29 de agosto de 2012

PARANORMAN. Una grata sorpresa


Norman a diferencia de sus demás compañeros de escuela es capaz de ver gente muerta. Esto no es ningún don, al contrario es una completa maldición. El niño creció siendo considerado un freak no solo por los matones del colegio sino por un padre machista, una hermana porrista y una madre impotente y sumisa. Sus historias de fantasmas y brujas le hacen objeto de burlas. Incluso el papá lo amenaza “Si vuelve a hablar de aparecidos lo encerrará para siempre en su cuarto”. El pueblo ha asimilado la imagen de una bruja, quemada a finales del siglo XIX, como el símbolo de su gente. Norman les advierte que la maldición de la hechicera caerá con fuerza sobre ellos “Los muertos saldrán de sus tumbas y vendrán a atacarnos”.
Entonces vemos a los zombies salir de la tierra y creemos que vamos a asistir a un festival de comedores de cerebro a puro stop-motion, es entonces cuando la trama da un giro totalmente inesperado. Los zombies terminan siendo los perseguidos por culpa de un pueblo sumido en la ley del más fuerte, donde todo aquello que no se vea sustentado en la fuerza física y no en el intelecto es considerado digno de ser quemado.

La bruja no era sino una niña que poseía una sabiduría inusitada que ha desatado una maldición sobre aquellos cinco ciudadanos de bien que decidieron quemarla. Los cinco muertes vivientes solo esperan poder descansar en paz. Terminan siendo seres digno de lástima, dependientes del bueno del Norman quien es el único en ese maldito pueblo con la suficiente valentía como para apaciguar la ira de la bruja.
No lleven a sus niños a ver esta película, posiblemente a los pocos minutos se van a sentir incómodos y van a comenzar a correr por la sala. Paranorman aparentemente es un homenaje a todo ese cine zombie que comenzó a desatar George Romero a finales de los sesenta pero termina siendo, sin ningún tipo de moralismo fácil, toda una reflexión sobre una sociedad fascista, dispuesta a denunciar a todo aquel que se atreva a ser diferente. Esto sería una anécdota al margen si no tuviera la fuerza, la belleza y la capacidad que tuvieron sus autores de crear una atmósfera, un universo.
Fui de puro desparche, cansado un poco de la avalancha de estrenos nacionales y me encontré con una pequeña joyita, sin duda, otra vuelta de tuerca al mundo de los muertos vivientes.

28 de agosto de 2012

CARRUSEL DE GUILLERMO IVAN. Otra talk movie


Entonces unos gomelos  mexicanos deciden hacer una película sobre el tema de moda en Colombia: el carrusel de la contratación. Para no meterse en problemas y manejar eso de la sátira, género del cual por pura ignorancia ellos creen que es fácil de dominar se inventan un país y le dan un nombre la verdad poco inspirado, la república de Croto (¿?) cuya capital es Ciudad del Cafre. Allí hay un alcalde corrupto que sueña con ser presidente y que para hacerlo a decidido hacer un mega-proyecto que le dará muy buena imagen entre la élite del país. Sin licitación ni nada, como hizo el entrañable Samuelito, le otorgó el proyecto a los hermanos Hoyos y los manes, acostumbrados a nunca terminar una obra pues harán lo mismo con las obras del aeropuerto y se tragarán enteritos  en comisiones y condominios en Dubai los 1.200 millones de dólares que tenían de presupuesto.

Las cosas son como son. Eso de un alcalde cachondo que tenga en su mesa de trabajo a tres mujeres muy bonitas es una idea que me gusta si en realidad viéramos que el tipo sabe manejar el escenario, si se le nota la lascivia así a flor de piel. Si es una comedia entonces podemos exagerar un poquito, pero lamentablemente las limitaciones de Gustavo Ángel como actor se muestran cada noche en el esperpento ese de Los caballeros las prefieren brutas. Entonces esa idea se convierte tan solo en una buena intención llevada al traste por un guión sin brújula.
Volvemos a llover sobre mojado. Las actuaciones son penosas, los personajes, caricaturas y la imagen absolutamente viciadas por la televisión…. Ah, no, mentiras, estos gomelos de apellido Iván vieron la película que todos los pirobos que ven cine han catapultado al nivel de arte supremo, hablo como no de Snatch. Entonces cuando hay rumba volvemos a esos planos acelerados que inventó Guy Ritchie y que tanto impactaron diez años atrás pero que hoy solo sirven para develarnos un problema narrativo.
Pero el cáncer del nuevo cine colombiano no es ese sino esa fijación que se tiene por la palabra. Claro en un país de parlanchines pues el que más habla es el rey. Todo lo resolvemos enredando, hablando y eso puede servir muy bien cuando vamos a sanandresito a pedir rebaja pero no dentro del lenguaje cinematográfico. Tenemos un problema que resolvieron los gringos a mediados de la década del 30, cuando los grandes directores se preocuparon porque el sonido había transformado en las películas en simples talks movies. Fritz Lang decía “El cine no es decirlo sino mostrarlo” y nosotros todo, absolutamente todo tenemos que decirlo.

Y hay formas de decirlo. Los personajes de Tarantino no paran de hablar pero todo lo que dice es original. En muchos aspectos suena como si fuera música. Acá a los veinte minutos te sangran los oídos al escuchar las estupideces que ha escrito un mocoso que ha escrito una película porque definitivamente el papá no pudo encontrarle un trabajo mejor remunerado.
No hay un espacio de paz, todos los recovecos del filme son llenados con un lenguaje que no es más que basura pútrida.
Pero todo no es malo en Carrusel. Al menos hay una intención, la de crear una sátira, de hacer algo diferente y con muy pocos recursos. Existe una trama, pegada con babas, ridícula, pero trama al fin y al cabo, algo que no siempre sucede dentro de las películas colombianas y te quedas interesado al menos por ver en que termina la corrupción, a ver que giro pueda tener la historia y claro que la tiene. Por torpes los Iván terminan haciendo involuntariamente, una apología al peor de los delitos, el del hombre rico robando al más pobre.

27 de agosto de 2012

MI CINE HORRIBLE, MI GENTE TONTA. Reflexiones en torno a un insulto nacional.


Dago García es un hombre con una capacidad de trabajo descomunal. Dicen que lo han visto en las oficinas de caracol mirando concentrado un televisor. Está viendo una producción propia. Tiene en sus manos un cuaderno y un lapicero. Allí va apuntando lo que no le gusta para poder mejorarlo en el próximo capítulo. A Dago le interesa que sus productos vayan claramente a un sector definido de la población colombiana, los estratos uno y dos. Después de un profundo estudio sobre la sociedad nacional García ha descubierto que al colombiano promedio le gusta la chambonería, el chiste gratuito, un poco de sexo sugerido, la vulgaridad.
                                     En mi Gente linda todos los planos son horribles

Por eso en su última película Mi gente linda mi gente bella ha perfeccionado su género y lo ha llevado a un nivel que difícilmente podrá superarse. Ha renunciado de plano a contar cualquier historia y ha empezado a hilvanar chistes, uno tras otro, con la misma maestría con que Alí Humar dirigía sus episodios de Sábados felices.  Dago es una especie de David O. Selznick colombiano. El llama a un director y lo transforma en lo que él quiera. Esta vez llamó a una marioneta que se dejara manejar sin chistar. En el pasado había tenido problemas con un tipo brillante como Jorge Echeverri quien impidió que Pena Máxima fuera la bazofia que esperaba su productor. Dago está curtido y ya no comete esos errores por eso contó con la colaboración de un bobazo de la talla de Harold Trompetero para que todo lo que sugiriera le fuera respondido con un cordial, “Lo que usted diga patrón” “Como usted ordene patrón”.
La creación de personajes es tan profunda como la que realiza un director de teatro de colegio para un sainete el día del idioma. Hay un opita, un santandereano, una rola, un pastuso. Dago pretende retratar a Colombia como él cree que es, o como nos la han impuesto los medios de comunicación. Puros estereotipos.  Llama a los actores que saben son muy queridos por los televidentes. Está por un lado el cada vez más insoportable César Mora, una especie de Danny De Vito criollo desprovisto de cualquier tipo de talento y gracia, Sara Corrales que logra a mucho honor una de los peores interpretaciones de las cuales este servidor pueda tener recuerdo alguno y el resto son una pandilla de caricaturas que son arrastrados por como diría Peter Capussoto “Los huracanados vientos de la pelotudez”.
                  El maldito fantasma del 5-0 vuelve a ser usado de una manera vergonzosa

En un curso al que asistí en 1999 el entonces guionista decía que cuando él tenía un bache creativo no lo resolvía partiendo de las premisas de Robert Mckee o consultando que podía aconsejar Charlie Kauffman, no, recuerden que Dago como pocos es hijo absoluto de esta tierra por eso resolvía sus problemas a la manera colombiana, es decir “Rezándole al Divino Niño”. Esa debe ser la razón por la cual en cada una de sus películas hay un personaje devoto a esa divinidad.
A él no le interesa criticar nada, cada crítica o denuncia que se trata de hacer en este país despierta la apatía del espectador. A la gente le gusta ir al cine a olvidarse de los problemas y que mejor que mostrar la historia de un sueco que viene al país porque se aburrió de vivir bueno en un lugar donde hay justicia social, donde el trabajador es respetado, donde no hay hambre, un país de donde han salido talentos de la talla de Ingmar Bergman o Greta Garbo. Pero eso no es suficiente, ellos son aburridos, inferiores porque no tienen el vallenato, ni las mujeres fáciles que se entregan sin chistar en un baño. Allá no existe el aguardiente ni reinados de belleza ni tan la cacareada malicia indígenas. Pobrecitos esos suecos…. Con razón que por allá terminan suicidándose de la tristeza, dice una señora después de salir del cine… nosotros en cambio somos el tercer país más feliz del mundo, por detrás de Namibia y Vietnam.
                           Los guionistas ni siquiera fueron capaces de inventarse chistes nuevos

Dago García y Gustavo Nieto Roa son los hombres con mayor éxito en la historia de nuestro cine. Ambos se han ocupado de fijarse en los gustos de la clase popular. Ellos sí que le saben sacar rédito a nuestra estupidez. Nos ha reducido a todos en este país a los estratos culturales uno y dos.  Mi gente linda, mi gente bella esa colombianada a llevado a las salas de cine más de setecientas mil personas, un número impresionante apenas superado por Alerta y Don Jediondo en Muertos del susto. La gente acepta la caricatura reflejada en la pantalla. Me da miedo de que Dago empiece a tener razón y resultemos siendo uno de sus estrambóticos personajes.
La gente va al cine porque dice apoyar el cine nacional. Sin embargo esfuerzos personales válidos, maravillosos, sinceros como La primera noche , El vuelco del cangrejo o Silencio en el paraíso no tuvieron el mismo respaldo, es más tuvieron una distribución absolutamente pobre. Afrontémoslo, este no es un país cinéfilo, acá nos gusta es la recocha, la vulgaridad. Por algo Sábados felices cumplió este año 40 años.
Me dan risa todos aquellos chovinistas que critican las películas que hacen los gringos contra nosotros por dar una imagen provinciona y violenta de nosotros. Mi gente linda, mi gente bella es un insulto de proporciones monumentales. Afortunadamente nadie perderá el tiempo viéndola fuera de nuestras fronteras.


26 de agosto de 2012

EL SACRIFICIO De Andrei Tarkovski. El iluminado.


Pobre Tarkovski ni después de muerto lo dejan en paz. Para unos su cine es el culmen del snobismo y del aburrimiento. Una persona que por lo general dice ser fanática del director ruso suele cargar una boina y una pipa que no usa. Para otros, entre los cuales este servidor se suscribe  el creador de El espejo es un iluminado, un artista que es para el cine lo que fue Van Gogh para la pintura y Bach para la música.
Puedo pecar de seudo, posudo y aburrido. Pero ¿Qué otro camino me queda si no es la sinceridad? Desde estas páginas he tratado de desplegar mi amor incondicional al cine, no importa si venga en descarados estuches fascistas como fue el caso de Los vengadores o tengas tintes mamertoides como es el caso de Novecento. A mí no me importa el qué sino el cómo. A Tarkovski le debemos el haber transformado el cine en una máquina capaz de apresar un sueño. Inventó una manera de captar el tiempo, de volverlo universal a partir de su propia mirada. Por eso un plano de él no se parece a ningún otro.
                                    Tarkovski y el director de fotografía Sven Nykvist

A pesar de que era un amante incondicional del cine, es muy difícil determinar de dónde procedían sus influencias. Su amor a las películas de Bergman lo llevó a aceptar la oferta del Instituto Sueco de Cinematografía dónde le proponían financiar completamente la idea que él quisiera. Desde 1981 había empezado a escribir un guión con uno de sus colaboradores habituales, Arkadi Strugatski pero las diferencias políticas y su exilio definitivo impidieron que el trabajo se completara. Cuatro años después con todos los recursos a su disposición se embarcó en la escritura final del guión.
El sacrificio es la historia de cómo vive un hombre los últimos días del planeta. El temor siempre latente en la guerra fría de que una bomba despertara cientos de ojivas nucleares se hace patente en la última película del director ruso. Esta trama es solo una excusa para que Tarkovski nos hable de lo que él piensa del ser humano, de esa necesidad absurda de no entender la naturaleza, como trataron los griegos en la antigüedad desde su ciencia, sino de dominarlo y crear eso que llaman tecnología. Puede sonar un poco ingenuo, trillado, naif…. Pero estamos hablando de un iluminado y a este hombre hay que creerle. Ver esta película es asistir a un hecho verdadero, real.
                                                           El padre y el hijo

El filme tiene dos historias maravillosas escritas por el director quien seguramente si no hubiese tenido el recurso del cine hubiera desplegado su talento en la poesía siguiendo los pasos de ese gran escritor que fue su padre, Arseni. En una de ellas habla de una madre que en plena Guerra fue a despedirse de su hijo, quien se alistaba en el ejército a la estación. Minutos antes de abordar el tren decidieron tomarse una foto. Pocos días después la mujer recibiría la noticia de que su hijo había muerto en el primer combate que sostuvo. Pasó el tiempo, la mujer olvidó la fotografía. 20 años después la mujer estaba en otra ciudad. Pasó por una casa de fotografía y se tomó una foto. Mientras esperaba a que se la revelaran comenzó a ver los álbumes que estaban sobre el mostrador. Gente sonriente, amargada, niños llorando, pasaba y pasaba páginas hasta que la visión de una de ellas la dejó helada. Allí estaba su muchacho, de la misma edad que tenía cuando murió, agarrado de la mano de una mujer mucho mayor que él. Se acercó más a la foto y comprobó que era ella pero con la edad que tenía en la actualidad.
Si existe una influencia en su cine debemos buscarlo en la gran literatura rusa del siglo XIX. Por eso Erland Josephson, el gran compañero de Bergman, acá interpreta a un actor retirado que entre otros papeles encarnó al príncipe Mishkin, el personaje central de El idiota de Dostoyevski.  Como él, es capaz de dar la vida por los demás. De rodillas le suplica a Dios que le dé una oportunidad, que si quiere él es capaz de quemar la casa, olvidarse de su familia, de su amado hijo pequeño.
                                             La bruja viendo a la casa ardiendo

 Cuando todos pensaban que al mundo le quedaban un par de miserables horas, Otto, el cartero, le dice que todavía queda una esperanza. Marina, la extraña empleada Islandesa que vive al lado de una iglesia abandonada, es una poderosa hechicera. Si él se acuesta con ella ocurrirá el milagro. En una secuencias alucinante, el patrón y la sirvienta vuelan mientras hacen el amor, no a la manera cursi de un Eliseo Subiela, sino con la maestría de la que solo es capaz uno de los mas grandes artistas que ha habido jamás.
La casa arde, los loqueros van por el desquiciado. Se lo llevan, la familia impávida ve como la caza se doblega ante las llamas.
Lejos de la imagen que le quieren dar de monje santo recluido en monasterio Tarkovski era un tipo abierto al buen cine, vinera de donde viniera. Está comprobado que en el festival de Londres de 1985 vio otra de las grandes películas sobre el apocalipsis, Terminator de James Cameron impresionándole gratamente.
                                                     Una pausa en el rodaje

En la postproducción las dolencias físicas que empezó a sufrir durante el rodaje comenzaron a agravarse. Además su postura de no volver jamás a su país mientras prosiguiera la dictadura se radicalizó. La enfermedad lo consumió con una rapidez extraordinaria. Moriría en la navidad de 1986. Dicen que no fue un cáncer común y corriente. Que agentes de la KGB envenenaron a él y a sus colaboradores más cercanos. La prueba está en que la mayoría de sus colaboradores caerían víctimas del mismo cáncer pulmonar.
Su horror a la guerra y a toda forma de dominación quedaron impregnadas en las siete películas que alcanzó a hacer a pesar de que los dirigentes soviéticos hicieron todo para sabotear sus proyectos. El gobierno de Gorbachov hizo hasta lo imposible por traer de regreso sus cenizas a Moscú pero la viuda fue inflexible.
Andrei Tarkovski vive su sueño eterno en París.

24 de agosto de 2012

COLORADO JIM DE ANTHONY MANN. Un clásico olvidado


Después de haber participado como miembro de la fuerza aérea norteamericana en la II Guerra Mundial, James Stewart había tomado la decisión de retirarse de la actuación. Mientras filmaban Que bello es vivir le confesó a su director y amigo Frank Capra que no le veía sentido a hacer algo tan simple como encarnar un personaje cuando ya había visto la cruda realidad de una guerra. En el set de filmación estaba Lionel Barrymore, toda una leyenda de Hollywood, se acercó a él y comenzó a hablarle con la autoridad de un maestro a su alumno. Nunca se sabrá que le dijo pero Stewart se comprometió a convertirse en el mejor actor de todos sus contemporáneos.

Para hacerlo debería dejar de interpretar al entrañable inseguro larguirucho que ante cualquier tropieza comenzaría a tartamudear y a sentirse inseguro. No, tenía que llegar a convertirse en un tipo duro. En los cincuenta se convertiría en el mejor actor de la década. Las películas que filmó con Hitchcock se cuentan entre las mejores de la historia y su caracterización por ejemplo en Vértigo es todo un modelo de como un actor debe reflejar el horror.
En esa misma década realizaría cinco western con uno de los directores más injustamente olvidados de la historia, Anthony Mann. Hoy en día es muy complicado conseguir alguna de sus películas a no ser que TCM o City Stars tengan la piedad cinéfila de mostrarnos algo de ellas. En uno de los sanandresitos de Colombia encontré una copia, con Menú y todo, de Colorado Jim.  A lo largo de mi vida había escuchado hablar maravillas de este western pero como pocas veces sucede todas las maravillas que hablan del filme no solo se cumplen sino que se rebozan.

La acción empieza desde el principio. A Mann no le gusta andar por las ramas. Un caza recompensas persigue cientos de kilómetros a un bandido acusado de haber asesinado a un hombre por la espalda. Después de mucho andar lo encuentra acorralado en un lugar despoblado donde lo único que imperan son los indios de pies negros y la naturaleza. Stewart se hace pasar por un sheriff, le da veinte dólares a un viejo buscador de oro. Ambos van al peñasco, Robert Ryan se defiende con lo que puede, rocas, balas y madrazos. Aparece un joven soldado degradado por cobarde, se une a la cacería. Este soldado es Ralph Mekker quien diez años después compraría su boleto a la eternidad al interpretar al Mike Hammer en El beso de la muerte  de Robert Aldrich. El soldado después de escalar el peñasco se enfrasca en tremenda pelea con Ryan quien es defendido por una afeada Janet Leight. Como ven el elenco es de primera.
Amarran al forajido y Stewart ya relame los tres mil dólares que ofrecen por él, cuando el propio Ryan lo desenmascara y les cuenta la verdad a sus acompañantes: ese, ese que ven ahí no es ningún sheriff, es un caza recompensas que los está utilizando a ustedes. Quiere recuperar con mi cabeza lo que una mujer sin corazón le robó: las sagradas tierras que él le mandó a cuidar mientras se iba a la guerra. Ahora al bueno del Jimmy le va a tocar repartir su ganancia en partes iguales.
Lo que sorprende de Colorado Jim es que prácticamente no hay buenos ni malos. Si, Robert Ryan amarrado, siempre sonriente y tranquilo, hace las veces de una de esas brujas que eran atrapadas en pleno edad media y que sembraba la discordia entre sus captores. Es un tipo al que no le tiembla el pulso para disparar por la espalda a un hombre. Pero él mismo lo ha dicho, no le ha hecho nada al personaje de Stewart. Además Jimmy llega a ser un maldito bastardo, ¿Por qué no le contó a sus dos compañeros de expedición la verdad sobre la recompensa? Mientras tanto Janet Leight le ha dado su palabra al bandido pero a su vez empieza a sentirse atraída por la actitud heroica de Jimmy.

La acción acá no da tregua. Todo el tiempo están ocurriendo cosas, impedimentos. No hay un solo momento de paz. Por algo sus dos guionistas ganaron el Oscar por escribirla. Si Stewart estaba buscando un papel que le permitiera mostrar otros matices que mejor que el de Howard Kemp, sufriendo por su amor perdido, por un balazo en la pierna, por el amor que empieza a sentir por la mujer de su enemigo, por tener que vivir con el peso de adquirir una fortuna con el dolor de otra persona. Nadie ha sentido tanto dolor como Howard Kemp cuando se despierta delirando creyendo que los indios ya vienen por él.
Colorado Jim no es solo un gran western sino una de las mejores películas de todos los tiempos. Tienen que verla a como de lugar, apreciar sus colores, sus impresionantes exteriores y el poder magnífico de dos fuerzas de la naturaleza trabajando juntas, hablo de Anthony Mann y del gran James Stewart.

23 de agosto de 2012

LA LECTORA DE RICCARDO GABRIELLI. Chambonería criolla.


No hay género más complicado para un director que el triller. Acá no es solo crear personajes o situaciones creíbles. El que escribe la historia no solo debe crear una trama atrapante sino que debe desperdigar las secuencias como si fueran fichas de un puzzle que poco a poco, entre el realizador y el público se va armando.  Ricardo Gabrielli es un tipo ambicioso y eso no siempre es malo. Se había revelado como un director de televisión con éxito con las series El capo y Lynch. Es un tipo que como Simon Brand o Dago García tienen claro que el cine no es solo un arte sino una industria millonaria. Por eso las niñas lindas de los noticieros habían saludado con beneplácito en sus rincones del entretenimiento, la venta a Movie City de los derechos de su ópera prima.

Un gran despliegue publicitario se había formado a partir del rodaje, post producción y estreno del proyecto. En el tráiler no nos quedaba muy bien de que iba la película, pero el tráiler de un triller no nos tiene porque dar pistas, al contrario, debe confundirnos aún más. Se corría el rumor que Carolina Gómez iba a estar muy cortica de prendas y eso en si mismo hermanos míos era una razón de peso para ir al cine.
Lamentablemente uno después de verla se da cuenta de que La lectora solo vale la pena por el baile de caño de la ex virreina universal de la belleza. De resto el filme se hunde en puros lugares comunes. Después de unos créditos bastante bien logrados (que son bastante parecidos  a los de Seven) comienza el inevitable naufragio.  Resulta imperdonable que el prepotente del Gabrielli, que había comparado  su película con Touch of evil , al tener un mapa de referencia de la historia a partir de la novela que adaptó, de haber tenido como antecedente lo que hizo Pepe Sánchez en la serie del 2002, con resultados al menos dignos, haya hecho de esta historia, merecedora de premios en España y que tales, un total y absoluto bodrio.

Porque no es solo el lugar común que de eso está lleno el pobre cine de nuestros días sino la chambonería lo que hace de La lectora una película intolerable.  Gabrielli quien aparece en los créditos como productor, guionista y director (como Orson Welles, Woody Allen o Jairo Pinilla) no se tomó el trabajo de construir personajes. La puta aparte de bailar muy bien en el caño y de tratar de ser coqueta con todo aquel que se le atraviese no tiene otros matices que hagan creíble a una Carolina Gómez que ha demostrado que como actriz es una hembrota. Diego Cadavid es un taxista que mientras conduce se toma sus traguitos, como aquel Travis de Scorsese, pero al cual no le vemos un solo rasgo de humanidad. El capo es interpretado por Luis Eduardo Arango que eso de por sí ya lo dice todo y los dos bandidos que secuestran a la lectora no son más que pobrísimas caricaturas.
Gabrielli va a la fija, si ya tiene a los ídolos de la televisión colombianos pues para que construir personajes. La trama tiene unos baches enormes, demostrando que el guión fue hecho de pura rapidez, sin rigor, a los totazos. Los escapes de los protagonistas son absolutamente inverosímiles, incluso ni sabemos cómo fue que se escaparon de la ventana de un baño. La escena de sexo tiene como único propósito mostrarle las curvas a la Gómez. Si la puta cuenta la historia al alemán por teléfono, mientras está encerrada por sus captores después de una severa golpiza, no sabemos a que horas este profesor (que es un mamarracho más) pudo escribir un cataparcio de más de cien hojas y en hermosa caligrafía. Claro, esto tiene una razón de ser que seguramente en la novela se hace entender pero que acá sencillamente no es verosímil.

Y el final…. En el final el personaje de John Alex Toro repite su mantra, algo así  como todo es posible o una vaina así que no quiero ni recordar y que según su director es el momento donde debemos decir “Jueputa, que punto de giro tan brillante” pero que con ese cierre confirmamos no solo que La lectora es una mala película sino que su director se dejó convencer de que es un maestro en el género solo porque su serie Lynch se pasa en Movie City y en ese punto señor Gabrielli está muy equivocado.

RAN. De Akira Kurosawa. El último samurai.


Dicen que nadie, en occidente, entendió a Shakespeare como lo hizo Kurosawa. El director japonés no se conformó tan solo con recrear fielmente la obra del bardo inglés, sino que le dio un contexto, hizo lo que el dramaturgo mismo implantó como técnica de trabajo, tomar tramas que surgieron con el advenimiento de la humanidad, las disputas familiares, los celos, el parricidio, el desprecio total al hombre viejo. Toma el Rey Lear un hombre que como él bordeaba la ancianidad, lo mezcla con Motonari Mori, la historia de Hidetora  un señor feudal japonés al que la unificación de su país lo sorprendió demasiado viejo como para poder contrarrestar esas fuerzas separatistas.

Entonces, ante los ojos cansados de Hidetora se muestra dominante el Ran, palabra japonés que significa desorden, caos. Sus hijos que ya no son Regania, ni Cordelia sino tres hombres, cada uno completamente diferente del otro y que juntos son indestructibles según la vieja parábola de las tres flechas unidas, viven la disputa por heredar el feudo que su anciano padre quiere delegar en vida. Saburo, el hijo mayor, expone su descarnado punto de vista sin máscaras de ningún tipo. El padre lo expulsa de sus tierras y prefiere quedarse con las lisonjas de sus otros dos hijos.
Pero apenas están asumiendo el poder delegado empieza a aparecer la verdadera naturaleza que yace dormida debajo de la piel. Jiro, al ver desde su ventana el amanecer le dice a su mujer “Este paisaje se ve más bonito ahora que es mío” Uno ya puede asumir que a este samurái se le han subido un poquito los humos. Pero el personaje más terrorífico del filme es el de Kadaee, antigua señora del castillo quien vio como Hidetora despedazaba a toda su familia para apoderarse de la propiedad. En venganza la antigua princesa poco a poco se va convirtiendo en una bruja. Con su erotismo helado somete a su voluntad a los estúpidos hijos del señor feudal, manipulándolos conduciéndolos inefablemente al final de su estirpe.

Ran fue en su momento la película más cara de la historia del Japón con un presupuesto de 15 millones de dólares. En su filme anterior, Kagemusha  Kurosawa había tenido que pedirle ayuda a George Lucas y Francis Coppola para financiarlo. Acá la plata se la consigue ese extraordinario mecena de maestros que fue Serge Silberman. La dirección de arte de la película es simple y llanamente maravillosa. Cuentan que Kurosawa empezó a pensar en el proyecto en 1975, diez años antes de que empezara a ser rodado. Con suma paciencia pensó la construcción de cada castillo, de la indumentaria de los samuráis. Se internó en una investigación exhaustiva sobre cómo eran los códigos sociales de esa época. Para el director de Yojimbo “había sido una etapa más libre, en la que los hombres estaban menos controlados. Si a un samurai no le gustaba su señor, podía abandonarlo. Eso le permitía poder desarrollar los caracteres de sus personajes a su antojo. Además, en el siglo XVI también existía un gran sentimiento estético pues los hombres se preocupaban por la belleza y quería rodearse de objetos hermosos.” Y vaya si es capaz de reconstruir esta época. Solo en la construcción de un castillo la producción se gastó un millón de dólares, una cifra absolutamente exorbitante teniendo en cuenta los presupuestos que se manejaban en Japón a mediados de la década del ochenta. El diseño de vestuario estuvo a cargo de Emi Wada y le valió un Oscar.

En esta película Kurosawa decidió alejarse de las técnicas del teatro No. Esta vez decidió dirigir a sus actores a partir de los patrones de comportamiento que imperaban en la época. Todo es pausado, controlado. Las emociones se dejan ver a través de rostros pétreos. Todo es intenso, profundo, el odio, el amor, la envidia, la locura y la venganza. Entre todos los actores el de Tatsuya Nakadai se destaca interpretando a Hidetora, el samurái a punto de caer abatido por el desprecio de sus hijos y de los años. Sus pasos medidos, contenidos contrastan con su felxibilidad. Recuerdo la manera como se queda dormido en la reunión al principio del filme y como lentamente con contención habitual se le va cayendo la vasija que tiene en sus manos. Nakadai es una fuente inagotable de emociones que todo el tiempo nos mantiene al borde de la butaca, sufriendo por ese anciano al borde de la extenuación.

Ran habla de la ambición desmesurada al poder, del sexo como manipulación, de la destrucción total que deja la guerra. A pesar de sus dos horas y media el ritmo no decae nunca. A una escena que te quita el aliento  viene otra no menos poderosa. Las pupilas se dilatan ante todo color, creías haber visto el rojo pero no tenías idea, el rojo de la sangre, de los estandartes es redescubierto por el maestro japonés.  Ran fue la última gran película de Akira Kurosawa. No pierdan el tiempo descargándola, si quieren acercarse un poco a su grandeza intenten conseguirla en su formato de DVD.

22 de agosto de 2012

THE LOST WEEKEND De Billy Wilder. Un borracho en Nueva York


A los 19 Don se creía un genio.  Uno de los primeros artículos que escribió fue aceptado en Readers Digest. Su mamá lo alentó, que mejor manera de fomentar un talento que vivir en Nueva York. Allí llegó a los 20 años, con unos cuantos dólares y una Olivetti reluciente y nueva, a vivir en el apartamento de su hermano. No había prisa, podía quedarse allí el tiempo que quisiera. Por lo único que tenía que preocuparse era por escribir. Se sentó frente a la hoja en blanco y la llenó de letras. Pero después de tres intentos donde quedaba demostrado que la inspiración se había ido, Don empezó a preguntarse si esos primeros artículos no habían sido más que un golpe de suerte. Necesitaba encontrar un catlizador, algo que liberara las ataduras de su mente. Una voz le susurró destape una botella, beba de ella, beba hasta el fondo, hasta perder la conciencia.

Ante de  Lost weekend los borrachos en el cine eran figuras graciosas, siempre dispuesto a hacer las delicias del público con un gag. Nadie se había atrevido a mostrar la desgracia que podía atraer la adicción, eso fue precisamente lo que llamó la atención de Thomas Mann quien el 18 de enero 1946 escribió estas anotaciones en su diario “Por la noche a Westwood al cine: Lost Weekend basada en Jackson. Película bien hecha e impresionante en su representación de la adicción”.
La guerra recién había acabado y Estados Unidos quedaba posicionado como la única potencia mundial. Era una época feliz donde nadie ponía en duda que el modelo de sociedad que se había construido en América era el que debía seguir el mundo. Y viene este austriaco aguafiestas a decirnos que dentro de este país pueden sobrevenir este tipo de desgracias: la de un hombre frustrado, consumido por un vicio. La gente cuando la vio la primera vez la detestó. Billy Wilder no soportó ver como el cine se reía de ella. Salió un rato, tomó una copa en el bar más cercano. 

Al volver revisó las notas que había dejado la gente, entre ellas se destacaban dos “una buena película, solo habría que eliminar lo referente a la bebida” la gran mayoría de los juicios eran demoledores: la película era repugnante, repulsiva, aburrida. Un espectador después de la proyección, comentó que había decidido dejarlo. Cuando le preguntaron si quería dejar de beber, contestó:
-          No, no he renunciado a beber, he renunciado ir al cine.
En pocas semanas el panorama cambió. La gente abarrotó la sala interesada en ver este drama terrible sobre un hombre que no puede detener su vicio a pesar del amor que le da su novia, del apoyo incondicional de su hermano. La academia no fue indiferente a ella y por eso le otorgó cuatro oscares, los mas importantes, mejor director, mejor película y mejor actor. Ray Milland  había aceptado a regañadientes este papel ya que lo consideraba demasiado polémico para su figura de estrella. No se arrepentiría, interpretar a Birnan le constituiría la única estatuilla en su dilatada carrera.
Pero este no es solo .un filme sobre un borracho sino sobre una ciudad, Nueva York, Lost weekend fue de las primeras películas que mostró las calles de Nueva York, la gente en una hora pico, adelantándose al cinema verité y exhibiendo ese aire de documental que impregnó la obra de Wilder desde aquel experimento hecho junto a su amigo, Fred Zinneman mostrando a Viena en Gente en domingo.

Contrario a lo que se puede esperar de un filme de Billy Wilder no esperen una película divertida, más bien prepárense para adentrarse en el infierno interior de un escritor frustrado, de un hombre completamente sometido a una adicción y que solo el amor podrá sacarlo de ese pozo depresivo que cada vez lo empuja más y más a llevarse una pistola en la sien. Así nos ofrezcan un final donde se puede albergar la esperanza de un cambio ya nada puede quitarnos el desasosiego de haber visto a un hombre destruirse ante nosotros.

21 de agosto de 2012

PELICULAS MALDITAS. CARNE DE TU CARNE DE Carlos Mayolo


En los primeros 45 minutos crees que estás ante el despegue definitivo del Cine Colombiano. Todo parece funcionar, el aeropuerto lleno de aviones viejos, los trajes, el diseño de arte. La escena de la familia reunida en torno al proyector es antológica. Sobre la pared vemos a los fantasmas del pasado, el tío ateo, el escritor suicida, las monjas y otro tío de la familia que se parece muchísimo a Luis Ospina.  Está el contexto histórico, la terrible explosión de Cali ocurrida un 6 de agosto de 1956 cuando por “accidente” explotaron 1053 cajas de dinamita dejando más de 1500 muertos y que la historia oficial a borrado de un solo plumazo. Mayolo fue testigo de esa tragedia e incluso en sus memorias dice que su casa terminó afectada. Poncho, su amigo de toda la vida también vivió la explosión. Todo eso está puesto sobre la narración de la película sin que se recargue o empalague.

Incluso podemos aceptar ver a esos terratenientes despiadados de los Velasco pagarle a los pájaros para que asesinen campesinos, les corten las orejas y apoderarse de sus tierras. Desde el principio, con el monólogo de la vieja agonizando podemos sospechar lo del incesto, hecho que corroboramos con la excesiva ternura que despliegan David Guerrero y Adriana Herran. Podemos parar un momento y enumerar entonces los temas que ha tratado la película en su primera mitad: Explosión de Cali, Terratenientes despiadados, Incesto, Descomposición familiar, creación de las temibles bandas de Pájaros. Son cinco temas en menos de cuarenta y cinco minutos sin que ninguno se desborde. Eso revela que detrás de la cámara hay un director de pulso firme, un tipo que parece tener claro la historia que va a contar, que conoce muy bien sus limitaciones.
Toleramos las torpes actuaciones, los fallos técnicos, el sonido infame, toleramos todo menos cuando dentro de la cabeza de Carlos Mayolo retumba el peor de los defectos del grupo de Cali: las seudofascinaciones. Sabemos que la película es de un cinéfilo porque está dedicada a Roger Corman y a Roman Polansky. Hay escenas como en la explosión cuando la familia huye del horror y todo se pone rojo que recuerda a la primera película del director polaco en Inglaterra, Repulsión. Hay escenas que no recuerdan a nada sino que son originales, cargadas de una potencia única como la de los dos adolescentes volando en el columpio. Pero cuando aparece Luis Ospina con la boca llena de sangre, la abuela en silla de ruedas y el viejo fantasma del general mirando a los dos hermanos cometer incesto empezamos a ver que la maldita cinefilia se ha metido dentro de la película como la broma comiéndose un barco. Ya nada podrá salvarla del naufragio.

Se convierte entonces en una extraña mezcla de El fantasma de la libertad y Sangre para Drácula con tintes de La noche de los muertos vivientes. Todo eso para mostrar lo inteligente que ellos eran, todo el cine que veían, lo importante que era Poe para el grupo. Todo se cae como un castillo de naipes. Esto ocurrió unos años antes con la opera prima de Luis Ospina Pura Sangre, unos primeros minutos arrolladores para después convertirse en una miserable copia de Ciudadano Kane.
Los primeros cristianos murieron por preservar el nombre de cristo, los caicedianos se mueren de sus propias seudadas. Se tenía que demostrar la cultura, el rock, la cinefilia para ser un man bien, si me entiende…
 En un país sin imágenes Carlos Mayolo tenía el talento, la perseverancia, la salud que puede necesitar un director para hacer una gran película. Sin embargo no lo pudo cuajar, en parte porque en esa época, 1983 cuando era tan difícil hacer cine en este país en la opera prima de cada director este tenía la necesidad de contarlo todo. Contar sus obsesiones, su vida, la situación del país, la denuncia, la música, el cine que veían. Mayolo lamentablemente cayó en esa trampa. Tres años después haría La mansión de la Araucaima y ahí si podíamos ver la obra de un autor maduro, en esa adaptación de la novela de Mutis podemos ver una atmósfera propia, lo que se conoció en los ochenta como el Gótico Tropical.

Carne de tu carne es una obra digna, con planos memorables, la película de un hombre que conocía el oficio, que amaba el cine. Lamentablemente por la necesidad de la cita constante y de demostrar todo el tiempo el amor al horror que tanto profesó el grupo por culpa del suicida, Mayolo cayó en la trampa y echó por tierra lo que seguramente iba a ser nuestra primera gran película.

¿PODEMOS JUGAR? Historias de la violencia.


Esto me lo contó Emiliano hace unas noches.
En Chitagá como en casi todo Norte de Santander los paramilitares se asentaron a principios de la década pasada. Pusieron su centro militar y de tortura en el viejo caserón de los Ávila. No se caía una hoja de un árbol sin que ellos lo supieran. El control era total. Todo lo que salía y entraba en el pueblo tenía que pasar necesariamente por el ojo inmenso que todo lo ve. Una mañana  apareció un niño de 7 años encima de una mula. Nunca antes lo habían visto en el pueblo. Marcos, el líder de los paracos al verlo salir del puente ordenó que lo esculcaran.  Dos hombres de cara rocosa ayudaron a bajar al niño de la bestia. Le preguntaron que de donde venía y el niño señaló los frailejones que se veían quemados por las constantes heladas que azotaban el páramo.

-          Usted cómo se llama?- Le preguntó el más viejo de los hombres mientras revisaba las alforjas que cargaba en la mula.
-          Francisco- respondió el niño.
El más viejo le hizo una seña al  de la cabeza rapada para que se acercara. Entre unas sábanas venía escondido un radio intercomunicador. El de la cabeza rapada se le acercó al niño.
-          ¿Quién le dio esto?
Francisco se quedó pálido, como si el alma se le hubiera salido con esa pregunta.
-          Me lo encontré por el camino- respondió mientras tragaba saliva.
El de la cabeza rapada toma a la mula por las riendas y quiso marcarle el camino pero la mula se mantuvo inmóvil y miraba con angustia al niño como preguntándole que hago y Francisco no tuvo tiempo de decirle con palabras dulces al animal que hiciera caso porque detrás de la bestia estaba el más viejo agarrando con fuerza su fusil y propinándole un culatazos en sus ancas.. La mula automáticamente se puso en camino.

El pueblo eran tres calles desiertas. Pocos se atrevían a enfrentarse al frío que bajaba como un manto tenebroso justo después de las siete, la hora en que los paramilitares montaban el estado de sitio. Todos tenían medio. Mejor vivir encerrado, escuchar desde el cuarto descascarado el lamento de los torturados. El único que se atrevía a salir era Emiliano. Su familia vivía justo al frente de la casa de los Ávila. Eran amigos de toda la vida. Una noche vieron como entraba un comando y los sacaba a empujones de su propia casa. Los metieron en un camión y según palabras de Marcos los llevaron a dar una vuelta. Nunca más los volvieron a ver.
Emiliano Tenía ocho años y le gustaba salir a jugar con los carritos justo al frente del cuartel. Por las rendijas de las  ventanas los habitantes de la calle central vieron como los dos hombres traían a Francisco y a la mula. Emiliano los vio meterse en el viejo caserón, ignorando porque la gente grande tenía miedo. Su mamá iba a salir a decirle que mejor centrara a tomarse un chocolatico, el de la cabeza rapada salió y con amabilidad le dijo a la mamá que mejor lo dejara por ahí
-          Le hace un bien señora, es mejor acostumbrarlo a que viva en la calle y no debajo de sus naguas, así es que se forman los hombres, señora.

El consejo era una orden y la señora no tuvo otra posibilidad que obedecer. Antes de que fuera mediodía, cuando Emiliano ya había hecho una carretera con sus propias uñas y andaban por allí los cuatro carros con los que jugaba tenía al frente a Francisco.
Recordaba Emiliano muchos años después “Era como un hombre muy viejo metido en el cuerpo de un niño. Se veía muy angustiado y con una voz que seguramente no correspondía a su edad me preguntó “¿Podemos jugar”. Yo le di un carro y le expliqué un poco en qué consistía mi juego pero la verdad no me hacía mucho caso, todo el tiempo estaba mirando para la casa de los Avila, sabía que estaban deliberando sobre la pena que le esperaba por haber traído ese transistor”
El niño tomó un carro y distraído lo impulsaba para detrás y para adelante. El de la cabeza rapada y el más viejo los veían desde la entrada del cuartel mientras tomaban una cerveza. “ Me parecía increíble que el último deseo que podía tener ese niño era justamente jugar, jugar en contra de las circunstancias, en contra de él mismo porque tenía miedo, se le veía el miedo, le temblaban las manos no del frío sino del miedo.No sé cuánto duró eso, el pánico que sentía el niño me lo transmitió a mí. Al poco tiempo dejamos de jugar y nos pusimos a esperar entre la tierra que habíamos escarbado”.
Adentro en la mesa de caoba de doce puestos Marcos terminaba de comer las orejas de cerdo que tanto le gustaban. Tenía al frente el radio que había traído el niño. Lo tomó entre sus manos, lo examinó. Estaba claro que nadie dejaba por ahí, tirado al lado del camino un aparato de ese calibre. Se levantó de su mesa, se acomodó las tirantas y salió a la calle. Se puso entre el mas viejo y el de la cabeza rapada y miró al niño. Le hizo una seña a sus dos hombres y ambos entraron.

“El niño tenía los ojos llorosos y yo le dijo que no tuviera miedo, que mi mamá no iba a dejar que nada malo le pasara, pero Francisco no me escuchaba, era como si ya no estuviera allí”. A los pocos minutos salió el más viejo.
-Venga para que almuerce, no vaya a ser que después me le dé la pálida.
“Francisco me pedía algo con la mirada pero yo no sabía que era, quería quedarse conmigo, que lo guardáramos en el patio pero yo no atiné a decir nada y lo dejé ir”
La mamá de Emiliano lo metió en la casa. Ya era mediodía y la bruma bajaba entre las piedras y los frailejones como una avalancha. “estaba con mi mamá en la mesa, tenía al frente un plato de colado pero no me comí ni una sola cucharada. Escuchamos llegar el camión, el mismo camión que se llevó a los Ávila, nos asomamos entre la rendija de la puerta y allí estaba el secundado por los dos hombres. Estaba pálido como una placa de mármol  Lo subieron al camión, tenía la mirada perdida, tal vez buscando la mula pero no la encontró”
El camión despertó la polvareda. Emiliano salió a la calle y lo vio perderse entre los peñascos. En la noche regresó el camión sin el niño. La mula duró deambulando por el pueblo tres días hasta que uno de los hombres que vivían en la casa de los Avila, después de desocupar una botella de aguardiente en fondo blanco decidió descargar el proveedor en ese animal triste y flaco. Algunos paracos también tienen alma.
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15 de agosto de 2012

PELICULAS MALDITAS. THE MISFITS DE JOHN HUSTON


Orson Welles decía que era mucho más interesante la vida de John Huston que sus películas. Vaya si no lo he constatado leyendo su autobiografía y viendo en muy poco tiempo alguna de sus mejores películas. El problema que se le endilga al autor de La burla del Diablo podría ser la cantidad de películas que realizó. Aceptaba cualquier proyecto y eso en una época en que a la intelectualidad francesa le dio por crear el remoquete de autor era algo que se prestaba inevitablemente a la sospecha.
                                                     Instrucciones precisas a Marilyn
Pero han sido muy injustos con Huston. Él ha sido el creador de clásicos absolutos como El halcón maltés, La Jungla de asfalto, La reina africana, El tesoro de la sierra madre o esa sátira vanguardista como es  El juez del patíbulo. Películas llenas de vida que el tiempo no les ha quitado un ápice de su frescura. Sin embargo hay otras que han envejecido. Una de ellas es The misfits. Ayer quería volverla a ver porque a pesar de tener un elenco de lujo, de que el guión sea del mismísimo Arthur Miller, que en la edición hayan tenido a la mano derecha de Hitchcock, George Tomasini, el recuerdo que tenía de este filme no era el mejor. Alentado por haber leído la autobiografía me puse a buscarla. La encontré y la puse. A la hora el malestar de hace unos años volvía a hacerse presente. Hay algo que me resulta chocante en esa película. De pronto es porque no pasa nada, porque no logro creerle a Marilyn Monroe toda esa soledad y tristeza que la embarga. Es la misma incredulidad que siente Clark Gable cuando en el auto le dice “Como puedes ser tan triste, si un rostro como el tuyo da felicidad”. El que decía estas palabras no era necesariamente la estrella de Lo que el viento se llevó sino el mismo Arthur Miller quien veía impotente como el amor que sentía  Marilyn hacia él se  deshacía.
                             "Las peleas entre los dos eran constantes" Foto de Inge Morath
En la película el personaje de la Monroe acababa de divorciarse. Justo cuando pensaba internarse sola en el pozo de su depresión aparecen dos vaqueros, Eli Wallach y Clark Gable para invitarla a pasar unos días en el rancho del primero. Alentada por su casera, la siempre graciosa Thelma Ritter Marilyn se va con ellos soportando estoicamente las embestidas del galancete sesentón que tiene que soportar ver a M.M. en traje de baño, recostándose sobre su hombro buscando cobijo, calentándose hasta explotar “Con esa carne de primera” con la que convive pero no puede tocar.
Viven sin jefe, sin ser asalariados. Pertenecen a una época que ha pasado pero ellos se niegan a adaptarse. Están aislados, viviendo en el desierto, cultivando verduras y amansando caballos salvajes. Nada parece sobresaltarlos hasta que aparece Montgomery Clift, el joven aprendiz de vaquero. Ahí si Marilyn al ver esas cejas pobladas y esa mirada profunda, intensa, caerá rendida a los pies del joven discípulo de Strasberg.
                         Arthur Miller y John Huston padeciendo las inseguridades de Marilyn
                                  
La filmación en sí de la película fue una noticia. El hecho de que Arthur Miller se sentara a escribir un guión para su amada esposa era una bomba. Muchos fotógrafos visitaron las locaciones y dejaron un registro absolutamente maravilloso. Allí estaba Henri Cartier Bresson Erns Hass o Inge Morath quienes fueron testigos del desprecio constante al que era sometido Miller por parte de su despampanante esposa. Ella estaba rodeada constantemente de aduladores que trataban muy mal al dramaturgo. Tratar mal es que expresamente lo humillaban o se burlaban de sus comentarios. Huston fue testigo excepcional de esto y en Un libro abierto narra de esta manera uno de esos desprecios "Una tarde iba en coche por ahí lejos de donde estábamos rodando – a millas del desierto – cuando ví a Arthur solo. Marilyn y sus amigos no le habían ofrecido traerle de vuelta, ellos acababan de dejarle. Si yo no le hubiera visto, se habría quedado tirado allí. Me compadecía cada vez más de él". El director tomó partido desde el principio por su guionista así como todos los que visitaban el plató en Reno, Nevada. Incluso la fotógrafa Inge Morath terminó siendo la esposa de Miller justo después que Marilyn lo botara como quien arroja un Kleenex sucio.
                                                              Momentos antes de rodar
Gable estaba de muy buen humor durante el rodaje a pesar del continuo dolor de espalda que lo azotaba. A sus sesenta años se conservaba muy bien. No se comportaba como una estrella cualquiera. Al contrario, su disciplina y compromiso con el proyecto asombraron al director y sus técnicos. Quería ser recordada antes que nada como un actor.  Estaba muy entusiasmado. Decía que este era su papel más importante desde Rett Buttler. Estaba impaciente por ver nacer a su hijo. No veía la hora de ver la película. Sin embargo nunca lo podría hacer. El 16 de noviembre de 1960, tres días después de haber terminado la filmación un infarto lo sorprendería en su mansión de Los Ángeles.
No solo sería la última película para Clark Gable. Marilyn sucumbiría a su vicio de dormir dopada dos años después. Estaba rodando una película pero apenas  había actuado en un par de secuencias. The misfits había sido su testamente fílmico. En su boca quedaron las palabras de su despreciado esposo como despedida final. Arthur Miller la contenía, le daba un cierto equilibrio, la presionó para que cada vez fuera una mejor actriz. No en vano los dos mejores papeles (Este y el de Sugar Kane en Some like it hot)  ocurrieron mientras estaba casada con el autor de La muerte de un viajante.

                                 Huston dirigiendo a M.M y a Thelma Ritter foto de Cartier Bresson

Además de ser la última película de estas rutilante estrellas The Misfits  fue el último gran papel de un cada vez mas deteriorado Motgomery Clift. El abuso de drogas y del alcohol hicieron que fuera cada vez más difícil para él aprenderse los diálogos de los guiones de las pocas películas en las que actuó después. En una de ellas volvería a ser dirigido por Huston. Tenía que interpretar al doctor Freud pero según cuenta el director la experiencia fue poco menos que traumática. Era disperso, los nervios estaban destrozadas y cada tanto hacía pataletas dignas de un niño gigante. Moriría en 1966.

Por estas razones que exceden lo cinematográfico The misfits  es el testimonio del final de una época. No solo fue la última película de dos de las más grandes estrellas de todos los tiempos sino por el año en que fue estrenada, 1961, marcaría el final junto con El hombre que mató a Liberty Valance de la época dorada de Hollywood.

13 de agosto de 2012

JAIME GARZON, CHAVELA VARGAS Y LOS BIENPENSANTES


Que paradójico, hay gente que hoy en sus perfiles de Facebook pone el rostro de Jaime Garzón cuando ayer ponían en el mismo espacio el retrato de uno de sus presuntos asesinos,  Uribe. No hay contradicción más grande que el de llorar a Garzón y ser uribista. Hace unos días murió en México o no sé en donde la cantante Chavela Vargas. Confieso que para mí la cantante costarricense no fue más que una exótica muer con barba.
 Tengo amigos que hacían reuniones en sus lujosos apartamentos en torno a una botella de tequila y ponían un disco de ella. Deliberadamente empezaban a embargarlos la tristeza, se ponían en onda. Entre más triste uno se ponía escuchando Llorona más culto se volvía. Diez años antes nadie la escuchaba. La consideraban una cantante de cantina para mexicanos borrachos.  Tuvo  que venir Almodóvar y meterla dentro de la banda sonora de sus películas para recibir la aprobación de ese público universitario y ñoño.
                                                      Chavela y Almodovar.
Al morir a los noventa y cinco años los bien pensantes expresaron su inmensa pena ante la desaparición de esta mujer con barba, que entre otras cosas había sido amante de otra muchacha con bigote, la Frida Kalho esa que tanto sobreestiman los bienpensantes. Para amar algo necesitas merecerlo. Una de las desventajas del Facebook es que fomenta la pereza. Se filtra una noticia, por ejemplo el deceso de un artista o el aniversario de su muerte y ya no necesitamos saber nada más para declararnos fans. Que cuento de leer la obra ni esas maricadas. Vamos directamente al exhibicionismo de nuestro dolor
Dentro de pocas semanas todos esos que lloraron a Chavela la olvidarán por completo. Harán bien, escuchar tres canciones seguidas de esta señora un domingo a las cinco de la tarde puede inducir al suicidio. Ha Garzón como cada año lo olvidarán mañana 14 de agosto. Hoy los noticieros harán un especial sobre él pero no se ahondará en el tema que debería preocuparnos; ¿Quién lo mató?
                                                             ¿Algún día?
Jaime Garzón usó el humor como un arma para atacar a los poderosos de este país. Cuando se juntó con Karl Troller y Eduardo Arias para crear Zoociedad no pensaba que este programa podía presentar los picos de ratings que presentó. Se atrevieron a darle al país un espacio donde se renunciaba a lo que estamos acostumbrados para hacer humor, el chiste fácil, la recocha. Lo increíble es que a los colombianos les gustó el programa. Zoociedad bebió de las fuentes de Monty Phyton y hasta de Mark Twain, pero a la vez uno al escuchar a Emerson De Francisco podía tener otro lado de la noticia, el lado que los grupos económicos no dejaban difundir. Uno podía estar informado y a la vez divertirse con pura y física patafísica.
                                                El gran Emerson de Francisco
Al final de sus días, cuando poco a poco su figura iba siendo asimilada por el establishment, decidió cambiarse la dentadura y creo que alcanzó a protagonizar alguno de esos café conciertos que tanto gustan a las menopáusicas.
Sin embargo su vena crítica no se extinguía. Recuerdo cuando supe que ese embolador de cara manchada de hollín y desmueletado que se hacía llamar Heriberto de la Calle era Jaime Garzón. Entonces supe que ese man, en un ejercicio digno del método de Strasberg, se había quitado las muelas solo para encarnar con fidelidad uno de los personajes más deliciosos, punzantes y valientes de nuestra miserable televisión. Verlo arrinconar a sus invitados en el segmento que tenía en CM& era una experiencia alucinante, tanto que uno era capaz de soportar a Yamid Amat por media hora con tal de verlo.
Me despertaron con la noticia de que estaba muerto. Encendí el televisor y vi la camioneta negra, estrellada contra un poste de la luz. El cuerpo todavía estaba adentro, como una sombra negra descansando sobre el volante. Cesar Augusto Londoño dijo esa noche la única frase iluminada que ha dicho en treinta años de carrera “Buenas noches, país de mierda” tenía los ojos arrasados en lágrimas. Fue un día absolutamente triste para el país y no necesitamos de Facebook para expresar nuestro dolor. Matarlo significaba no ver nunca más a Heriberto, saber que Jaime nunca más volvería a crear un personaje y que el paramilitarismo, los mafiosos y los políticos andarían por ahí campantes sin que nadie les cantara la tabla.
                                                El llorado Heriberto de la Calle.
                                                   
La actitud no es solo poner la cara de Garzón en el perfil de Facebook sino tratar de luchar lo hacía no para asumir la actitud hipócrita de “Conseguir la paz” o caer en el lugar común de decir “Queremos hacer de este mundo un lugar mejor” sino tratar de hacer denuncia, de poner el dedo en la llaga. Todo el mundo sabe quién es el asesino, todos sabemos que la guerra es un negocio y que por ende no se va a quedar, a todos nos queda claro que la guerra contra las drogas se perdió y que si se quiere acabar con el narcotráfico la solución más sencilla y lógica es legalizar la droga. Ese podría ser el mejor homenaje que se le puede hacer a Heriberto de la Calle.
A las pocas semanas de haber muerto recuerdo a los mechilargos de la universidad pidiendo borrachos Candela de César Mora, la que decían, era la canción preferida de Garzón. Siguiendo la canción con pasos torpes y una botella de Águila gorreada en la mano trataban de seguir el ritmo de la salsa. Se la sabían de punta a punta con coros y todos. Regaban un poquito de cerveza en el piso para que todo el mundo se diera cuenta del inmenso dolor que sentían ante el vil asesinato.
Sin embargo nadie estuvo atento de la investigación. Los asesinos seguían libres aunque se sabía claramente que el crimen lo había ordenado la ultraderecha de este país.
Con la creación de Facebook Garzón se convirtió en un ícono cultural. Los mismos que leyeron y subrayaron frases enteras de Mi confesión la autobiografía de Carlos Castaño, posteaban en  sus muros a uno de los personajes del humorista. Se admiraba por igual a la víctima y al victimario. No era cinismo señores, era física ignorancia.

12 de agosto de 2012

TOTAL RECALL DE LEN WISSEMAN. TOTAL ¿PARA QUE?


Sin duda que iba con muchas expectativas. Ya sabía que esta versión del 2012 era una lectura completamente diferente del cuento  We Can Remember It for You Wholesale que había adaptado con tanto éxito como Paul Verhoven en 1990. Esto lo hacía todavía más interesante. ¿Para que hacer remakes sino aportan una nueva interpretación, una nueva trama?
El problema es que desde el principio uno mentalmente va haciendo comparaciones y cuando eso comienza a suceder al ver un remake es porque definitivamente te estás aburriendo. Es una pena porque los elementos estaban dados. La visión de la ciudad opresiva, sucia, asfixiante podía ser toda una reflexión sobre el futuro negro que le espera a este planeta si seguimos empeñados en destruir todo espacio verde. La lluvia ácida cayendo eternamente sobre la ciudad recordaba la atmósfera utilizada por Ridley Scott en su célebre Blade Runner. Era una manera bastante inteligente de rendirle tributo a Phillip K. Dick.

Además estaba el dictador que con la excusa de combatir el terrorismo destinaba recursos para endurecer sus tropas dizque para proteger a los ciudadanos. Los medios de comunicación como siempre se prestaban a la farsa. Pero estos aspectos en vez de haber sido ahondados desde el guión solo son un decorado para la insoportable persecución que se desata en tres cuartas partes de la película.
Lamentablemente el Vengador del futuro de Len Wiseman no es más que una excusa para mostrarle el pecho a Collin Farrell y las curvas a Kate Beckinsale. Estos hacen una horrenda parodia del Señor y la señora Smith. Los guionistas ni siquiera se tomaron el trabajo de construir los personajes. Un par de chistes bastante malos sobre el matrimonio son usados solo para dar respiro entre esas peleas coreografiadas como con piloto automático. No hay una sola escena memorable como en su antecesora. ¿Recuerdan los mutantes de marte? ¿Al líder rebelde viviendo en la panza de un monstruo? ¿A Schwarzenegger disfrazado de gorda? Acá no queda ninguna imagen, ninguna escena que se te haya quedado incrustada en la cabeza como ese chip que el bueno del Arnold se saca con unas pinzas en la genial adaptación de Verhoven.
En su momento Total Recall se convirtió en toda una precursora de nuevos efectos especiales, esta en realidad no deja sino un mal sabor de boca. Acá no hay un malo de peso como Michael Ironside en la del 90. Bryan Craslon y la Beckinsale son malos porque así lo ha querido la industria y los buenos son así porque combaten a los malos. Pero no sabemos nada de ellos, solo que les gusta mucho correr y dar bala venteada.

En el pasado las películas de ciencia ficción eran toda una reflexión sobre la humanidad. Muchas fueron metáforas que intentaban reflejar con sutileza los problemas que azotaban al hombre del presente. Hoy estas películas en su gran mayoría sirven para mostrar los últimos avances tecnológicos pero ya no sienten la necesidad de contarnos una historia y esos es bastante grave al menos para espectadores que esperan vivir la intensidad de una buena narración.
Terminé haciendo lo que menos quería, comparar esta con su antecesora. ¿Que más puedo hacer? Si lo que sentí en esa silla fue nostalgia. El vengador del futuro no me gustó solo porque no se parece a la que dirigió Paul Verhoven, esta Total Recall no fue de mi agrado simple y llanamente porque es una mala película. Punto. 

JFK DE OLIVER STONE. El golpe silencioso


No soporto a Oliver Stone. Su nombre me produce las mismas agrieras que puede producirme ese hombre tan serio, imperturbable y justo que es Sean Penn. Sus películas suelen ser predecibles, con buenos muy buenos y malos terriblemente malos. Crea personajes unidimensionales y muchas veces se nota que es de esos compulsivos que ruedan y ruedan cientos de miles de kilómetros de película y luego le dicen al pobre montajista casi ciego “Ey men, deme una mano” y como sea desde la moviola tienen que sacar una narración que tenga algo de coherencia.

Sin embargo JFK era una película de la cual tenía los mejores recuerdos. A pesar de lo intrincado del relato, una historia de conspiración con toque documental, recordaba haberla disfrutado cuando mi papá me llevó a verla al Rosetal en el lejano y feliz 1992. Había querido volverla a ver desde ese entonces y veinte años después pude acceder a una copia y pasar toda una noche del sábado alejado del vértigo del ron.
No importa si los hechos que describa Oliver Stone en esta película sean ciertos o no. No necesitamos que esta caricatura de un rebelde nos venga a decir pues como es que se hacen los complots dentro de la CIA. Ya sabemos que lo que hay después del Río Bravo no es más que una dictadura y que el presidente la gran mayoría de veces no es más que un títere de sus generales. Si quieres tener el control absoluto de ese país siendo presidente debes tener la moral de un detective privado o ser Richard Nixon. Kennedy en algún momento pensó que podía torcer el destino de una nación avocada al millonario juego de la guerra. A los fascistas cualquier alusión a la paz les causa escozor y no tienes que tomar un avión y viajar hasta Nueva Orleans para que sientas los estragos de ser un pacifista; en Colombia un político  que abogue por una salida negociada al conflicto es tildado inmediatamente de terrorista, de enemigo jurado del estado y sin previo aviso pueden estar tumbando la puerta de tu casa, subirte a un camión y llevarte a un descampado para ejecutarte como una serpiente llena de veneno.

Pobre Kennedy, tan joven, tan lleno de vida. A pesar de que descendía de una familia de inmigrantes irlandeses la fortuna familiar ascendía a los mil millones de dólares. Con esa plata hubiera podido dedicarse a los negocios de su padre, pasar el verano en su yate, recorrer los mares del sur y sembrar una estela de sífilis entre Tahiti y Nueva Zelanda. Pero no, le dio por ser primero un héroe de guerra y después por ser presidente. Además cometería el error de llegar al poder siendo un idealista. Tenía pensando para 1965 sacar el último hombre de la absurda guerra del Vietnam, dejar en paz al barbudo y su revolución, sentarse con Jrusnchov y ponerle fin al embeleco ese de la guerra fría.
Estados Unidos venía de ser gobernado por Eisenhower, un general, un hombre que se formó en las lides de la guerra. La cacería de brujas se recrudeció durante su gobierno haciendo que figuras aborrecibles como el senador Joseph McCarthy cobraran notoriedad con sus famosas listas negras. Cualquier cosa que oliera a comunismo sería extirpado de la vida norteamericana. Los militares estaban felices, por fin gobernaban a placer…. Hasta que llegó este irlandés con pinta de yuppie, más joven que cualquier otro presidente en la historia del país y con unas ideas francamente subversivas.

Las fuerzas oscuras de América tenían que pensar bien en una estrategia para sacarlo del poder. El pueblo lo quería pero el pueblo cree todo lo que le digan las noticias. Los grupos económicos manejan los medios de comunicación así que si era por neutralizarlos no había ningún problema. Para su golpe de estado tenían que buscar un chivo expiatorio, crear la teoría de que un solo hombre con un rifle defectuoso podía disparar tres veces y dar en el blanco en las tres oportunidades en un margen de nueve segundos y desde una distancia considerable. Hitler decía que entre más grande la mentira más fácil era que el pueblo se la creyera. Así fue. Al joven presidente lo ejecutan en un temible fuego cruzado mientras desfilaba en su descapotable por las calles de Dallas. Texas es un fortín republicano, allí está el billete, el petróleo, el poder. Recuerden que los Bush son de por allá.
El país creyó que una piltrafa humana como Lee Harvey Oswald podía atentar contra el presidente solo porque era “Un fanático comunista” la justicia también la creyó menos el fiscal Jim Garrison. Con sus propios recursos inició la investigación a pesar de ser ridiculizado por los medios, hostigado por sus propios colegas, amenazado por el poder oscuro que todo lo domina en ese maldito país.

Producto de esa investigación escribió el libro On the trail of the Assasins en el cual se basaría Oliver Stone para hacer la mejor de sus películas. A pesar de lo intrincado, de la cantidad de nombres de los acusados, de las versiones, de que por momentos es un documental, nunca te pierdes. Esto se lo debes sin duda a un guión muy bien escrito y a uno de los mejores montajes de los cuales tenga recuerdo. Entre Pietro Scalia y Joe Hutshing logran componer una sinfonía visual donde nada sobra, todos los puntos se encuentran como su fuera un rompecabezas.
Pero fuera de eso la película está reforzada por unas actuaciones estupendas. Y esto es gracias a un fantástico  casting. Gary Oldman encarna a uno de los personajes más tristes y miserables que han pasado a la historia, Lee Harvey Oswald. Ya sabemos la capacidad que tiene el inglés para transformase en lo que le de la gana, pero con Oswald roza la perfección. Tommy Lee Jones como el refinado y pervertido magnate Clay Shaw también está fantástico. Ver a Joe Pesci me produce una extraña sensación de repulsión y alegría, y por más difícil que nos cueste creerlo o decirlo Kevin Kostner acá logra la mejor actuación de su carrera.
Veinte años después JFK se rebela como un clásico absoluto. Una película vigente que refleja no solo la realidad política de un país en particular sino de cualquier otro. El golpe de estado más sanguinario que se recuerde se perpetró en la nación que predica la igualdad, la democracia, el respeto por las instituciones. Deberían pasarla en los colegios para que los niños entiendan que la guerra es un negocio para los que fabrican armas, un negocio millonario como el de la droga y es por eso que conviene tanto tenerlo. Y a los que la política les importe un comino deberían verla para que entiendan como es que se debe montar una película.
Imperdible. Para verla una y otra vez.
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