30 de enero de 2014

UN VISTAZO A NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES DE EUGENIO DERBEZ

Algunas voces entusiastas hablaron de milagro: por fin una película latinoamericana arrasaba en el exigente y endogámico mercado gringo. En su primera quincena en cartelera No se aceptan devoluciones recaudaba la impensada cifra de 26 millones de dólares. En México duró cuatro meses circulando en los cines y esta fiebre inevitablemente se extendería por todo el continente, convirtiéndose en un fenómeno.
Con toda la prevención del caso la fui a ver y tengo que reconocer que la película ha superado mis expectativas: no sólo es mala sino que ni siquiera es cine. Hay series, como Breaking Bad, The shield o Game of thrones en que a pesar de emitirse por televisión poseen un lenguaje cinematográfico evidente.  Exactamente lo contrario sucede con ciertos filmes en donde, como en cualquier comedia televisiva, no se cuenta una historia sino que se hilvanan sketches.

Esto que a simple vista puede verse como un defecto es precisamente el secreto del éxito de este filme. La gente que ha colmado la taquilla y que ha llorado y reído con esta comedia bipolar es casi la misma que desperdicia sus tardes de domingo viendo los capítulos atrasados de La rosa de Guadalupe o la que creció sufriendo con las desventuras que contaba Silvia Pinal en Mujer, casos de la vida real. El público de No se aceptan devoluciones es el que va al cine una vez al año, a ver algo que les haga olvidar lo horriblemente aburrida que puede resultar su vida.
Ni siquiera se dan cuenta que este bodrio es el remake solapado de Big Daddy, una comedia de 1999 del gran Adam Sandler. A las patadas ha conseguido acostar en una misma cama a Big Daddy con Kramer contra Kramer y con El extra de Cantinflas y el resultado ha sido este bombón insoportablemente azucarado.
Muchos amigos cineastas se rascan la cabeza tratando de entender porque con un argumento precario, con actuaciones bastante pobres, con uno de los finales más manipuladores y sucios que estos ojitos rojos han visto, ha podido acceder Derbez a la siempre esquiva aprobación del público. Las razones, queridos amigos, saltan a la vista.
No se aceptan devoluciones es una película extremadamente machista: el héroe es un tipo feo que se acuesta sin condón, propagando enfermedades venéreas e hijos a todas las hermosas turistas que llegan a Acapulco. Y eso le encanta a la gente
No se aceptan devoluciones enseña que si quieres acceder al sueño americano debes chocarte contra las paredes, revolcarte en el fango con cerdos y sobre todo ser obediente y obedecer. Y esa actitud de esclavo, de decir que “Yo soy un gran trabajador” le encanta al latinoamericano.
Queda claro además con No se aceptan devoluciones que de nada sirve un argumento original, lo mejor es cortar y pegar, robar ideas de aquí y de allá. El público por lo general no tiene memoria y la “cintota” que vio hoy es basura que se olvida mañana.
Y por último con No se aceptan devoluciones se comprueba de que si vas a trabajar con niños no debes permitirle al menor cualquier tipo de naturalidad: que equivocados estaban Vittorio de Sica en su Ladrón de bicicletas, Win Wenders en Alicia en las ciudades y Chaplin en The kid, quienes consiguieron en sus películas que sus menores no fueran otra cosa que niños, ni más especiales, ni más hermosos, cansones o inteligentes que otros niños. Derbez crea una niña rubia realmente irritante, con una vocecilla aguda y punzante como un alfiler en la garganta. Completamente sobreactuada, arrebatada, como si durante el rodaje le hubieran complementado el cereal que come en las mañanas con anfetaminas.  Loreto Peralta está lejos de ser la joven estrella que el aparato publicitario de la película nos quiere hacer creer. Cuando se muere – Porque si, si no la han visto de malas, la niña muere al final y ese es el gran secreto de la película- yo no pude dejar de reprimir una carcajada de gozo: para este servidor ese es precisamente el momento más gracioso de esta burda comedia.
Pero con todo y lo pobre que es la ópera prima del comediante mexicano, es incomparablemente superior a El paseo 3 y Todas para uno de Harold Trompetero. Al parecer el público también lo tuvo claro y por eso ni la secuela de Dago ni el debut de Jessica Cediel alcanzaron los números esperados. La competencia del todopoderoso Dago García vino desde México y vaya que le ha ganado el pulso: con una semana menos y con la mitad de las salas No se aceptan devoluciones ha obtenido en el país 796.309 espectadores, mientras que la tercera parte de El paseo ha obtenido 784.235. En este caso el voz a voz ha sido fundamental. En redes sociales las muchachas dicen haber salido de la sala “Con el corazoncito arrugado” después de ver como la china esa cansona moría en brazos de su padre. Esto inmediatamente repercute dentro del ánimo de los amigos de la chica que puso ese estado en su perfil de Facebook.
Ya se habla de una segunda parte y de una versión china. Derbez empieza a creerse Arturo Ripstein y llegó a decir que su película debería representar a México en los Óscar –Ignorando que Heli de Amat Escalante triunfó en Cannes y que ha sido exhibida precariamente en su país- como un vulgar mafioso está donando billete a diestra y siniestra y piensa que el futuro del cine latinoamericano está en sus manos. En televisa comparan esta porquería con La vida es bella... las cosas que tenemos que escuchar.
Y viendo como existe en este continente un afán de crear una industria por encima de una cinematografía podemos pensar que  lejos de estar equivocado tiene toda la razón: en el futuro nuestros directores no se inspirarán en Glauber Rocha, Emilio Fernandez o Víctor Gaviria, no, dentro de muy poco le pondrán veladoras a Derbez y a Chavelo quien dentro de poco estrenará su primera película como director. Dicen que será un exitazo

29 de enero de 2014

EFRAIN VASQUEZ Y LAS FOTOS VIEJAS DE CÚCUTA

Las fotos más viejas de la ciudad las tiene Efraín Vásquez Corinaldi. El Colsag en los años cincuenta lleno de muchachos jugando beisbol, el puente de San Rafael recién construido, el río Pamplonita enbravecido a principios del siglo XX como si fuera un mar, un vendedor de periódicos en plena década del noventa voceando tal vez la última de las crisis económicas.

                                    Río Pamplonita. Puente San Rafael. Década del 30

 Si quieres viajar en el tiempo no necesitas de una máquina, tan solo con darse una vuelta por las imágenes congeladas, eternas del pasado y ya verás la villa que era este valle antes de 1875, las calles adoquinadas de la antigua ciudad partidas por la mitad por las cañerías improvisadas, la devastación que vino en la madrugada en que se movió la tierra y sólo dejó polvo a su paso, los hombres que tuvieron el coraje de levantarla de nuevo, la explosión cultural de los años 20.

                                      Tertulia Callejera en Cúcuta. Década del 30

 Todo está en los recuerdos que ha venido atesorando este hombre desde hace más de dos décadas, cuando emprendió la labor que a ningún alcalde de Cúcuta se le había ocurrido: recolectar la mayor cantidad de fotos históricas de la ciudad para al menos tener una imagen de lo que eramos, de cómo vestíamos, que comíamos, que tan ancho era el río.

                                   Partido de basket en el Sagrado Corazón. Década del 50

En el año 2001 salió el primer tomo de Cúcuta a través de la fotografía, uno de los libros más importantes que se han editado en este siglo en la ciudad. A falta de una historiografía firme y veraz están las fotos que recolectó Vásquez Corinaldi, en esas imágenes está todo lo que fue Cucuta, lo que fue y lo que es. Ahora, 13 años después, Efraín ha continuado con la obra y usando las redes sociales nos deleita cada rato con algún retrato familiar tomado en los años treinta por alguno de sus antepasados. 
                                                   Acueducto de Cúcuta. 1920

Sería maravilloso reemprender este proyecto y publicar masivamente las joyas que este hombre, sin ningún tipo de ayuda, ha sabido recolectar. En esta ciudad de mercachifles y de artistas mediocres una propuesta como esta suena ridícula, ¿a quien le va a importar un libro de fotos en blanco y negro? Pero estamos en la obligación de mantener vivo el pasado así sea en estos retratos que se están descomponiendo con el paso de los años y que necesitan de una curaduría urgente. Ojalá la secretaría de cultura entendiera que cultura no son un par de peladitos bailando joropo en el parque Santander, ojalá alguna vez nos toque un secretario de cultura que de verdad sea culto o al menos inteligente.
Las fotos de Efraín necesitan ser exhibidas con urgencia, publicadas como alguna vez se hizo. ¿Para qué sirve un libro de fotos viejas? Podría decir uno de esos horrendos mercaderes que rigen nuestras vidas y nosotros podríamos responderle mirándolo a los ojos: Para que esta villa nunca caiga en el olvido, amigo mío

27 de enero de 2014

RUMBO AL OSCAR 2014. GRAVEDAD.

Un periodista mexicano le preguntó a Alfonso Cuarón sobre las dificultades técnicas que tuvo al filmar una película en el espacio. Estamos de acuerdo con que la pregunta es estúpida pero  sin duda refleja la impresión que uno tiene después de ver Gravedad. Cuesta creer que no se filmó por fuera de nuestra órbita sino que ni siquiera tuvo a su disposición un presupuesto ilimitado sino que contó con sólo 80 millones de dólares, un presupuesto irrisorio para un filme como estos.
La Paramount tenía archivado durante el proyecto precisamente por falta de billete. En el 2010 la Warner compra la idea y se empezaron a barajar los nombres de Robert Downey jr y de Angelina Jolie para protagonizar esta epopeya espacial. Antes de empezar el rodaje Iron Man decide renunciar por no tener espacio en su apretada agenda y los productores deciden no contratar a la esposa de Brad porque ella pedía 20 millones de dólares por interpretar a la científica que queda completamente sola flotando en la galaxia.

Estuvieron a punto de cancelar el proyecto hasta que encontraron a la pareja perfecta. Por ahí he leído que a algunos críticos les molesta que sea precisamente George Clooney el que interprete al experimentado astronauta que libera su tensión contando historias sobre vaqueros o escuchando canciones de Hank Williams, ya que para ellos Clooney es una cara “demasiado conocida”. A estos escépticos les tengo que recomendar que vean la adaptación que hizo Steven Soderbergh de Solaris y que me contradigan si al ex-Batman no es el cosmonauta perfecto. En Gravedad es un ángel guardián, un hombre que no pierde los estribos ni ante la más feroz lluvia de meteoritos. Su papel de Matt Kowalsky es conmovedor, entrañable y a la vez sumamente divertido.
Ni hablar de la crispación que se sintió cuando anunciaron que Sandra Bullock, esa nulidad especializada en películas para solteronas y gays reemplazaría a la Jolie. Incluso cuando vi su rostro detrás del casco de astronauta sentí que la película se iba por la borda a pesar del espectacular tráiler. Pero de más está decir que la Bullock nos ha sorprendido a todos y que su papel estremece  como no lo hacía ningún otro papel en la reciente historia de Hollywood.
Gravedad no fue filmada en el espacio como algunos pensamos después de verla. El propio Cuarón no ha dudado en decir que ni siquiera él sabe cómo la hizo. Antes del rodaje les pidió consejo a los directores más experimentados de Hollywood. James Cameron quien estuvo a cargo de Avatar le dijo que esa película era imposible de hacer si no se contaba con 400 millones de dólares. Mientras que David Fincher, el mismo de El club de la pelea le aconsejó esperar 7 años mientras se contaba con la tecnología necesaria para hacer realidad tan ambicioso proyecto.

Pero él no iba a estar dispuesto a esperar tanto tiempo así que se rodeó de los mejores arquitectos, ingenieros y técnicos para hacerle creer a ese paisano suyo y a tantos otros espectadores ingenuos que había sacado la cámara de la órbita terrestre para contar una historia. El cine es engaño, mentira y la mentira que nos ha contado Cuarón ha sido gloriosa. Los actores están flotando gracias a unas cuerdas que nadie ve flotando como si no hubiera gravedad. En algunos momentos tenían que detener el rodaje de una escena porque los actores se ponían rojos de tanto tener la cabeza para abajo. Fue un esfuerzo de casi dos años de intenso trabajo, el resultado ha sido espectacular: ante nosotros está la mejor película que se ha filmado nunca sobre el espacio.
Si, así de espectacular es y que no se me vengan encima los snobs que me van a recordar que es mejor 2001 con el único argumento de que la rodó un genio. Los desafío a que la vean, a que padezcan sus casi tres horas soporíferas. La única forma en que uno puede disfrutar la ópera de Kubrick es con una gota de LSD en la cabeza. Hasta eso le achacan a Gravedad de que es sospechosa por ser tan entretenida como si el cine no hubiera sido creado para eso, para contar historias maravillosas, envolventes, hipnóticas.
La sensación que tienes al verla es como si estuvieras en un simulador de la Nasa. Te ves allí flotando, agarrando a la persona que tengas al lado para no caer en el abismo infinito del espacio. Gravedad es una experiencia que se tiene que ver en una sala de cine y en 3D, verla de otra manera es maltratar una obra única y sublime, un clásico absoluto. Véanla una y otra vez, aprovechen hasta el último día que esté en cartelera, inviten a sus amigos, disfrútenla hasta el cansancio.
Gravedad nos deja claro que arte y espectáculo son indisolubles

24 de enero de 2014

RUMBO AL OSCAR 2014. AGOSTO De John Wells

No, no viajé a ningún lado para verla. La busqué en el sanandresito más cercano y la compré sólo por la curiosidad de snob inveterado por ver, año a año, que caprichos tienen los viejitos de la academia. Cuando me senté frente al televisor no sabía ni siquiera que estaba basada en la obra de teatro de Tracy Wetts, al parecer un clásico contemporáneo. Estaba dispuesto a pararla en cualquier momento porque uno de mis propósitos en el 2014 es no volverme a aguantar un bodrio lento y frío como una abuelita convertida en zombie. Además que al primer problema que encontrara con los subtítulos la sacaría del blueray y la arrojaría al basurero ese de discos plateados en el que se ha transformado mi patio. Ver a Sam Shepard hablando de T.S. Elliot y de lo reconfortante que puede ser una biblioteca para alejarse de los tormentos que trae la realidad me interesó. Sabía que ese no era el momento crucial para saber si la terminaría o no. Todo dependía de Meryl Streep. De un tiempo para acá había a rehusado de plano a seguirla viendo. Desde que me levanté a la mitad de La dama de hierro mi relación con esta leyenda del cine se había roto por completo.

Pero me ha cerrado la boca de un puño al haber creado este personaje “que a veces da lástima y a veces provoca estrangularla” como dijo un crítico español. Ella es Violet, una mujer adicta a las pastillas desde hace mucho tiempo y que ahora se ha exacerbado su adicción por culpa del ardor que le hace sentir en la boca un cáncer agresivo. La quimioterapia le ha arrasado su pelo y ha empeorado sus caprichos y su mal genio. El único consuelo que tiene Sam Shepard de verdad es irse a una cabañita, escribir un rato, leer a Elliot y luego ahogarse en el lago para no volver a escuchar los berrinches de su esposa.
Sus hijos han llegado a la casa para asistir al funeral. Después de enterrar al laureado poeta se sientan en la mesa a tener una cena en familia. Este es el momento más logrado de la película, una escena que recuerda la adaptación que hizo John Huston de Los muertos y la escena de la cena fúnebre que da Katerina Ivanovna en Crimen y castigo. No sé si estos diálogos magistrales, si esta atmósfera agobiante, infernal, de reproches y agresiones, tan típicas de una familia común y corriente, se deban a la obra de teatro o a la puesta en escena de Wells, lo que si se es que las actuaciones están geniales. En esa mesa están una amargada y convincente Julia Roberts, una juguetona y a la vez triste Julliete Lewis, un solapado Ewan Mcgregor, un irreconocible Benedict Cumberbacht en su papel de perdedor absoluto, una poderosísima Misty Ulman, un divertido y conciliador Chris Cooper , una rebelde Abigail Breslin y una contenida y soberbia Julianne Nicholson. Bueno, entre todos esos actores maravillosos se destaca como un sol Meryl Streep, consiguiendo su mejor interpretación en muchísimos años. Si Cate Blanchet no hubiera hecho Blue Jasmine nadie podría discutir que la amante del teniente francés no aspirara a su cuarto Óscar.

La cena es el climax de la película, si lograra mantenerse así  en la hora que le resta…. Estaríamos hablando de un clásico. Después decae un poco y termina agarrando un tufillo aleccionador que molesta un poco pero nunca tanto como para levantarse e irse. Sin duda que es una buena película, la mejor que sacaron este año los Weinstein, los grandes perdedores del Óscar ya que su apuesta, la insoportable El mayordomo, no obtuvo ninguna nominación por parte de los miembros de la Academia. A veces los viejitos tienen razón.
Esperamos verla en su formato original. La llegada a Colombia de las nominadas al Óscar se ha visto empantanada por las siempre equivocadas exigencias del público. Por ahora solo nos queda la piratería que es más efectiva y atenta que nuestros distribuidores locales.


23 de enero de 2014

YO TAMBIÉN CONOCÍ A PYRETTA BLAZE

Claro que yo también conocí a Tereza Henao, lo que ignoraba es que tuviera tantos nombres. Vivía en una pensión en San Alonso, después de haber vuelto de Bogotá con una pila de abrigos que ya no usaba. A Doña Alcira le preocupaba que durara horas encerra en su cuarto con esa tal Alejandra de Merak durante horas y todos saben muy bien la moral tan férrea que puede tener una señora que ha transformado su casa en una pensión.   Por más de que ella les hiciera un chocolatico de onces y las invitara a seguir a la mesa, estas niñas no hacían caso y seguían encerradas. Desesperada, masticando el crucifijo,  Doña Alcira ponía el oído contra la puerta . No se escuchaba siquiera el leve zumbido de su respiración.
                                            Ricardo Abdallah ya calvo a los siete años

No sabía que se hacía llamar Pyreta Blaze y que en las noches de insomnio caminaba por el pequeño Ámsterdam, tirando al aire una moneda de mil pesos que había encontrado en el bolsillo de su pantalón. La última moneda, los mil pesos con los que tendrás que sobrellevar el apocalipsis. Se sienta en la barra del Cartagenero y pide con la moneda una cerveza. Dentro de poco llegará Ávila a oírla, a soñar con que un día ella será de él y que todas esas noches en vela no han sido en vano. Darán una vuelta por el Caballo de Bolívar, la zona nocturna más desolada de Bucaramanga, el lugar donde lo único que pasa después de las 11 de la noche son atracos y trabas. Allí están caminando por entre las calles, el humo de la marihuana, como una nube viajera, los acompaña.
Claro que conocí a la que antes se llamó Tereza Henao y después se cambió el nombre a Terry Henao y por último se bautizó como Pyretta Blaze por una canción de Type o Negative  que le gustaba mucho. Ella es todas esas mujeres que uno quiso pero que nunca les pudo preguntar el nombre, ella era esas muchachas que uno veía solitarias, en el Gabinete o en Carpe Diem, vestidas de negro y de ojos grandes y melancólicos y a las cuales yo nunca pude acercarme porque nunca tuve demasiada tristeza para gustarles.
                                    Los Extrapolados. Extraño homenaje a los Hombres G

En su última novela Ricardo Abdallah ( “Seamos serios, ¿qué latinoamericano tendría un apellido que terminara en h?”) logra recrear un mundo que muchos de nosotros, los que pasamos por la UIS a principios de este siglo, logramos ver y disfrutar a punta de borracheras y plones de marihuana. Al leerla no sólo vuelvo a sentarme con el loco Isaias a jugar una incongruente partida de ajedrez sino que vuelvo a tener 20 años. La ternura con la que logra describir, no una edad sino un estado de ánimo como es la adolescencia es realmente notable y lo pone al lado de esos dos grandes adolescentes eternos que son Andrés Caicedo y Hugo Chaparro Valderrama.
Solo siendo local se puede aspirar a la universalidad, la premisa tolstoiana se cumple a rajatabla en Pyretta Blaze. Si bien algunos leemos la novela como si fuera una bitácora de viaje, para los que no estuvieron allí, en la época pre-redesociales, podrán descubrir los primeros síntomas del rompimiento, los últimos vestigios de una juventud que se deprimía o se divertía viéndose la cara, saliendo a la calle, exponiéndose al sol perpetuo y a los atracos.

En el trasfondo se siente el desencanto, las ganas de huir que da vivir en una ciudad para adolescentes como lo es Bucaramanga. Las ganas de prenderle fuego y ver desde El Picacho como la ciudad se consume, como las cenizas son subidas por el viento hasta el páramo. Pyretta, como tantos otros, huyó a Bogotá para protegerse del incendio y sobre todo de ella misma. Ciudades como Bucaramanga, como Cali  te recordarán siempre que los 25 años es una buena edad para morir.
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