6 de diciembre de 2010

LA MUERTE DE UN SIERVO

El hecho de haberme vestido temprano no impidió que llegara tarde a la presentación de Stephanek. La gente se convertía en un sólo hombre gordo y sudoroso. Detestaba ese tipo de aglomeraciones y me maldije entre dientes por haberme quedado esperando una carroza cuando lo más seguro para llegar al teatro es el tranvía pero detesto las multitudes. Como un acto reflejo siempre que llego tarde me llevo la mano al bolsillo en busca de un billete que se puede convertir en llave siempre y cuando de con el portero indicado. Desde que el nuevo presidente está en el poder, los fraudes y sobornos escasean pero esta noche podría estar con suerte. Con el billete de cien en la mano me fui internando en la multitud. El portero era un hombre joven y de contextura gruesa, apenas me vio me dejó entrar: “lo he visto en los periódicos señor, no tiene porque molestarse” y yo alcancé a sonrojarme y disimuladamente guardé el billete en mi bolsillo.

Ya no había nadie en la sala de espera. Al fondo sólo se veía la cortina roja. Stephanek estaba detrás de ella. ¿Cómo describir la emoción de estar allí? Sabía de Stephanek por sus discos y las noticias que llegaban sueltas en el periódico local. Cuando leí que él venía a la ciudad simplemente no lo pude creer. Stephanek, el más grande de los baladistas estaría acá en la árida tierra de los cujíes. Esto era otro logro del gobierno revolucionario, ponernos en un ámbito universal cuando nosotros siempre fuimos provincia. No puedo decir que caminé hasta la cortina, la apreciación más cercana sería que me elevé por los aires y que flotando entraría en la sala repleta de gente. No se escuchaba sino un estribillo de opereta, apenas estaban en los preliminares. Ya me disponía a cruzar la cortina cuando un tipo salió de ella.

–Pero qué sorpresa encontrármelo a usted tan tarde por el pasillo- dijo el hombre.
–Perdón, ¿lo conozco?
–Talvez no, pero yo a usted sí. Cómo no conocer al agregado cultural del gobierno revolucionario, permítame presentarme: soy Joaquín Rosales, profundo admirador de Stephanek al igual que usted.
–¿Y cómo sabe que yo admiro a Stephanek?
–Ay hombre admiro su sencillez, casi todo el mundillo intelectual de este país goza con el articulo que usted publicó en el periódico, creo que se llamaba “Qué tiene que ver la vista con la vida de un baladista”.
–Oh, ya lo había olvidado; son tantos los artículos que he publicado, bueno, de verdad me alegro que le haya gustado, ahora si me permite, debo entrar, no quiero perderme un solo momento del espectáculo
–Descuide, al parecer ha surgido un problema técnico. No creo que empiece antes de las diez.
–Bueno, de todas maneras quiero entrar, de pronto pueda agarrar algún puesto bien ubicado.
–Pues amigo, usted está hoy con suerte, tengo mis excentricidades como la mayoría de los intelectuales y siempre que voy a este tipo de espectáculos compro tres asientos, para evitarme los comentarios estúpidos de cualquier espectador ignorante así que si me permite ofrecerle uno…
–Hombre no tiene por qué molestarse, estoy seguro de conseguir uno adentro.
–No es ninguna molestia además no tiene ni la más mínima posibilidad de conseguir asiento adentro, mire ¿por qué más bien no me acompaña a fumar un cigarrillo, hablamos un rato y después entramos a escuchar al baladista ¿le parece?

Consulté el reloj y faltaban veinte minutos para las diez. No estaba mal fumarme un cigarrillo, ser un personaje público tiene ese tipo de ventajas, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte.

–Lo único malo señor Rosales es que en esta sala está prohibido fumar.
–Ah si, yo iba a ir al baño a fumarlo, así que si quiere acompañarme.

Asentí, el hombre debía medir más de lo normal, además sus hombros eran descomunales, podía decir perfectamente que era un canciller de otro país invitado por el gobierno revolucionario y yo lo hubiese creído perfectamente. Pero no era así, seguramente era del País del viento.

–Es difícil encontrar un baño más limpio en esta ciudad– dijo el hombre mientras sacaba su pitillera–, de verdad se puede decir que huele hasta rosas.
–Uno de los preceptos revolucionarios es mantener limpio hasta lo que debe estar sucio. Gracias– Dije al aceptar el cigarrillo.
–Sabe que si se supliera a cabalidad esa asepsia, este país estaría peor de lo que está, déjeme prendérselo, listo… mire hermano, esos ambientes tan fríos que deja la limpieza a mí la verdad me generan suprema desconfianza.
–Yo creo que todo esta limpio, todo, sobre todo las conciencias, antes en este país todo el mundo las tenía sucias, eso cambió cuando llegó el presidente… qué raro, estos cigarrillos tienen filtro.
–No, no es raro, es que estos cigarrillos son americanos.
– ¡Americanos! Eso es un crimen, ¿Dónde los consiguió?
– Ya sabe, contactos aquí, contactos allá, yo no puedo quedarme quieto, además me parece una exageración que darse un gusto tan básico como fumar bien sea considerado un crimen.
–Si el contrabando no es un crimen entonces ¿qué lo es?
–El mal gusto señor, el mal gusto de fumar ese tabaco nacional que huele a pecueca, ese sí que es un crimen inadmisible, dicen que da hasta caries.
–Señor, usted no se da cuenta que esos comentarios podrían llevarlo al exilio, yo formo parte del gobierno revolucionario y podría sacarlo del país solamente con decir que usted tiene en su saco un paquete de cigarrillos ame, ame… ame…
– ¡Americanos! Ay señor, agregado cultural, créame que he leído detalladamente sus escritos y puedo constatar que usted en el fondo es un liberal, por eso no le oculto que tengo un paquete de cigarrillos en el bolsillo, además usted no ha botado su cigarro todavía.

Rosales tenía razón, yo tenía el cigarro entre los dedos. No lo disfrutaba, lo juro, lo tenía todavía conmigo por la conmoción que sentía al ver a alguien que no pudiera ver que la gloria no estaba en un paquete de cigarros nacionales sino en la integridad de un país. Boté el cigarrillo inmediatamente.
–Eventualmente usted es de la oposición– le dije a Rosales un poco más tranquilo.
–Como organismo pensante que se respete claro que lo soy.
–Y usted tampoco se llama Joaquín Rosales
– ¡Hombre, claro que no! Mi nombre puede ser cualquiera.
–La oposición nunca nos trajo cosas buenas, mientras ustedes estuvieron en el poder hubo desempleo y analfabetismo. La corrupción acabó con este país.
–No pertenezco a esa clase de oposición. Cuando estuvieron los del partido azul también estuve preso. Soy un inconforme universal.
– ¿Cómo se puede ser tan ruin? ¿Sabe una cosa? Agradézcale a este gobierno el hecho de haber traído a Stephanek, el mejor baladista de todos los tiempos. Por mí que usted se pudra en el infierno, hoy he venido a ver a Stephanek y no a hablar con un desadaptado, así que si me disculpa…

Iba a agarrar la perilla de la puerta cuando el hombre me tomó del brazo “está bien”, me dijo acercándome el rostro que se volvía pálido a medida que iba votando palabras: “está bien, lo admiro, tiene la suficiente vergüenza como para tratar de sobornar al portero, ¿cree que no vi como se metía la maño al bolsillo y sacaba ese inmaculadito billete de cien? Todo por la cultura, señor agregado cultural, todo por la cultura”. Traté de zafarme pero su mano se convirtió en hierro. “Y después la sangre se le subió a la cara de la vergüenza que le dio, pero el crimen ya estaba hecho, eso es lo que le enseña el presidente a sus secuaces, eso es”.

–Suélteme, está usted loco –Le grité en la cara soltándome bruscamente de su mano–. ¿Quiere que llame a la policía? Tengo suficientes pruebas –el hombre arrugó el paquete de cigarros y lo botó a una papelera–. ¡Eso no es una prueba incauto! Me creerán todo lo que les diga, ¡todo! Yo también soy el gobierno, yo también soy pueblo.

El tipo se llevó las manos a la cara y empezó a mover su cabeza. Por un momento creí que era una forma de pedir perdón, incluso estuve tentado a acercarme y decirle algo alentador. El impulso se convirtió en asco y decidí salir. La sala de espera continuaba vacía, ya detrás de la cortina roja se escuchaban los primeros acordes del concierto, justo iba a cruzar el umbral cuando volví a sentir la mano pesada como el hierro.

–Le aconsejo que no entre, he matado al tirano.

Sin atreverme a mirarlo sentí un líquido caliente bajar por la piel. Aterrado traté de reaccionar pero Rosales ya no estaba en la sala. El cuchillo lleno de sangre estaba en el piso, la perplejidad no me dejó moverme del sitio. Un barullo de voces iba creciendo desde adentro. La música se había interrumpido abruptamente, de la cortina salieron dos hombres gigantes con rosotas oscuros, uno me tomó del cuello y el otro gritaba que habían encontrado al asesino. No entendía nada y todo su fue poniendo negro.

Al despertar me hallaba en una celda. No había necesidad de un juicio, así que fue fácil comprobar que había traicionado a la patria, que era el jefe máximo de la insurgencia, que en mi actividad delictiva había ordenado la muerte de quince mil personas. La sentencia era la horca pero fue conmutada porque el presidente, en una intensa pelea, pudo ganarle el pulso a la muerte.

Ahora pago cadena perpetua y trabajos forzados.

Anoche, después de cinco años volví a leer el periódico. En la primera página aparece la foto de un hombre ahorcado. Debajo de ésta había un texto: “Se suicida el actual asesor de nuestro querido comandante. Al parecer iba a ser relevado de su cargo, sufrió tanto al saber la noticia que no encontró otro consuelo que la muerte. Paz en su tumba a este perínclito barón de la patria”.

A pesar de lo borrosa que estaba la foto no me costó ningún trabajo reconocer a Joaquín Rosales. Después de fracasar en su intento de aniquilar al comandante no tuvo más remedio que agachar la cabeza y anexarse a lo que tanto odiaba. El Presidente en su infinita bondad lo recibió con los brazos abiertos: Joaquín tenía debajo del brazo una carpeta donde reposaban los nombres de los principales cabecillas rebeldes. Gracias a eso la insurgencia fue virtualmente aniquilada y Rosales se convirtió en la mano derecha del comandante.

Lo que me duele de estar encerrado es no haber podido ver a Stephanek. Dicen que el gobierno está pensando en traerlo, en darnos una función a los reclusos. De sólo pensarlo he perdido el sueño. La condena sigue y la pago gustoso. Yo soy la prueba viviente de que el sistema judicial impuesto por el presidente es infalible. Mientras tanto él sigue en el trono, inmutable, grande y eterno.

22 de noviembre de 2010

LA MIRADA DE SOFIA. Comentario sobre Lost in Translation

Las altas edificaciones se alzaban insultantes ante los ojos de los recién llegados. No habían pirámides ni caía la lluvia acida sobre la ciudad. Si, era un paisaje post-apocalíptico, donde el fraude, la falsa sofisticación, la descarada aculturación del ser japonés encontraban su nicho.




En Tokio la gente no suele enamorarse, pasear es incomodo, y ningún verdor renace, en Tokio los verdores mueren. Ellos han llegado sin ponerse cita. Ella no tiene veinte años y está casada con un fotógrafo de revistas frívolas y está allí para realizar su trabajo. Ella solo lo acompaña, pero hay algo en su rostro, una especie de rictus, de gesto mal hilvanado que le hace parecer incomoda, asfixiada, con el ahogo en que mueren los que viven vidas prestadas. No puede dormir, su único consuelo es una ventana del hotel, una dudosa panorámica de la ciudad donde todos son pequeñas piezas de un sofisticado aparato.



A él lo han traído desde los Estados Unidos para promocionar una marca de whisky. Su carrera ya vislumbraba los primeros síntomas de decadencia. El precio por decir un par de frases era realmente alto, pero había que afrontarlo: se sentiría mas cómodo en una película. Entre los japoneses se distingue porque es el mas alto, además su rostro compungido demuestra un profundo desconsuelo. Tokio no es tanto el problema, su vida talvez lo sea.



Dos almas solas se encuentran en Tokio, no pueden estar juntos, es difícil imaginar una pareja que tenga tantas pocas cosas en común, ella no tiene veinte años, el es un veterano de cincuenta años. Tal vez el mayor entre todos los aciertos que ha tenido Sofia Copolla en este su segundo largometraje, sea el de que nos haya hecho creíbles a esta pareja tan dispareja. Bill Murria, un hombre subvalorado por ser un comediante, ha tenido en Lost in traslation el mejor papel masculino que se haya podido ver en tanto tiempo. Su tranquilidad, su contención, su incesante desasosiego llega a calar de frente en el espectador. Murria tiene un control absoluto sobre su personaje, no concediéndole ni una mueca, ni una pequeña caricaturarización. Sofia Copolla declaró en mas de una ocasión que ella no podría hacer la película sin contar en el elenco con Bill. Para acompañarlo ha escogido en un cuidadoso casting a la debutante Scarlett Johansonn una jovencita de apenas diesciete años que revela en este, su primer papel protagónico una madurez y una belleza inusitada. La Copolla demostró que es ante todo, una genial directora de actores.



Sentimos tensión por el destino de estas dos personas en esa ilusión óptica que es Tokio. El único consuelo que tienen es que están los dos sufriendo por aparte esa torutura que son las noches en vela. En el televisor no hay nada bueno, ni siquiera se puede entender lo que dicen. Todo es como un molde, como una copia desfigurada de lo que puede ser una capital ultra moderna en occidente. A imágenes que inevitablemente lo llevan a uno a recordar Tokio ga ese penetrante documental de Win Wenders donde demostraba, a partir de las películas que filmara Ozu en la primera mitad del siglo XX, como la cuktura japonesa estaba peligrosamente abocada a la destrucción. Jovencitos imitando a John Travolta, con el pelo lleno de gel y frases en inglés. Concentrados únicamente en la lobotización que pueden general las máquinas de video. El Tokio de Ozu había desaparecido. Ahora no quedan ni las ruinas que Wenders filmó veinte años atrás.



Pero esta no es una película sobre Tokio. La ciudad apenas aparece como un contexto y si se escogió esta locación fue por la misma razón que Orson Welles eligió a Belgrado en vez de Praga para hacer el proceso; hay que ahogar al espectador, atiborrarlo de elementos. Lo que importa es la situación de los dos protagonistas. Desde el principio sabemos que no pueden estar juntos, son muchas las cosas que los separaban. Entre los dos se abrían cine mil abismos y mares, era un camino realmente complicado el que tenían entre las dos orillas. Con una sutileza impresionante, Sofia Copolla se resiste a explotar esa tensión que hay entre los dos. Un toque sutil de las manos, una mirada un poco disfrazada, una epera ansiosa de que sea otro día para volverse a ver. No existe mejor estado en el amor que el de la incertidumbre; las cartas están sobre la mesa pero nadie se atreve a abrirlas. Ellos está perdidos en la traducción, no entienden nada, en el karaoke de pronto, pueden dedicarse una canción, mirarse mas intensamente.



En la Tokio mecanizada de principios de siglo, dos personas descubren que se aman. Lo único que comparten son las noches en blanco, la nausea que se les atraviesa en la garganta. El último día ha llegado, el toma un taxi y empieza a ver como la ciudad se va escapando en la ventana. Están sobre una calle estrecha donde los hombres se golpean en los hombros para caminar. Entre todas las cabezas sobresale la de ella. Le pide al taxista que se detenga un momento. A apretujones va hasta ella, nadie corre en Tokio, eso sería como romper el orden establecido. La detiene y ella se voltea y en sus ojos todo el amor represado en estos días y él le dice algo al oído y nosotros no alcanzamos a escuchar nada, debe ser una promesa, una palabra de espera, o tan solo las gracias, el placer de extrañar, de anhelar la gloria en un segundo. Se abrazan y el la besa y se va. En el aeropuerto un avión lo espera, ella debe esperar un días más pero ya no está desesperada, el rostro de él también ha cambiado, está mas relajado, mas tranquilo, se ha desahogado. Tokio sigue escapando en la ventana del taxi, Bryan Eno canta y el ojo de Sofía sigue mirando a los relojes electrónicos, los edificios llenso de luces como inmensos árboles de navidad, las autopistas espaciosas y atestados de autos. Empieza a caer la noche sobre Tokio. La cámara se centra en el recorrido de el auto y después se va oscureciendo como si por ella se le entrara la noche, como un párpado que se cierra

8 de noviembre de 2010

PEQUEÑA HISTORIA DE UN CICLOPE QUE SOLO QUERIA ESCRIBIR EN PROSA

Érase una vez un hombre, que a diferencia de todos los hombres, nació siendo ojo. En Aragón todavía se olía a pólvora y ajenjo como rezago de lo que había sido el siglo XIX, cuando el cíclope dio sus primeros pasos. La gente se acostumbró poco a poco a su presencia. A los ocho años sus padres lo mandaron al colegio de los jesuitas en Zaragoza, donde permaneció hasta concluir el bachillerato. Allí el ojo conoció al monstruo de la iglesia por dentro y lo aprendió a odiar, lo cual se supo después, cuando el ojo, ya grande, contó al mundo todo lo que veía.




En 1916 se fue a Madrid y en la casa de estudiantes vivió sus mejores años junto a Dalí, García Lorca y Rafael Alberti. Bajo el influjo de las greguerías de Ramón Gonzáles de la Serna, el gran ojo respiró por su membrana y soñó por primera vez. Quería ser un gran novelista. Entonces empezó sin temor a afilar su pluma, pero la piedra era más fuerte que la hoja, y ésta se rompió. Resignado, veía como Dalí se obsesionaba por la pintura y García Lorca por las vergas y la poesía, “no tengo ningún paraguas” pensó; entonces aprovechando su corpulencia se dedicó al boxeo, donde era, franca y afortunadamente, malo.



Creyendo no servir para nada se fue a París en 1923, y como quien busca una excusa para no bostezar, se inscribe en la academia de cine fundada por Jean Epstein, de quien terminó convirtiéndose en asistente. Paris, como Venecia, tiene ese perfume que solo la mierda de gato puede dar. Allí, como dijo Cortazar, todos son hermosos y sucios en iguales proporciones; el gran ojo no era hermoso y tampoco sucio, sólo era un ojo queriendo encontrar un cuerpo.



Trabajar con Epstein le hizo conocer un mundo que hasta el momento él había desdeñado, el cine. Allí descubrió que este también era un medio para dar rienda suelta a sus obsesiones. De un momento para otro, la hoja se hizo más fuerte que la piedra y descubrió que su puñal no tenía forma de pluma sino más bien de cámara.



A los veintiocho años entra al movimiento surrealista liderado por André Bretón. Allí se reencuentra con Dalí. Con él realizaría lo que años después sería conocido como la primera de las películas surrealistas de la historia, El perro andaluz (1929). El guión, hecho entre el de Higueras y el de Aragón, era un concentrado de sus sugestiones oníricas. No tiene una coherencia narrativa y muchos formaron un escándalo al ver las claras alusiones sexuales que presentaba la película. Una escena quedaría para el recuerdo y es la de “la pupila viciosa de nube” como después el gran ojo la bautizaría. Como en un poema, describe en la pantalla cómo una nube corta la luna como si fuera una pupila, mientras abajo, el mismo gran ojo le corta de un solo tajo la retina a una chica que, impávida, veía sentada como se moría una noche con luna llena. Esta película le trajo la notoriedad que nunca buscó.



Con la fama a sus pies, en 1930 se arriesga a hacer otra película. Esta vez el escándalo sería mayor ya que la noche del estreno, en plena proyección, se formó una trifulca entre judíos y antisemitas. La película estuvo patrocinada por el Vizconde de Noailles, quien junto a su esposa formaron la pareja de mecenas mas importantes del siglo XX.



En Estados Unidos ya preguntaban por ese gran ojo que tanto daba de que hablar en Europa. El escándalo que tuvo la edad de oro ayudó a levantar más el ventisquero de su fama; inclusive, el escándalo siguió varios años cuando Dalí denunció que Buñuel había robado parte de su idea en esta película, cosa que se comprobó fácilmente. El gran ojo fue a ver para que lo querían en Hollywood, pero allí el ambiente era poco independiente y lleno de estrellas y suntuosos productores que pretendían ser mas importantes que los mismos directores. Cansado y desilusionado, volvió a su país a filmar el documental Hurdes, tierra sin pan. Pero la desilusión no terminaría allí. A poco de llegar aparecería como una nube negra la guerra civil española, en donde caería su entrañable amigo Federico García Lorca y donde Dalí daría un inesperado paso hacía el franquismo, cosa que terminó de desmoralizarlo y de dilatarle mucho más su eterna pupila.



Empezaría un temible y largo paréntesis en la vida del cíclope. En Nueva York encontraría paz en su exilio trabajando en la cinemateca del Museo de Arte Moderno, esperando que la nube del franquismo se disipara sobre su amada España. Las ganas de hacer cine lo atormentaban más y más, era como uno de esos gusanos que corroen la carne y no hay pinza que valga, ni ningún desinfectante para excusarlo. En Estados Unidos no podía hacer cine, y para completar su infortunio, su ex amigo Dalí ayudó para que lo expulsaran por sus antiguas filiaciones con el partido comunista. El de Higuera lo dijo públicamente y el odio del cíclope se recrudecía.



En 1947 ya se sentía como el Quijote, que todas las guerras estaban perdidas, justo antes de empezar la senectud. Su vida, que alguna vez había sido tan promisoria, se iba yendo a raudales por un sino que lo condenaba irresolutamente. Y justo cuando creyó quedar mudo, aparecieron Los olvidados.



La trama de Los olvidados se parece mucho a la del neorrealismo, aunque vale decir, un neorrealismo mucho mas descarnado y pesimista. Jaibo es el jefe de una banda de niños y adolescentes callejeros en Ciudad de México. Pedro, quien sufre con una madre que lo trata mal, es testigo de cómo Jaibo mata a golpes a un supuesto espía. Jaibo obliga a Pedro a una absoluta complicidad y luego lo implica en un robo que no ha cometido. Cuando el niño busca defenderse se convierte en una nueva víctima.



Los olvidados se parece mucho más a Tierra sin pan, que a El perro andaluz y a La edad de oro (1930). Su belleza es casi insultante a los ojos de lo fuerte que puede llegar a ser la película. Nunca cae en la pornomiseria en la que cayeron los demás directores latinoamericanos a la hora de retratar los problemas sociales en los que vivimos. Esto no se ve en la película de hoy, ni el panfleto, ni las ganas de explotar la tristeza del otro. El gran ojo realiza su quinta película (antes había hecho Gran casino (1946) con Jorge Negrete y Maria Félix, un infecto bodrio del cual ni el mismo Ojo quiso acordarse; y Gran Calavera (1949)) a los cincuenta años edad en que muchos directores ya tienen una obra consolidada.



El ojo dejó de ser sólo una triste pupila para convertirse en el gran don Luis Buñuel, hombre clave en la historia de tres filmografías: la española, la francesa y la mexicana. Donde muchos terminaron, don Luis empezó; Los olvidados estalló como un trueno en el cielo de la filmografía mundial, los reconocimientos llegaron uno tras otro: mejor dirección en el festival de Cannes 1951, del jurado oficial y FIPRESCI al conjunto de su obra. Tres premios Ariel por dirección, argumento y adaptación.



Es todo el conjunto de la película lo que la hace grande. Posee una belleza áspera que raya en la grosería; uno no sabe si achacársela a las actuaciones, en especial a la de Roberto Cobo quien interpreta a Jaibo. Cobo ya mayor también será actor de Ripstein en El lugar sin límites. Y ni hablar de la fotografía de ese maestro de maestros que fue Gabriel Figueroa quien compartiría puesto con Tissé cuando Eisenstein fue a México a filmar ¡Que viva México!(1930). Figueroa es el mejor fotógrafo latinoamericano de todos los tiempos y su figura nunca se borrará como tampoco se borrará jamás la de Buñuel.



“En Los olvidados traté de denunciar la triste condición de los humildes sin embellecerla, porque odio la dulcificación del carácter de los pobres”; por eso, el que alguna vez sólo fue un cíclope, no cae en el maniqueísmo pendejo en el que cayeron (y aún caen, ¡por Dios!) muchos seudo marxistas de pacotilla, al decir que los pobres siempre son buenos y los que son perversos son los ricos.



Debido al infame control de la izquierda sobre la intelectualidad, la película fue acusada de especuladora, siendo prohibida y boicoteada por muchos intelectuales. El gran André Bazán, padre de la nueva ola francesa dijo sobre ella en su acostumbrada columna de Cahiers du Cinemá: “la grandeza de esta película se percibe inmediatamente cuando caemos en la cuenta de que no se refiere nunca a categorías sociales. Sin ningún maniqueísmo en los personajes, su culpabilidad sólo es contingente: la conjunción aleatoria de destinos que se entrecruzan como puñales. Es absurdo reprochar a Buñuel una afición perversa a la crueldad. Pero la crueldad no es de Buñuel; él se limita a revelarla al mundo. Elige lo más atroz porque el verdadero problema no es saber que existe también la felicidad, sino hasta donde puede ir la condición humana en la desdicha. Los olvidados es una película de amor que requiere amor. No hay nada más opuesto al pesimismo existencialista que la crueldad de Buñuel. Porque no elude nada, porque no concede nada, porque se atreve a mostrar la realidad con una obscenidad quirúrgica, puede encontrar al hombre en toda su grandeza y forzarnos, por una especie de dialéctica Pascaliana, al amor y a la admiración. En Los olvidados las caras más horrorosas tienen rostro humano. El sentimiento que brota de Los olvidados es el de la inmarchitable dignidad humana. Y por eso no suscita en el público una complacencia sádica o una indignación fariseica. La crueldad de Buñuel es totalmente objetiva. Es sólo lucidez y nada tiene de pesimismo”. Con eso los mamertos se callaron un poco, pero ni así pudieron comprender, aprehender, lo que Buñuel veía como un inmenso ojo como el mas bello de los cíclopes.



Innumerables películas le seguirían, todas de una belleza inigualable. Buñuel nunca se creyó un genio, ni siquiera un artista. Para él, hombre de principio de siglo, el genio todavía tenía que ver más con la ingeniería que con las artes. Por eso cuando King Vidor, Robert Mamoulain y George Cuckor se pararon en 1981 para brindar por el más grande de los directores vivos, Buñuel no entendía porque él, si él no tenía ningún merito, si él no siempre había sido Buñuel, sino un gran ojo que sólo quería escribir novelas.

8 de octubre de 2010

LA MUSICA DE HOY, LA BASURA DE MAÑANA

Nunca antes en la historia de la humanidad se ha consumido tanta música. Los espacios virtuales (Algo que desafía a la física porque son espacios que no están pero nosotros estamos en ellos, como si un agujero negro nos hubiera chupado a todos) cada día expectoran cientos de grupos nuevos, cada uno con una nueva tendencia, los D.J’S están ahí afuera, con una servilleta guindando del cuello y cubiertos en cada mano esperando por devorar el nuevo sonido que sonó hoy, mañana por supuesto ese sonido se aniquilará en la papelera de reciclaje y el D.J se quedará con el sonido de uno solo. En la noche mostrará al pequeño monstruo ante una multitud empastillada y eufórica que quiere mover las caderas al ritmo frenético de lo que hizo un niño con la computadora de papá.
Y todos esos ritmos no son nuevos, son remexclas de canciones viejas, remakes computarizados de una horrenda canción ochentera. Ya la música que antes servía para escuchar, para enamorarse, para fumarse un porro ha dejado de existir. Yo entiendo que todos los ritmos evolucionan pero parece que internet ha puesto a la música en una carrera frenética a un desbarrancadero. El debate si el D.J es un verdadero músico o no se perdió hace rato, parece que esa figura llegó para quedarse. Es mas barato para una Disco pagarle a un guevón para que mezcle música a pagarle a una banda que tiene instrumentos de verdad, que hacen música ahí en vivo en un momento irrepetible. Yo no entiendo nada de lo que pasa en una de esas fiestas, me tengo que tomar una pepa para que el L.S.D cumpla la función de hacerme olvidar que estoy ahí, de sacarme de ahí porque si no me resulta absolutamente imposible aguantarme el ruido, los gritos de cientos de adolescentes histéricas.
Entiendo perfectamente que a los adolescentes esta música les guste pero lo que no soporto es ver a todos esos malparidos de la edad de uno regocijándose con la nueva mezcla que hizo el D.J Trippi, que agarró El baile del perrito y lo remezcló con una de los Pibes Chorros y luego le puso la Sweet Dreams de Marilyn Manson y dicen “Uy boludo que locura esto, me parte la cabeza” A mi me provoca agarrar un mazo y machacarle los sesos pero casi siempre estoy muy drogado asi que estiro mi pulgar y le digo que todo está bien. Y después se levantan con la tensión alta a prepararse una aguita de toronjil a buscar más cosas en My Space, a ver “Lo último que salió” para ser olvidado mañana, para ser desechado como una toalla higuienica mañana. La música pasa pero el que pone los discos queda.
Pero esto no es mas que un reflejo de esta época de mierda que nos tocó vivir. Yo estoy a favor de una música electrónica, me parece que Daf Punk, los Chemical Brother, Bassemant Jaxx, Prodigy, es música que se puede escuchar, es que sueltos se pueden escuchar pero no los mezclen man. Bueno y lo peor es tener que estar acá para ver como La cumbia villera, el reggetón y la champeta han tomado un status intelectual. Porque si, todos esos hijueputas que en los noventa escuchaban Nirvana y Pearl Jam ahora reniegan del rock y se van a abrazarse a esos ritmos cochambrosos y sirvientisticos. Y en ningún otra parte ese snobismo pulula tanto como en Buenos Aires, imagínense acá a esas fiestas de cumbia villera y champeta las llaman “Las fiestas Zizek” si, como el filósofo, solo para conseguir ese estatus tan anhelado “Somos tan abiertos” dicen los intelectuales “Que disfrutamos de estos placeres de la villa” Me imagino el desprecio que debe sentir un man de Fuerte Apache al ver a todos estos chetos intelectualoides moviendo torpetemente sus caderas al ritmo del Bombón Asesino, porque ese es ritmo de ellos, ustedes no lo pueden entender, no pueden comprender lo que es una bailanta, eso que hacen en sus clubes lujosos es tan absurdo como hacer una ópera en Manaos, como cantar vallenatos en inglés. Búsquense su propia música, díganle al D.J de turno que prepare una pócima mágica de anfetas, rock y porquería y bébansela y escúpanla mañana, escúpanla con todo el whisky y la nicotina que han invadido sus venas.
Tienes razón querido Lou, es mejor serenarse, esto forma parte de los últimos días. Ya el apocalipsis no se manifiesta en espadas de fuego surcando el cielo, el apocalipsis es esas pistas llenas de gente saltando y un idiota arriba con una gorra poniendo las canciones de hoy y la basura de mañana. Terminemos de hacer la maleta, metámonos en el Bunker, falta poco para el final.

7 de octubre de 2010

EL HAMBRE

Algún día tenía que pasarme eso de irme a la cama sin comer. Hace poco volviendo a ver Novecento casi lloro cuando el campesino que se cercena la oreja en señal de protesta porque el patrón le recorta a la mitad la paga debido a la mala cosecha, lleva un puñado de polenta a la casa, los hijos agarran una manotadita la mastican y luego le piden más, el campesino los lleva afuera y les dice “Les voy a hacer olvidar el hambre” Y se pone a tocar la flauta y los niños enternecidos miran con ojos de admiración al mutilado de su padre. Bueno, yo estoy peor que esos niños porque para distraerme tan solo tengo un televisor, es lunes en la noche, no hay un solo partido, tan solo propagandas, el hambre me hace ver la crueldad de la televisión, todo el tiempo te están haciendo dar antojos de comerte un jugoso pedazo de carne, o un helado o la mas deliciosa de las mujeres. Desalentado apago la televisión y me sumerjo de nuevo en los libros del pasado pero hasta ellos te abandonan cuando tienes hambre. No hay un momento en que estés mas solo que cuando tienes hambre.
Una serie de circunstancias me llevaron a experimentarla. Me alejé de todo el mundo desde hace varios meses, cansado del dolor que ya me producía Buenos Aires. Me vine a un pueblo a unas cuantas horas de la urbe, renuncié a todo y dije “Me internaré a escribir dia y noche” Bueno, uno puede vender artículos pero se demoran para pagar, se demoran como dos meses para pagarlos y para nadie es un secreto que no es que paguen mucho. Escribí muy bien dos meses y al tercero la depresión volvió a sacudirme, entonces decidí encerrarme todavía más y me metí en un cubo donde no entraban ni la luz ni las noticias, cuando decidí abrir el cubo encontré que mis arcas estaban completamente vacías. Me arrastré por el suelo como una sabandija y logré juntar dos pesos en monedas de diez centavos que se me vinieron regando en cada una de mis borracheras. Fui a la tienda y compré huevos y pan. Alguien trajo en días mejores un poco de café así que me dispuse a hacer la que sería mi única comida en dos días. Lamentablemente confundí el azúcar con la sal y tuve que tomar el café salado y los huevos dulces. Me reí de la desgracia y por fin con la poca fuerza que tenía me senté a terminar  Maestros Antiguos de Bernhard, un libro que sin duda no te ayuda para nada, que te hunde pero bueno, yo quería jugar al buso, quería palpar las algas que reposan en ese océano que es mi depresión.
Me gustan todos esos libros donde la gente pasa hambre, recuerdo que en Trópico de Cáncer Henry Miller odiaba a su compañero de cuarto porque disimuladamente bajaba a desayunar al restaurante de la esquina solo, mientras a él dos gatos le maullaban desde adentro del estómago, volvía Carl con su aire orondo, jugando con su maldito mondadientes y sacándose pedazos de carne que con gusto volvía a meterse en la boca. Pero era París en los años treinta man, donde todo el mundo era pobre y miserable  la guerra no había aplastado aún los sueños de la bohemia. Ahora no existe eso, ahora los bohemios han pasado a ser unos miserables indigentes, se necesita mano de obra barata loco, mano de obra y que sepas construir esos edificios de trescientos pisos que están haciendo a la orilla del río. Vendrán hasta tu casa, te arrancarán la camisa y te llevarán a latigazos a donde construyen los edificios de plata, no voltees porque te dolerá ver como queman tus libros, como el fuego carcome la madera de tu casa.
Necesito más libros donde la gente pase hambre, ya me cansé de la historia de este crítico de arte millonario y amargado, viudito de mierda que te diviertes insultando a la gente que pasa de noche por el frente de tu balcón. Bernhard es un tipo insoportable un austriaco nazi más de los que el tanto dice odiar, una señora cancerosa que pasa sus últimos días en Mallorca no puede ser tan bravo como dice ser, lo enterraron por voluntad propia encima de un matrimonio, que locura Bernhard, que machote que eres. Al que le creo es a Celine, vivía en los suburbios de París, al lado de gitanos, de un caño que olía vísceras de rata, con sus perros furiosos que olían peor. Odiado por todo el mundo, de cuando en cuando algún escritor norteamericano iba a visitarlo a su cambuche a tomarse fotos con el gran Celine, él no decía nada tan solo abría la boca para darle la orden a sus perros de que atacaran al intruso. Y todos esos escritores americanos llegaban sin un pedazo de pan, sin saber si Celine tenía tiempo para ir al banco a reclamar el cheque que le daban sus regalías.
En todo eso me quedo pensando para ahuyentar el hambre. Ya al menos no hace frío si no estaría sepultado bajo un manto de escarcha, hace unas semanas la estufa ha dejado de funcionar. La había agarrado de cenicero y las muchachas si me decían que si seguía haciendo eso iba a tapar sus conductos pero yo no acostumbro a hacerle caso a las muchachas, mi vocación a la autodestrucción me lo impide. Si quieres ser feliz solo asiente a todo lo que ellas te dicen. Las mujeres nunca pasan necesidades a no ser que se dejen embarazar. Viven siempre bien, los gays también viven bien. El problema lo tenemos los hombres que somos demasiado brutos. Me gasté la plata comprando películas que no me voy a poder llevar y libros que nunca voy a leer. ¿Para que quería todo ese teatro de Euripides si ya después de ver la Medea de Pasolini no tenía necesidad de saber nada más de hechiceras? La bruja mayor, la que asesina a los hijos, la sicopata histérica y celosa, hecatea con una vulva golosa ¿No son todas asi? No dejes la casa sola que matarán a tus hijos, necesitan la sangre para hacer el conjuro. No hice caso y empezó a oler a quemado, al principio me olía un poco a marihuana creí que los viejitos de la finca de al lado les habían recetado la hierba para combatir el dolor del cáncer de páncreas, incluso me había puesto los zapatos para cruzar la cerca y amenazarlos con un cuchillo, quitarles toda la ganya y obtener la paz que necesito para poder dormir y olvidarme del hambre, pero no fue asi, era el calentador que se estaba quemando, lo entendí solo cuando vi que la casa se llenaba de un espeso humo negro.
Sin esperanzas consulté el estado de mis cuentas, en una podía sacar diez pesos pero lamentablemente en esta época de escasez mundial a los cajeros les había dado por ser exigentes y no soltaban sino cifras superiores a cien pesos. El tren que va de La Plata a Buenos Aires siempre lleva gente que carga algunas monedas, si pudiera falsificar alguna receta, algún certificado médico y decir que soy portador de VIH pero no era capaz. Me da miedo hablar en público, lo tuve que hacer en la ceremonia de graduación del colegio, estaba tan contento, tan agradecido de que me hubieran graduado a mis 23 años que tenía que dar ejemplo y subirme al estrado y decir todas esas cosas de las cuales me arrepiento. Pero de ahí a pedir monedas para hacerme un caldo..no se si podía hacerlo.
Me bañé y me vestí impulsado por el hambre. Al salir vi que todo era comida y eso es verdad por donde quieras que pasas ves comida, cascaras de naranja, gente comiendo apurada un pan con salchicha, media lunas exhibidas en las panaderías, perros peleando por un hueso de pollo. Cerré los ojos y aspiré hondo. Al frente estaba  la estación, tenía claro lo que iba a decir, el sarcoma que devoraba mi piel, la diarrea que no paraba, si me preguntaban porque aún estaba gordo les diría que era por los anabólicos que me había recomendado un acupunturista chino que al fin y al cabo me había estafado. Iba a subirme al tren cuando vi a un policía, entones temoroso decidí dar la vuelta y volver a la casa.
Y acá sigo, buscando colillas en el jardín, disolviendo el poco tabaco que tienen y haciendo nuevos cigarrillos con ellas. Queda suficiente café, esperaré en que alguien toque la puerta, las muchachas tienen que volver por sus peines, los han dejado. Ojalá se les haya olvidado mis ofensas.

VARGAS LLOSA DIGNIFICA AL NOBEL

Estaba sentado en su despacho de profesor en Nueva York cuando sonó el teléfono. La otra voz parecía algo atribulada, confusa, emocionada. “Pensé que era una broma-Dijo el escribidor- Solo lo confirmé cuando otros amigos empezaron a llamarme”. Hacía años había dejado de esperar esa noticia, siempre candidato a un premio discutido, caprichoso, pero siempre deseado. Vargas Llosa piensa que el Premio Nobel le llegó muy tarde, que a sus 74 años la distinción tiene el mismo significado de uno de esos premios honoríficos que se les entregan a las viejas y anquilosadas glorias por toda su trayectoria. Sus mejores días como escritor hace rato que pasaron, desde La fiesta del chivo no hace nada notable, debió haber llegado hace diez años cuando todavía me importaba, debe pensar el escribidor, ahora ni siquiera tengo tiempo para hacer ese discurso. “Maldita sea, tengo que pensar en ese discurso”.
Pero Vargas Llosa tuvo suerte, el premio es como el beso de la muerte, abrir esa caja es destapar un cofre con demonios que te poseerán y te destruirán, sobre todo si no eres un hombre grande. Beckett o Faulkner eran demasiado grandes para ese premio, Sartre incluso lo rechazó, nunca perdieron la privacidad, siempre renegaron de los encuentros de escritores y mientras el irlandés se refugiaba en Berlín donde a nadie le importa que puede hacer un triste e impotente escribidor, Faulkner encontró cobijo en su Nueva Orleans natal, en una casita cochambrosa a la orilla del missisipi y arrullado por los viejos blues. La obsesión de estos endemoniados era escribir, darle duro cada tecla de la Olivetti, darle duro hasta reventarse los dedos. A Vargas Llosa el premio le llega justo cuando ya no tiene nada más que decir, sus días como escritor ya pasaron, ahora se pasea por el mundo dictando conferencias sobre Karl Popper y cuando le queda tiempo da un par de clases en Princeton sobre lo arduo y complicado que es ser escritor.
Vargas Llosa es un ejemplo de la constancia y de la decisión. Desde siempre quiso escribir y entendió que para ser escritor lo único que tenía que hacer era escribir y vaya si lo hizo. Cuenta Cabrera Infante que a mediados de los sesenta compartió apartamento con el peruano durante una temporada. Una tarde mientras Vargas llosa trabajaba en su máquina sonó el timbre con bastante insistencia. A pesar de que Mario estaba cerca de la puerta no atendía. Cabrera Infante tuvo que levantarse de su cama y abrir, una rubia despampanante preguntó por Mario. El escritor cubano le dijo que siguiera, luego para darle mayor privacidad a la pareja se encerró en su cuarto. Al cabo de unos minutos solo se escuchaba en el estudio el eterno teclear de Mario, después vino el silencio que solo fue cortado por las duras palabras del escritor. “Vistete, ahora no”, pasarían unos cuantos segundos cuando se escuchó un fuerte portazo. Después volvieron a escucharse, a un ritmo frenético los dedos de Vargas Llosa golpeando la Olivetti.
Sobre su escritorio de trabajo reposaba un Atlas y la enciclopedia británica. Muchas veces sus novelas no son solo relatos de ficción sino tratados historiográficos hechos con todo el rigor y la metodología que puede aplicarse para reconstruir el pasado. El mejor relato de Canudos y la revolución cristera en el Brasil no se lo debemos a los historiadores sino a la fuerza de su pluma desplegada en la que debe ser la más monumental de sus novelas: La guerra del fin del mundo, y que decir de la manera en la que contó los últimos días de un dictador cruel, sangriento e impotente en La fiesta del chivo, siempre alternando dos historias a la vez, jugando con el tiempo, con los narradores, deconstruyendo el espacio…¿que más se puede decir sobre el Vargas Llosa escritor?.
De Arequipa a Piura, pasando por Canudos y Republica Dominicana, alternando París y Tahití, Vargas Llosa despliega sus historias como si fuera otra vez Napoleón y realizara el sueño de dominar el mundo. Todo a punta de trabajo, de años de lecturas y de investigación concienzuda. Sin duda que cuando realizó sus mejores relatos lo hizo vestido de overol.
Pero no sólo es trabajo, el componente emotivo que tienen sus discursos, sus ensayos. Mi primer contacto con su obra se lo debo al prologo que hizo para la versión castellana de los Miserables editada en 1982. Allí narraba como en sus días de servicio militar, cuando era un cachorro, sobrevivía al abuso castrense leyendo las aventuras de Jean Valjean “Entonces mis días eran menos miserables” Nunca fue un erudito, tenía demasiado corazón para serlo. A veces estaba más cercano a ser Pedro Camacho, el compulsivo, cursi y sucio escritor de radio novelas boliviano que ese caballero apuesto y elegante que divierte a las oligarquías hispanoamericanas con su particular manera de ver la política.
El monopolio intelectual de la izquierda, el mismo monopolio que le impidió ganar a Borges el Nóbel, cuando él como nadie hubiese honrado al premio y no al revés, hoy ve con resignación como se hace justicia. Después de Octavio Paz el premio se honra a si mismo entregándose a los brazos de un gran escritor. Desde 1990 venía regalándose, como una puta barata a los Gunter Grass o Pamuk del momento, reinvindicando causas perdidas, refugiados de guerra, perseguidos políticos o feministas frígidas. Por eso Vargas Llosa no entendía lo que le decían ¿Cuál Nóbel me gané? Habrá dicho. Tendrá que sacar unas horas de su apretada agenda para hacer un gran discurso y seguro disfrutará de las fiestas que le harán los viejos amigos que todavía sobreviven. Sus libros, para placer de los que no lo han leído se reeditarán otra vez y los niños peruanos entrarán en contacto con su obra, al menos ya no será en ese país aquel oligarca que perdió las elecciones con Fujimori.
Vargas Llosa vuelve a darle prestigio a un premio que venía perdiendo importancia.