12 de agosto de 2012

JFK DE OLIVER STONE. El golpe silencioso


No soporto a Oliver Stone. Su nombre me produce las mismas agrieras que puede producirme ese hombre tan serio, imperturbable y justo que es Sean Penn. Sus películas suelen ser predecibles, con buenos muy buenos y malos terriblemente malos. Crea personajes unidimensionales y muchas veces se nota que es de esos compulsivos que ruedan y ruedan cientos de miles de kilómetros de película y luego le dicen al pobre montajista casi ciego “Ey men, deme una mano” y como sea desde la moviola tienen que sacar una narración que tenga algo de coherencia.

Sin embargo JFK era una película de la cual tenía los mejores recuerdos. A pesar de lo intrincado del relato, una historia de conspiración con toque documental, recordaba haberla disfrutado cuando mi papá me llevó a verla al Rosetal en el lejano y feliz 1992. Había querido volverla a ver desde ese entonces y veinte años después pude acceder a una copia y pasar toda una noche del sábado alejado del vértigo del ron.
No importa si los hechos que describa Oliver Stone en esta película sean ciertos o no. No necesitamos que esta caricatura de un rebelde nos venga a decir pues como es que se hacen los complots dentro de la CIA. Ya sabemos que lo que hay después del Río Bravo no es más que una dictadura y que el presidente la gran mayoría de veces no es más que un títere de sus generales. Si quieres tener el control absoluto de ese país siendo presidente debes tener la moral de un detective privado o ser Richard Nixon. Kennedy en algún momento pensó que podía torcer el destino de una nación avocada al millonario juego de la guerra. A los fascistas cualquier alusión a la paz les causa escozor y no tienes que tomar un avión y viajar hasta Nueva Orleans para que sientas los estragos de ser un pacifista; en Colombia un político  que abogue por una salida negociada al conflicto es tildado inmediatamente de terrorista, de enemigo jurado del estado y sin previo aviso pueden estar tumbando la puerta de tu casa, subirte a un camión y llevarte a un descampado para ejecutarte como una serpiente llena de veneno.

Pobre Kennedy, tan joven, tan lleno de vida. A pesar de que descendía de una familia de inmigrantes irlandeses la fortuna familiar ascendía a los mil millones de dólares. Con esa plata hubiera podido dedicarse a los negocios de su padre, pasar el verano en su yate, recorrer los mares del sur y sembrar una estela de sífilis entre Tahiti y Nueva Zelanda. Pero no, le dio por ser primero un héroe de guerra y después por ser presidente. Además cometería el error de llegar al poder siendo un idealista. Tenía pensando para 1965 sacar el último hombre de la absurda guerra del Vietnam, dejar en paz al barbudo y su revolución, sentarse con Jrusnchov y ponerle fin al embeleco ese de la guerra fría.
Estados Unidos venía de ser gobernado por Eisenhower, un general, un hombre que se formó en las lides de la guerra. La cacería de brujas se recrudeció durante su gobierno haciendo que figuras aborrecibles como el senador Joseph McCarthy cobraran notoriedad con sus famosas listas negras. Cualquier cosa que oliera a comunismo sería extirpado de la vida norteamericana. Los militares estaban felices, por fin gobernaban a placer…. Hasta que llegó este irlandés con pinta de yuppie, más joven que cualquier otro presidente en la historia del país y con unas ideas francamente subversivas.

Las fuerzas oscuras de América tenían que pensar bien en una estrategia para sacarlo del poder. El pueblo lo quería pero el pueblo cree todo lo que le digan las noticias. Los grupos económicos manejan los medios de comunicación así que si era por neutralizarlos no había ningún problema. Para su golpe de estado tenían que buscar un chivo expiatorio, crear la teoría de que un solo hombre con un rifle defectuoso podía disparar tres veces y dar en el blanco en las tres oportunidades en un margen de nueve segundos y desde una distancia considerable. Hitler decía que entre más grande la mentira más fácil era que el pueblo se la creyera. Así fue. Al joven presidente lo ejecutan en un temible fuego cruzado mientras desfilaba en su descapotable por las calles de Dallas. Texas es un fortín republicano, allí está el billete, el petróleo, el poder. Recuerden que los Bush son de por allá.
El país creyó que una piltrafa humana como Lee Harvey Oswald podía atentar contra el presidente solo porque era “Un fanático comunista” la justicia también la creyó menos el fiscal Jim Garrison. Con sus propios recursos inició la investigación a pesar de ser ridiculizado por los medios, hostigado por sus propios colegas, amenazado por el poder oscuro que todo lo domina en ese maldito país.

Producto de esa investigación escribió el libro On the trail of the Assasins en el cual se basaría Oliver Stone para hacer la mejor de sus películas. A pesar de lo intrincado, de la cantidad de nombres de los acusados, de las versiones, de que por momentos es un documental, nunca te pierdes. Esto se lo debes sin duda a un guión muy bien escrito y a uno de los mejores montajes de los cuales tenga recuerdo. Entre Pietro Scalia y Joe Hutshing logran componer una sinfonía visual donde nada sobra, todos los puntos se encuentran como su fuera un rompecabezas.
Pero fuera de eso la película está reforzada por unas actuaciones estupendas. Y esto es gracias a un fantástico  casting. Gary Oldman encarna a uno de los personajes más tristes y miserables que han pasado a la historia, Lee Harvey Oswald. Ya sabemos la capacidad que tiene el inglés para transformase en lo que le de la gana, pero con Oswald roza la perfección. Tommy Lee Jones como el refinado y pervertido magnate Clay Shaw también está fantástico. Ver a Joe Pesci me produce una extraña sensación de repulsión y alegría, y por más difícil que nos cueste creerlo o decirlo Kevin Kostner acá logra la mejor actuación de su carrera.
Veinte años después JFK se rebela como un clásico absoluto. Una película vigente que refleja no solo la realidad política de un país en particular sino de cualquier otro. El golpe de estado más sanguinario que se recuerde se perpetró en la nación que predica la igualdad, la democracia, el respeto por las instituciones. Deberían pasarla en los colegios para que los niños entiendan que la guerra es un negocio para los que fabrican armas, un negocio millonario como el de la droga y es por eso que conviene tanto tenerlo. Y a los que la política les importe un comino deberían verla para que entiendan como es que se debe montar una película.
Imperdible. Para verla una y otra vez.

9 de agosto de 2012

LA MUERTE DE STALIN


 Andaba contento, era su cumpleaños y como mandaba la tradición que él mismo había impuesto había que hacer una fiesta. Invitó a sus ministros, a todos esos títeres que humillaba en sus cenas, a las mujeres con las que pasaba sus noches en vela, a su hija Svetlana que a los 28 años ya llevaba encima tres matrimonios y se sentía irremediablemente una solterona.
El anciano estaba animado, quería bailar. 
                                                     El Dictador y su hija
Ya había obligado a sus hombres de confianza a que danzaran. A Jrushchov esto le molestaba profundamente. Era demasiado grueso y su aspecto bailando eran tan ridículo como el de una vaca patinando en hielo. Sin embargo ahí estaba con Beria y otros hombres del politburó. Todos con miedo de que los rumores que circulaban por el Kremlin fueran verdad. Siempre había rumores de purgas pero Pravda últimamente había estado insistente; dentro de poco se destaparía una olla podrida donde caería más de una cabeza que hasta el momento se suponía intocable.
Entonces lo mejor era bailar hasta que se te rompieran los zapatos. No era un buen momento para contradecir al supremo. El dictador a pesar de sus dolencias le pidió a Svetlana una pieza, ella se negó, el jefe no soportaba el rechazo, sobre todo delante de sus subalternos y perpetrado por su propia hija, así que en tono de chanza la agarró del pelo y la arrastró hasta el centro del salón, allí con suavidad le tomó las manos como si ya fuera a empezar la danza pero Svetlana con los ojos arrasados en lágrimas se fue corriendo a encerrarse en su cuarto como lo había hecho su madre veinte años antes, solo que ella no tomaría la decisión extrema de dispararse una bala en el corazón.

                                                       Stalin Embalsamado
Los subalternos apenados por la escena que presenciaron se hicieron los de la vista gorda y continuaron con la farsa. Si el jefe estaba feliz pues lo ideal era no amargarle el rato. Estar ya en su dacha era todo un logro. Una vez al mes Stalin acostumbraba a celebrar una comida. Invitaba a la gente que consideraba más cercana. No ser invitado constituía tener la certeza de que se había caído en desgracia con el dictador, pero recibir la invitación equivalía a noches de preparación sicológica para lo que iba a sobrevenir en esa cena. Por lo general Iosef no servía  vino sino vodka ya que es más efectivo a la hora de soltar la lengua. Le ordenaba a sus cocineros que fueran generosos con la cantidad de pimienta repartida en cada plato, esto pondría a sus ministros de un ánimo todavía mas crispado. Sin duda  disfrutaba ver a todos esos pobres diablos asustados en sus mesas, pensando cada palabra que tenían que decir. Al cabo de dos copas los unos culpaban a los otros. Stalin estaba ahí, más que divertido y cuando empezaba a aburrirse su mirada se centraba en el escote de la esposa de alguno de los ministros. Muchas veces se retiraba sin avisar a su cuarto llevando de la mano a cualquiera de ellas. Los ministros tenían que ahogar sus penas con vodka.
                                                            Culto a Stalin

Pero en esa noche de invierno de 1953 Stalin ya no tenía el vigor de antaño. Ordenó poco antes del amanecer que dieran por concluido el baile. Cuando se retiró el último de los invitados dio indicaciones expresas de que no quería ser molestado por nadie hasta que él lo indicara. El día que se avecinaba iba a ser usado solamente para descansar. Ser el rector absoluto de los destinos de una potencia como la Unión Soviética tenía un desgaste que evidentemente estaba empezando a sentir.
Antes del mediodía tenía la costumbre de tomarse una taza de té con una rodaja de Limón. Los soldados que custodiaban la dasha comenzaron a inquietarse cuando vieron que pasaban las horas y el supremo no cumplía con su rutina. A las seis de la tarde la casa respiró aliviada cuando vieron que desde su cuarto se encendía una luz. Esperaron varios minutos a que se escucharan los pasos del líder bajar por las escaleras. Pero nada de eso ocurrió. Poco antes de las once de la noche se tomó una determinación; había que llamar a sus colaboradores más cercanos.
Stalin era presa de su propio invento; la concentración absoluta del poder. Nadie podía tomar una decisión ya que sus órdenes eran de hierro, si había dicho que nadie podía molestarlo al otro día esto se tenía que seguir a rajatabla. Beria fue el primero en llegar, lo siguió Malenkov y poco después Nikita Jrushchov. Cuando se reunieron los tres tomaron la decisión de entrar en la habitación. Lo que vieron fue una imagen que los horrorizó. En el piso estaba el dictador entre un charco de orines y mierda. El ataque había ocurrido a las seis de la tarde justo en el momento en que los soldados vieron cómo se encendía la lámpara. A pesar de que estaba inconsciente y que su vómito incesante de sangre revelaban la gravedad de su estado nadie tomó la decisión de llamar un médico. Se encerraron en el cuarto deliberando que hacer. El que tomara el teléfono para pedir un médico podía correr el riesgo de que cuando se despertara el dictador fuera condenado a muerte por tomar decisiones en ausencia del líder. Además los cuatro que estuvieron en ese cuarto tenían la presión de una purga inminente.
                                                            Nikita y Fidel
Lo dejaron agonizar y solo hasta las seis de la mañana llamaron a un médico. El problema es que los mejores especialistas del país estaban encerrados en cárceles acusados recientemente de una conspiración para acabar con la vida del líder. Mandaron emisarios hasta las prisiones para preguntarle qué extraña enfermedad había azotado al supremo. Hablaron de un extraño síndrome el Cheynes- Stokes que atacaba directamente el sistema respiratorio.
Iosef Stalin moriría 24 horas después de tener el ataque. Empezaría la disputa por el poder que coronaría a Nikita y condenaría a Bería. Se ordenó embalsamar el cuerpo y ponerlo al lado del otro padre de la revolución, Vladimir Lenin. Pocos años después Jrushchov encontraría la venganza  a ser obligado a bailar como una osa embarazada patinando en el hielo, a ser tratado como lo que era, un campesino inculto y ebrio. En medio de una reunión del partido denunció al mundo los crímenes del stalinismo. Ordenó, como máximo dirigente de la Unión Soviética, desmontar el culto a Stalin. Su cadáver fue sacado del panteón de Lenin y fue enterrado afuera del Kremlin.
Sin saberlo Nikita Jrushchov le ponía los clavos al ataúd del sueño soviético. No se puede sostener un imperio sin el culto al héroe. A falta de Dios el pueblo tenía a Stalin pero ahora no tenía más que un libro gigante, espeso, infumable escrito por un alemán. Después de Stalin ya no había nada en que creer dentro del inabarcable  territorio de la Unión Soviética.

8 de agosto de 2012

LA ERA DE HIELO 4. La ola retrocediendo


En la década pasada pensamos en que el futuro del cine estaba en la animación. La sucesión de grandes películas, respaldadas por el público y la crítica nos hicieron tomar conciencia de que estábamos ante una revolución.  Sin embargo la ola chocó ante la piedra y lo que vemos ahora es el retroceso, los pedacitos de caballos de mar regados por la playa.

Mientras Dreamworks le apostaba al entretenimiento con películas supremamente divertidas como Shrek donde ponía boca abajo a todos los cuentos de hadas al convertir al ogro en nada más y nada menos que el galán de la historia o como La era del hielo narrando las peripecias de un conjunto de animales prehistóricos huyendo de las catástrofes que trajo consigo la glaciación del planeta, Pixar tomaba riesgos mayores. Habían rozado la maestría con sus maravillosos cortometrajes y habían roto todos los pronósticos con Toy Story . A pesar del éxito no cayeron en la tentación de las sagas y siguieron soñando proyectos estupendos como lo fueron Cars, Monsters Inc y las joyas Wall-E y sobre todo Up.
Pero diez años después los intentos de estas compañías fueron absorbidos por los tecnócratas de siempre. Pixar sigue conservando cierta dignidad. La tercera entrega de Toy Story desmitificó ese prejuicio de que todas las sagas son malas. Se tomaron su tiempo para pensar, casi diez años después de la segunda parte e hicieron tal vez la mejor de las películas sobre el combo de Buz Lightyear. Valiente es buena pero se le nota demasiado la mano de los ejecutivos de Disney.

Los que si se han quitado la máscara han sido los de Dreamworks. Por ahí están anunciando a Papá Noel formando pandilla con el conejo de pascua luchando contra fuerzas oscuras pero desde el tráiler se ve una cosa oportunista, aprovechando seguramente el fervor que despierta la temporada decembrina. Pero esta es una excepción, la compañía fundada por Spielberg se ha especializado en las secuelas. Desde sus entrañas pensarán en que  ya tienen una fanaticada.  Para que matarnos la cabeza escribiendo el guión si lo mas importante es que la franquicia ya está creada. Entonces el problema se revuelve  volviendo  a sacar a Diego, Morita y Sid, hagamos otro terremoto, separémoslos, miren como les fue de bien a Disney con eso de los piratas, pongamos a un mandril feroz de un barco que es un iceberg, dibujemos otra dientes de sable e inventémosle una abuela graciosa y mugrienta a Sid. Así es que se hacen las cosas dentro de la industria mi hermano.

Decir que la cuarta entrega de La era del hielo es una película ya es demasiado. Es una colección de retazos, de clichés que invitan a la nostalgia y sobre todo a la reflexión. Todas las revoluciones en Hollywood se aplacan con billete y el que no se quiere amoldar pues apretamos el botón y soltamos los perros. Pregúntenle sino al Nuevo Hollywood setentero o a los chicos de Miramax en los noventa. Nada, ni siquiera el anillo de Sauron, pervierte más el alma de un hombre que el dinero.  Y eso la industria del entretenimiento lo entiende mejor que nadie.

6 de agosto de 2012

KNOCK ANY DOOR DE NICHOLAS RAY. LA MALDAD DE LOS OTROS


Él no es solo el joven que llegó en tercera clase, quitándole los mendrugos de pan a las ratas mientras hacía cuenta con su familia de cuanto faltaba para ver la estatua de la Libertad. Nick Romano no solo es el chico que perdió a su padre cuando era adolescente o el que vivió hacinado con su madre y sus tres hijos en una pocilga “En el peor barrio que ha dado una ciudad moderna”. Romano no es solo el joven que le escupe a la cara a la sociedad el desprecio de ser un anómalo, un extranjero, un pobre o el que súbitamente conoce a una chica hermosa, se enamora y quiere cambiar súbitamente con ese pantano de odio que es su vida.

Mark Romano es también un personaje de Nicholas Ray y al serlo es automáticamente una persona, un alma creada por uno de los directores más potentes de la historia.  En una época donde el poder de los productores era indiscutible, el rey Ray se paraba de frente y buscaba a como diera lugar quien pudiera financiar sus historias atrevidas, imposibles, algo que era en cierto modo más grande que la vida. Porque es tan descarnado su cine que en momentos uno cree que está frente a un documental.
Necesita un hombre que le diera la tranquilidad y la libertad absoluta para filmar. Así que su amigo Bogart, quien también estaba un poco asqueado de la política de los estudios decidió crear una compañía, Santana, que pretendía ser una alternativa para todos aquellos que pretendieran un poco de independencia. Eso explica un poco que estemos frente al prototipo de lo que sería siete años después Jimmy stark, un joven que tiene el diablo en cuerpo, que no entiende a toda esa gente mayor que vive frenándolo, reprimiéndole, diciendo cual es el camino correcto. La sociedad exige rectitud, aplomo, piedad, exige sin tener nada para dar. La sociedad está seca, es implacable, cruel. Si te descuidas te corta la cabeza y después la patea. Nick es mucho más que una cara bonita. Tiene la valentía de su padre. Es culpable de tener demasiado amor. Por amor se casa, quiere cambiar como uno de esos veteranos cantantes de blues, pero se da cuenta de que eso de tener jefe es algo que simplemente no le va.

Como el personaje de Bogart en In a lonely place o el feroz Robert Ryan en On Dangerous Ground, con Romano no puedes encontrarte de frente cuando el hombre está furioso. Es puro corazón, como el propio Ryan, un hombre que hizo del cine una manera para catalizar su pasión. Por eso es imposible para él cumplirle las ordenes a un Harry Cohn cualquiera. No, no le pidan imparcialidad, razonamiento. Desde esta, su tercera película vemos lo que va a hacer su maravillosa y a la vez trágica carrera en Hollywood. Años después con Johnny Guitar rozará la perfección pero acá, a pesar de sus errores, como por ejemplo hacer de los personajes femeninos unas simples caricaturas, veremos al Nicholas Ray en estado puro.
Él está dentro de Romano y de Andy Morton, por unos momentos es John Derek y Humphrey Bogart. Su pasión era amoldar a sus actores, ponerlos en función de la narración, amalgamarlos a su propia visión de cómo se hacen las películas.

Knock on any door puede tener todas las lecturas posibles. De ser todo un tratado de lo cruel que puede ser un estado al establecer guettos económicos, culturales  o raciales, hasta filosóficos tratando de establecer cuál puede ser el origen de la maldad. Son los chicos malos y pobres o los poderosos que dictan las normas, que establecen las leyes. Pero esta, su tercera película es antes que nada una experiencia absolutamente cinematográfica, lleno de planos impactantes como los de Bogart y Derek justo en el momento en que el juez dicta su sentencia o la de la esposa de Romano abriendo la puerta del horno no solo para sacar los panecillos sino para inhalar gas hasta matarse.
El megalómano Godard dijo entre sus estruendosas frases dijo una que es maravillosa“Hubo teatro (Griffith), poesía (Murnau), pintura (Rossellini), baile (Eisenstein), música (Renoir) de ahí para adelante hay cine. Y el cine es Nicholas Ray”.
No sé si pueda ser cierto, lo que sé con certeza es que el que no haya visto su cine difícilmente podrá entender la magia de este embeleco del siglo XX.

10 PELÍCULAS PARA FUMARSE. PAVOR Y REPUGNANCIA EN LAS VEGAS.


Agarra un libro, exprímelo, discute con tus amigos, saca los pedacitos que más te gusten, pégalos sobre una hoja en blanco y así tendrás tu anhelado guión. No vayan a creer que un tipo con el rigor de Terry Gilliam va a asumir este método de trabajo a la ligera. Lo que pasaba es que llevaba años intentándolo pero no podía conseguir el resultado deseado. 

El gonzoperiodismo requiere ese tipo de riesgos, por eso nadie sino ex Phyton ha podido trasladar esa atmósfera al cine. No quería ser fiel con la historia sino con el ambiente. Hunter Thompson se sentaba frente a la máquina de escribir y en un acto reflejo comenzaba a dejarse llevar por el río de palabras que lo arrastraba. Guilliam quería volver a escribir la novela pero iba a reemplazar la pluma por una cámara.
Llamó a su compinche Alex Cox y ambos se sentaron con otro grupo de noveles guionistas a desenmarañar esa selva de momentos. Un par de hombres demasiado viejos para ser hippies está entrando en su descapotable rojo al estado de Nevada. Van a cubrir una competencia de motocicletas y de paso piensan encontrar el epicentro del sueño americano. Llevan en el baúl de su auto todas las drogas que te puedas imaginar. Desde mescalina a éter pasando por vareta, cocaína y ácidos. Nada podríamos reprocharle a este par de drogos estrafalarios sino fuera por en Nevada el hecho de que te encuentren con un porro en las manos te da para que te encierren por toda la vida.
                                              Los chicos rumbo a Las Vegas

Abre con una frase del Doctor Johnson “Aquel que se hace de si mismo una bestia se libra del dolor de ser hombre”, los murciélagos están allí, revoloteando por tu cabeza, sientes que son fantasmas del ácido, de todas las fiestas de mañana, pero no… los murciélagos han roto el delgado celofán que los separaba de la realidad. Tienen media hora antes que el LSD te ponga a hablar con tu abuelita muerta, la vieja está bien, solo que no sabías que había muerto con un cuchillo atravesándole la garganta. Tienes el tiempo justo para pagar en la recepción y darle al botones las maletas para que te la suban a tu cuarto. Pero todos los relojes se derriten cuando el ácido galopa en tu cabeza, ya vas a ver la sangre que destilan por los poros los velociraptotes cuando toman licor.
                                        Terry Gilliam dirigiendo a Jhonny Depp

No es una película, tampoco un documental. No pretende ser el testimonio de una época sino la visión del fin, la ola retrocediendo y dejando a estos dos hijos de Dios solos en un mundo que ya no es de ellos, los ha dejado allí la ola que rompió y retrocedió abandonados en esa playa como inofensivas estrellitas de mar. Gilliam llamó no solo a sus amigos para que lo ayudaran a adaptar el libro sino a los amigos de Hunter Thompson para rodear la producción. Todos sabían de la admiración que sentía Johnny Depp por el creador del gonzoperiodismo, en las fiestas solía imitar su voz así que lo llamó, el joven que alguna vez fue Eduardo aceptó complacido.
La historia en la que se basaba el libro era real. Todos saben que fue el resultado de dos extraños, esquizoides y sicodélicos reportajes que había hecho el Doctor Thompson para la Rolling Stone. Lo acompañó al viaje el abogado Óscar Zeta Acosta, toda una celebridad de la comunidad chicana. Un tipo salvaje. Los que creen que la actuación de Benicio Del Toro resulta exagerada se equivocan; Zeta Acosta podía tener la capacidad de destruir un hotel si la mezcalina le jugaba una mala pasada.
                                                       Los amigos de juerga.

En su momento fue un absoluto fracaso de taquilla, algo que era de esperarse. Nadie, en plenos noventa quería escuchar hablar de nostalgias sesenteras. Gilliam tuvo la valentía de ser sincero, de no andarse por las ramas e hizo esta guía para todos los que quieran entrar al universo del exceso, todos los que alguna noche quisieron descender al nivel de la bestia para quitarse el dolor de ser un hombre.
Catorce años después la película se ha convertido en una obra de culto y en la mejor de las adaptaciones que le han hecho a los libros del Doctor Thompson. Ideal para ver un viernes en la noche, poco antes de que te conviertas en un monstruo, perfecta para tomar impulso. Los domingos en cambio puede producir depresión sobre todo si la vez a las cinco de la tarde. Algunos drogos que la han visto a esa hora han afirmado en sus notas suicidas haber visto la ola retroceder antes de apretar el gatillo.

1 de agosto de 2012

IMITACIÓN A LA VIDA DE DOUGLAS SIRK. La sangre es la misma para todos


Lana Turner quiere ser actriz pero está llegando a una edad donde las posibilidades se reducen al mínimo. Broadway como Hollywood es una infame máquina de picar carne. Tiene la reunión con un productor el tipo le explica muy bien cuáles son las condiciones, tiene que vestirse con la mejor ropa, salir con la gente indicada e incluso en algún momento estar dispuesta a posar desnuda ante un anciano poderoso.

Lora rechaza categóricamente esta propuesta argumentando que si va a llegar a la cima “Lo haré a mi manera”. Pensamos que vamos a ver un drama sobre la industria del entretenimiento, sobre lo escabroso de su ascenso pero en vez de eso la narración se centra sobre el personaje de Juanita Moore, una mujer de color, que en sus años mozos cometió la estupidez de acostarse con un hombre un poco más blanco que ella y el resultado de esto fue Sarah Jane, una niña prácticamente blanca que se avergüenza de tener una mamá negra.
Corre 1958, los movimientos afro norteamericanos a penas se estaban despertando. Ser de color significaba tener una vida llena de sufrimientos, de privaciones. Para Sarah Jane lo mejor es camuflarse. Porque no soñar con que algún día podría casarse con un rubio. Pero se da cuenta de que mientras tenga una madre negra, criada de la recién ascendida a estrella Lora, sus posibilidades de sobresalir en su vida son realmente reducidas.
Douglas Sirk nos da pistas falsas, no, no estamos ante Cautivos del mal  o Sunset Boulevard, estamos ante una película que denuncia con mucha sutileza  la terrible situación de los negros en los Estados Unidos. Pero el gran director alemán no necesita sacar pancartas para denunciar la infamia. Él se va a los detalles. Por ejemplo una noche llega Lora a arropar a su hija y encuentra que la pequeña Susie tiene las muñecas cubiertas con espadadrapo.  Le pregunta a su criada Annie que es lo que ha sucedido y esta le explica: Quería demostrarle a Sarah Jane que la sangre de los blancos era la misma que los negros.

Está el detalle de la muñeca negra despreciada por Sarah Jane cuando apenas era una niña, o el hombre blanco que la golpea cuando ya es una adolescente al darse cuenta de que es una cuarterona, o el mismo desprecio soterrado que le destila Lora al recomendarle el hijo del chofer como un buen partido. Toda esto hace que la joven reniegue de su entorno, de su madre y huya de la casa. Consigue empleos en varios bares, baila y seduce a apuestos hombres blancos, quiere borrar de un solo plumazo su pasado. Mientras la pobre Annie se consume en su propio dolor. No ha pedido nada a cambio, el único lujo que quiere tener es un funeral magnífico, con una carroza, cuatro caballos blancos y una iglesia lo suficientemente grande “para que quepan todos mis amigos” Lora ni siquiera sabía que tenía amigos.
Su contrato con la Universal terminó con esta, su última película. Vivió 30 años más y nunca tuvo la oportunidad de volver a un plató. A muy poca gente le interesaba ver una historia deprimente donde el personaje central era una criada negra que moría y era enterrada en medio de un coro góspel.  Douglas Sirk murió en Suiza, en una confortable cabaña. Ciego e ignorado por la mayoría de la crítica internacional. Sin embargo varios cineastas lo consideraron un maestro. Truffaut hizo un maravilloso artículo incluido en Las películas de mi vida sobre este filme, Fassbinder mató a muchos de sus personajes de corazón roto en honor a Annie, el personaje más entrañable de ese creador que el tanto admiró.

Imitación a la vida es el filme de un director en plenas facultades que por una atroz injusticia no pudo seguir desplegando su talento. Sin embargo fue su última película, cuando recién tenía 61 años. Orson Welles decía que mientras un director de orquesta  alcanza su madurez a los 75 años, tipos como John Ford o él mismo eran licenciados a los sesenta. Esa era la política de los estudios, una infame máquina de picar carne.
Después de buscarla en vano la pude ver anoche en mi casa, gracias a un pequeño homenaje que le está rindiendo Movie City Classics. Si tienen la oportunidad dejen todo lo que estén haciendo y tengan el privilegio de ver uno de los mejores melodramas de la historia.