Azules que al Hombre Rabioso de El desbarrancadero. Como todos se contradice, dice odiar al genero humano pero estaba allí “Felíz de estar con ustedes” El no es un científico a pesar de que sepa del tema ele s un escritor y un escritor es un enfermo mental, un neurótico pero también un niño. A los cuarenta años desilusionado del cine “Ese embeleco del siglo XX” o “Ese lenguaje miserable” descubrió que medio que tenía para expresarse con soltura era la escritura en primera persona, empezó y no pudo parar. Hoy dice que desprecia la literatura, que no lee nada que lo único que le importa es la salud de su perra, de su nueva Bruja, pero me lo imagino descansando del piano con una de sus lecturas de juventud, retomando los caminos de Edmon Dantés, sumergido en la Aventura del Conde de Montecristo. “Me aburro mucho ahora que estoy muerto- dice- Los años pasando volando pero los días son eternos” Hay muchos Vallejos en Fernando, uno de ellos no se aburre, no tiene tiempo esta sumergido recobrando el tiempo perdido
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29 de abril de 2010
14 de septiembre de 2009
EL EXTRAÑO CASO DE JEFFERSON: EL NIÑO CHAVISTA DE MEDELLIN

Por: Policarpo Salaba y Rieta
Nadie sabe por qué pero Jefferson resultó un día con la camiseta del Ché. Antes de que la lluvia de pasteles de arroz y mangos podridos cayeran sobre su integridad las moscas detuvieron su vuelo. Jefferson subió a su cuarto sin comer, los papás se encogían de hombros porque ni ellos saben por qué un domingo empezó a ver Aló presidente mientras comía sus amados pasteles de pollo. En el barrio Laureles todos eran colombianos de bien, hasta el mismo papá de Jefferson ofreció su casa en Circasia para que el presidente fuera a dar el consejo comunitario desde allí. Eran colombianos de bien como cualquiera de ustedes que se levantan un día festivo al mes para cumplir con la sagrada labor de acompañar a este gobierno de la usurpación chavista.
El caso de Jefferson empezó a preocuparles a los papás cuando vieron que repartía toda la comida con sus amigos, era clemente con la pintoresca sirvientela y tolerante con los negros. Pero lo que terminó por llenar la paciencia fue la extraña capacidad que adquirió de hablar incansablemente. Hablaba comiendo, dormido, miccionando y hablaba bobadas sobre su barriga inmensa como si ese fuera su único reino. Los papás, fervientes católicos, llamaron al cura para infringirle un exorcismo, pero Jefferson fue inclaudicable y no cesó su empeño hasta llegar al desmán de ponerse una camiseta del Ché. Desde acá encomendamos nuestro rezo al señor para que el impida que este temible fenómeno se repita así sea una sola vez más.
Nadie sabe por qué pero Jefferson resultó un día con la camiseta del Ché. Antes de que la lluvia de pasteles de arroz y mangos podridos cayeran sobre su integridad las moscas detuvieron su vuelo. Jefferson subió a su cuarto sin comer, los papás se encogían de hombros porque ni ellos saben por qué un domingo empezó a ver Aló presidente mientras comía sus amados pasteles de pollo. En el barrio Laureles todos eran colombianos de bien, hasta el mismo papá de Jefferson ofreció su casa en Circasia para que el presidente fuera a dar el consejo comunitario desde allí. Eran colombianos de bien como cualquiera de ustedes que se levantan un día festivo al mes para cumplir con la sagrada labor de acompañar a este gobierno de la usurpación chavista.
El caso de Jefferson empezó a preocuparles a los papás cuando vieron que repartía toda la comida con sus amigos, era clemente con la pintoresca sirvientela y tolerante con los negros. Pero lo que terminó por llenar la paciencia fue la extraña capacidad que adquirió de hablar incansablemente. Hablaba comiendo, dormido, miccionando y hablaba bobadas sobre su barriga inmensa como si ese fuera su único reino. Los papás, fervientes católicos, llamaron al cura para infringirle un exorcismo, pero Jefferson fue inclaudicable y no cesó su empeño hasta llegar al desmán de ponerse una camiseta del Ché. Desde acá encomendamos nuestro rezo al señor para que el impida que este temible fenómeno se repita así sea una sola vez más.
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