19 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE De Woody Allen

Se volvió un lugar común simular ser muy inteligente despreciando las películas de Woody Allen. Algunos se atreven a decir que Medianoche en París es una peliculita ahí, irregular, medio fantasiosa e inofensiva, una postal insulsa de la ciudad luz. Como si este genio inagotable no tuviera derecho a relajarse, la crítica lo señala porque decide hacer todavía comedias románticas frescas y divertidas como Scoop o De Roma con amor. Aclaro esto de entrada porque no estoy de acuerdo con los que dicen que Allen se reencontró con su talento en Blue Jasmine y que sin duda es su mejor filme desde Match Point. No sé cómo hace este anciano pero cada premiere suya es un acontecimiento único, maravilloso. Su presencia permanece ahí, inmarchitable, necesaria para estos días en los que las películas se parecen cada vez más a los juegos de video.

¿Qué pretenden entonces? ¿Qué cada año estrene un clásico? ¿Una obra maestra absoluta? Es un milagro que puedas hacer una buena película en toda tu vida y este judío es capaz de hacer una cada año y deja por ahí cada lustro una joya inmortal, un fresco de las emociones humanas, un testimonio para las generaciones venideras de cómo era nuestra época.
Y eso es lo que vemos en Blue Jasmine, la historia del arribismo de nuestra era, de la absurda ostentación que algunas personas hacen de su riqueza y de la búsqueda desesperada del poder y el oro que llevan a ciertos tipos a cometer delitos como el de las pirámides financieras. A Cate Blanchet no le importa mucho que su marido, un magníficamente perverso Alec Baldwin, haga una fortuna a costa de la buena fe de los incautos. Ella puede perfectamente hacerse la de la vista gorda siempre y cuando él la sorprenda de tarde en tarde con una pulsera de diamantes o un collar de las más finas perlas. Ella ama a su esposo, lo adora y lo cela. Las buenas maneras de la sociedad a la que pertenece le impiden exteriorizar la inseguridad que le da verlo rodeado de mujeres tan hermosas, pero créanme, ella siente celos, muchos celos y esta mujer sería capaz de cualquier cosa si su hombre planeara dejarla por una institutriz francesa mucho más joven que ella.
Blue Jasmine es una película inmoral. Explota ese lado sádico que tenemos los seres humanos de alegrarnos por el mal ajeno. Como disfrutaremos el descenso final de esta odiosa protagonista. La oscuridad en la que se suma la película a raíz de la desgracia de Jazmín se atenúa con grandes dosis de humor. No hay duda: es Woody Allen en pleno estado de forma y como tal nos entrega uno de sus grandes personajes femeninos, a la altura de la Mia Farrow de Maridos y Esposos o de la Diane West de Septiembre, soberbia la actuación de Cate Blanchet quien desde ya se perfila como la gran favorita a ganarse el Óscar a la mejor actriz.

Divertida, tenebrosa, emocionante, profunda, Blue Jasmine es el acontecimiento cinematográfico del año, una película perfecta, el filme de un maestro. Larga vida a nuestro neurótico favorito.

DESPACHADOS. Maravillosa!

Así que me dijeron que fuéramos al teatro, a un lugar ubicado en el parkway, un sábado a las nueve de la noche mientras las calles de Teusaquillo se cerraban y la noche era una fiesta. Las últimas veces que había ido al teatro me había aburrido. Al frente estaba un man desnudo que hacía expresiones absolutamente ridículas. La persona que me llevó me murmuraba al oído que eso “Era la vanguardia, la puritica vanguardia mano”. Le menté la madre en silencio y seguí disfrutando de lo incomprensible. El teatro es para los teatreros así como la poesía es para los poetas.

Refunfuñando me metí en una casita que se hace llamar Hombremono en donde una chica muy guapa me dio unas boletas. Yo miraba la casa y me preguntaba “¿A dónde nos van a meter si esto es muy chiquito?” Subimos unas escaleras y luego llegamos a un salón estrecho, en donde el público inevitablemente formaría parte del espectáculo. “Con tal de que no me hagan pasar al frente” pensé con el miedo que tienen los niños cuando van a clase y no se saben la lección.
Bregué quedar en una silla muy cerca de la puerta por aquello de si me daba un ataque de claustrofobia en medio de la función, pero que va, me ubicaron por allá en un rincón y un tipo al que había visto en varias telenovelas nos advirtió antes de la función que era completamente imposible salir una vez hubiera empezado la obra. Elevé una oración a Santa Verónica para que todo saliera bien pero después recordé que esta era la santa del cine y me pregunté si todavía el teatro tenía dioses.
Se apagan las luces y entra un yuppie a su oficina, el tipo se acomoda la corbata, mira por la ventana, le pide a Baba, su mayordomo, un café. El man está nervioso. Suena el timbre y afuera está su parcero de toda la vida, el hombre de barrio que nunca cambió, el adolescente eterno con sus pantalones anchos, la chaqueta de cuero, los audífonos de esquimal y la gorra echada para atrás. Ya no son los mismos así trabajen juntos, el uno creció, el éxito, la plata, los relojes caros y el buen gusto y el otro todavía vive con su madre y sueña con irse un fin de semana a la playa, con su amigo, levantar un par de extranjeras y fundirse en una orgía hasta el otro lunes.
Pero ya no hay tiempo para celebrar la amistad. Trabajo es trabajo y sobre todo si hay problemas, sobre todo si hay un desfalco de billete, de mucho billete y el principal sospechoso es tu amigo; tu mejor amigo. Estaba en la mitad de la obra y no estaba aburrido, al contrario estaba muy interesado, casi que comiéndome las uñas esperando que iba a pasar con esos tipos que podría ser cualquiera del público.
En Despachados no hay resquicios para el aburrimiento. Tampoco es una de esas comedias ramplonas de café concierto. La intensidad con la que los dos actores principales, Alejandro Aguilar y Manuel Sarmiento, hace que literalmente el espectador tenga el corazón en la boca. No sé nada de teatro, me encantan las historias y Despachados es ante todo eso, un excelente relato muy bien dirigido por Quique Mendoza.
Salí y hacía frío. Teusaquillo seguía de fiesta. Entré a un restaurante y pedí una cerveza. No podía dejar de pensar en la obra. Despachados tiene justamente eso; la capacidad de clavarse en el inconsciente, de taladrarte el pensamiento, de hacerse inolvidable. No lo duden, vayan a verla… sobre todo si no les fusta el teatro.

Para los interesados la pueden ver en la Cra 25 # 39-74 La Soledad (Zona Parkway)

13 de noviembre de 2013

ARTISTAS DE CÚCUTA ¡ TÓMENSE LOS MUROS!

Artistas de Cúcuta, sus manos tienen el poder de cambiar la ciudad. Salgan a la calle y plasmen sus ideas en los muros de la Diagonal Santander, en La Salle, en las bases del puente de la Cero. Póngale color a las calles, refresquen los asfixiantes mediodías con los personajes maravillosos que sólo pueden salir de su cabeza.

Hagan resistencia civil convirtiendo nuestras horrendas avenidas en galerías de arte. Ya la policía no les puede hacer nada, desde hace un par de semanas, cuando Justin Bieber demostró que cualquier tonto puede hacer una hojita de marihuana sin pulso, no los pueden perseguir, ni pegarles un tiro como acostumbraban hacer con los grafiteros años antes.  Necesitamos a los mejores de ustedes, a los más experimentados, a los más disciplinados. Dejemos de quejarnos de que no existen galerías en nuestra ciudad; volvamos la acera un museo permanente. Acá hay gente para hacerlo, acá hay hombres que lo han intentado.

En el 2012 el maestro Lucho Brahim intentó llenar de vida los muros del Colegio La Salle. Alcanzó a hacer un par de figuras pero la mezquindad de los sacerdotes impidió que el artista terminara su obra. Hoy en día pasamos por La salle y vemos como las figuras han sido saboteadas, pintarrajeadas, saqueadas. En una ciudad de mercachifles no importa la belleza, importan los negocios, lo que de billete.
Artistas de Cúcuta, ustedes tienen la oportunidad histórica de cambiar la imagen de la ciudad sumida en la más profunda de las crisis morales. Sus manos pueden darle la dignidad a una ciudad hundida por culpa de los traquetos y de una clase política corrupta. El arte callejero es la opción para ciudades del tercer mundo que no tienen ninguna posibilidad de tener una galería o un museo. Banksy demostró en Londres que el arte no debe estar encerrado en un lugar elegante, el arte es para la gente, para los que caminamos la calle, los que tenemos que esperar durante horas adentro de un carro a que se descongestione una avenida. 

El arte es de todos, por favor, democratícenlo, embellezcan, transformen. De las autoridades solo esperemos que no nos maten. No les pedimos dinero, tranquilos que los artistas de Cúcuta no son ningunos limosnero, no les vamos a pedir nada, ni siquiera permiso. En las noches, mientras todos duermen, saldrán los artistas a tomarse los muros, una pared tras otra serán inmensos lienzos en donde los pintores plasmaran sus ideas. Marcianos y ángeles, mártires y víctimas, la paz y la guerra… las paredes callejeras son la conciencia de una ciudad. En sus manos está la capacidad de purificar estos andenes llenos de violaciones, asesinatos y atracos para convertirlas en pasillos donde los colores y la belleza serán los únicos habitantes en las ventosas noches cucuteñas.

Tómense los muros… nadie les pegará un tiro.
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