31 de enero de 2012

TERROR EN AMITYVILLE.

Sacudido por las voces que desde semanas atrás lo atormentaban, Ronald Defeo se levantó la noche del 12 de noviembre de 1974 con ganas de matar a su familia. Cargó un viejo rifle, subió la escaleras e hizo estallar como globos de helio la cabeza de sus papás y sus tres hermanos menores. Se inventó una coartada mediocre y al cabo de unos pocos días su confesión reposaba en la comisaría de Amityville.
Un año después una joven familia ocupó la lujosa casa victoriana, aprovechando el peso de ganga que la agencia inmobiliaria le ofrecía. Desde la primera noche las malas vibraciones que habían dejado Ronald y su rifle impidieron que los cinco integrantes de la familia Lutz pudieran dormir. Un extraño insomnio los invadía. Al tercer día con los ojos reventados decidieron llamar al cura de la localidad pero cuenta la leyenda que el sacerdote y su ayudante no pudieron ni siquiera entrar a la casa porque una fuerza oscura los expulsaba. 20 días vivieron los Lutz en la hermosa y tenebrosa mansión. Fueron los últimos habitantes que la ocuparon.

Desde entonces la enorme casa ubicada en él número 112 de Ocean Avenue ha sido objeto de un morboso culto, cimentado por supuesto por el libro de Jay Anson. Este oscuro personaje siempre al borde de la bancarrota aprovechó los asesinatos para realizar una investigación algo amañada que buscaba sin duda vender a como diera lugar el mito de que la casa estaba embrujada. En poco tiempo se convirtió en Best- Sellers. En 1979 impulsados por el éxito del libro los estudios realizan la versión cinematográfica a cargo de Stuart Gordon y protagonizada por James Brolin, Margot Kidder y el gran Rod Steiger. Fue un gran acierto artístico y de taquilla, la película aún sigue teniendo una atmósfera inquietante y no llega a ser superada por el remake hecho en el 2005, siendo esta uno de esos raros filmes donde en tres o en cuatro secuencias logras salir disparado de la butaca del susto que te da.
Pero esta nueva versión de Terror en Amityville se ve afectada por el abuso, después de la segunda mitad del filme, de efectos digitales. Si tan solo lograra mantener el suspenso a base de la espera, de la zozobra, si jugara un poco más el director con nosotros como si fuéramos ratones acechados por un gato gigante, esta Amityville hubiera superado con creces a su antecesora.
Sin duda es un filme que te va a entretener y asustar, ideal para verla un sábado en la noche si la vecina de al frente te ha dejado plantado o incluso estaría bueno invitarla, comprar unas cervezas, sentarla en el sofá a tu lado y esperar que ella venga a ti a abrazarte. Eso va a ser inevitable. Desde Sexto sentido no veía algo que me asustara tanto, que me hiciera gritar y sentir que el cine también se puede convertir en una montaña rusa. En algunos momentos el miedo puede llegar a ser intolerable y solo esperas bajarte, pero lamentablemente ese miedo se va disipando por la tentación en que cae el director el inexperto Andrew Douglas, hasta terminar pues en un final ridículo y convencional, como si toda esa seguridad e inspiración con la que condujo los primeros minutos se hubiera disipado en el último tramo por puro y físico cansancio.
El terror es un género difícil como pocos y no existe nada mejor que descubrir un filme que te asuste. La versión de 2005 lo logra en varios tramos de sus 90 minutos. Si la encuentran en televisión déjense abandonar al placer culposo de ser asustados y sometidos a cosas que simple y llanamente no existen. Si encuentran la primera versión de 1979 abandonen todo lo que estén haciendo y sométanse a visionar una gran película.

29 de enero de 2012

HAY FESTIVAL ¿DE QUE?

El Hay festival está diseñado para que las señoras bien disfruten de un momento de esparcimiento. No importa como se llame el autor, si Diego Luna, Bob Geldorff o John Leguizamo, no se sabe bien porque se llama festival literario pero hay que estar allí. Se hacen largas filas en torno al Getsemaní ancianas emperifolladas agarradas de la mano de sus nietos, siempre proclives a la literatura y la alta gerencia, atestan el auditorio para aprender de la mano de un actor o de una estrella de Rock como es el mundo literario al que ellos siempre aspirarán.

Todos los festivales son detestables, pero lo es más uno donde se leen en voz alta poemas escritos en lenguas desconocidas. Todos los festivales son insoportables pero uno donde el plato fuerte sea Carlos Fuentes lo es más. Este adefesio del boom, aspirante a político entretiene a las abuelas Lemaitre de Cartagena con su discursos a favor de la despenalización de la droga, sobre la situación de Chiapas, sobre la contaminación, habla de todo menos de la literatura, esa vieja enemiga que el se ha encargado de apuñalear una y otra vez.
Los corresponsales afirman que Cartagena está de fiesta, que poco a poco se perfila como la Atenas del Caribe, mientras que en el barrio Mandela diez niños esta mañana murieron ahogados entre su propia mierda. Las aguas cloacales y las ratas son limpiadas en los alrededores del Getsemaní y la ciudad amurallada, no vaya a ser que una de las Santodomingo pise mierda en un día de sol, el sol que todo lo seca y lo pudre. El sol que destruyó al pirata Morgan.
Como piratas están allá todos los que no se leen un libro en el año y vienen a beber alguito de cultura de la mano de Diego Luna y John Leguizamo. Obtener las gotas de sabiduría necesarias para empezar el año bien, con la conciencia tranquila. Abrir la oficina en la bolsa de valores de Bogotá y ser un profesional a carta cabal, un tipo que sabe de todo, incluso de libros, los inapreciables libros, los desconocidos libros.
Cartagena, una de las ciudades con más actividad cultural del Caribe, posee unos índices de analfabetismo solo comparables a las ciudades de la edad media. En la mayoría de sus barrios la pobreza y la ignorancia cabalgan de la mano ante los ojos cómplices de las autoridades locales. En la ciudad amurallada se refugian todas esas abuelas que cansadas del frío van a pintar naturalezas muertas desde los balcones donde alguna vez Marlon Brando, Franco Nero y Francis Drake desvirgaron negras. Para ellas están hechos los festivales de música y los literarios que se realizan en esta ciudad. Para el mortecino pueblo estas “Rarezas” están prohibidas. Cartagena sigue siendo una ciudad tomada, una meta-ciudad es la que se esconde detrás de Boca Grande y sus traquetoides construcciones, detrás del Hotel Caribe y toda su cultura, se esconde la verdadera historia de las ciudades colombianas desmembradas por el hambre y la más salvaje de las violencias.
Que se haga alarde en los noticieros, en los periódicos y en los blogs literarios del Hay Festival no es más que cinismo, puro y físico sadismo. Vean nada más quienes entran a estos espacios donde un estúpido que fue actor de reparto en una película de Kevin Costner puede estar habilitado para leer una proclama. Estupidez pura, crueldad exacerbada , ignorancia supina. ¿Por qué hay Festival?

27 de enero de 2012

TEMPLE DE ACERO. EL RESURGIR DE UN GENERO


Con reticencia me senté a ver la película de los Coen. La había esquivado desde su estreno hace un año por lo desagradables que me habían parecido las laureadas Sin lugar para los débiles y sobre todo la insoportable Un hombre serio. Estaba preparado para vivir una de esas tramas frías, hechas como para ganar en Berlín donde no pasa nada, donde los silencios pueden llegar a ser exasperantes. Bastaron mas que un puñado de minutos para que ya estuviera al filo de la butaca, identificándome plenamente con los personajes y sobre todo viviendo el cine con la emoción que se puede vivir un partido de fútbol.
Temple de acero es ante todo una experiencia cinematográfica, una película perteneciente al primer género de todos, el western, el gran aporte mitológico de la cultura norteamericana al mundo. Sin embargo la gran mayoría cree que el género es un burro podrido tostándose al sol y desde que en 1992 al maestro Eastwood realizó Unforgiven pareciera que nadie lo iba a sacar de la tumba. Los Coen retoman un clásico de 1969 inspirado en la novela homónima de Charles Portis y protagonizada por John Wayne, quien por su papel de alguacil recibió un Óscar y dirigida por Henry Hathaway.
Por increíble que pueda sonar este remake supera con creces a su predecesora. La clave está en que los Coen releyeron la novela y se dieron cuenta que la fuerza de la historia residía en la extraordinaria fuerza interior de Mattie Ross, la niña que al ver como temible Tom Chaney asesinó a sangre fría a su padre decide tomar venganza por su propia cuenta, contratando a un alguacil medio borracho, medio loco, con un solo ojo pero con temple de acero. Un hombre de la ley que se ha cargado a más de veinte tipos y que aceptará por cincuenta dólares perseguir a Chaney quien cabalga con la banda de su viejo enemigo, el suertudo Ned.
Entonces esos personajes cobran vida ante ti y no puedes dejar de sentir afecto hacia ellos. Son todo lo despiadados y crueles que pueden ser en esa tierra hostil. Para conquistar un territorio debes ser despiadado. Mattie Ross está sola entre lobos pero su férrea voluntad, su temple de acero la ayudará a soportar las adversidades. Desde que Luc Besson descubrió a Natalie Portman en El profesional no veíamos una aparición tan rutilante, tan esplendorosa. Es que Hailee Stenfield, como Jodie Foster en Taxi Driver disputándole escenas a Deniro, tiene la capacidad de disputarle escenas a tres actores maravillosos como son Matt Damon, Jeff Bridges y Josh Brolin. Todo con catorce años. No existe género más misógino que el western. Hace poco llevándole la contraria a una feminista que se ofendía por el tratamiento que le daban cineastas como Ford o Peckinpah a las mujeres en sus películas le puse Erase una vez en el oeste de Sergio Leone. Recordaba que en el filme Claudia Cardinale tiene que hacerse cargo de un terreno apetecido por una poderosa banda criminal. Lo que no me acordaba es que el guion hecho a seis manos por Bertolucci, Argento y Leone iba convirtiendo en el transcursos de sus 140 minutos a la Cardinale en poco menos que una prostituta. Al final ella sería una figura de cartón sepultada por los rostros de Jason Robards, Henry Fonda y Charles Bronson. La interpretación de la Stenfield es magistral y en todo momento la estamos mirando a ella, nos concentramos en sus expresiones, es sus frases desafiantes y no podemos hacer otra cosa por sufrir por ese cordero rodeado de lobos, un cordero que tiene como única arma su valentía.
En muchos momentos no sientes que estás viendo un western sino un cuento de hadas donde una pobre princesa a cuyo padre han matado debe enfrentarse a temibles y poderosos monstruos. Para ello los Coen logran crear una atmósfera casi que onírica. Ese ahorcado subido en un árbol altísimo y picoteado por los buitres no es otra cosa que la imagen de un sueño, al igual que el indio que vende el cadáver a un dentista obeso, de barba larga y cubierto con una piel de oso que lo compra solo para experimentar con sus muelas.
Una obra maestra se define en esos detalles, en esos momentos y Temple de acero los tiene por montones, como esos tres hombres condenados a la horca y que nos los presentan en sus últimos momentos, justo cuando dicen sus últimas palabras. O los tres cadáveres expuestos al frío después de que Jeff Bridges con su único ojo les haya apuntado desde el risco de una colina. La violencia siempre está presente en esta película, una violencia que es como la de Scorsese absolutamente poética.
Los Coen con esta película demostraron ser capaces de resucitar el más cinematográfico de los géneros, el western. Esperemos que lo último de Tarantino, ambientado también en el oeste terminé de reafirmar que después de décadas de estar dormido el western se ha despertado, cargado de una infinidad de historias dignas de ser contadas

26 de enero de 2012

EL CENTRO DEL MUNDO De Wayne Wang.

Hasta anoche no había podido ver ninguna película de Wayne Wang. Se que para muchos es un genio absoluto y conozco amigos que han encontrado en Smoke la justificación perfecta para su cáncer de pulmón. Esculcando en Netflix encontré El centro del mundo una película donde tuvo que ver en la escritura del guión el sobrevalorado escritor Paul Auster y su esposa, la talentosa Siri Huvstedt. Como en la gran mayoría de películas independientes norteamericanas tiene algunos momentos insufribles. El hecho de que se haya hecho en video tan bien me molesta terriblemente. Soy alérgico a las pantallas granurientas. Sin embargo la historia no deja de tener interés. Uno de esos nerds veinteañeros que a finales de la década del noventa se hicieron millonarios con algún programa de internet se ha internado en una suite de las vegas con una hermosa nudista. Para acceder a ella tuvo que desembolsar 10.000 dólares. La nudista interpreta por la hermosa y desconocida Molly Parker acepta con varias condiciones. Que se olvide el veinteañero de penetraciones o felaciones, ella puede trabajar en un club nocturno pero puta no es. Y lo otro es que el baile erótico solo se puede efectuar entre las diez y las dos de la mañana.
De más está decir que las reglas no tardarán en romperse y que incluso contrario a lo que le había sucedido anteriormente, Molly Parker ha empezado a enamorarse de su cliente. Y es que este la trata bien, casi como si fuera la chica del barrio a la cual se le dejan flores en la puerta. Ella trata de ser fuerte, de imponer su profesionales, pero no puede evitar creer en que el amor de él es de verdad.
Si bien nunca más la volveré a ver por su tufillo independiente insoportable, El centro del mundo tiene momentos verdaderamente poéticos, por ejemplo cuando ella cuenta su experiencia como cerrajera de autos, la historia del viejito encerrado “Que al salir del carro estaba tan deshidratado que se tomó cuatro vasos de agua” o de la señora que creía que su perro iba a morir porque llevaba dos horas encerrado en su Dodge del 79. El rostro pecoso y perfecto de Molly Parker es otra buena excusa para ver esta película.
De resto es la misma cámara casera jugando al underground. El mismo aburrimiento sofocante. Uno puede entender que Wang haya visto en este proyecto una trinchera ya que venía de hacer Anywhere but here, un vulgar melodrama hecho con la única finalidad de que JLO mostrara el culo. Por eso sigo con las mismas ganas de ver Smoke y Blue in the face porque es casi seguro que la aburrida El centro del mundo no es su película más importante.

DORMIRE CUANDO ESTE MUERTO De Mike Hodges. La pelicula de un viejo sabio

Davey es el chico que queremos ver después de las diez de la noche. En su chaqueta de cuero guarda los paraísos artificiales. Si tienes una rumba que amenaza con estar buena no es mas sino llamarlo a él y te resolverá todos los problemas.
Davey es el chico que queremos ser después de las diez de la noche. Tiene pinta, recursos. Las mujeres se mueren por el. A pesar de lo peligroso de su trabajo los distribuidores lo respetan, además ¿Quién se metería con el hermano del hombre más temido de la ciudad? Así Will ya no esté en Londres su leyenda es tan fuerte e imperecedera que los malos saben que si a Davey le tocan un pelo Will volverá del ostracismo con una espada en la mano.
A Davey eso de dormir no va con él. En la noche todos se derriten con su presencia. Sale de una fiesta donde le acaba de vender a una modelo un poco de heroína. Se sube a un taxi medio pirata. Dentro del auto suena algo de John Coltrane. Davey disfruta del viaje. El taxi así no tenga permiso es el mas divertido de Londres. Lamentablemente a las pocas cuadras sufre un desperfecto. “Tienes que llegar a tu destino a pie” Se baja del auto camina. A los pocos metros unos hombres de corbata le hacen una emboscada. Lo meten en un depósito perdido en un callejón, lo agarran fuerte de los brazos. De espaldas a él el gran Malcolm McDowell se baja los pantalones y penetra una y otra vez al divino Davey.

Tambaleando sale en la madrugada. Llega hasta su casa. El gran Davey ha sido follado por el ano. ¿Quién puede vivir con esa humillación? Llena la bañera, se mete con todo y ropa, agarra la navaja de papá, la abre y se pasa el filo por el cuello. En la mañana lo encontrarán bañándose con su propia sangre, como si fuera Erzhebet Bathory, completamente muerto, por fin dormido.
Dormiré cuando esté muerto es la décima película de Mike Hodges, un veterano director inglés que se hizo famoso a principios de los setenta con su Get Carter revelándose de entrada como un maestro del cine negro. Esas características que lo convirtieron en un director de culto vuelven a aparecer en este filme de 2003, cargado de actuaciones intensas como la de Clive Owen. De la mano de Hodges, Owen se convirtió en la estrella hollywoodense que es hoy en día. Llamó la atención de la crítica en la película del 2002 Croupier y acá haciendo de Will, el enigmático gangster que decidió retirarse del negocio y perderse en la provincia inglesa haciendo trabajos tan desgastantes y mal pagos como cortar árboles, Owen terminó de consolidarse internacionalmente. Y eso que Dormiré cuando esté muerto fue un fracaso de taquillas, una película que en países como Argentina llegó directamente a video. Will como uno de esos cantantes de blues malditos de los veinte decidió pagar sus culpas renunciando al Shampoo, a las mujeres, al lujo desmesurado que puede tener un mafioso en Londres.
Ahora que se ha quedado sin trabajo ha vuelto. Se ha encontrado con la noticia del suicidio de Davey. Él sabe que hay algo más, por eso obliga a una segunda autopsia y hay descubren que horas antes de morir el joven dealer ha sido sometido a una severa sodomía. El guion no da muchas vueltas para hacer que el protagonista descubra lo que nosotros vimos, que Malcolm McDowell fue el hombre que perpetró la violación. Will busca su traje elegante, se corta el pelo y la barba, le pone el silenciador a su nueve milímetros y busca en su lujosa mansión al sodomita. Con el arma apuntándole en la frente le pregunta ¿Por qué? Entonces aparece el Mcdowell que todos añoramos, el hombre que es capaz de manejar todos los músculos de sus rostros “ Me ofendía viéndolo ser el reino de la noche, follarse a quien quiera, traficar con drogas como si Picadilly circus fuera el patio trasero de su casa”. Will le dice que no lo matará ahora, que posiblemente volverá la próxima semana, en un mes. “Ahora tendrás que vivir con esa incertidumbre” Cierra la puerta. Mcdowell se queda llorando por su perro muerto. Will se arrepiente, se devuelve. El ángel de la muerte ha vuelto tan pronto que la puerta de metal no se había terminado de cerrar.
Con el maravilloso Jonathan Rhys-Meyers como el magnífico Davey y la enigmática Charlotte Rampling como la amante de Will, un silencioso y contenido Clive Owen y McDowell siendo un poderoso hombre de negocios, un padre de familia excelente pero que tiene la poco recomendable costumbre de impartir justicia con su verga, son dirigidos de una menera extraordinaria por un hombre que conoce su oficio a la perfección.
Dormiré cuando esté muerto es cine negro a pesar de que rompe con todos los estereotipos del género. No esperes Femme Fatales, ni detectives. Las reglas están hechas para quebrarlas y eso lo tiene claro un viejo sabio como Mike Hodges.
Para los interesados la película se está rotando este mes por Cinecanal.

25 de enero de 2012

TOCAR EL PIANO PARA NO MATARSE. Apuntes sobre el Malogrado de Thomas Bernhard

Era un hombre que amaba el piano y buscaba ser el mejor intérprete del mundo. Supo que en el Mozarteum impartía clases el maestro Horowitz. En pocos meses dominaba el instrumento a su antojo. Era el inicio de una gran carrera. Dedos expansibles, el alma como un receptáculo donde se vertía toda la sabiduría de Johan Sebastian Bach, de Chopin pero sobre todo de Bach. Siempre Bach. Así que llegó un canadiense muy joven, muy pequeño. Un hombre que se cuando tocaba se achicaba pero todos los sonidos del mundo se compilaban en ese gesto de contención que era su joroba, su cabeza gacha, la costumbre de cantar cada nota. Nunca nadie había tocado como él. No necesitaba de Horowitz, no necesitaba de nadie. La música estaba contenida en él. Bastaron unos pocos conciertos para que Glenn Gould se convirtiera en el mejor pianista del mundo. Parecía que al tocar las Variaciones Goldberg las volviera a crear. Cada vez que se sentaba frente al Stenway todas las melodías que pasaban por sus dedos largos eran suyas. Nadie había tocado así.
El pobre Wertheimer tuvo la desgracia de ser contemporáneo de ese canadiense feroz, de ese hombre que hizo del piano su vida. A penas lo escuchó decidió reglarle el piano a una mujer que no sabía tocarlo. Su amado piano ahora viviría el infierno de ser tocado por alguien que no sabe. Decían que los saxofonistas arrojaban su instrumento al río cuando escuchaban tocar a Charly Parker. Un piano es muy pesado para ser arrojado por un solo hombre al mar, por eso lo mejor es olvidarse de él o agarrar un hacha y hacerlo astillas y meter esos pedazos de madera inconexos en la chimenea y refugiarnos en el calor alentador que despierta la hoguera.
Muchos años intentó Wertheimer de vivir en un mundo habitado por Glenn Gould. Era su amigo, el único hombre que el músico frecuentaba. Lo odiaba, era todo lo que no había podido ser. Decidió dedicarse a la filosofía, pilas y pilas de hojas manchadas con su letra. Palos de ciego que no iban a ninguna parte. Pobre desgraciado, intentar conseguir con la pobre escritura lo que podía obtener de su piano, ráfagas de lucidez, monólogos divinos. La voz muchas veces está en la yema de los dedos. Gould después de dar cincuenta conciertos decidió no dar más. Le parecía una aberración, sentirse un poco como un mono de feria. Mejor encerrarse, hacer de su apartamento en las afueras de Nueva York una jaula, una prisión autoimpuesta. El y el instrumento en una orgía perpetua, el y Bach solamente. Nunca le interesaron los hombres y esa fue la amargura con la que tuvo que vivir Wertheimer al ser contemporáneo de Gould, saber que habían otros intereses, que existía gente andando por la calle, gente horrible y miserable pero que a él podía interesarle más que su viejo Stenway. Mejor pensar que se es filósofo y no vivir pensando en que se puede aspirar a ser pianista después de haber escuchado a Glenn Gould.


Wertheimer, la promesa del piano, el alumno preferido de Horowitz después de compartir clase con Glenn Gould no fue otra cosa que un malogrado. Vivió años con ese dolor, vivió hasta que supo que en su jaula había caído frente a las teclas victima de una apoplejía fulminante el gran Glenn Gould. Organizó una fiesta en su antiguo castillo, llamó a toda esa gente del instituto que tanto odiaba, mandó a pedir un piano, el más desafinado que tuviera, el mas espantosamente amateur que pudieran tener en la tienda. Lo hizo poner en su sala y empezó a interpretar otra vez a sus ídolos muertos, era horrible el sonido que destilaba el instrumento. Sus invitados se iban volviendo locos, ver a ese hombre aporrear las teclas de esa manera. Ese maldito sonido que carcomía los oídos. Se quedaron dos semanas en el castillo, viviendo a expensas de Wertheimer pero soportando su sonido. Después de que se fue el último invitado el malogrado buscó un árbol y se colgó.
En El malogrado Thomas Bernhard vuelve a dos de sus obsesiones: la imperfección del arte y la mediocridad de Austria. Mucho antes que Vallejo en Bernhard encontramos un heredero digno de Celine. Su prosa es un grito de amargura, cinismo y humor, atributos que no se pierden en sus obras de teatro.
Un libro maravilloso que nos acerca a una de las figuras mas enigmáticas del siglo XX, el pianista canadiense Glenn Gould, visto a través de los ojos de un hombre que buscaba tocar el piano como los grandes no por amor a la música sino por tener la habilidad y el gusto de un autómata funcionando a través de su máquina de movimiento perpetuo. Wertheimer tocaba el piano para no matarse pero que al final no puede resistir la tentación de verse con el cuello roto y las piernas suspendidas en el aire como si hubiera empezado a flotar.

24 de enero de 2012

CONFESIONES DE UN ARBITRO

Era en las canchas de atrás que nadie usaba, al lado del colegio Santander. Para entrar estando en la Universidad había que pasar una malla rota. La ciudad terminaba allí. Todo lo fraguaron Chohuan el anarco y su combo de freaks, los mismos que parchaban en las ruinas de un laboratorio de química, lejos de la Perla y de los hombres. Chohuan era condigo 90 o 91. Llevaba más de trece años en la universidad. Nunca tenía un peso, era la llevadez total, el símbolo de lo underground. Zapatos rotos, pelo grasiento, los ojos continuamente irritados. Muchos decían que Chojuan dormía en la universidad.
En las ruinas del laboratorio de química surgieron muchas ideas. Se concretaron algunas tomas de la universidad, muchas memorables como aquella del 2004 donde tuvimos el gusto de estrenar el uniforme robocopiano con el que la policía trataba de aniquilarnos. Pero la mejor idea que se le ocurrió a Chojuan fue la de hacer el campeonato de fútbol para burros.

El lugar elegido para el evento era por supuesto el más apartado de la UIS. Las canchas de pasto que nadie usaba. La cita era los viernes y sábado después del medio día. Llegaban burros de todas partes de la ciudad no solo a jugar sino a ver, a consumir, a comprar. Una nube de humo cubría la cancha. Se jugaba entre la niebla que destilaban los porros. Entre el barro de lluvias nocturnas, bajo un sol calcinante. No importaba las condiciones climáticas, nadie faltaba a la cita.
Se formaron nueve equipos que luchaban por conseguir la copa y el premio mayor. Un kilo de marihuana. Nunca he visto un kilo de vareta, los que lo han hecho me han contado que es una de las experiencias más reconfortantes que baretero alguno pueda tener. Es como para un amante del arte conocer el Louvre. Yo no lo pude ver.
Y eso que era fiel a la cita. Cada viernes y sábado estaba allí. Nunca jugué aunque una vez tapé un partido con mucha dignidad, caímos dos cero contra el equipo más poderoso y malicioso de todos. El que comandaba James Petterson. No se de donde coño salió esa gonorrea pero de la UIS no era. Jugaba muchísimo, era alto como Giovanni Moreno y sumamente habilidoso. Cuando echo el cuento no me creen que en el campeonato habían buenos jugadores, jugadores que lamentablemente jamás pasarían un examen anti-doping.
Mi asiduidad y mi impotencia futbolística me llevaron a ser el árbitro oficial de la copa. Chojuan lo era pero para un anarquista es una contradicción ser juez. Así que me postulé. Entre todos mis pecados tengo que confesar el peor de todos: disfruté siendo un árbitro y he buscado infructuosamente en los últimos ocho años la oportunidad de volver a impartir justicia. Me encanta juzgar, tomar decisiones casi que con arbitrariedad. Ser un dictador, un hijo de las mil putas.
Expulsé a muchos y estoy convencido que mas de un burro me tenía respeto. El arbitraje es sin duda el último refugio de los cobardes. Sacaba a diestra y siniestra rojas, amarillas. Cobraba penaltis, tiros de esquina y saques de banda con la facilidad con la que Chávez promulga leyes en Venezuela. Protestar cualquiera de mis decisiones significaba para el jugador una amarilla segura.
No importa o vibrante y áspero que fueran los partidos al final nos reuníamos detrás de los arcos para pegarlo y quemarlo como se debe. Juró que nunca fumé antes de los partidos. El sol y la vareta afectan sensiblemente la capacidad de un juez a la hora de impartir justicia.
Para la etapa final del campeonato el rumor se había expandido en la ciudad. La cantidad de burros que venían de otras universidades era absolutamente abrumadora. Entraban por la portería de atrás, la que queda pegada a la cancha Marte. Justo detrás de las residencias estudiantiles estaba para el visitante el potrero de la gloria. En las finales no se practicó tanto juego bonito. Se impuso un estilo recio, de dientes apretados. Se jugaba con aspereza y muchas veces se rayaba en la mala intención, en la patada criminal y artera. Era un juego de guerreros.
El juego mas difícil de pitar del campeonato fue la semifinal entre el equipo de Elkin, Borin y Manu Cardozo contra el de la ñampira del Peterson. De corazón quería que ganaran mis amigos pero ese germen de autodestrucción que me acompaña siempre me impulsó a pitar un penalti que todavía no se si fue. Recuerdo la jugada perfectamente. El equipo de Peterson mando un pase largo, Elkin, quien tapaba para el equipo de mis amigos, dejó flotando la pelota en el área. A pesar de que su barba enmarañada y el pelo largo, Elkin era de lejos el mejor arquero del campeonato. Muchas veces lo vi tapar con una sola mano mientras en la otra terminaba de fumarse un Piel roja. Era un gato. Pero el germen de la autodestrucción también lo gobernaba, así que no tomó la pelota con las manos sino que quiso jugarla con el pie, un cuerpo a cuerpo con un rival, forcejearon en una lucha leal. Mentalmente me decía “Agárrela hijueputa, no me comprometa” pero no la agarró, siguió dándoselas de Higuita y pudo más el placer de pitar un penalti que el amor por mis amigos. Entonces sin titubear pité. Se me vinieron todos encima. Saqué amarillas a casi todos los ocho jugadores. No me moví en la decisión. La gonorrea cobró y fue gol.
Corría el minuto 20 del primer tiempo, pensé que podían empatar. Pero todos caímos en el juego de ellos. Petterson se acercaba y me amedrentaba todo el tiempo. Yo como un marica no lo expulsaba porque me daba miedo que me pegara una patada voladora en la cara. Peterson era de Cúcuta y desde el colegio conocía la leyenda de sus peleas. Había cascado a manes que si sabían pelear. Por eso cuando me decía “Gordo hijueputa no me pite esta falta” yo me atenía a extender los brazos para adelante y ha gritar “Jueguen”. Borin indignado venía a hablar conmigo a decirme que si ese matón me pegaba ellos me iban a respaldar. Faltando cinco minutos para terminar el partido y después de darle un patadón a Manu Cardozo le saqué la segunda amarilla. La gonorrea salió cagado de la risa. El daño estaba hecho.
Deprimido decidí no pitar la final. Ni siquiera pude ir. Había el rumor de que Borin estaba buscando para cascarme. Chojuan que había pitado el partido inaugural tuvo el honor de pitar también la final. La justicia llegó y Petterson y sus gonorreas cayeron ante rey de pacos, un equipo muy limitado técnicamente, pero que tenía garra y corazón. A veces eso es suficiente para levantar un trofeo.
Me quedé con las ganas no solo de pitar la final sino de ver la gloria prensada en un kilo de marihuana. Con el tiempo volví al parche y fui perdonado. Los muchachos castigaron la irresponsabilidad de Elkin. No puedes jugar a la semifinal a la manera de Higuita. Fue mi último año en la universidad. Los muchachos se desperdigaron por el mundo y se de ellos por el Facebook. Espero que nos volvamos a encontrar algún día, que coincidamos de nuevo en alguna ciudad y jugar los sábados otra copa y fumar vareta todo el día. Es difícil aceptar que esos momentos no se repetirán. Tenemos el consuelo del recuerdo pero eso no es suficiente. Nunca lo será.
Ocho años después sigo sin saber si fue o no penal.

GONE BABY GONE DE BEN AFFLECK. LA PELICULA DE UN AUTOR.

Desde que en 1994 junto con su amigo Matt Damon escribió el guión de Good Will Hunting Ben Affleck estuvo tentado a dirigir sus propios proyectos. En aquella ocasión Harvey Weinstein impuso su peso y exigió que en el proyecto estuviera al frente un veterano como Gus Van Sant. Trece años después Ben Affleck era mas importante para la prensa rosa que para la crítica especializada. Su publicitado romance con JLO lo catapultó en los tabloides sensacionalistas pero prácticamente acabó su carrera como estrella cinematográfica. Además veía con preocupación como su nombre empezaba ha convertirse en veneno para la taquilla.
A diferencia de Matt Damon la prioridad en su carrera como actor fue hacer la mayor cantidad de plata posible. Por eso se sintió cómodo en las insufribles Armagedon y Pearl Harbor, tal vez dos de las películas mas ridículas de la historia. El morder constantemente el polvo lo llevó a replantearse su carrera. Por eso decide en 2007, con apoyo de su casa materna Miramax emprender el difícil camino de la dirección. Lo importante es que tenía una historia por contar. Affleck era de un barrio deprimido de Boston. Creció viendo gente drogándose, muchos de sus amigos de infancia cayeron presos o abaleados por la policía. En unas semanas ayudado por una guionista profesional el hombre mas sexy de Hollywood, ayudado por una guionista profesional terminó un guión bastante prometedor, lleno de personajes solidos, llenos de contradicciones. Gente real encerrada en un papel.
Influenciado por Clint Eastwood adaptó la novela de Dennis Lehane el mismo que adaptó Río Mistico. Mientras veía Gone baby Gone no podía dejar de pensar en las similitudes que encontraba con el autor de Gran Torino, solo que había una diferencia que se concretó a medida que transcurría la película. El nivel de realismo, el casting, el color local. Todo era mas real en la película del otrora odiado Ben Affleck.
Películas sobre desapariciones de niño hay muchas y a mi en lo particular no me gustan. Creo que el maltrato animal e infantil mostrado en el cine no es mas que un abuso de poder por parte del realizador. Pero en el cine no existen grandes temas sino grandes tratamientos. Lo interesante del filme es la mirada que hace Ben Affleck de esa desaparición. Como un maestro va tejiendo una de esas tramas que al final sorprenden pero que no se basan solo en buscar el efecto deseado sino en ayudarnos a entender las dificilísimas decisiones que toman los personajes dentro del filme. Como Eastwood, Affleck se revela como un excelente director de actores. Su hermano Casey quien hace poco lo vimos en Un asesino dentro de mi se forja un personaje lleno de matices, de contradicciones. Un tipo con una rectitud moral que provoca admiración y rechazo a la vez. La desconocida actriz Amy Ryan está impresionante en su papel de madre drogadicta. Ed Harris y Morgan Freeman con este filme continúan construyendo su leyenda. Como en la vida real acá nadie es completamente bueno ni completamente malo. Son solo seres humanos y Ben Affleck nos da el privilegio de juzgar, de sacar conclusiones por nuestra propia cuenta. Nos convierte en espectadores activos.
Gone baby gone no fue un gran éxito de taquilla lo que dificulta encontrarla en buscadores comunes. La encontré en Netflix y como me encantó The town y Casey Affleck se encuentra entre mis nuevos ídolos decidí verla. Esperaba ver una muy buena película. No siempre sucede que el resultado desborde tus expectativas. Esperemos que Ben replantee su carrera y que entienda que como Clint Eastwood pueden ser mejores detrás de las cámaras que delante de ellas. Gone baby gone y The town confirman a Ben Affleck como un autor. Algo muy raro de ver en nuestros aburridos y grises días.

23 de enero de 2012

SICOPATA AMERICANO. MATAR AL RITMO DE MICHAEL BOLTON

Patrick Bateman se levanta todos los días a las siete de la mañana. Desayuna ligero, hace una fuerte rutina de ejercicios. Luego sumerge su rostro en dieciséis clases de crema. Antes de salir a su lujosa oficina en el World Trade Center pasa su cuerpo perfecto por la máquina bronceadora. La competencia es tan fuerte en Wall Street que todos visten igual, se peinan de una misma forma, llevan las mismas gafas. El aburrimiento y la frivolidad son lo único que se respira en los despachos de los rascacielos.
Contrario a lo que te han dicho, cuando disfrutas del éxito no tienes que trabajar mucho para mantenerte en él. Trata de rodearte de gente linda, de ganadores. Reserva con anticipación un cupo en el restaurante o en el gimnasio de moda. Si no te ven estas aniquilado. Eres un yuppie, nada puede cambiar, ni los genocidios en Sri-Lanka, ni la muerte de millones de niños por hambre en Etiopía. Eres un yuppie, tienes el mundo en un puño.
Después de la revolución cultural de los sesenta, los hijos de los hippies fueron máquinas perfectamente aceitadas que impusieron en los ochenta el régimen de la tecnocracia. Por eso la directora canadiense Mary Harron tiene el acierto de ser fiel con la novela homónima de Bret Easton Ellis hasta en su propia atmósfera. La película respira por sus poros toda la maldita estética ochentera, las calles de Nueva York destilando fiebre por sus cloacas, las minifalda, las grandes limusinas, el gel, el VHS. Los malditos años de Reagan son al final peores que los de Nixon porque ya no existía la contracultura. La labor había concluido, ya estaban en el poder los Bateman, frios y despiadados. Viviendo solamente para sus cuerpos perfectos, refugiados en sus amplios y desocupados departamentos donde guardan porque no el cuerpo mutilado de la última prostituta con la que salieron.
Cristian Bale no solo es un gran actor sino que tiene la capacidad Deniriana de transformarse en lo que se le da la gana. La transformación no solo es física sino mental. Si nos da tanto miedo Patrick Bateman es porque es un personaje real, construido por obra y gracia de este nuevo genio de la actuación. Cada vez que va a perpetrar un asesinato tiene la costumbre de poner el disco de moda, explicando la grandeza de Genesis cuando decidió sucumbir a la estupidez de Phil Collins, o lo hermosa que es una balada de Whitney Houston. Es el discurso de un fanático, de un hombre que cree que Michael Bolton o Richard Marx bien podrían estar a la altura de Mozart o Miles Davis. ¿A donde se fue Jefferson Airplane?, ¿acaso los asesinos en serie ya no escuchan Velvet Underground?.
El cinismo, la crítica exacerbada no solo a un sistema sino a una década son los puntos fuertes en este nuevo clásico. Hombres vestidos igual, hechos en masa, constatan que la distopía de Huxley se cumplió a cabalidad. No fue el comunismo lo que hizo que los hombres se parecieran sino el capitalismo salvaje. La competencia despiadada igualó a los niños bien. En los ochenta ya no necesitabas tener canas para dirigir la economía mundial, tan solo una buena pinta, un correcto bronceado, un cuerpo escultural es necesario para estar al frente de una compañía.
Cansado de no tener satisfacción el yuppie se divierte matando al que se le ponga al frente. A medida que el aburrimiento vaya aumentando va creciendo la obsesión, el descontrol, Bateman olvidará el método y simplemente matará todo lo que se le ponga al frente. Las cabezas de sus prostitutas se mantienen frescas dentro del refrigerador, la cámara de video registra cada una de las torturas “Incluso he fritado pedazos de cerebro y me los he comido” le dice en una de sus confesiones finales cuando cree que la policía ya vendrá por el.
Pero no, Bateman al otro día va al club y nada ha cambiado. Para unos pocos hombres la ley se aplica y se hace a su antojo. Con una orden emitida desde arriba, desde la punta de una de las torres gemelas el sicópata americano ha quedado exonerado de culpa. Tendrá una segunda oportunidad de redimirse pero el no lo hará. Seguirá torturando y matando al ritmo de Paula Abdul.

17 de enero de 2012

LA CITA ERA EN EL SUR. Por Ricardo Abdahllah

No era necesario recordar la cita, al final de un día largo, a una hora en que lo lógico sería correr a casa, uno se encontraba con la gente en cine. No en “el cine” sino en cine, porque las funciones no se hacían en una cómoda sala oscura con pantalla gigante sino en el patio cubierto de una casa vieja sobre el Paseo España. A las seis y media, el dueño de casa, un señor calvo que hablaba poco y al punto, abría la puerta, se ponía pendiente para que no se saliera el perro, y la gente comenzaba a reunirse en la entrada ; un tipo bajito, de afro trasnochado, se quedaba en la puerta y entregaba los comentarios de la película “que pasó, chamín” saludaba y uno entraba mirando fotos y adentro o en la puerta se encontraba a la novia, a los mechudos de la UIS, a los técnicos de la UNAB, a un neurótico comentarista que sabía todo de cine, a dos o tres parejitas que iban siempre y se cogían de la mano, a don Alberto, que se sentaba en la primera fila, y a un tipo al que, de tanto que se parecía al líder de los Stones, habían terminado por llamar Jagger. A las siete menos cuarto, la gente se sentaba en sillas estilo director de cine (tal vez las sillas tenían una función subliminal) y después de una breve presentación, se encendía el televisor. “Jagger” cuadraba el sonido y se apagaban las luces. No siempre todos aguantaban hasta el final ; a veces porque la película, aunque buena, era larga y se corría el riesgo de perder el último bus (como sucedió, en “Reeds” de Warren Beaty), a veces porque era difícil acomodarse en la silla y el número de posiciones posibles en una silla de lona es finito, y a veces porque, hay que decirlo, hay películas que sólo pueden soportarse por puro interés histórico y abnegado amor al cine (de cuarenta espectadores, tres llegaron al final de “El nacimiento de una nación”). Una y otra vez el cuerpo pedía descanso, una y otra vez la “Mona” caminaba meneando la cola entre los espectadores (la historia no recuerda perro más culto, ni siquiera Lassie, que tiene estrella en el Paseo de la Fama, vio tanto cine), una y otra vez la silla se resbalaba sobre las piedras del piso y hacia ruido. Nadie protestaba.

Al final se encendía la luz y la gente decía “Hablemos de la película”. Y se hablaba y se discutía ; había gente que sabía mucho de cine y otros que sentían mucho el cine y en varias ocasiones la charla se alargaba y se continuaba a la salida y, si había mucho que decir, se llegaba hasta el parque de Las Palmas hablando de la película y una vez ahí se comenzaban a soñar cinematecas y festivales.

Fue así como en una cierta época en Bucaramanga, en el patio de una casa, se vio a Buñuel y a Hitchcock, Renoir, Woody Allen, Griffith, Buster Keaton, Griffith, Eisenstein, Herzog, Chaplin, Welles, Ford, Bergman, Subiela, Fassbinder, Truffaut, Murnau, Fritz Lang, Godard, Stone, Spielberg y un largo etcétera que incluye a los directores que hace falta nombrar para completar la lista de ilustres “invitados” a las cuatro proyecciones semanales del cineclub, que sumadas a lo largo de estos años, sobrepasaron las trescientas con una sola repetición : “Amarcord” de Fellini, proyectada en Mayo del 2002 y Mayo del 2003.

Ahora se cierra Sur y se presiente que el día en que veamos otro letrero sobre la fachada nos dará un ataque de nostalgia con par lágrimas inevitables.

LA ULTIMA NOCHE DE LA HUMANIDAD. CINE PARA COMER CRISPETA

Hace años que dejé de ir al cine con la expectativa de ver una buena película. Me acostumbré a atiborrarme de crispetas bañadas en mantequilla y chocolatinas. Me quito los zapatos dejando que las imágenes me hipnoticen y que al salir el día se haya convertido en noche.
Aburrido de estas vacaciones interminables me fui a ver la única película de cartelera que no he visto: La última noche de la humanidad. Venía de ver una sorpresa más que grata como fue Los Mupppets, una decepción absoluta (Sherlock Holmes) y una película brillante en lo técnico pero francamente olvidable (Tin-Tin). Esperaba no aburrirme mucho con esta visión adolescente del fin del mundo. Me encontré con hora y media del más puro entretenimiento.
Resulta extraño que con todos los recursos que ahora cuenta el cine todavía este arte no haya podido llegar a la maestría que se ha conseguido en la literatura, por parte de H.G Welles o en el comic gracias a los argentinos Solano López y Germán Oesterheld. Precisamente hay varios puntos en común entre El eternauta y La última noche… esos copos bajando por Moscú, la situación Robinson que viven en la bodega de una discoteca moscovita, evocan la poesía del comic porteño. El recurso de hacer invisible la fuerza invasora es un muy buen recurso. El Tiburón de Spielberg eran mas los tanques flotando en el agua que un pedazo de carne y muelas. En la última noche los alienígenas son los faroles encendiéndose, las sirenas aullando, las personas desintegrándose.
El escenario es Moscú. Primero vemos a la ciudad de los zares llena de gente, renaciendo definitivamente de la barbarie comunista para entrar a la modernidad de la mano de su poderosa y cruel mafia. Dos jóvenes norteamericanos acaban de llegar, van a patentar un GPS que ayuda a los turistas a encontrar con facilidad los sitios mas calientes de una ciudad desconocida. Su contacto en Rusia los ha estafado, cuando ellos llegan a la reunión un tipo ya se ha apropiado de su invento. Para quitarse las penas no hay nada como el vodka así que en unas discotecas nos encontramos a estos tipos, no tienen nada de especial, no parecen héroes, ni siquiera galanes pero en la barra han encontrado a dos norteamericanas sexis y justo cuando creemos que la película se decantará por la seducción barata, Moscú se queda sin energía y comienzan a bajar del cielo esas entidades repletas de energía.
Allí empieza la lucha por la supervivencia, la búsqueda del arma que logre repeler la fuerza invasora. Aparecen los clichés que conlleva el género. A mi en lo particular no me molestaron. Lo de que los rescate un submarino nuclear ruso me parece genial, además de que esa arma que parece un gadget hecho por un electricista moscovita medio loco sumado al afiche me recordaron inevitablemente las grandes historias Pulp de los cincuenta.
Si quieren comer crispetas y dejar que el denso tiempo de enero se pierda entre sus dedos grasientos de mantequilla vayan a ver La última noche de la humanidad. Al menos verán en pantalla gigante las ruinas de una ciudad hermosa y desconocida

12 de enero de 2012

LA PIEL QUE HABITO. LA PELICULA DE UN ENFERMO

A lo largo de la historia del cine han existido por montones casos de agotamientos creativos. Después de haber catapultado el neorrealismo con películas tan hermosas como El limpiabotas, Ladrón de bicicletas y sobre todo Umberto D, Vittorio de Sica pasó a dirigir coproducciones millonarias dignas del más profundo de los olvidos. Bastaría la década de los setenta para convertir en mito al director Werner Herzog. Con Señales de vida, Aguirre la ira de Dios y Los enanos también empezaron pequeños, se mostraba como el director mas metafísico, más extraño y original que hubiera podido dar ese movimiento que resquebrajó el orden establecido y que fue conocido como El nuevo cine alemán. Sin embargo las fisuras en su obra comenzaron a verse después de que aceptara la oferta de la 20th Century Fox para que fuera distribuida su Nosferatu. El hombre duro y radical terminaría convertido en un cineasta a sueldo de las grandes compañías, en un mito fofo y enorme cuyo único interés era hacer filmes en lugares y condiciones extremas. El toque metafísico desparecería para siempre.

Francis Ford Coppola quien con la saga del Padrino pasó de ser un chupa medias de Roger Corman a convertirse en la esperanza suprema de los cineastas libres es ahora un anciano gordo que se le pasa rodando las películas más pedantes que se puedan encontrar en un cine-club. Su deseo dejó de ser dinamitar Hollywood. Ahora está mas interesado en establecer su imperio vinícola.

Michael Cimino, William Friedkin, Peter Bogdanovich no solo fueron casos en los que se vio el agotamiento total del talento sino que sus carreras terminaron porque al público que una vez adorara sus Exorcistas, Francotiradores o Lunas de papel, simplemente dejó de interesarle sus universos personales.

A diferencia de estos cineastas Almodovar en su etapa de lucidez logró crear una afición, como si su nombre suscitara el fervor de un equipo de fútbol. Una afición que no solo embarga al público sino que seduce y enferma a gran parte de la crítica española. Enceguecidos por el éxito que sus bizarradas producen en Estados Unidos los críticos no han querido ver los esperpentos que empezaron a salir de su manga después de haber hecho Hable con ella. Lo grave es que con cada nueva película el director manchego pone en peligro su legado porque, por ejemplo después de ver La mala educación uno se promete nunca más ver cosas como Tacones lejanos o la entrañable Mujeres al borde de un ataque de nervios. La repugnancia se repitió con menor intensidad en Volver y sobre todo con Los abrazos rotos donde pudimos notar un cierto reverdecer de ideas dentro de la cabeza del autor de Carne trémula.

Pero estas esperanzas terminaron de sucumbir al ver La piel que habito. La película venía precedida de muy buenos comentarios, donde celebraban el exitoso regreso de Antonio Banderas al universo almodovariano, se hablaba de dieciseis nominaciones a los premios Goya, se afirmaba una recuperación absoluta del talento transgresor de Pedro. Todo eso no es más que humo. La piel que habito es la película de un enfermo sexual, de un hombre que cree que porque tiene éxito y cinco críticos que siempre hablan bien de él puede desconocer los límites de la decencia y el buen gusto. Hay filmes como Saló o El imperio de los sentidos que presentan escenas de coprofilia explícita o de una manera abierta y sin tapujos primerísimos primeros planos de un coito, acá a pesar de no haber visto genitales presenciamos escenas absolutamente aberrantes, escatológicas.

En un afán desmedido por seguir siendo la vanguardia del cine español, Almodovar ha escrito uno de sus proyectos soñados, porque desde hace diez años buscaba encontrar la manera de adaptar una de sus novelas preferidas Tarántula de Thierry Jonquet. El tema central, convertir a un hombre en contra de su voluntad en una mujer. Si algo había de vital y a la vez de divertido era ver esas locas que hablaban sin tapujos de las ganas irrefrenables de chupar polla, dicho con todo el descarno posible, sin tapujos. Creíamos en esos travestis porque dentro de sus películas aparecían como si fueran seres de carne y hueso, creadas desde la brillantez de sus guiones. Y eso es de lo que mas adolece este filme, de historia, de argumento, de creación de personajes. En los primeros diez minutos creemos que el punto de vista va a estar focalizado en el cirujano plástico que como un Frankenstein post-moderno a creado piel artificial para revestir a su autómata, a su Olimpia. Podemos perdonarle al manchego que el cirujano esté encarnado en un Antonio Banderas inexpresivo como siempre y cuyo mejor papel seguirá siendo hasta la fecha el del Gato con botas. Creemos que estamos viendo algo muy raro, novedoso, algo que despierta inmediatamente nuestro interés de voyeurs. Pero empiezan a aparecer personajes y situaciones que están allí solo de relleno, que no le aportan absolutamente nada a la historia.

Seca, vestido de leopardo en plenas festividades es un fantasma que solo nos sirve para saber que la anterior mujer del cirujano era una perra. La extraordinaria Marisa Paredes es un ama de llaves, la Igor de Banderas que a la vez es su madre y a la vez su amante y a la vez la guardaespaldas. Es a veces muy buena, a veces muy mala. Su temperamento inestable dentro del filme es debido al poco cuidado con el que fue construido su personaje dentro del guión.

Bueno y los espectadores necesitábamos ponernos de parte del protagonista, sentirnos identificado con él como sucede en las grandes películas. Pero la pobreza actoral de Jan Cornet es innegable, amarrado en un sótano implora piedad no como una víctima a punto de ser torturada, furcia implorando el látigo de su amante ocasional. No sentimos piedad por ese joven medio amariconado (Parece ser esta la única orden que le da Almodovar a sus actores. Mariconéate un poco) cuando el doctor sediento de venganza comienza a volarle la verga, a meterle tetas, y a ponerle el hermoso rostro de Elena Amaya. Esos ojos vidriosos con los que aparece ella de principio a fin del filme parecen la señal absoluta de que no entiende su papel, de que está ahí haciendo de un hombre que ahora es una mujer porque trabajar con Almodovar sin duda que da prestigio o sino pregúntenle a Carmen Maura o a Penélope Cruz.
Además para los amantes del cine del realizador español no se preocupen que otra vez vuelve a aparecer un bolero cantado por alguien del tercer mundo como sucedería con caetano y su currucucu en Hable con ella. Las señoras de edad y los maricas se enternecerán ante la sensibilidad de esta negra con un profundo acento español cantando las viejas canciones del trópico.

La crítica mundial por supuesto ha vuelto a sacar sus vuvuzelas y ha celebrado a rabiar esta nueva joya dentro de su filmografía. Alaban la puesta en escena, los decorados de Guillermo Pérez Villalta y las alusiones al arte de Louise Bourgeois, yo la verdad no se quién es este último artista pero en la mayoría de críticas que leí lo reseñan como un gran pintor. La crítica sigue pensando que Almodovar ha sabido representar como nadie el legado de R. W. Fassbinder, yo por supuesto que discrepo absolutamente de esas opiniones. Para mi cada vez se parece más a la loca drogadicta que cantaba Voy a ser mamá con Macnamara, solo que en esa época tenía sentido del humor y por qué no algo de talento.
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