28 de septiembre de 2011
EL HOMBRE Y SU MACHETE
Un hombre con un machete dirige una Big Band. Cada golpe al tambor es como la explosión de una bomba, las bombas que resuenan en la cordillera, corta el aire el hombre que siempre tuvo una cabeza de burro, Tanatos en chaqueta de cuero cortando cabezas imaginarias. En el ambiente flotando la música más extraña y única que hemos sentidos nosotros los pobres asistentes a este espectáculo sangriento que significa vivir en Colombia. Mientras muchos tratan de ser locos con propuestas estrafalarias Edson Velandia consigue plasmar la tétrica realidad colombiana dirigiendo a una banda de jazz con un machete. El salpullido no tardó en salir, los que creen que desde la academia se puede entender el jazz saltaron como tumba ranchos en navidad a decir que cualquier jazzuquero puede tocar en el Jorge Eliecer Gaitán. Es difícil seguirle el paso a Velandia, su rebeldía lo obliga a vivir en continuo cambio, su música lo gobierna, es su dueño y lo obliga a cortarse la cabeza dos veces por año.
15 de septiembre de 2011
HELDENPLATZ DE THOMAS BERNHARD
El profesor Josef Schuster después de una prolongada estadía en Oxford cede ante la nostalgia y decide volver a su Austria natal pensando que el tiempo ha borrado el odio que sembró el nacionalsocialismo.Pero se equivoca, el país es un nauseabundo cadáver que nadie se atreve a enterrar. Su apartamento da a la Heldenplatz, la plaza donde el 15 de marzo de 1938 Adolf Hitler anunció, ante el jolgorio de los vieneses congregados, la anexión de Austria a Alemania. Cincuenta años después escucha cada noche los vítores traicioneros que daba su patria ante la presencia de la fuerza extranjera y opresora. Fue un error haber vuelto. No queda otro camino que saltar por la ventana.
En torno a un personaje ausente Thomas Bernhard construye esta obra descarnada, precisa, perfecta. Heldenplatz no sólo es el retrato de un país sino de un estado de ánimo que quedó después del horror de la Segunda Guerra Mundial. Ya nadie podrá ser inocente, todos le vieron la cara al monstruo y todos lo aceptaron.
Heldenplatz es un libro fundamental para todos los que quieran conocer una época enmarcada en el terror, una época que acabó con todos los ideales, con los imperios y con la fe. Una visión que tuvo Thomas Bernhard un año antes de adentrarse en la muerte.
En torno a un personaje ausente Thomas Bernhard construye esta obra descarnada, precisa, perfecta. Heldenplatz no sólo es el retrato de un país sino de un estado de ánimo que quedó después del horror de la Segunda Guerra Mundial. Ya nadie podrá ser inocente, todos le vieron la cara al monstruo y todos lo aceptaron.
Heldenplatz es un libro fundamental para todos los que quieran conocer una época enmarcada en el terror, una época que acabó con todos los ideales, con los imperios y con la fe. Una visión que tuvo Thomas Bernhard un año antes de adentrarse en la muerte.
14 de septiembre de 2011
UNA CARA
Hay periodos donde uno es más elocuente con la boca cerrada. Lamentablemente uno de mis críticos tiene razón: sufro de incontinencia verbal. Entonces como no tengo nada que decir voy a hablar de nada. Lo curioso es que cuando no tengo nada que decir entonces empiezo a hablar de mi. Es un periodo bastante especial en mi vida pues dentro de ocho días me caso. No sabía que el matrimonio podía implicar tantas vueltas. Te pueden consumir los preparativos además de que te empiezan a interesar revistas como Caras o Cromos sobre todo en la sección de sociales. Por las noches no se duerme bien aunque sé que mi novia puede estar peor. Todo esa noche tiene que salir perfecto y ojalá que así sea aunque lo importante claro está y así suene manido es que estamos enamorados y felices y optimistas y jóvenes y ella es una hermosura.
Combato el estrés leyendo el libro de Edda Pilar Duque “La aventura del cine en Medellín” donde cuenta sabrosas anécdotas de los días en que Gonzalo Mejía, recién llegado de Europa donde dilapidó toda una fortuna tratando de hacer prototipos de aeroplanos decidió asumir otra empresa quijotesca, la de hacer cine en la bella villa. El resultado fue Bajo el cielo antioqueño, película de dos horas y media, el segundo gran éxito del cine colombiano después de la María de Alfredo del Diestro, un filme donde la crema y nata de la sociedad medellinense desfila por el “Lienzo” como le llamaban los tabloides a la pantalla a mediado de los veinte. Próximamente presentaré una pequeña historia del cine mudo colombiano, para eso también estoy leyendo a Martínez Pardo y las entrevistas que le hizo Salcedo Silva a los pioneros.
Releo también El imperio de Kapuscinsky para discutirle a un amigo mamerto con datos bastantes precisos sobre el genocidio estalinista. La relectura del Quijote absorbe mis días de asueto. Estoy en las sabrosas bromas que los duques le hacen a Alonso Qujina y a su fiel escudero. Al parecer Sancho tenía razón y Dulcinea está encantada. De tres mil azotes no te salvaras querido Panza si quieres volver a ver a tu señora convertida de nuevo en la flor más hermosa del Toboso.
Me preocupa demasiado que apenas ponga una película a las diez de la noche ya empieza a sentir el embate de mis agitados días. Tres días seguidos donde no puedo terminar la última película del día. Anoche fue con Tootsie película sumamente entretenida pero con una música fatal, recontra pasada de moda. Sigo con mi investigación sobre la historia de la universidad, levantándome muy temprano, leyendo los viejos libros y escribiendo por lo menos dos horas al día. Las noches de tragos han pasado a un segundo plano no por moralismo ramplón sino porque me cansé del tequila, vine a descubrir tarde que después de que se desocupa la botella lo que continúa no es más que un camino lleno de dolor y voy sacando de mi vida todo lo que me cause heridas. Ni masoquista que fuera pues.
En las noches veo un programa donde los cantantes quieren parecerse a otros cantantes. Al principio lo veía para mamar gallo pero ahora me está interesando y tal vez esté escribiendo para matar tiempo mientras empieza. Ojalá que no me empiece a comportar desde ya como un hombre casado, igual la primera en desilusionarse sería mi bellisima esposa quien tal vez el único atributo que pudo ver en mi es que todavía tenía el ánimo suficiente como no para ser un viejo pero las fuerzas querido luke cada vez están menos contigo.
Acaso debería volver a la cannabis sativa y su veneno mortal, dejarme la barba y el pelo largo y porque no volver a la vieja orgía con Rimbaud, pasar por el ridículo de querer parecerse a un poeta maldito con esta barriga descomunal y causar un escándalo en la entrada de esos templos de la tecnocracia en las que se han convertido las universidades. Todo eso lo pienso desde que abro los ojos en la mañana pero que va, el primer baño disipa esos pensamientos como quien se quita de encima la más asquerosa de las malezas.
Día a día se acumulan planes de escritura que nunca voy a realizar. El tiempo se acorta y la vida dará un vuelco completo que no solo estoy dispuesto a asumir sino que estoy ansioso y feliz de hacerlo. Sin algo me emparento con Cervantes es por la obsesión que tenemos ambos por el fracaso. No existe una sola obra plena, completa, sencillamente porque no existen vidas perfectas. Toda obra maestra esconde defectos, montones de ellos, eso me hace libre la conciencia de que estamos haciendo las cosas mal, la tranquilidad de que no importa el camino que escojas igual será el equivocado.
Brindo por la hermosa caminante que transitará conmigo el camino de la derrota y el fracaso. Es el único rostro que quiero ver en este mar de caras feroces.
Combato el estrés leyendo el libro de Edda Pilar Duque “La aventura del cine en Medellín” donde cuenta sabrosas anécdotas de los días en que Gonzalo Mejía, recién llegado de Europa donde dilapidó toda una fortuna tratando de hacer prototipos de aeroplanos decidió asumir otra empresa quijotesca, la de hacer cine en la bella villa. El resultado fue Bajo el cielo antioqueño, película de dos horas y media, el segundo gran éxito del cine colombiano después de la María de Alfredo del Diestro, un filme donde la crema y nata de la sociedad medellinense desfila por el “Lienzo” como le llamaban los tabloides a la pantalla a mediado de los veinte. Próximamente presentaré una pequeña historia del cine mudo colombiano, para eso también estoy leyendo a Martínez Pardo y las entrevistas que le hizo Salcedo Silva a los pioneros.
Releo también El imperio de Kapuscinsky para discutirle a un amigo mamerto con datos bastantes precisos sobre el genocidio estalinista. La relectura del Quijote absorbe mis días de asueto. Estoy en las sabrosas bromas que los duques le hacen a Alonso Qujina y a su fiel escudero. Al parecer Sancho tenía razón y Dulcinea está encantada. De tres mil azotes no te salvaras querido Panza si quieres volver a ver a tu señora convertida de nuevo en la flor más hermosa del Toboso.
Me preocupa demasiado que apenas ponga una película a las diez de la noche ya empieza a sentir el embate de mis agitados días. Tres días seguidos donde no puedo terminar la última película del día. Anoche fue con Tootsie película sumamente entretenida pero con una música fatal, recontra pasada de moda. Sigo con mi investigación sobre la historia de la universidad, levantándome muy temprano, leyendo los viejos libros y escribiendo por lo menos dos horas al día. Las noches de tragos han pasado a un segundo plano no por moralismo ramplón sino porque me cansé del tequila, vine a descubrir tarde que después de que se desocupa la botella lo que continúa no es más que un camino lleno de dolor y voy sacando de mi vida todo lo que me cause heridas. Ni masoquista que fuera pues.
En las noches veo un programa donde los cantantes quieren parecerse a otros cantantes. Al principio lo veía para mamar gallo pero ahora me está interesando y tal vez esté escribiendo para matar tiempo mientras empieza. Ojalá que no me empiece a comportar desde ya como un hombre casado, igual la primera en desilusionarse sería mi bellisima esposa quien tal vez el único atributo que pudo ver en mi es que todavía tenía el ánimo suficiente como no para ser un viejo pero las fuerzas querido luke cada vez están menos contigo.
Acaso debería volver a la cannabis sativa y su veneno mortal, dejarme la barba y el pelo largo y porque no volver a la vieja orgía con Rimbaud, pasar por el ridículo de querer parecerse a un poeta maldito con esta barriga descomunal y causar un escándalo en la entrada de esos templos de la tecnocracia en las que se han convertido las universidades. Todo eso lo pienso desde que abro los ojos en la mañana pero que va, el primer baño disipa esos pensamientos como quien se quita de encima la más asquerosa de las malezas.
Día a día se acumulan planes de escritura que nunca voy a realizar. El tiempo se acorta y la vida dará un vuelco completo que no solo estoy dispuesto a asumir sino que estoy ansioso y feliz de hacerlo. Sin algo me emparento con Cervantes es por la obsesión que tenemos ambos por el fracaso. No existe una sola obra plena, completa, sencillamente porque no existen vidas perfectas. Toda obra maestra esconde defectos, montones de ellos, eso me hace libre la conciencia de que estamos haciendo las cosas mal, la tranquilidad de que no importa el camino que escojas igual será el equivocado.
Brindo por la hermosa caminante que transitará conmigo el camino de la derrota y el fracaso. Es el único rostro que quiero ver en este mar de caras feroces.
LA EDAD DE LA INOCENCIA. UNA ROSA FRESCA ESTALLA ANTE NUESTROS OJOS
Allí sobre esas edificaciones pobres, como de barcazas empezó a cimentarse la metrópolis, la ciudad. Esos habitantes encorsetados que esconden su provincialismo entre los buenos modales y el chisme fueron los primeros neoyorkinos. Dicen que si a algún loco le da por bombardear Dublín ésta sería reconstruida a partir de la lectura concienzuda del Ulises. Cuando los aviones derrumbaron las torres más de uno pensó en que Nueva York sería borrada de la faz de la tierra y que si eso sucediera lo primero que tendrían que salvar serían las películas de Martin Scorsese para recordar cómo era la gran manzana.
Esa labor de arqueólogo se exacerba en La edad de la inocencia. Uno de sus primeros proyectos fue mostrar la Nueva York de finales del siglo XIX, ver como las pandillas se trenzaban en sangrientas peleas y así lograron conformar la urbe que hoy continúa deslumbrando al mundo. Lamentablemente su tan esperado proyecto Gangs of New York necesitaba de un presupuesto desbordado que solo treinta años después pudieron financiar los hermanos Weinstein con el final y la pelea que ya todos conocemos y que de paso afectó considerablemente la película. Esa Nueva York que el atormentado asmático quería filmar ya la había hecho en 1993.
Las peleas no salpicaban de sangre la pantalla, las pandillas seguían allí pero en vez de afilar sus cuchillos afilaban era sus lenguas. No se reunían en las penumbras de los callejones sino en la elegante oscuridad de los palcos y mientras una compañía francesa ponía sobre el escenario lo último de Verdi los habitantes de Nueva York combatían el aburrimiento levantando escarnios. A esa ciudad tuvo que llegar la condesa Olenska después de su fallido matrimonio con un licencioso príncipe francés. Las cosas definitivamente no dieron resultado y si bien el ambiente se ponía cada vez más tenso la condesa combatía su depresión yendo a los museos o conversando con artistas. Los snobs suelen ser algo pesados pero eso si nunca se aburren.
Buscando apoyo en su gente lo que encuentra son un poco de ojos escrutadores, de dedos que la señalan, de murmullos que la condenan. Solo Archer puede mirarla sin juzgarla, solo él puede calentar los gélidos códigos que la sociedad se ha impuesto. Pero Archer pronto se va a casar con su prima y sabe que no es propio de damas andar hablando con hombres que ya tienen la soga al cuello, hombres que la miran con deseo, hombres de los cuales ella fácilmente se puede enamorar.
La ironía de Scorsese flota en cada uno de los fotogramas de esta exhaustiva investigación sobre una sociedad decadente. Cada cuadro, cada plato, cada cuchara y cada pitillera tienen una historia que el director de Toro Salvaje no titubea en mostrarnos. Nos puede contar incluso de cuantos cubiertos puede constituirse una mesa y para que sirve cada uno de ellos. Ni Visconti pudo ser tan exhaustivo. Esta minuciosidad no es gratuita, si Scorsese nos muestra esos detalles es para constatar que ni siquiera el lujo desmesurado podía convertir a esa primera aristocracia en habitantes del mundo. Asi fueran a la ópera o compraran lo último de los amados impresionistas el pensamiento de la aristocracia neuyorkina no era mas que una caterva de viejos prejuicios. No parecían vivir en una urbe naciente sino en una capilla a medio construir.
Como en Casino o en Goodfellas el verdadero protagonista de la película es el narrador. La voz de Edith Warthon, autora de la novela homónima en la cual se basa el filme, se deja oír durante toda la historia. La fina ironía está siempre presente al igual que la intriga y la traición. Los gangster están allí, detrás de los carruajes y de esos peinados estrafalarios, detrás de las pinturas y los bailes en los salones. En su momento apenas llamó la atención de la crítica ayudado un poco por el Oscar al mejor vestuario que ganó ese año. Scorsese contó con un grupo de colaboradores de lujo, Dante Ferreti el director de arte de Fellini volvió a componer un escenario absolutamente real. Como en Barry Lyndon uno siente que estos directores no recrean una época sino que inventan una máquina del tiempo y filman desde el siglo XIX. Los créditos de las rosas abriéndose son violentos, sensuales, agresivos, toda una obra maestra hecha por el gran Saul Bass. La fotografía estuvo a cargo de Michael Ballhaus el hombre que ayudó a crear en la obra de Fassbinder ese ambiente siempre inquietante.
Con un presupuesto de 44 millones de dólares la película a duras penas pudo recuperar la inversión. Ya la gente no estaba dispuesto a ver historias del siglo XIX, con Forrest Gump y Jurassic Park la gente entendía que el futuro del cine estaba en una computadora. Casi veinte años después de su estreno La edad de la inocencia se empieza a convertir en un clásico, en otra de las grandes películas de uno de los directores más importantes de la historia del cine.
Esa labor de arqueólogo se exacerba en La edad de la inocencia. Uno de sus primeros proyectos fue mostrar la Nueva York de finales del siglo XIX, ver como las pandillas se trenzaban en sangrientas peleas y así lograron conformar la urbe que hoy continúa deslumbrando al mundo. Lamentablemente su tan esperado proyecto Gangs of New York necesitaba de un presupuesto desbordado que solo treinta años después pudieron financiar los hermanos Weinstein con el final y la pelea que ya todos conocemos y que de paso afectó considerablemente la película. Esa Nueva York que el atormentado asmático quería filmar ya la había hecho en 1993.
Las peleas no salpicaban de sangre la pantalla, las pandillas seguían allí pero en vez de afilar sus cuchillos afilaban era sus lenguas. No se reunían en las penumbras de los callejones sino en la elegante oscuridad de los palcos y mientras una compañía francesa ponía sobre el escenario lo último de Verdi los habitantes de Nueva York combatían el aburrimiento levantando escarnios. A esa ciudad tuvo que llegar la condesa Olenska después de su fallido matrimonio con un licencioso príncipe francés. Las cosas definitivamente no dieron resultado y si bien el ambiente se ponía cada vez más tenso la condesa combatía su depresión yendo a los museos o conversando con artistas. Los snobs suelen ser algo pesados pero eso si nunca se aburren.
Buscando apoyo en su gente lo que encuentra son un poco de ojos escrutadores, de dedos que la señalan, de murmullos que la condenan. Solo Archer puede mirarla sin juzgarla, solo él puede calentar los gélidos códigos que la sociedad se ha impuesto. Pero Archer pronto se va a casar con su prima y sabe que no es propio de damas andar hablando con hombres que ya tienen la soga al cuello, hombres que la miran con deseo, hombres de los cuales ella fácilmente se puede enamorar.
La ironía de Scorsese flota en cada uno de los fotogramas de esta exhaustiva investigación sobre una sociedad decadente. Cada cuadro, cada plato, cada cuchara y cada pitillera tienen una historia que el director de Toro Salvaje no titubea en mostrarnos. Nos puede contar incluso de cuantos cubiertos puede constituirse una mesa y para que sirve cada uno de ellos. Ni Visconti pudo ser tan exhaustivo. Esta minuciosidad no es gratuita, si Scorsese nos muestra esos detalles es para constatar que ni siquiera el lujo desmesurado podía convertir a esa primera aristocracia en habitantes del mundo. Asi fueran a la ópera o compraran lo último de los amados impresionistas el pensamiento de la aristocracia neuyorkina no era mas que una caterva de viejos prejuicios. No parecían vivir en una urbe naciente sino en una capilla a medio construir.
Como en Casino o en Goodfellas el verdadero protagonista de la película es el narrador. La voz de Edith Warthon, autora de la novela homónima en la cual se basa el filme, se deja oír durante toda la historia. La fina ironía está siempre presente al igual que la intriga y la traición. Los gangster están allí, detrás de los carruajes y de esos peinados estrafalarios, detrás de las pinturas y los bailes en los salones. En su momento apenas llamó la atención de la crítica ayudado un poco por el Oscar al mejor vestuario que ganó ese año. Scorsese contó con un grupo de colaboradores de lujo, Dante Ferreti el director de arte de Fellini volvió a componer un escenario absolutamente real. Como en Barry Lyndon uno siente que estos directores no recrean una época sino que inventan una máquina del tiempo y filman desde el siglo XIX. Los créditos de las rosas abriéndose son violentos, sensuales, agresivos, toda una obra maestra hecha por el gran Saul Bass. La fotografía estuvo a cargo de Michael Ballhaus el hombre que ayudó a crear en la obra de Fassbinder ese ambiente siempre inquietante.
Con un presupuesto de 44 millones de dólares la película a duras penas pudo recuperar la inversión. Ya la gente no estaba dispuesto a ver historias del siglo XIX, con Forrest Gump y Jurassic Park la gente entendía que el futuro del cine estaba en una computadora. Casi veinte años después de su estreno La edad de la inocencia se empieza a convertir en un clásico, en otra de las grandes películas de uno de los directores más importantes de la historia del cine.
13 de septiembre de 2011
GRANDES PELÍCULAS DEL ROCK. PAT GARRETT Y BILLY THE KID
William Boone fue el primer rock star. Demasiado joven para morir entregó su vida a una estela de muerte que lo marcó en su corta vida. Contemporáneo de Rimbaud vivió a placer la vejez de su adolescencia. Se entregó a todos los excesos, a los 18 tenía más muertos que años. Boone tenía una pandilla y con ellos cabalgaron por todo el desierto. Chisum, el ganadero cruel acaparaba todas las vacas, sumiendo a la región en la escasez en el hambre. Chisum es el capitalista despiadado y Billy es la rebelión del pueblo. Su mano vengadora no tiembla ante la injusticia. Pero un hombre solo no puede hacer revolución alguna. Cuando a su lado estaba Pat GarretT sus balas sonaban más duro, sus pasos se sentían en todo el oeste. Ahora GarretT se ha vendido ante la oferta que le ha dado el Gobernador Wallace y el establecimiento. Pat es treinta años mayor que Boone y además nadie lo sabe pero se ha casado. Un hombre casado tiene otras necesidades, una casa de dos pisos en el centro del pueblo, trajes elegantes e invitaciones a comer con gente distinguida. Pat ha dejado la banda para juntarse con un grupito de pop.
Tiene tres días para matar a su amigo. Chisum y el gobierno local están cansados de la justicia que Billy the kid quiere inculcar dentro de su territorio. En sus pasos se nota el cansancio, al venderse GarretT ha dejado de existir. Cada muerte que realiza es una afrenta a su pasado. Los días buenos se han ido para siempre. Billy como un artículo de museo sepultado en sus cuatro paredes esperando que por el polvoriento camino aparezcan entre la polvareda el grupo de hombres que acabará con su vida. Se lo toma con calma, toma un poco de Whisky y enciende un cigarrillo. Siempre será joven, un cadáver joven y hermoso, Pat no tendrá el mal gusto de dispararle en el rostro.
Sam Peckinpah está mas emparentado con el cine de Sergio Leone que con el de John Ford. América no es el lugar de las oportunidades y todos esos aventureros que fueron al Oeste huyendo de la hambruna y sedientos de oro eran descendientes directos de los bárbaros que llegaron de Europa a América anhelando el Dorado y arrasando todo lo que encontraba a su paso. Para vivir había que matar y eso lo entendió Peckinpah en el Hollywood donde le tocó trabajar. La lucha era despiadada, cruel pero él logró hacerse una voz entre los nuevos directores y entre todos esos viejos retrógrados enchapados a la antigua que todavía insistían en hacer western para hablar de lo coherentes y magníficos que eran los gringos. Si un hombre abre una ventana en una película de John Ford lo más seguro es que verá un magnífico horizonte donde el sol estalla en el cielo sus incandescentes rayos, en Peckinpah no, si abres una ventana una bala se incrustará en tu cerebro.
Los pistoleros de estas películas son hombres cansados, hombres que ven como la modernidad va aplastando sus viejos hábitos. Billy es un joven viejo, un niño que como Morrison solo quería morir. Esa tristeza está en toda la obra de Sam Peckinpah, la muerte se acepta como parte de la vida pero no por eso llega a ser un espectáculo festivo. La muerte por ser necesaria no deja de ser triste y toda esa música de Dylan acentúa más y más el fin de una época. Slim Pickens siempre ha soñado con tener una barca y perderse de esas regiones inhóspitas hasta llegar otra vez a las verdes praderas. Lamentablemente una bala le acaba de perforar el estómago y sus minutos están contados. Alcanza a arrastrarse hasta el río donde está aparcada una balsa, Kathy Jurado lo sigue y los acordes de Knocking on heavens doors de Bob Dylan comienzan a sonar. No existe una mejor pintura que esta para explicarle a los dioses lo que sentimos cuando nuestra alma se escapa por la rendija que ha hecho en nuestro cuerpo una bala. Pickens sonríe, su sueño de irse en una balsa lejos de la inmundicia del desierto nunca se hará realidad.
Toda la gente que ama William Boonie comienza a morir, ya vendrá el día hijo, la parca está en camino, ha encontrado tus pasos. No es común morir joven y mucho menos a manos de un hombre que fue como un padre para ti. Un polvo unos minutos antes un buen trago de Whisky lástima que se hayan llevado las guitarras y que el rapé se lo haya esnifado la noche anterior un obispo borracho, Pat Garreth está detrás de ti querido Billy, ha desenfundado el arma, no te dejará voltear, ya saben todos que si te volteas lo matarás porque nadie es más rápido que tú, apréstate a recibir, sin confesión y sin Dios el beso eterno de la guadaña.
Tiene tres días para matar a su amigo. Chisum y el gobierno local están cansados de la justicia que Billy the kid quiere inculcar dentro de su territorio. En sus pasos se nota el cansancio, al venderse GarretT ha dejado de existir. Cada muerte que realiza es una afrenta a su pasado. Los días buenos se han ido para siempre. Billy como un artículo de museo sepultado en sus cuatro paredes esperando que por el polvoriento camino aparezcan entre la polvareda el grupo de hombres que acabará con su vida. Se lo toma con calma, toma un poco de Whisky y enciende un cigarrillo. Siempre será joven, un cadáver joven y hermoso, Pat no tendrá el mal gusto de dispararle en el rostro.
Sam Peckinpah está mas emparentado con el cine de Sergio Leone que con el de John Ford. América no es el lugar de las oportunidades y todos esos aventureros que fueron al Oeste huyendo de la hambruna y sedientos de oro eran descendientes directos de los bárbaros que llegaron de Europa a América anhelando el Dorado y arrasando todo lo que encontraba a su paso. Para vivir había que matar y eso lo entendió Peckinpah en el Hollywood donde le tocó trabajar. La lucha era despiadada, cruel pero él logró hacerse una voz entre los nuevos directores y entre todos esos viejos retrógrados enchapados a la antigua que todavía insistían en hacer western para hablar de lo coherentes y magníficos que eran los gringos. Si un hombre abre una ventana en una película de John Ford lo más seguro es que verá un magnífico horizonte donde el sol estalla en el cielo sus incandescentes rayos, en Peckinpah no, si abres una ventana una bala se incrustará en tu cerebro.
Los pistoleros de estas películas son hombres cansados, hombres que ven como la modernidad va aplastando sus viejos hábitos. Billy es un joven viejo, un niño que como Morrison solo quería morir. Esa tristeza está en toda la obra de Sam Peckinpah, la muerte se acepta como parte de la vida pero no por eso llega a ser un espectáculo festivo. La muerte por ser necesaria no deja de ser triste y toda esa música de Dylan acentúa más y más el fin de una época. Slim Pickens siempre ha soñado con tener una barca y perderse de esas regiones inhóspitas hasta llegar otra vez a las verdes praderas. Lamentablemente una bala le acaba de perforar el estómago y sus minutos están contados. Alcanza a arrastrarse hasta el río donde está aparcada una balsa, Kathy Jurado lo sigue y los acordes de Knocking on heavens doors de Bob Dylan comienzan a sonar. No existe una mejor pintura que esta para explicarle a los dioses lo que sentimos cuando nuestra alma se escapa por la rendija que ha hecho en nuestro cuerpo una bala. Pickens sonríe, su sueño de irse en una balsa lejos de la inmundicia del desierto nunca se hará realidad.
Toda la gente que ama William Boonie comienza a morir, ya vendrá el día hijo, la parca está en camino, ha encontrado tus pasos. No es común morir joven y mucho menos a manos de un hombre que fue como un padre para ti. Un polvo unos minutos antes un buen trago de Whisky lástima que se hayan llevado las guitarras y que el rapé se lo haya esnifado la noche anterior un obispo borracho, Pat Garreth está detrás de ti querido Billy, ha desenfundado el arma, no te dejará voltear, ya saben todos que si te volteas lo matarás porque nadie es más rápido que tú, apréstate a recibir, sin confesión y sin Dios el beso eterno de la guadaña.
8 de septiembre de 2011
ESPECIAL DOS AÑOS DEL ATENEISTA: EL DIA QUE WOLE SOYINKA ME EMPUJÓ. Por: Jesús Antonio Álvarez Florez
Yo creí que Wole Soyinka y yo éramos buenos amigos, pero me equivoqué. Fue tan amable la primera vez que hablamos, que guardé por mucho tiempo esa conversación como una prueba fehaciente de su humildad y sencillez para con los lectores de su obra. Tuve la oportunidad de conocerlo en Medellín, un sábado por la noche (25 de junio de 2005), antes de que diese un recital de poesía en la capital antioqueña. Me senté junto con un amigo en La Playa, y allí esperamos por varios minutos a que el primer Premio Nobel de Literatura africano leyera los poemas que le otorgaron el más importante galardón que puede recibir un escritor. Impacientes porque no comenzaba el evento, pero motivados por la cantidad de mujeres hermosas que veíamos pasar, mi amigo y yo tomamos rumbos distintos: él se fue con su novia y compró un libro de Ernesto Cardenal, otro de los invitados al XV Festival de Poesía de Medellín, y yo me dediqué a vender separadores de libros para tener con qué comer.
Media hora después estábamos leyendo el libro de Cardenal, y ya con algunas monedas en el bolsillo decidí comprar el mismo ejemplar. La chica que me atendió me dijo que los libros habían sido llevados a El Gran Hotel, y que si quería un ejemplar era necesario ir hasta allá y preguntar por el dueño del local.
Camino al hotel tuve que sortear patrullas de policía, prostitutas, revendedores de boletas (Nacional jugaba al día siguiente la final del fútbol colombiano contra el Independiente Santa Fe), jíbaros, punks… Toda una jungla de gente extraña. Ya en el hotel, tuve que esperar a que el dueño de los libros bajara de su habitación; y fue en ese momento, mientras caminaba para hacer tiempo, cuando vi a Wole Soyinka en el lobby, solo, sin cámaras cerca de él, sentado en uno de los sofás y leyendo un libro. Sin dudarlo, fui hasta donde estaba y, con un pésimo inglés, me presenté y le confesé que, entre otras cosas, había ido a Medellín porque quería escuchar sus poemas. Del inglés saltamos al francés, y en ese idioma confesó sentirse contento por tener tantos conocedores de su obra en un país como el nuestro. Minutos después llegó otro de los invitados al Festival y le anunció que ya era hora de hacer su presentación en La Playa. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y con la promesa de hablar en otra oportunidad.
Dos años y medio después, el jueves 25 de enero de 2007, volví a verlo en Cartagena de Indias. Había sido invitado al II Hay Festival y esa noche leyó de nuevo varios poemas en el Teatro Heredia. Hice guardia a la salida, armado con una grabadora de periodista, y de nuevo lo saludé. Cuando vio que iba a entrevistarlo giró sobre sus pies, estiró su largo brazo izquierdo y dijo: “Ya estoy cansado de hablar, yo ya no quiero decirle nada a ningún periodista. Déjeme solo, por favor”. Le dije que eran solo tres preguntas, que no lo ocuparía por mucho tiempo, y de nuevo me empujó. “No”, dijo de nuevo. Confieso que me dio mucha rabia recibir ese trato; salí lanzando insultos a cada esquina y me senté en un lugar cualquiera, esperando que pasara la noche.
Tres horas después lo vi en una carroza junto con un joven rubio, con sus caras a muy pocos centímetros de distancia, hablando de tú a tú. Fabián, quien me había prestado la grabadora, dijo en medio de risas: “Ay, Chucho, a ti no te empujó un Premio Nobel, te empujó un negro marica”. Nos reímos por varios minutos y eso me calmó bastante. Luego fuimos por unas cervezas y caminamos por el Centro Histórico de Cartagena. A las tres de la mañana fuimos a Quiebracanto, uno de los bares de salsa más conocidos de la ciudad. En medio de la cantidad de turistas había un morocho alto, con camisa de flores, bailando con varias mujeres mientras sostenía un vaso de Whisky. Era Efraim Medina. Lo saludamos y nos ofreció un trago. Nos dijo que era necesario conseguir novias gordas porque ellas pagaban todo, que no nos fijáramos en la estética. Nos despedimos de él y nos dijo: “Ojalá nos veamos pronto”.
Hoy sólo espero que la Academia sueca no entregue nunca el Premio Nobel a Medina; él no lo merece y creo que no iría nunca a recibirlo; pero temo que dentro de pocos meses lo vea por la calle y me dé un puñetazo. Sé que mi vida es bastante circular y nadie sabe cómo tratan los escritores a sus lectores. Además, no sería bueno para mí que otro Nobel me trate mal. Y menos Medina.
Yo aprendí mi lección: ya no llevo grabadoras y evito cualquier saludo con los célebres. Durante el IV Congreso de la Lengua española, Gabo estuvo muy lejos de mí como para que me golpeara; pero esa vez fue un policía quien me aleccionó por tratar de acercarme más de lo debido. Creo que el problema está en querer ver más de lo permitido. Sé que los Premios Nobel no han tenido buenas relaciones conmigo y por eso ya no los leo. Son perjudiciales para mi salud.
Media hora después estábamos leyendo el libro de Cardenal, y ya con algunas monedas en el bolsillo decidí comprar el mismo ejemplar. La chica que me atendió me dijo que los libros habían sido llevados a El Gran Hotel, y que si quería un ejemplar era necesario ir hasta allá y preguntar por el dueño del local.
Camino al hotel tuve que sortear patrullas de policía, prostitutas, revendedores de boletas (Nacional jugaba al día siguiente la final del fútbol colombiano contra el Independiente Santa Fe), jíbaros, punks… Toda una jungla de gente extraña. Ya en el hotel, tuve que esperar a que el dueño de los libros bajara de su habitación; y fue en ese momento, mientras caminaba para hacer tiempo, cuando vi a Wole Soyinka en el lobby, solo, sin cámaras cerca de él, sentado en uno de los sofás y leyendo un libro. Sin dudarlo, fui hasta donde estaba y, con un pésimo inglés, me presenté y le confesé que, entre otras cosas, había ido a Medellín porque quería escuchar sus poemas. Del inglés saltamos al francés, y en ese idioma confesó sentirse contento por tener tantos conocedores de su obra en un país como el nuestro. Minutos después llegó otro de los invitados al Festival y le anunció que ya era hora de hacer su presentación en La Playa. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos y con la promesa de hablar en otra oportunidad.
Dos años y medio después, el jueves 25 de enero de 2007, volví a verlo en Cartagena de Indias. Había sido invitado al II Hay Festival y esa noche leyó de nuevo varios poemas en el Teatro Heredia. Hice guardia a la salida, armado con una grabadora de periodista, y de nuevo lo saludé. Cuando vio que iba a entrevistarlo giró sobre sus pies, estiró su largo brazo izquierdo y dijo: “Ya estoy cansado de hablar, yo ya no quiero decirle nada a ningún periodista. Déjeme solo, por favor”. Le dije que eran solo tres preguntas, que no lo ocuparía por mucho tiempo, y de nuevo me empujó. “No”, dijo de nuevo. Confieso que me dio mucha rabia recibir ese trato; salí lanzando insultos a cada esquina y me senté en un lugar cualquiera, esperando que pasara la noche.
Tres horas después lo vi en una carroza junto con un joven rubio, con sus caras a muy pocos centímetros de distancia, hablando de tú a tú. Fabián, quien me había prestado la grabadora, dijo en medio de risas: “Ay, Chucho, a ti no te empujó un Premio Nobel, te empujó un negro marica”. Nos reímos por varios minutos y eso me calmó bastante. Luego fuimos por unas cervezas y caminamos por el Centro Histórico de Cartagena. A las tres de la mañana fuimos a Quiebracanto, uno de los bares de salsa más conocidos de la ciudad. En medio de la cantidad de turistas había un morocho alto, con camisa de flores, bailando con varias mujeres mientras sostenía un vaso de Whisky. Era Efraim Medina. Lo saludamos y nos ofreció un trago. Nos dijo que era necesario conseguir novias gordas porque ellas pagaban todo, que no nos fijáramos en la estética. Nos despedimos de él y nos dijo: “Ojalá nos veamos pronto”.
Hoy sólo espero que la Academia sueca no entregue nunca el Premio Nobel a Medina; él no lo merece y creo que no iría nunca a recibirlo; pero temo que dentro de pocos meses lo vea por la calle y me dé un puñetazo. Sé que mi vida es bastante circular y nadie sabe cómo tratan los escritores a sus lectores. Además, no sería bueno para mí que otro Nobel me trate mal. Y menos Medina.
Yo aprendí mi lección: ya no llevo grabadoras y evito cualquier saludo con los célebres. Durante el IV Congreso de la Lengua española, Gabo estuvo muy lejos de mí como para que me golpeara; pero esa vez fue un policía quien me aleccionó por tratar de acercarme más de lo debido. Creo que el problema está en querer ver más de lo permitido. Sé que los Premios Nobel no han tenido buenas relaciones conmigo y por eso ya no los leo. Son perjudiciales para mi salud.
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