7 de octubre de 2010

EL HAMBRE

Algún día tenía que pasarme eso de irme a la cama sin comer. Hace poco volviendo a ver Novecento casi lloro cuando el campesino que se cercena la oreja en señal de protesta porque el patrón le recorta a la mitad la paga debido a la mala cosecha, lleva un puñado de polenta a la casa, los hijos agarran una manotadita la mastican y luego le piden más, el campesino los lleva afuera y les dice “Les voy a hacer olvidar el hambre” Y se pone a tocar la flauta y los niños enternecidos miran con ojos de admiración al mutilado de su padre. Bueno, yo estoy peor que esos niños porque para distraerme tan solo tengo un televisor, es lunes en la noche, no hay un solo partido, tan solo propagandas, el hambre me hace ver la crueldad de la televisión, todo el tiempo te están haciendo dar antojos de comerte un jugoso pedazo de carne, o un helado o la mas deliciosa de las mujeres. Desalentado apago la televisión y me sumerjo de nuevo en los libros del pasado pero hasta ellos te abandonan cuando tienes hambre. No hay un momento en que estés mas solo que cuando tienes hambre.
Una serie de circunstancias me llevaron a experimentarla. Me alejé de todo el mundo desde hace varios meses, cansado del dolor que ya me producía Buenos Aires. Me vine a un pueblo a unas cuantas horas de la urbe, renuncié a todo y dije “Me internaré a escribir dia y noche” Bueno, uno puede vender artículos pero se demoran para pagar, se demoran como dos meses para pagarlos y para nadie es un secreto que no es que paguen mucho. Escribí muy bien dos meses y al tercero la depresión volvió a sacudirme, entonces decidí encerrarme todavía más y me metí en un cubo donde no entraban ni la luz ni las noticias, cuando decidí abrir el cubo encontré que mis arcas estaban completamente vacías. Me arrastré por el suelo como una sabandija y logré juntar dos pesos en monedas de diez centavos que se me vinieron regando en cada una de mis borracheras. Fui a la tienda y compré huevos y pan. Alguien trajo en días mejores un poco de café así que me dispuse a hacer la que sería mi única comida en dos días. Lamentablemente confundí el azúcar con la sal y tuve que tomar el café salado y los huevos dulces. Me reí de la desgracia y por fin con la poca fuerza que tenía me senté a terminar  Maestros Antiguos de Bernhard, un libro que sin duda no te ayuda para nada, que te hunde pero bueno, yo quería jugar al buso, quería palpar las algas que reposan en ese océano que es mi depresión.
Me gustan todos esos libros donde la gente pasa hambre, recuerdo que en Trópico de Cáncer Henry Miller odiaba a su compañero de cuarto porque disimuladamente bajaba a desayunar al restaurante de la esquina solo, mientras a él dos gatos le maullaban desde adentro del estómago, volvía Carl con su aire orondo, jugando con su maldito mondadientes y sacándose pedazos de carne que con gusto volvía a meterse en la boca. Pero era París en los años treinta man, donde todo el mundo era pobre y miserable  la guerra no había aplastado aún los sueños de la bohemia. Ahora no existe eso, ahora los bohemios han pasado a ser unos miserables indigentes, se necesita mano de obra barata loco, mano de obra y que sepas construir esos edificios de trescientos pisos que están haciendo a la orilla del río. Vendrán hasta tu casa, te arrancarán la camisa y te llevarán a latigazos a donde construyen los edificios de plata, no voltees porque te dolerá ver como queman tus libros, como el fuego carcome la madera de tu casa.
Necesito más libros donde la gente pase hambre, ya me cansé de la historia de este crítico de arte millonario y amargado, viudito de mierda que te diviertes insultando a la gente que pasa de noche por el frente de tu balcón. Bernhard es un tipo insoportable un austriaco nazi más de los que el tanto dice odiar, una señora cancerosa que pasa sus últimos días en Mallorca no puede ser tan bravo como dice ser, lo enterraron por voluntad propia encima de un matrimonio, que locura Bernhard, que machote que eres. Al que le creo es a Celine, vivía en los suburbios de París, al lado de gitanos, de un caño que olía vísceras de rata, con sus perros furiosos que olían peor. Odiado por todo el mundo, de cuando en cuando algún escritor norteamericano iba a visitarlo a su cambuche a tomarse fotos con el gran Celine, él no decía nada tan solo abría la boca para darle la orden a sus perros de que atacaran al intruso. Y todos esos escritores americanos llegaban sin un pedazo de pan, sin saber si Celine tenía tiempo para ir al banco a reclamar el cheque que le daban sus regalías.
En todo eso me quedo pensando para ahuyentar el hambre. Ya al menos no hace frío si no estaría sepultado bajo un manto de escarcha, hace unas semanas la estufa ha dejado de funcionar. La había agarrado de cenicero y las muchachas si me decían que si seguía haciendo eso iba a tapar sus conductos pero yo no acostumbro a hacerle caso a las muchachas, mi vocación a la autodestrucción me lo impide. Si quieres ser feliz solo asiente a todo lo que ellas te dicen. Las mujeres nunca pasan necesidades a no ser que se dejen embarazar. Viven siempre bien, los gays también viven bien. El problema lo tenemos los hombres que somos demasiado brutos. Me gasté la plata comprando películas que no me voy a poder llevar y libros que nunca voy a leer. ¿Para que quería todo ese teatro de Euripides si ya después de ver la Medea de Pasolini no tenía necesidad de saber nada más de hechiceras? La bruja mayor, la que asesina a los hijos, la sicopata histérica y celosa, hecatea con una vulva golosa ¿No son todas asi? No dejes la casa sola que matarán a tus hijos, necesitan la sangre para hacer el conjuro. No hice caso y empezó a oler a quemado, al principio me olía un poco a marihuana creí que los viejitos de la finca de al lado les habían recetado la hierba para combatir el dolor del cáncer de páncreas, incluso me había puesto los zapatos para cruzar la cerca y amenazarlos con un cuchillo, quitarles toda la ganya y obtener la paz que necesito para poder dormir y olvidarme del hambre, pero no fue asi, era el calentador que se estaba quemando, lo entendí solo cuando vi que la casa se llenaba de un espeso humo negro.
Sin esperanzas consulté el estado de mis cuentas, en una podía sacar diez pesos pero lamentablemente en esta época de escasez mundial a los cajeros les había dado por ser exigentes y no soltaban sino cifras superiores a cien pesos. El tren que va de La Plata a Buenos Aires siempre lleva gente que carga algunas monedas, si pudiera falsificar alguna receta, algún certificado médico y decir que soy portador de VIH pero no era capaz. Me da miedo hablar en público, lo tuve que hacer en la ceremonia de graduación del colegio, estaba tan contento, tan agradecido de que me hubieran graduado a mis 23 años que tenía que dar ejemplo y subirme al estrado y decir todas esas cosas de las cuales me arrepiento. Pero de ahí a pedir monedas para hacerme un caldo..no se si podía hacerlo.
Me bañé y me vestí impulsado por el hambre. Al salir vi que todo era comida y eso es verdad por donde quieras que pasas ves comida, cascaras de naranja, gente comiendo apurada un pan con salchicha, media lunas exhibidas en las panaderías, perros peleando por un hueso de pollo. Cerré los ojos y aspiré hondo. Al frente estaba  la estación, tenía claro lo que iba a decir, el sarcoma que devoraba mi piel, la diarrea que no paraba, si me preguntaban porque aún estaba gordo les diría que era por los anabólicos que me había recomendado un acupunturista chino que al fin y al cabo me había estafado. Iba a subirme al tren cuando vi a un policía, entones temoroso decidí dar la vuelta y volver a la casa.
Y acá sigo, buscando colillas en el jardín, disolviendo el poco tabaco que tienen y haciendo nuevos cigarrillos con ellas. Queda suficiente café, esperaré en que alguien toque la puerta, las muchachas tienen que volver por sus peines, los han dejado. Ojalá se les haya olvidado mis ofensas.

2 comentarios:

Cuesta dijo...

viejo man...rudo y visceral...saludos y buenos proximos bistecs

subcopetón 0 dijo...

ioga, eres de los nuestros

te extrañamos on lime

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