28 de octubre de 2011

LA NECESIDAD DE SEGUIR VIVIENDO. Apuntes sobre Tiempo de amar, tiempo de morir de Douglas Sirk

Después de que la espectacular ofensiva alemana los llevara a las puertas de Moscú, el poderío del ejército alemán comenzó a derretirse como un pedazo de hielo puesto en un asador. La guerra abierta en dos frentes estaba irremediablemente perdida. Desde su cómodo sillón para señores con hemorroides Hitler ordenaba que no se podía ser un solo centímetro a las fuerzas bolcheviques, pero que va, ni siquiera el invencible ejército napoleónico pudo resistir los embates del Comandante Invierno.
Un puñado de esos hombres llega a un pueblo completamente destruido. Pasan lista y solo sobreviven 25 de los ochenta integrantes del pelotón. El clima ya no está tan implacable como unas semanas atrás. La nieve cede y la primavera parece inminente. La tierra no está para dar flores. De ellas salen pedazos de manos o cabezas de hombres muertos perfectamente conservados. Los hombres están hartos de tanta barbarie. Han agarrado a cinco partisanos. Dos ancianos y una mujer. No tienen pinta de guerrilleros pero nunca hay que confiarse. Los soldados no quieren matarlos. Ellos saben que puede haber un ojo en el cielo que los mira. Nadie les ha garantizado el paraíso. Después de dudarlo y con asco apuntan y disparan. Hay un recluta nuevo, un niño. No puede quitarse de la mente los ojos del anciano pidiendo a la frialdad del cañón que no le escupiera el fuego mortal en la cara. Los hombres con más experiencia saltan y gritan y se emborrachan, en el fondo están asqueados pero tienen una ampolla en el alma que les permite soportar la infernal atmósfera. Él no. él prefiere meterse la Luger en la boca y apretar el gatillo. Los hombres que están en la barraca salen a ver de dónde ha salido el disparo, la respuesta está ahí tendida en el piso, silenciosa y con los pedazos de cráneo perdiéndose en la nieve.
En el pelotón se destaca la alta y elegante figura del joven Ernest Graeber. Después de tres meses de continuas negativas se le ha sido otorgado su permiso de tres semanas. La idea de poder dormir en una cama y bañarse con agua caliente lo ilusiona. Siempre es bueno volver a casa sobre todo si tu trabajo consiste en estallar el corazón a balazos de tu prójimo. Llega a su pueblo, todo parece gris, los hombres miran al piso, nadie habla. Todos lucen tristes. El barrio está irreconocible. El bombardeo aliado lo ha destruido por completo. Algunos vecinos han formado brigadas para rescatar a los que han quedado sepultados por los escombros. Graeber llega uniformado y en 1944 cuando la suerte parece echada un uniforme alemán era rechazado hasta en el corazón de Berlín. A tientas el joven soldado encuentra su casa, o mejor los pedazos deshilachados que han quedado de ella.
Nadie sabe nada de sus padres. Unos dicen que está vivo, otros que están muertos. Recuerda a un viejo conocido de la familia. El doctor que lo ayudó a nacer. La casa del doctor todavía está en pie pero él no está allí, hace unos meses que la Gestapo lo ha llevado sin decir nada, sin dar una sola explicación. Le ha quedado su joven hija. El flechazo es inmediato. Solo le quedan tres semanas de libertad total y posiblemente de vida teniendo en cuenta lo inclemente que es el frente ruso. Mejor disfrutar cada uno de esos 21 días como si fueran 21 años, que importa que nada quede en pie de la ciudad que el tanto amó, que importa que el mundo se desmorone si Ernest Graeber, el joven soldado ha encontrado a los 20 años el amor verdadero. Hay gente que llega a los cien años y nunca encontró a su alma gemela, a la mujer para compartir una vida. Así le queden pocos días de vida Ernest es el hombre más afortunado del planeta.
Douglas Sirk quiso hacer en Tiempo de amar, tiempo de morir el debido homenaje a su hijo muerto en el frente ruso a los escasos 17 años. Él reconstruye lo que serían las últimas semanas de su hijo en el frente. En su momento esta película intensamente dramática, de una reconstrucción histórica admirable fue absolutamente ignorada. Tuvo que venir Cahiers de cinema con Godard a la cabeza para que este filme tuviera el reconocimiento que se merece.
Filmada en Alemania y con actores que estuvieron lejos de ser estrellas este es un clásico hecho en la época gloriosa de Hollywood que tiene la valentía de tener momentos tan veraces que rozan el documental. El miedo de la gente escondida en un refugio antiaéreo la angustia de un hombre que no sabe si su familia está muerto o vivo y sobre todo la inutilidad absoluta de la guerra. Basada en la novela de Erich Marie Remarque, Tiempo de amar, tiempo de morir es una película absolutamente antinazi y hace la separación acertada de mostrar como la Wertmarch, el glorioso ejército alemán muchas veces no compartió las brutales decisiones nazis. Esta humanización de los soldados llevó a que el filme se prohibiera en países como la Unión soviética o Israel. Tal y como dice el mismo Sirk “Muchas veces los contrarios suelen parecerse mucho”.
Pero este filme es ante todo una historia de amor sublime, la clásica historia de dos personas que tratan de estar juntas a pesar de que el mundo se esté destruyendo. Una película sobre la esperanza y la necesidad de aferrarse a la vida, una película para verla al lado de la persona que amas y que inevitablemente te llevará al gozo de llorar viendo la vida que no es la tuya. Tiempo de amar y tiempo de morir es una de esas raras joyas del arte que te ayudan a seguir viviendo en un mundo cruel y despiadado como el que nos ha tocado

27 de octubre de 2011

SHAKESPEARE EN EL CINE

Para un actor no hay nada más difícil que interpretar a Shakespeare. Por eso cuando tienes al bardo en tu pecho difícilmente podrás querer salir de su mundo. Solo un puñado de intérpretes han podido entrar en la burbuja y entender el espíritu del gran poeta inglés. El Hamlet que dirigió y protagonizó el joven Laurence Olivier todavía hoy es considerada la mejor adaptación de una obra de Shakespeare al cine. Si bien Olivier tuvo actuaciones memorables después, la impronta del príncipe de Dinamarca lo marcaría hasta la muerte. Ni hablar de John Gielgud quien en teatro marcaría una nueva era. Los que lo vieron afirman que Gielgud era el actor shakespereano por excelencia. El cine nunca lo sedujo demasiado. Debutaría muy joven pero ya siendo famoso de la mano de Hitchcock en Secret Agent. Luego expondría su rostro a la cámara en muy pocas ocasiones, una de ellas siendo el mayordomo de Arturo el millonario le valió el premio de la academia. Fue la excusa que tuvieron los gringos para reconocerlo con un Óscar toda una trayectoria en el teatro. Al final de su dilatada vida Peter Greeneway le daría el papel de Próspero en su magistral adaptación de La tempestad llamada El libro de próspero. Fue su única actuación shakespereana a 24 fotos por segundo.
Inglaterra y su devoción y su orgullo. Derek Jacobi fue otro magistral intérprete al igual que Ian Mckellen nuestro querido Gandalff que bien supo ser Ricardo III en la particular versión de Richard Loncraine donde ubica al jabalí en el contexto de la II Guerra Mundial; Una lectura muy acertada ya que el jorobado y deforme tirano sería la prefiguración que tuvo Shakespeare de todos los autócratas que escupirían los siglos venideros. En los últimos tiempos los intentos de Kenneth Branaght por mantener la tradición fundada por Olivier adaptando obras como Hamlet o Mucho ruido y pocas nueces se ha quedado lamentablemente en eso, en intentos muchas veces desafortunados. Cuanto lamentamos no creerle a Branaght.
Para los norteamericanos interpretar las obras y el tono del autor de “El mercader de Venecia” ha sido todo un tabú. Han necesitado recurrir por ejemplo a la experimentación para suplir el complejo que les conlleva no tener el acento ni la elegancia que creen atribuirle al fenómeno shakesperiano. Vale la pena resaltar por ejemplo que Orson Welles con su teatro Mercurio adaptó Macbeth en Haití con puros actores negros. Lo mismo pretendía John Cassavetes cuando le propuso a Sidney Poiter que encarnara a Hamlet. Welles anticipó a todos los independientes al autofinanciarse su Otello. Tres años duró el extenuante rodaje. El resultado fue una obra maestra absoluta.
El gran aporte shakespereano del cine de los últimos tiempos fue el documental de Al Pacino con su maravilloso falso documental En busca de Ricardo III. Partiendo de la premisa de que todo actor norteamericano se intimida con las obras del dramaturgo londinense decide romper ese temor y comenzar a adentrarse en una de las historias mas complicadas, llenas de personajes cargados de contexto histórico y complejos. Con un elenco encabezado por puros actores norteamericanos como Alec Baldwin, Kevin Spacey y Winona Ryder Pacino consigue magistralmente montar la obra en el cine. Un filme completamente invisible en nuestro medio y que afortunadamente lo hemos podido conocer gracias a su edición en DVD.
Pero a Pacino no solo le interesa la forma en que el ctor puede abordar el espíritu de la obra sino como el ciudadano común y corriente puede entender o conocer a William Shakespeare. El panorama es absolutamente desolador. Para cualquiera los textos del genio inglés son aburridos, pesados, viejos. Los anglosajones durante siglos esgrimieron con orgullo sus obras. Si para los hispanohablantes lo más importante es hablar, narrar, por tener el peso del Quijote para los anglos lo más importante es actuar. Esto puede explicar porque Michael Jordan va y hace Space Jam y no desentona mientras los niños de los noventa tuvimos que padecer a Willington Ortíz actuando en De pies a cabeza. Para ellos play no es solo jugar sino actuar. Los muchachos en los colegios se divierten haciendo puestas en escena. Después de ver el documental del protagonista del Padrino podemos aseverar que ese legado parece que se está perdiendo para siempre.
Para todos aquellos que quieran acercarse a Shakespeare, entender su contexto histórico, la dificultad que implica para un actor meterse en sus personajes no dejen de bajar En busca de Ricardo III, una película que es un ensayo, un documental que es una gran obra ficción, una ópera prima que es una obra maestra.

26 de octubre de 2011

PROTOTIPO DE UN SOCIALISTA DEL SIGLO XXI

Durante muchas décadas ser comunista significaba ser un hombre recto, lleno de ideales, un refugio para todos aquellos que huían de las inequidades e injusticias que pululan en este mundo infecto. Crecimos con la imagen de que un intelectual por encima de cualquier cosa tenía que ser un socialista, un hombre de letras necesariamente tenía que ser un hombre de izquierdas. Desde Estocolmo lo entendían así. Por eso si acatabas las órdenes de Moscú podrías acceder con mayor facilidad al Nobel. Si bien Octavio Paz o Alexander Solzhenitzyn accedieron al máximo galardón de las letras teniendo una posición crítica con la Unión Soviética, genios de la talla de Borges, Onetti o Bernhard fueron sistemáticamente borrados de la lista de aspirantes al premio.
El aspirante a snob en el tercer mundo siempre es un aspirante a pertenecer al partido comunista. Organizan grupos de lectura donde lo único que importa es reclutar jóvenes incautas y proponerles en medio de una borrachera obtenida a punta de canelazo hacer el amor y no la guerra. He estado en sus reuniones, ¡He sido uno de ellos! Y conozco de su pobreza mental y de su mezquindad económica. Tratan de ser pobres dignos pero ningún pobre digno es borracho. He compartido sus mesas y los he visto comer como cerdos con la boca abierta, chorreando por las comisuras de los labios pedacitos de huevo tibio. La gran mayoría son incapaces de conseguir un trabajo digno “Por aquello que decía el compañero Marx, tu sabes, el trabajo aliena” y aunque no les queda claro que es una alienación se quedan todos los días hasta altas horas de la mañana en la cama viviendo de lo que les pueda ofrecer la mamá o la novia de turno.
Son sucios, son aburridos y egoístas. Viven en un mundo de sueños del cual difícilmente podrán salir. Están encerrados en él y sobreviven gracias a la armadura que han hecho con su megalomanía. No te dejan hablar ni a ti ni nadie. El otro les vale guevo. Que terrible esta época en las que nos tocó vivir, no solo tenemos que soportar las miserias que ha dejado el capitalismo sino que ahora tenemos que aguantarnos el desprecio que sienten los socialistas del siglo XXI hacia la gente.
Se creen mejor que los demás porque han leído tres o cuatro contraportadas más que el resto. No tienen ningún tipo de trabajo social ni les interesa que el vecino sepa o no sepa leer. Con el cuento de la autogestión se las pasan lagartiando con el político de turno. Son misóginos, son misántropos, son imbéciles, son tacaños. Los socialistas del siglo XXI son una panda de miserables snobs.
Desprecian y atacan al más débil pero con el fuerte son sumisos. Todo el tiempo están hablando de si mismos, de sus logros (La mayoría creados en su mente) en pleno trabajo comunitario les da por hablar de ellos mismos, yo al almuerzo, yo a la comida, yo cuando hablo con un indígena, yo cuando le pido minutos a la señora de la esquina, yo en un partido de fútbol. Los demás mortales, los pobre guevones que tenemos que levantarnos temprano a trabajar tenemos la obligación de mantenerlos, de conservar vivas y activas sus mentes privilegiadas, mentes que iluminan los oscuros senderos que se abren en esta era.
Conozco muchos chavistas, tengo un tío chavista, un cuñado chavista un gran amigo chavista. A pesar de lo mucho que los puedo llegar a querer se que cada uno de ellos es una mala persona. Sé que cada uno de ellos puede ser capaz de matar hasta su propia madre con tal de que la revolución triunfe y les pueda dar lo que ellos más quieren: Una pensioncita que les llegue puntual a principios de mes que les permita tener el lujo de comprar el libro de moda, el traje de moda, la droga de moda. Odian el caviar y el buen whisky pero si en una fiesta les ofrecen seguramente serán los que más coman, los que más beban. Eso si no agradecerán nada , comerán con la boca abierta y beberán hasta vomitar, beberán hasta que en tu propia fiesta el socialista se lo pida a tu madre, a tu esposa, a tu hija de diez meses. En mi fiesta de matrimonio me tuve que calar a un chavista de estos, un insoportable columnista de un diario local que llegó ebrio y en nombre de la revolución le metió la mano en el escote a mi tía Graciela que acaba de cumplir 73 años.
Esperemos que el destino del comandante sea parecido al del beduino, que arrastren su cuerpo por las calles de Caracas hasta que la cara se le hinche más de lo que está y un gas le destroce el rostro. Entonces mis amigos chavistas elaborarán teorías conspirativas, infiltraciones colombo-paramilitares en el palacio de Miraflores, influencia de la CIA en la invasión a Venezuela y nunca contemplarán que desde Ricardo III hasta Mussolini pasando por Cesescu el pueblo ha terminado aborreciendo a sus dictadores hasta el punto de que con sus propias manos es capaz de destrozar al tirano de turno. El cuerpo de Gadafi pudriéndose en Tripoli es una prueba fehaciente de ello.

18 de octubre de 2011

DETRAS DE LAS PAREDES De Jim Sheridan. El maldito lugar común

Los amantes del género esperábamos que las declaraciones dadas por Jim Sheridam donde comparaba a su película con clásicos modernos como Los otros o Sexto sentido fueran ciertas. Confiábamos porque hasta donde sabíamos Sheridam era el autor de obras sólidas como En el nombre del padre o The bóxer, además que fue el responsable de crear el mito de Daniel Day-Lewis. Esta esperanza se difumina después de la media hora cuando nos es develado el misterio y empezamos a pensar ¿Bueno y ahora qué? ¿Otra vez la casa grande y embrujada perturbada por un asesinato, por una esposa que aún ama y que está muerta? Pues si señores volvieron a aparecer los clichés y el lugar común. Porque Detrás de las paredes es una película cualquiera donde Daniel Craig y Naomi Watts vuelven a sus mismos gestos y los mismos rostros. Da pena que por ahí deambule como cualquier fantasma un actor con las características de Elias Koteas completamente perdido, como un vagabundo en las calles angostas y sucias de este filme.
Cae la nieve sobre una ciudad pequeña. A un tipo le pagan una buena plata para que se retire y pueda escribir el libro que dice tener en la cabeza. Se va con su esposa sus dos hijas y se pone a escribir, pero el tipo tiene un pequeño problema para escribir, pertenece a esa raza nueva de escritores que no escriben ni leen. Las niñas dicen asustarse porque en las ventanas suelen encontrarse con hombres que le hacen muecas su papá trata de hacerles tomar conciencia de que todo puede ser una alucinación pero no, pronto encontrará las huellas y confirmará que las niñas dicen la verdad, hay espías en el barrio.
Pareciera que Craig en cualquier momento se va a poner el smoking va a pedir un Martini y se pondrá a disparar su elegante pistola. Pero no, empieza a investigar, la casa que ha comprado fue escenario de un horrible crimen, detrás de las paredes se esconden las ánimas de los que no pueden descansar en paz.
Sheridan apenado habló en conferencia de prensa de que el filme no le iba a gustar a mucha gente porque tenía “Momentos de cine arte” y sobre todo “Mucho terror sicológico, los que van a verla pensando que es el juego del miedo saldrán decepcionados de la sala” el único momento de cine arte que tiene la película es cuando hace sus desafortunadas apariciones Elias Koteas, el resto es la misma película que vimos la semana pasada y ante pasada, los mismos fantasmas cursis y enamorados, las mismas niñas rubias, simplonas e inexpresivas. Hay que agradecerle a Sheridam al menos que no hizo una de esas famosas películas con cámara subjetiva seudo documentales que puso tan en boga La bruja de Blair y que cada vez a la sala convoca a los mismos tarados de siempre.
Lo triste es que el tan esperado regreso de Jim Sheridam resultó siendo un rotundo fracaso artístico aunque parece ser que en taquilla le ha ido bien. Esperemos que este logro eleve la confianza de los estudios y le den la libertad creativa que el merece. A veces para hacer una buena película debes exponerte a hacer cinco bodrios. El diablo con su elegancia y exquisitez nunca ha dejado de tentar a los hombres.

UN HOMBRE Y SUS ESPINAS. Las Acacias de Pablo Giorgelli

La acacia es un árbol duro, fuerte, muy imponente si lo ves de lejos, pero no te acerques y ni siquiera pienses en tocarlo porque lo más seguro es que alguna de las espinas que visten su tronco perforen tu carne. Rubén es como ese árbol, las continuas crisis y golpes de la vida han hecho crecer sobre su cuerpo unas espinas que son como puñales. Hace años que no habla con su hijo y de su mujer es poco lo que sabe. Conduce para no ahogarse en ese río de lágrimas que se le forma en el pecho y que él no quiere dejar salir. Son miles ya los kilómetros que acumulan sus brazos, enfrente de sus ojos se pasean como una película los paisajes áridos de la frontera con Paraguay, el verdor incesante de la pampa los rostros de muchos hombres y mujeres que día a día extienden su mano con la esperanza de cruzar la frontera y cumplir su sueño en la metrópolis porteña.
Mejor andar solo, carcomerse en su dolor silencioso, por ahí tiene la radio que ocasionalmente enciende pero el diálogo lo tiene es consigo mismo hasta que aparece ella y su bebé. No la ha recogido al azar, ella viene recomendada pero nadie le habló a Rubén de un bebé, a regañadientes decide subirla a su cabina y empieza el largo viaje de día y medio. La acacia se mantiene incólume, mejor es callarse, hundir la mirada en el paisaje y dejar que las ruedas se coman los kilómetros. Los paraguayos suelen ser silenciosos pero no existe nada más expresivo que los ojos de un bebé. Si al principio Rubén no puede soportar su llanto poco a poco irá cediendo, aferrándose a la sonrisa de la niña, a sus bracitos gordos y cálidos que lo llevarán irremediablemente a los valles donde reposan sus paraísos perdidos.
A pesar de que ésta es su ópera prima Pablo Giorgelli es un hombre que ha estado vinculado al cine desde hace muchos años por su oficio de editor. A sus 43 años ha decidido plasmar en imágenes una de las ideas que más lo obsesionaban: La de un hombre solitario viendo durante horas como el paisaje se va transformando. El vidrio panorámico como una pantalla de cine. En cierta forma Las acacias es cine dentro del cine, esa pampa extendiéndose imponente casi que infinitamente sobre el lienzo forma parte de otros filmes. Después de una terrible crisis personal donde fue abandonado por su esposa y de la muerte de su padre después de una larga enfermedad Giorgelli sintió el llamado de Rubén. Fue el personaje el que empezó a crecer dentro de su cabeza como un tumor. Ese hombre solitario y amargado no es más que una persona débil que trata de defenderse de los sufrimientos que no cesan, que nunca aflojan. En cierto sentido Rubén es como Travis desahogándose del dolor a punta de volante. Pero Rubén no necesita matar para volver a ser lo que era antes del horror. La sonrisa de una niña lo traerá de nuevo al mundo de los vivos.
Sin la prepotencia de Lizandro Alonso que insiste con sus atmósferas pesadas casi que impenetrables y más cercano al humanismo de Lucrecia Martel, Giorgelli ha decidido rosar este filme para encontrar el alivio que ha buscado desde que su mundo se destruyó. El gran mérito de Las acacias es que es una película de autor, él es el paisaje y la mujer, el hijo ausente y el camionero, él es la cabina y el volante, la gasolina que necesita el camión para continuar el largo camino que separa a Asunción de Buenos Aires. Un filme pequeño, íntimo hecho sin pretensión, filmado para continuar viviendo, para sacar el rostro a la superficie y respirar por fin.
A pesar de la cantidad de premios que ha venido acumulando (Cannes, San Sebastián, Biarritz) Las acacias no es el típico filme festivalero. La belleza de sus imágenes, la sencillez y la honestidad de su historia han cautivado a todo el mundo incluso ha logrado vencer los clichés con los que los jurados buscan premiar una película. Acá no existen las grandes sentencias formuladas por personajes súper inteligentes, sino que encontramos la cotidianidad, los silencios y la sencillez de dos personas comunes y corrientes.
Después de día y medio de camino el verdor se abre paso ante el gris sombrío que recubre la ciudad de la furia. La mujer y su niña se perderán entre la multitud que fluye por las venas del monstruo y Rubén volverá a caer en su amargura, en el fracaso constante de intentar el desahogo pisando con furia el acelerador. Un gesto suyo podrá cambiar la ecuación, una caricia hará que las espinas caigan para siempre de su cuerpo.

7 de octubre de 2011

LA FUENTE QUE NO SE SECA

Ayer quise escribir sobre una película que me había encantado profundamente pero fracasé rotundamente. A veces puede ser un impedimento la pasión desbordada que puedes sentir hacia un tema. Uno no debe hablar de las cosas que ama ni las que odia. Releí lo que escribí sobre Medianoche en París y lo encontré soso, predecible y sobre todo inútil. Me frustró durante todo el día saber que no podía aportar mucho a la discusión sobre la mejor película del año. Es parte de la crisis, últimamente no tengo mucho por decir y lo peor es como dice alguno de mis críticos “Esa verborrea que no dejar quedarme callado” me impulsa a seguir lanzándome por el precipicio.
Es un milagro de la distribución que esta historia surrealista, mágica y evocadora haya pasado por villorrios tan violentos y alejados del mundo como este. De entrada las imágenes te conmueven. París en la madrugada, en la tarde con la luz mortecina del atardecer, con sol o con lluvia siempre es bueno recorrer sus calles. Descubrí allí un portal que me pueda sacar de la mediocridad de mi mundo. El portal existe, yo también estuve en la casa de Gertrude Stein viendo como esta acababa con el último cuadro de Pablo Picasso, yo le conté mi historia futurista al gran Man Ray, yo un hombre de Cúcuta que reprobó sexto año conocí a los ídolos de mi niñez gracias al talento de ese abridor de portales, de ese mago llamado Woody Allen.
La esperamos durante meses y cuando ya perdíamos la fe volvió. La vi los cinco días que duró en un solo horario en la pobre cartelera local. Contrario a lo que venía pasando después de su última gran obra (Match Point) con Medianoche en París se renueva la ocasión haciendo algo completamente distinto. Podrá ser su canto del cisne si la regla general de hacer una película al año se rompe en el 2012. Será muy difícil superarlo con las pocas décadas que le quedan de vida a mi ídolo Woody Allen. El casting volvió a ser absolutamente delicioso, acertado, perfecto como los de la época de Juliet Taylor. Aparte de la entrañable actuación de Owen Wilson podemos quedarnos con el ronroneo perturbador de esa gata gigante que es Marion Cotillard o los ojos desorbitados de Adrien Brody visionado rinocerontes en un bistró. Todo fue exactamente como las imágenes que sacó en limpio Hemingway en su París era una fiesta, la visión de un artista es lo que vemos desparramado sobre la pantalla, la visión de un artista sobre la ciudad más bella que ha creado hombre alguno.
Esa ciudad posiblemente solo esté en la cabeza de los románticos que como Allen creen encontrar en los recovecos de Montmartre a Joyce robándole salchichas a una vieja vendedora alemana o que sobre el Sena encontrarán a Charly Parker estropeando un Stradivarius mientras ve a una pareja de novios follando sobre la plataforma de una embarcación. No es París lo que vemos sino la proyección que tiene un director de cine sobre esa ciudad.
Ninguna crítica puede justificar esta película que es un portal, un momento de felicidad suprema y sin embargo por más que nos esforcemos no podemos callarnos. Preferimos fracasar a guardar el debido respeto la debida distancia. Salimos de las tinieblas de la sala al resplandor del sol con ganas de fumarnos un cigarrillo y hablar de lo hermoso que es quedarnos encerrados en el calor de un café intentando escribir un cuento. Woody Allen no pierde la inocencia del primer artista y lo impresionante de Owen Wilson es que puede producir esa sensación de fragilidad y de inocencia. Parafraseando a Nietzshe un artista no es más que un niño, no importa el grado de erudición que tengas un artista encuentra en la oscuridad, en la intuición.
Pero todo esto no son más palabras huecas, sin sentido. Las obras maestras nos sacan la duda de la labor de la crítica. Después de ver este filme a uno le provoca nunca más volver a escribir sobre cine ¿Para qué? ¿Qué otra cosa podemos decir? Como demonios en algún momento de la historia pudo ser más importante Paulina Kael que John Cassavettes. Los críticos han demolido las últimas diez películas del realizador neuyorkino acusándolo de repetirse de auto plagiarse. Sabemos que eso no le moverá un pelo y que se desahogará besando a su clarinete. Mientras, en cada concierto vivirá sus momento de trance y pensará en su próxima película. Viendo Medianoche en París vemos que la fuente está lejos de secarse.

6 de octubre de 2011

MEDIANOCHE EN PARÍS DE WOODY ALLEN

Muy lejos de acá se abre ante los ojos del habitante de la tierra una ciudad que es en sí misma una obra de arte. Desde Venus sus farolitos incipientes iluminan las rocas que yacen inertes desde el big bang. Ninguna sinfonía, ni novela, ni pintura pueden competir con su belleza, con sus puentes. Ningún verso se compara con el empedrado de sus calles, con las curvas estrechas que evocan las épocas perdidas. Al frente de una catedral espera Gil Pender porque se aclaren sus ideas. El vino le ha nublado el entendimiento y es mejor estar solo que soportar la frivolidad latente de Inés, su prometida. Se queda entonces en esa esquina, al frente de esa catedral a pensar en la forma de volver a su hotel, a su vida triste con una mujer muy sexy que se quiere casar con él pero que lo obliga a aferrarse a esos guiones exitosos que pagan muy bien y le proporcionan la confortabilidad de una casa en Malibú, pero también una vida de la cual ya está cansado; él quisiera corregir su novela y quedarse en una sucia bohardilla de París a ver cómo desde esa ventana se despiertan los fantasmas de lo que alguna vez fue la edad de oro.

Suenan doce campanadas anunciando que en París es medianoche. Un viejo Peugeot se detiene y de él sale un joven vestido como se solía vestir la gente en la década del veinte, después de dudar un poco Pender se sube y disfruta de las chicas vestidas como si fueran a bailar charlestón y bebe champaña y piensa que no estaría mal asistir a una fiesta temática sobre la época que el mas ama. Entra a la fiesta y ve que toca al piano un hombre extrañamente parecido a Cole Porter, se le acerca una mujer de Alabama un tanto alcoholizada que se hace llamar Zelda y le presenta a su esposo un joven y apuesto escritor de nombre Scott Fitzgerald. La aburrida y lobotomizada vida del guionista vivirá un vuelco al comprobar que ha abierto un portal en el tiempo donde puede viajar a la época que más le hubiera gustado vivir, la París de entreguerras. Allí beberá en un bar con Hemingway, le robará la chica de turno a Picasso, le dará su novela a Gertrude Stein y le contará sus penas de amor a Man Ray, Luis Buñuel y Dalí quien pensará en hacer un retrato de Pender con forma de Rinoceronte.
Al fondo lo único que se escucha es el clarinete de Sidney Bechet ese otro americano que se exilió de la estupidez de su pueblo que se rehusaba a escucharlo sólo porque era negro y que encontró en la ciudad luz la posibilidad de ser reconocido como uno de los más grandes músicos del siglo XX. Bechet fue uno de los tantos artistas americanos que se radicaron un tiempo en París para consolidar sus carreras. Si París no te incita a escribir es que no tienes nada por dentro. El lugar ideal para amar y crear. A Woody Allen no le da miedo el cliché, qué se le va a hacer, esa ciudad es inmune al tiempo, a las guerras. Los nazis tuvieron la oportunidad de destruirla cuando la abandonaron pero no pudieron hacerlo, su belleza los obnubiló.

Al comienzo de la película nos muestran los lugares preferidos del director neoyorkino y es imposible no conmoverse ante esa belleza. Una ciudad pensada para que la gente viva en ella, para que la camine, para que se pueda sentar en sus cafés. Si bien su obsesión por Nueva York lo llevó a construir la mayoría de sus obras en esa urbe en los últimos años ha volcado sus ojos a Europa. Londres había hecho su nicho pero desde siempre ha sido París la ciudad de sus amores. En el Ritz parisino pasa todos los fines de año “París es como mi casa, acá me siento como un artista de verdad”. La necesidad que tiene Gil Pender de quedarse, de renunciar a todo es la misma necesidad que tenemos todos los que alguna vez soñamos con ser escritores y siempre pensamos que nos hizo falta algo y ese algo puede ser creérnoslo y para creerlo necesitamos vivir en París.

Como si fuera la Puerta en el muro de H.G Wells yo me escapo de la fealdad de mi ciudad para meterme todos los días a la oscuridad del cine y soñar que soy yo Owen Wilson recorriendo las calles, entrando a ese carro escuchando el ataque de las Ardenas narrado por Hemingway. Durante hora y media entro a ese portal y me siento un escritor y para volver a sentirme inmortal vuelvo a hacer la fila para entrar a la otra función porque lo más parecido a un museo que tiene esta maldita ciudad son las dos funciones que los distribuidores han decidido asignarle a San José de Guasimales.
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