31 de octubre de 2009

ESTRENO NACIONAL DE LA SANGRE Y LA LLUVIA - 30 OCT.

Ayer se estrenó en Colombia la película La Sangre y la LLuvia, dirigida por el caleño Jorge Navas, coescrita con nuestro gran amigo Carlos Henao. Hasta el momento ha recibido las mejores críticas y grandes aplausos.
Antes de su estreno comercial pasó por importantes festivales como el de Berlín (en el Latin American Works in Progress), Venecia (en la sección Jornada de los autores) y Biarritz, en Francia. Próximamente estará en los Premios Goya de España en el apartado de cine latinoamericano.
Véanla ustedes por ahora porque los que estamos en Buenos Aires tendremos que esperar hasta marzo para verla. Pero nos alegra enormemente que se vaya a estrenar comercialmente en las salas de esta ciudad cinéfila. Desde acá les deseamos suerte al equipo para que siga cosechando triunfos en todos los festivales que están por venir.

"Este es un retrato simbólico, filmado en locaciones reales a partir de sentimientos reales, buscando lo lírico y lo elemental desde lo cinematográfico, procurando a la vez crear preguntas y sensaciones que indaguen por el presente, por la esperanza o por la desespe...ranza, sin pretender lanzar un juicio moral o una conclusión final.

Todas las noches hay muertes violentas en Bogotá; todas las noches cadáveres abandonados, en medio de esta soledad e indiferencia, son recogidos por las autoridades, dejando solo, como huella de su despedida, la sangre sobre el asfalto que brotó de sus cuerpos heridos. Todas las noches llueve y esta lluvia diluye y borra la sangre de las calles, llevándose entre caudales de este líquido mezclado y sucio, las huellas y la memoria a las alcantarillas y desagües, desapareciendo en los subsuelos de la ciudad, como en los subsuelos de la memoria. Testimonios desaparecidos de que las cosas no están funcionando para nada bien. Al otro día todo vuelve a la normalidad, al silencio impotente, al caos de los automóviles y de los transeúntes, al miedo como un fantasma, al dolor de las calles húmedas".
Jorge Navas

30 de octubre de 2009

SER CONSECUENTE CON EL DEMONIO

Sobre la muerte del poeta Heinrich Von Kleist.


En la mañana del miércoles 20 de octubre de 1811 una pareja procedente de Berlín llegó a la Hostería Swinning y pidió el cuarto que daba hacia el lago. Pasaron el día encerrados sin que los hospederos notaran algo extraño en su comportamiento. En la noche, la señora le pidió al Ama que le llevara unas cartas a Berlín. Se levantaron temprano, jugaron alrededor del lago, pidieron una botella de ron y dos tazas de café. Estaban sentados en la orilla, el Ama no notaba nada extraño, el hombre quería tomarse la botella de un solo sorbo pero su acompañante lo reconvino amorosamente “¡Nunca he visto dos personas tan lindas como ellos –declaraba poco después el Ama a la policía- todo el tiempo se decían mi niño o mi niña, parecían realmente felices”. Por eso cuando se alejó con las tazas de café vacías no se sobresaltó al escuchar el primer disparo, pensó que los desconocidos se divertían disparando al lago con un fusil en el que ella no había reparado, pero cuando escuchó el segundo disparo le dio curiosidad ver a qué le disparaban, retrocedió unos pasos y entonces los vio: “Estaban uno frente al otro, o más exactamente, la dama estaba de espaldas, boca arriba, con las manos juntas sobre el pecho. El señor estaba mas bien arrodillado y su cabeza descansaba a la izquierda, sobre una pistola que aferraba con las dos manos y el cañón lo tenía dentro de la boca”. Ese hombre que acababa de morir era el gran poeta Heinrich Von Kleist.

En el momento de su muerte nadie sabía que era un gran poeta. Unos meses antes su familia lo había humillado públicamente sacándole en cara sus continuos fracasos. Su rostro regordete y sus ojos chiquitos pero ardientes lo hacían poco agraciado a las damas que tanto quería amar, su tartamudez impedía que el demonio que habitaba dentro de él pudiera expresarse con libertad. El único recurso que le quedaba era la poesía, entonces se desbordó como un río furioso, llevándose todo a su paso hasta a él mismo. “Apenas empieza a hacer de poeta, de plasmador, quiere en seguida ser el más grande, el más magnífico y el más poderoso poeta de todos los tiempos, y con su obra de primerizo, de aprendiz tiene ya la pretensión de eclipsar las grandes creaciones de los griegos y de los clásicos” escribió el biógrafo Stefan Sweig . Él fue el héroe romántico por excelencia, el hombre que quiere escribir así se le caigan las uñas en el intento. Si su obra no va a perdurar es mejor quemarse con ella, por eso ante las primeras críticas adversas de su Guiskard decide abrirse una herida que le produzca dolor para quitarse la tortura que sentía en su orgullo, intenta enlistarse en el ejército napoleónico como Fabricio, pero no por huir del amor de una mujer sino parafraseando a Zweig para ser consecuente con su demonio, una mano amiga lo detiene y le posterga el momento que más ansía: el de su muerte.

Entonces empieza a recolectar imágenes de su infierno. Si bien Pentesilea y sus demás obras se han mantenido con el paso del tiempo, es en sus relatos donde vemos la inmensidad de su obra porque es allí donde se va a sentir más cómodo para hablar de la inconsecuencia que él percibe del mundo. El demonio se sienta a su lado y le va mostrando imágenes, una pareja va a ser ejecutada por la santa inquisición y justo en el momento en que las llamas los van a devorar un temblor hunde a Santiago, la pareja se salva milagrosamente y huye a las orillas del río Mapuche, parece que Dios ha vuelto iguales a los hombres en la desgracia, la pareja le da gracias por haberlos salvado. La iglesia de la ciudad ha quedado milagrosamente en pie, ellos van a darle gracias de rodillas al señor pero en la iglesia los sobrevivientes reconocen a los que hace unas cuantas horas quisieron ejecutar por haber osado fornicar sin que la bendición del padre haya caído sobre ellos. El pueblo arremete contra ellos y como lobos hambrientos los van devorando. En El terremoto de Chile Kleist de una u otra forma va prefigurando su muerte, es el mundo lo que lo está devorando, el demonio le habla al oído y él va asintiendo.

Conoce a una aristócrata llamada Heiriette Voguel, es una dama casada y culta, como él aspira al ideal romántico de que no hay nada más bello que morir por amor. No se desean físicamente, al contrario, la pasión de ellos es espiritual, lo ideal sería disolver los cuerpos y que quede la eternidad. En realidad Heinriette padece una enfermedad terminal que le proporciona unos terribles dolores, y qué mejor que morir al lado de un poeta, de un soñador como lo es su amigo. En la carta que escribe en la posada un día antes de su muerte le dice a su esposo: “Ya no puedo seguir viviendo, llámalo enfermedad flaqueza o como quieras. Todo lo que puedo decir es que mi muerte es la mayor de las dichas”. La Voguel le dice a su esposo que quisiera llevarlo a él y a sus hijos a ese viaje pero no puede, “Kleist, que quiere ser mi fiel compañero de viaje en la muerte, se encargará de matarme. Después de hacerlo, él a su vez se dará muerte”. Le ruega que no se ponga triste, que lo único que está haciendo es “cambiar la felicidad terrenal por la vida eterna”. Al final de la carta le ruega que la entierren junto al poeta, y allí yacen todavía el poeta y su amada, la Dama que posiblemente nunca le haya dado un beso en vida y que sin embargo reposan juntos en un abrazo eterno.

Hoy en día descansan en el mismo lugar donde murieron, a la orilla del Wannsee en Berlín. Cerca de la piedra donde están los nombres de los amantes hay una tabla de madera con una exhortación dirigida a los que nacieron después:

Aquí buscó la paz

el alma agitada del poeta

cuida la naturaleza que aquí lo abraza amorosa.

Lo terrible es que este lugar fue profanado. En enero de 1942, a orillas de este mismo lago, Heydrich -jefe de seguridad de las SS y responsable directo ante Himmler- presentó sus planes para el extermino nazi de los judíos. El demonio de Kleist quedó sobre este lugar y ya no se interesó más en los poetas, de ahora en adelante las charreteras y las botas iban a ser su destino.


29 de octubre de 2009

COMENTARIOS DE LECTORES

Hola Iván, qué buen texto. Cuando estuve en Buenos Aires pensé que lo mejor de la distancia era no tener que verle la cara a nuestra temida bestia. Me dije: no volveré a Colombia mientras ese señor sea presidente. Pero también es triste pensar que uno debe estar lejos de todo porque la realidad de nuestro país produce asco. Pero es cierto. Mi papá se alegra cuando el ESMAD entra a las universidades y captura estudiantes-terroristas; pero no dice nada cuando el mismo cuerpo de seguridad-violencia golpea indígenas y ancianas. "Ésa es la realidad del país, qué le vamos a hacer". Nos acostumbramos a golpear al que denuncia masacres y alabar al que las perpetra. Si nos van a dar por detrás, que por lo menos tengamos el derecho a quejarnos. Pero los colombianos son violados a diario y aplauden por ello y piden más.


Jesús


***
- Hola amigo gallo. Felicitaciones por el último texto... su calidad y su crítica... y por recordarnos la importancia de ser ciudadanos de mal.


Ayer alguien hablaba en una conferencia que asistí de la importancia intelectual, política e histórica de Spinoza como un no-judío judío, y de los alemanes después de la II guerra mundial que se declaran no-alemanes alemanes. Hoy usted me acuerda de la importancia de ser un no-colombiano colombiano.
Abrazos desde Melbourne,
L.E.

***
Creo que las implicaciones de ser un no-colombiano colombiano son varias:

1. significa ser crítico de nuestra realidad. Significa ser crítico de lo que nos ha llevado a donde estamos, de nuestra falta de sensibilidad, de nuestro apego de chicle a "clases" de mocos, nuestra pobreza moral y de nuestro apego a mañas católicas que vemos a ciegas como el cum laudem de lo que significa llevar una vida de bien. Significa criticar nuestro parroquialismo cosmopolita. También significa criticar la falta de justicia y honestidad en Colombia, y por el remplazo de estos valores, por eufemismos como legalidad o transparencia.

Por supuesto, usted puede pensar las miles de formas como el gobierno de Uribe se ha valido de los segundos, para silenciar los primeros, y de todas nuestras faltas para usufructuarse cada vez más del poder que se roban.

2. Ser un no-colombiano colombiano implica reconocer que nosotros estamos implicados en la realidad colombiana. Acá no es sólo cuestión de criticar al otro. es criticar al otro gracias a que nosotros somos sus vecinos, hermanos, hijos, y amigos; gracias a esto nosotros somos como ellos un poco.

3. Finalmente, ser no-colombiano colombiano creo yo significa reconocer el hecho de que al fin y al cabo nosotros no podemos, ni podremos, alejarnos de la realidad que nos tiene atrapados. Así nos alejemos y nos bañemos de nuestra colombianidad todos los días el trauma de ser colombianos está allí. Crecer en un lugar y su comunidad genera obligaciones que no podemos quitarnos de encima por el sencillo hecho de partir de su espacio o mirar para otro lado. El cosmopolitanismo no funciona. El no-colombiano colombiano es parroquial, pero en tensión. Él tiene en ocasiones optimismo, pero nunca pasión (ni mucho menos pasión predicada bajo el grito de guerra "Colombia es Pasión").

Me disculpo por esta perolata, mamertoide. Pero usted escribió la entrada del blog en un momento (in)oportuno. Y después de escribirle el último mensaje me fui a andar bicicleta con Martin Tin-Tin y no pude parar de pensar cuál era el contenido de ese no-colombiano colombiano que usted hace reconocer en cada uno de nosotros, malos ciudadanos.

Para terminar, hace poco El Espectador presento una entrevista con el filósofo Colombiano Carlos B. Gutiérrez, de la U. de los Andes.

En la entrevista él habla sobre la importancia del disenso y de nuestra incapacidad en Colombia de dialogar, de escucharnos, de criticarnos y no imponernos, no matarnos. En particular Gutiérrez dice "hemos reducido lo ético a puro individualismo, es decir a una racionalidad táctica estratégica individual, que termina privándonos de mucha orientación que necesitamos.

Él caracteriza el ejercicio de dialogar y criticar en Colombia, como una necesidad apremiante para empezar a reconstruirnos para salir del botadero donde nos encontramos. Sin embargo Gutiérrez aclara que el ejercicio es complicado, pues ese que intenta dialogar en serio, se le genera en el estómago un sentimiento como el de aquél que encuentran robándose los cubiertos de la casa cuando ha sido invitado a cenar. Esos sentimientos por supuesto hoy son acelerados al vivir bajo la indiscutible efigie del pro-hombre. En sus propias palabras Gutiérrez dice: "Si tú vas, hoy en día, a una comida social y dices algo contra el gobierno de Uribe, reina un silencio total, es como si uno se estuviera robando los cubiertos. Pone en peligro no se qué cosas."

Bueno, acá esta otra voz de aliento y alerta sobre qué significa eso de ser no-colombiano colombiano.
La tarea parece ser larga y complicada, no le parece amigo Gallo?

Abrazos,

L.E.

28 de octubre de 2009

LOS VIAJES DEL VIENTO EN BUENOS AIRES!

ÚLTIMA NOTICIA
Con alegría recibimos la noticia de que Ciro Guerra había hecho una segunda película, nos emocionamos al ver los reconocimientos que Los viajes del viento había recibido en Berlín y allí recibió una ovación rotunda por parte del público y de la crítica. Ahora nos enteramos que la película va a ser estrenada en Buenos Aires el próximo 19 de noviembre después de ser exhibida en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Ciro Guerra es un cineasta colombiano de 28 años. En el 2002 recibió un premio a mejor guión en construcción en el Festival de cine de San Sebastián, proyecto que se hizo realidad en el 2004 con su Becketiana ópera prima La sombra del caminante. Ahora el público argentino tendrá contacto con la obra de este estandarte del Nuevo Cine Colombiano.

Los malditos colombianos de bien


He venido notando con preocupación cómo el pueblo colombiano se va llenando de excusas para votar por el tirano. El principal argumento que esbozan es el de “No podemos dejar al país sumido en la anarquía ya que no hay un líder que continúe los logros que el presidente ha venido cosechando”. Ese temor -que viene desde las toldas del uribismo- ha venido cosechando un rotundo éxito. A mi me parece que no hay nada qué temer, porque cualquiera puede cosechar desempleos, fraudes, masacres, deserción en las universidades.

Hoy escuché en la noticias de Caracol que entre el año 2002 y el 2007 se perpetraron 500 masacres solamente en la Costa Atlántica colombiana. El escalofriante número no me causó tanta impresión como los comentarios que esta noticia suscitaba en la gente. La mayoría iba lanza en ristre contra Caracol acusándolos de guerrilleros porque hablaban mal de los paracos y por ende atacaban la integridad del presidente. Porque en mi país se ha vuelto una cualidad ser mafioso. Yo recuerdo en el año 2002 cuando Carlos Castaño publicó su libro, la opinión pública (La misma opinión pública que hace poco lloró los diez años de desaparición de Jaime Garzón) pidió que Carlos Castaño –jefe de las Autodefensas en ese entonces- fuera nuestro presidente. Unos cuantos meses después ocurrió algo peor: un ex senador pedido en extradición en 1992 por Estados Unidos, un exgobernador que creó milicias paramilitares en su departamento era elegido por una amplia mayoría como Presidente de Cocalombia.

Ocho años después los colombianos de bien -que son la mayoría- piden otra reelección, simple y llanamente porque “el colombiano de bien” es un vampiro sediento de sangre. Como es común en los diarios la mayoría de comentarios parecían escritos por chimpancés con síndrome de dawn, por ahí unos cuantos habían completado con éxito la primaria y entre esos leí el siguiente: “Si, que vivan los paras, berracos, gracias por salvarnos y hacer a los colombianos mas libres!”.

Muchos colombianos tienen las manos untadas de sangre. Y les gusta relamérselas, succionar la yugular, que de los hombres sólo quede el bagazo. No hay nada de qué sentirse orgulloso, como dice Jairo Melo, Colombia es prisión. Álvaro Uribe morirá en una mecedora en una de sus mesopotámicas fincas, rodeado de su familia y de sus eternos lameculos. Seguro la próstata se le inflamará y el castigo que tendrá será tener que orinar sangre pero sus exequias tendrán la pomposidad que sólo tienen los grandes hombres. Su imagen seguramente será divinizada, puesta en escapularios. En Colombia no se habla mal de los muertos. Nunca. Mientras llega ese maravilloso momento los colombianos de mal -que somos la minoría- tendremos que soportar su discurso de cura de pueblo y lo que es peor, soportar la alegría de los malditos colombianos de bien.