27 de enero de 2013

HANSEL Y GRETEL CAZADORAS DE BRUJAS. Cabecitas de brujas estallando.


En anteriores ocasiones había criticado con severidad esperpentos como las Blanca Nieves del año pasado, no porque fueran reinvenciones de cuentos tradicionales sino porque eran películas mal actuadas, mal dirigidas, enfocadas únicamente en demostrar que si se tienen buenos efectos especiales no es necesario construir una historia a la hora de atraer al público.

Con Hansel y Gretel  esto no sucede. Se nota que hubo una intención válida para cambiar la historia y podemos creer que los niños crecieron y por razones personales se volvieron cazadores de brujas profesionales, que tienen muchas dudas acerca de su origen ¿Cómo es eso que a ellos los poderosos conjuros de las brujas les resbalan? Sin caer en ningún empalagamiento sicoanalítico nos muestran su pasado y entendemos, y lo más importante, aceptamos.


Todo tiene una lógica, hasta los cuentos de hadas. Esperaba lo peor y terminé entretenido, interesado en las cacerías montadas por los hermanitos. En una cartelera tan raquítica como la colombiana las expectativas necesariamente tienen que bajar y ya podemos aceptar un sábado distrayéndonos de las malas noticias mientras vemos cabecitas de brujas estallar en mil pedazos.

El gore y el humor negro son una mezcla entrañable. Lástima que nos llegó doblada, es decir, mutilada. No pudimos escuchar la sensual voz de Gemma Arterton pero si disfrutamos sus labios carnosos. Gracias a su talento tenemos a una Gretel cargada de ironía y despreocupación. Jeremy Reiner vuelve a demostrar que tiene muy buena puntería. Esperamos verlo en una gran película porque cuando ha sido exigido (en The Town y en The hurt locker) ha demostrado que es de los mejores actores nuevos de Hollywood, un tipo duro, de carácter, de esos que pululaban tanto en la década de los setenta pero que hoy son una especie en vía de extinción.

Sin ser una gran película Hansel y Gretel es entretenimiento válido. Si no tienen nada más que hacer y la ola de calor los está atosigando vayan al cine y si es posible disfrútenla en su formato de 3D. Entonces podrás sentir como la sangre de las brujas salpica tu rostro.

26 de enero de 2013

EL PADRINO De Francis Ford Coppola. A propósito de su reestreno


En su tiempo libre Mario Puzo no solo escribía sino que le dada rienda suelta a una peligrosa adicción: el juego. Le debía a muchos casinos clandestinos que a finales de los sesenta, tenían una forma bastante peculiar de cobrar; si no cumplías los plazos llegaban dos tipos grandotes a tu casa con tremendos bates y después de golpear con suavidad tu puerta te partían las piernas.

El escritor estaba desesperado y en el verano de 1968 se reunió con el joven y prometedor productor de la Paramount Robert Evans. Gracias a ejecutivos como él los setenta iban a ser esa década prodigiosa y prolífica en obras maestras. Los viejos mogúles de Hollywood desconfiaban de este tipo bien parecido, perfectamente bronceado que parecía más un gigoló que un productor. Cuando escucharon que se había reunido con Puzo para comprar su novela, un desordenado escrito que llevaba el provisional título de Mafia le dijeron que estaba loco. Las películas de Gansters ya habían pasado de moda y se consideraban en 1969 veneno para la taquilla. Evans puso en juego su reputación y confió a ciegas en el proyecto.


Un revés significaba a esa altura de su carrera que las puertas de la Paramount se cerraran para siempre. Estaba nervioso y las dosis de cocaína que habitualmente consumía buscando un mayor rendimiento físico e intelectual aumentaron ostensiblemente.  

No quería dejar nada al azar por eso quería un buen director que a la vez no tuviera mucha experiencia para poder moldearlo a sus necesidades. El realizador escogido era el joven de 32 años Francis Ford Coppola que había debutado con la perturbadora Dementia 13 y que acababa de ganar el Óscar a mejor guión por su trabajo en la laureada Patton.

A pesar de su juventud Coppola no era el típico director novato que iba a hacerle los mandados a Evans. El ego que lo llevaría a la autodestrucción por la elefantiásica Apocalypse Now ya lo poseía. El productor tenía claro que para los papeles principales quería a Ernest Borgnaine como Vito Corleone y para Michael tenía dos opciones, ambos actores cotizados y de moda, Robert Redford o Ryan O’ Neal. Coppola cerró con rabia la carpeta y dijo que él no se imaginaba a los Corleone como atractivos caucásicos. Al contrario, buscaba actores de pelo oscuro, con bajo perfil, lejos de la luminosidad de los actores de los ángeles quería traerlos de su natal Nueva York.


Empezó algo parecido a la guerra cuando Coppola decidió probar con Martin Sheen, Robert de Niro y un desconocido actor que parecía según palabras de Evans “ Una rata de alcantarilla” su nombre era Al Pacino. Vale la pena decir que las primeras pruebas fueron desaprobadas por los ejecutivos, sobre todo cuando escucharon la bomba: Coppola quería para interpretar a Vito al complicado, megalómano y despiadado Marlon Brando. A esas alturas de su carrera el protagonista de El salvaje era repudiado en Hollywood.  Antes se soportaban sus excentricidades porque la gente pagaba la boleta para ver no sólo su interpretación prodigiosa sino su impactante físico. Pero con los fracasos de Quemada, La noche del día siguiente y sobre todo Candy empezó a considerársele un gafe.  Sin embargo, cuando hizo las primeras pruebas y los ejecutivos pudieron ver en la pantalla no al altivo galán sino a un viejo “Que parecía una cobaya” aceptaron la propuesta del director.

A pesar de esa batalla ganada Coppola estaba lejos de ganarse el respeto del estudio. Se rumoreaba con que en cualquier momento sería despedido y que ya estaba contratado un sustituto. Lo de Al Pacino para Evans era “Impresentable, ese don nadie no sólo es feo sino que no actúa”. Al ver los primeros copiones se dieron cuenta de que las imágenes eran muy oscuras. En esa época al director de fotografía Gordon Willis se le apodaba “El amo de las tinieblas” Por sus particulares claroscuro. Evans y sus jefes se alarmaron al comprobar que los seis millones de dólares que habían invertido en la película se habían ido por el desagûe. Tenían solo una película muy larga, de tres horas, donde no se veía nada y la gente hablaba en susurros. Había que estrenarla y apretar los dientes para no perder demasiado.

Por eso los primeros sorprendidos fueron los propios ejecutivos al ver que en el primer fin de semana se recogieron 302.393 dólares. Las cifras cabalgaban y llegaron a números astronómicos insospechados hasta ese momento en la industria del cine. Se recaudó la friolera de 134 millones de dólares. El éxito fue apoteósico, la taquilla y la crítica se rindieron a los pies de ese jovencito ego maníaco que quería aprovechar el éxito para independizarse de Hollywood para siempre, fortalecer sus estudios Zoetrope y hacer de ellos una fábrica de talentos que puediran realizar con total libertad sus sueños. Todas esas ilusiones se desmoronarían como un castillo de naipes por culpa de él mismo unos años después.

La hemos visto tantas veces que sabemos sus diálogos. Ayer tuvimos la oportunidad de verla en 35 milimetros, en copia restaurada, digitalizada. Fue como viajar en el tiempo, retroceder cuarenta años y pensar por un momento que Al Pacino tiene 30 años y que se vienen tiempos dorados dentro de una industria gobernada por jóvenes y talentosos realizadores. Lo que era el mundo antes del Tiburón de Spielberg…


La sala estaba medio llena algo sorprendente en San José De Guasimales. Las jovencitas fueron las primeras en desertar, no sabían nada de lo que pasaba en la pantalla, eran demasiados nombres como en una novela rusa y era muy largo, muy oscuro y la gente susurraba. Los mayores de treinta la disfrutábamos como si nunca la hubiéramos visto y salimos felices y un poco culpables porque por tres horas apoyamos fervientemente al hampa, a los matones a los horrendos mafiosos que acá lucen como ellos creen que son.

Si ha llegado a su ciudad vívanla, déjense hipnotizar por el poder de su imagen, de sus actuaciones, del mejor drama familiar que se haya escrito desde Shakespeare. Verla en cine es una experiencia incomparable, lleven a sus hijos, a los que no la hayan visto. Conozcan los restos del naufragio de lo que pudo ser del cine si los jóvenes del Nuevo Hollywood no hubiesen sido consumidos por sus propios egos.  

25 de enero de 2013

AMERICAN HORROR STORY. El terror camina de nuevo


Boston le trae malos recuerdos a los Harmon. Si están un día más allí lo más seguro es que el matrimonio se desintegre. No es fácil olvidar una infidelidad, sobre todo si lo hacen en tu casa, a plena luz del día. Vivien lo vio todo, su esposo de pie follándose a la alumna en su propio baño. Hay que alejarse de los lugares oscuros y que mejor que cruzar el país para empezar de cero.

En Los Ángeles todo brilla, el cielo está despejado y si tienes suerte puedes encontrarte en el supermercado de tu cuadra a una estrella de cine. Han encontrado una hermosa casa victoriana construida a principios del siglo XX. La mansión está a un precio increíble y sin pensarlo dos veces invierten todo lo que tienen en ella. La agente inmobiliaria les ha hablado de su oscuro pasado, allí se han cometido asesinatos, suicidios, abortos.


Ben es un siquiatra con algo de prestigio. Por supuesto que no cree en fantasmas, firma los papeles y se queda allí a pesar de las extrañas voces que lo persiguen, de los ruidos que hace la casa como respirara, de que en la mitad del sueño se levante hasta la estufa a encender los fogones como si quisiera quemarse. Vivien tampoco la pasa bien, a la aversión física que siente por su marido después de la infidelidad se suma el ambiente pesado de la mansión. Decían que en L.A. la alegría podía respirarse en el ambiente pero nada de eso ha podido disfrutar. Cada día que pasa es más difícil perdonar.

La única que parece disfrutar de que la casa tenga alma es Violet, la hija adolescente del matrimonio. Influenciada por lo gótico a la jovencita le apasiona vivir en una casa embrujada. El no tenerle miedo a los espíritus la hace inmune a su perniciosa influencia. VIolet incluso se está enamorando en esa tétrica mansión, hay un jovencito, un paciente de su papá por el cual se siente atraída. Es algo raro, a simple vista podría calificarse como un serio candidato a emprender una masacre en un colegio pero ella lo ha aprendido a conocer y sabe que está lleno de sentimientos muy profundos, que tiene alma de poeta.

La mansión es tan bonita, tan acogedora que por más que un loco te degollé no querrás salir de allí, si no me crees baja en la noche al sótano y siente como todos los muertos se levantan para volver a pasear por los corredores a contemplar los vitrales, las finas lámparas traídas de París.

La primera temporada de American horror Story cumple la primera y más importante regla del terror: te asusta. Acá no puedes pensar, en cada capítulo la serie te asfixia, te acosa como si fuera un ente maligno. En la mitad de la noche te despiertas lívido escapando de esos extraños sueños que ahora te persiguen. Lo que tanto esperamos cada vez que vamos al cine a ver una película de terror lo estamos recibiendo ahora de manos de una serie de televisión.


Sus creadores Ryan Murphy (increíble, el mismo de esa imbecilidad llamada Glee) y Brad Falchuck se arriesgaron a todo a la hora de construir esta primera temporada. Acá cabe todo, desde referencias a El bebé de Rosemary a El resplandor pasando por el terror más elemental de la Hammer hasta los zombies de George Romero. La serie es de un barroquismo parecido a la de la misma casa encantada. Hacen lo que quieren, la muerte no es óbice para que un personaje desaparezca, si lo hace dentro del terreno de la mansión tendrá mayor protagonismo. De pronto esa era la mejor forma para crear terror, exagerar al máximo sin perder el realismo. Contradicción difícil de aplicar.

Además tienen la ventaja de los tiempos que da una serie de televisión. En el cine cuentas con solo noventa minutos para generar tensión y luego trampear lo más que se pueda. Apariciones, sillas que se mueven, susurros demoniacos… hora y media es muy poco tiempo para ver como los personajes se transforman a partir de la influencia maligna de una casa. Nosotros podemos ver la transformación de los Harmon, somos testigos de eso. Estamos clavados frente al televisor no sólo por el placer culposo de ser espantados por una aparición sino porque queremos ver como Ben es incapaz de salir del pozo de infidelidad que el mismo se ha creado arrastrando consigo a su familia. Esto además es un drama porque tal y como lo habíamos dicho en American horror story cabe todo y todo encaja a la perfección, lo comprobarás a medida que vayas viendo los capítulos.


Me atrapó desde el principio, siempre con miedo de que me fuera a decepcionar pero hasta el momento no ha sucedido. Dicen que la segunda temporada es todavía mejor y que lo que pretenden hacer los creadores es una antología del horror norteamericano. Un problema que tenemos para ver la serie es que no hay un sitio donde se pueda ver bien, con imagen y sonido perfecto, Cuevana es una opción pero baja muy lento y terminas amargado puteando a tu compañía de internet.

De todas formas traten de verla en las condiciones que sean. Se asustarán y se sorprenderán a medida que la historia en esta primera temporada vaya avanzando. Las historias de terror han salido de sus ataúdes y caminan de nuevo entre los vivos. No estaban muertas, tan solo estaban durmiendo.

22 de enero de 2013

LO AZUL DEL CIELO De Juan Alfredo Uribe. La cinefilia es triste


No sé si les pasa pero cada vez que entro a una sala a ver una película colombiana olvido la desilusión constante que he sentido con las producciones nacionales. Cuando empezó Lo azul del cielo pensé que ahora sí iba a ser, que por fin el tema del secuestro tuviera un trato delicado, digno, algo que no se ve desde la maravillosa Apocalipsur.
La buena fotografía, Aldemar Correa conduciendo su moto en medio de la noche, la llegada a la casa con esa mamá arribista que cree que pueda asegurar su futuro aprendiendo inglés y la hermanita que desde ya se perfila como una ambiciosa prepago hicieron que por un momento me interesara por la historia.  La primera parte de la película me resulta aceptable a pesar de que la hermanita es un fantasma sin rostro, que la madre es una caricatura que parece que estuviera pegada a la mesa del comedor y sobre todo paso por alto las pretenciosas referencias a Pablo Neruda.

Estoy todavía interesado y ni siquiera se me ha ocurrido salir a la calle. El sol a esta hora derrite todo lo que toca y acá todavía hay palomitas de maíz y el aire acondicionado me produce carámbanos en la nariz. Así que aceptamos que este joven de tan buena familia, que se escandaliza por la vida disipada de su hermana, que le gusta mucho el microfútbol y todo eso se preste para cuidar a un secuestrado.
A partir de allí el frágil guión terminará de romperse como la rótula de un viejito genuflexionando. Los motivos que tiene el muchacho para torcerse no son contundentes. Es un atributo de un buen guión ver como los personajes se transforman. Lo mejor de estos cambios es ver y entender las razones que los producen. Acá nada está claro, el resulta allá, al lado de ese antropólogo encadenado con cara de Stanley Kubrick, haciéndoselas de malo cuando cinco minutos antes lo habíamos visto recibirle veinte mil pesos a su papá que era taxista. Pareciera que el proyeccionista hubiera puesto el rollo equivocado. Hay una parte que no nos contaron, me provoca levantarme y decirle al tipo que tenga un poco de respeto por los cuatro gatos que estamos a esa hora en la sala, pero me quedo un momento más y compruebo que es el ritmo natural de la película.

Las escenas con el secuestrado son eternas, soporíferas, los diálogos son sonsos, trillados y lo peor pretenciosos.  Juan Alfredo Uribe quien escribe y dirige esta película quiere enseñarnos mucho sobre los misterios de la vida, sobre la música, la poesía, sobre el poder que tiene una persona cuando se enamora. Por eso el secuestrado es un veterano profesor, oriundo de España porque claro, allá la gente si lee mucho y es más sensible que estos indios de por acá.
Es muy triste ver a John Alex Toro, quien ha demostrado que cuando al frente del proyecto hay un director serio él puede llegar a ser muy convincente y conmovernos (Si tienen dudas vuelvan a ver La primera noche ) Acá termina convertido en una sombra, en el clásico jefe de operaciones de un secuestro. Noelle Schonwald se esfuerza por cumplir a cabalidad con su papel de mujer fatal pero no puede hacer mucho cuando los recursos que ha tenido el guionista han sido simplemente recurrir al cliché. La cinefilia muchas veces es triste.
Pasando la primera hora ya sabes que estás ante otra colombian movie pero puedes darles el beneficio de que tuvieron muy poca plata y por eso los personajes de los secuestradores son tan malos, pero cuando ves ese rescate, con helicóptero incluido murmuras “Jueputa acá hubo billete”. Después te enteras además que tienen 60 copias para asegurarse de que la película se vea en todo el país.
Pasan los minutos y te sientes fastidiado, casi que preocupado al ver como la historia se alarga como una agonía. Aldemar Correa ya no es el muchacho de buena familia que le gustaba el microfútbol, ni tampoco el secuestrador inescrupuloso. Ahora es un hombre maduro que está enamorado como lo manda Neruda y que quiere saberlo todo sobre la música clásica. Entonces vuelvo a interesarme por la historia porque ya se vuelve absolutamente ridícula y a mí me encanta ver la mediocridad ajena, me reconforta, me alegra, sobre todo cuando esa mediocridad va de la mano con un ego descomunal.
Referencias a Mozart, a Beethoven. La aparición de un profesor de música, un intelectual de pacotilla que quiere enseñarle a Correa los misterios de la música clásica. Aparece la mujer que enamora al joven ex microfutbolista y  ex secuestrador y nos preguntamos  ¿Por qué la escogieron? Bonita no es, además de ser una pésima actriz.

Por increíble que parezca han pasado dos horas y la película no ha terminado. Te preguntas si afuera el sol ya ha bajado un poco.
Lo mejor de Lo azul del cielo es su animación final que trata de explicar su hermoso nombre. Juan Alfredo Uribe en su ópera prima quiso hablar de todo, abarcarlo todo, un viejo vicio de principiante. Estoy casi seguro que lo que hizo Uribe fue agarrar tres cortometrajes y pegarlos a la brava.
Lo que diferencia a Lo azul del cielo de las últimas películas colombianas son sus pretensiones. Esta es la razón por la cual es peor que todas.

20 de enero de 2013

MICHEL PETRUCCIANI De Michael Radford. Un duende en tierra de gigantes.


                                                                       Para A.B. Que se fue a la eternidad en tren.





Estaba pasando canales y vi a este hombre de un metro, deformado por una extraña enfermedad aporreando con su inmensa mano un Steinway. Me detuve un momento y comprobé que el documental apenas había arrancado. El tipo parecía muy cómodo con su condición física, es más siempre que se sentaba en una mesa era una atracción por su diabólico humor.
Tenía muchos amigos sin duda, la gran mayoría hablaba de su vitalidad, de su energía desbordante de sus ganas irrefrenables de probarlo todo, mujeres, tragos, comidas, drogas. Sin embargo, como la gran mayoría de los genios era de un trato difícil. Casi imposible.

Michael Radford, el conocido director de la lacrimógena El cartero, está a cargo de este documental. Él dice en una entrevista que muchos de los amigos del pianista desistieron de dar una entrevista porque algunos habían quedado “Bastante heridos” con el trato que les daba el músico.
La inminencia de la muerte lo hizo entender que a la vida había que devorarla a dentelladas. Hijo de una familia de músicos Petrucciani se acercó al instrumento a la edad de 12 años. Un piano sería el neumático que lo mantendría a flote en ese mar tormentoso que es la vida para un discapacitado. Pero no sólo el náufrago sobrevivió sino que se transformó en un ídolo, en uno de los artistas más grandes del Siglo XX.
Contrario a lo que he leído este no es un documental sobre un hombre que a pesar de sus limitaciones físicas con esfuerzo y disciplina lo puede lograr. No la gran mayoría de los que nacen con Osteogenésis imperfecta por más de que luchen y se propongan sentarse en un piano e intentar sacar una melodía, tan solo una pinche melodía lo podrían hacer. Lo máximo que lograrán será romperse los huesos de los dedos o romperse el coxis después de dos horas de concierto. Eso lo podía hacer Michel Petrucciani porque era un genio, un súper dotado, un obseso y para un loco no existe dolor ni impedimento. El genio se sobrepone a cualquier cosa.

Empecé a ver el documental por morbo, ¿Cómo así que este enano es capaz de levantarse a tantas mujeres hermosas e interesantes? Pasó un cuarto de hora cuando ya había sido hechizado. Y es que Petrucciani no sólo fue dotado para la música sino para la vida. Era un hombre que enamoraba al que conociera, la mayoría de sus amigos se declaran haber caído “ante su encanto” después de un breve apretón de manos. Entonces se te olvida que deba ser cargado todo el tiempo porque hacer caminatas cortas le podría significar la fractura de sus rótulas, que difícilmente podía respirar, que era un duende en una tierra de gigantes.
Y entonces te quedas solamente con su música, algunas veces alegre, otras veces demoledora, feroz.
Eso es lo que convierte a Michael Petrucciani en un documental brillante, inteligente y a la vez supremamente emotivo. Elude todas las trampas y es capaz de mostrarnos a aquel hombre que embrujaba a todos los que lo conocieron. Radford logra que lo veamos a través de los ojos de sus amigos. Y créame que le terminamos teniendo envidia al maldito enano, todo hinchado y calvo subido en una tarima frente a cuarenta mil personas y a la taciturna mirada del Papa pocos meses antes de su muerte. El de Roma fue su último gran concierto. Allí destrozó literalmente un piano mientras interpretaba Night and day e hizo que las faldas del Sumo Pontífice y de sus cardenales se movieran al compás de una epiléptica versión de Straight no chaser.

Los 222 conciertos de los que compuso su gira de 1998, el abuso de drogas, los trasnochos excesivos el frío cruel del invierno Newyorkino aceleraron su muerte. Llevaron su féretro hasta París donde miles de amigos y admiradores lo dejaron en su nuevo hogar, el Pere Lachaise teniendo de vecino a otro pianista con cierto talento de apellido Chopin.
Los catorce años que nos separan de su fallecimiento han servido para que la leyenda florezca. A partir de ahora su música me acompañará en todas mis tristezas. 

                                                                                                                          

17 de enero de 2013

BREAKING BAD. Devotos de Walter White


El profesor de química Walter White tiene los días contados. El diagnóstico parece inapelable. Su esposa, Skyler, está embarazada, su hijo es un adolescente con parálisis cerebral que le impide tener una vida normal. Según lo que le ha dicho el médico el servicio de salud que puntualmente paga no le alcanza para costearse un tratamiento digno. Las cosas en ese caluroso día en Albuquerque no pintan bien.

Además está el futuro, Sky sola con esos dos niños, desamparada. Alguna vez se albergaron tantas esperanzas sobre su carrera. Decían que era un químico brillante, hubo profesores que incluso se atrevieron a vaticinar una postulación al Nobel. Lamentablemente hay promesas que no cuajan. Ahora es un padre de familia apocado que tiene que ver como su hijo admira más a su cuñado Hank, un rudo agente de la DEA.
La tensión se le ve reflejada en el rostro. Se baja del auto, camina hasta la puerta, lo mejor es no decir nada, le han recomendado no trabajar tanto. Que contradicción. Ahora justo que ha conseguido una chamba extra en el lavadero de autos del rumano Bogdan. No puede excederse, el cáncer de pulmón es una cobra con la que no se juega. La casa está sola a esa hora del día. Se sienta en el mueble, respira, lo mejor es respirar cuando no encuentras salida. Lo mejor es hacer dinero como sea, grandes cantidades para asegurar la educación de sus dos hijos, la vejez de Skyler, “Un hombre provee” se repite una y otra vez “Un hombre provee”.

No importa si estás en Sudán o en Texas, si quieres hacer dinero rápido y abundante la única salida es infringir la ley. Él sabe de un ex alumno suyo, un tal Jesse Pinkman quien se ha retirado del colegio para dedicarse de lleno a vender en la calle metanfetamina, la droga del momento. Se contacta y Pinkman como nosotros no lo puede creer ¿Qué es lo que está pensando este nerd? ¿Qué disputarle a la calle a los traficantes de siempre es tan simple como resolver una ecuación? Walter está decidido, cocinará para él la mejor metanfetamina que se ha fabricado en ese pinche estado, no tiene nada que perder, los buitres ya se han posado sobre cada uno de sus hombros, en un mundo sin Dios da lo mismo morir en la cama al lado de una enfermera gorda que en la calle abaleado por el cartel del milenio.
Releo lo que acabo de escribir y me frustro. Nada de eso justifica la emoción que sentirás al empezar a ver esta serie asfixiante, claustrofóbica, adrenalítica….. Adictiva. Pronto llegará a su casa un amigo con los ojos saltones, las venas brotadas, a recomendar con la desesperación de un evangelista la visionada urgente de Breaking Bad. Es que no se puede hacer otra cosa más que señalarla con el índice y exclamar con asombro que es un milagro absoluto.

Ayer terminé la cuarta temporada y es de no creer. La tensión nunca se va, nunca. Al contrario, va en aumento y no para. Hay capítulos donde los ves de pie, con cuatro dedos en la boca. Dan ganas de volverla a ver desde el principio y constatar cómo han cambiado los personajes. Poco queda de ese gris y tímido profesor de química. Ahora Walter White es un hombre frío, calculador… es el temible y enigmático Heisenberg,  un fantasma que no pueden encontrar los investigadores de la DEA, encabezados por su cuñado Hank, quien por supuesto no tiene idea que el que cocina esa droga azul es Walt. El bueno del Walt, el nerdo del Walt.
No demorará el día en que llegue ante la puerta de ustedes un amigo flaco y pálido, sudando frío. Ustedes lo dejarán entrar, le pedirán que hable pero él tiene la emoción galopándole por la garganta. Le ofrecerán un vaso de agua, él lo beberá con ansia. Las primeras palabras serán gritos ¡Tienen que verlo! Exclamará, no lo duden, ¡les pondrá un poco de color a sus días grises!.
 El piloto seguramente no le hace justicia a la serie. Con ellas hay que esperar, tener paciencia. cuarenta y cinco minutos es muy poco. Tendrán que esperar hasta el final del segundo para que vean que tan crudamente real puede ser.

Acá matar tiene sus consecuencias no sólo de tipo moral sino las elementales, las físicas. Lo más difícil de matar es muchas veces deshacerse del cuerpo. Entre el segundo y el tercer capítulo de la primera temporada verán el rollo en el que se meten profesor y alumno. Hay una de las situaciones más incomodas y asquerosas que hayamos visto en pantalla alguna. Un cuerpo convertido en fluidos es una mancha muy difícil de sacar de tu piso de madera. A partir de allí Breaking Bad ya se encontrará cabalgando por sus venas y cada noche estarán allí, frente a Netflix, tratando de sacar un poquito más de emoción y haciéndole fuerza ya no a un padre de familia a punto de morir sino a un criminal que está dispuesto a llevarse todo aquel que se le ponga por delante.

Los puristas, los pocos que quedan, los que todavía desconfían de las series porque están muy ocupados aburriéndose con Antonioni y Bresson, tendrán pocos argumentos a la hora de hablar mal de una historia contada en 60 capítulos. Ya lo había dicho en el artículo dedicado a Mad Men, con las series te apropias del tiempo. Envejeces con los personajes, pasas años con ellos y ves cómo van cambiando. Inevitablemente se convierten en personas reales. Piensas en ellos, sufres con ellos y en algunos casos hasta podrías conversar con ellos. Todo es más real, más creíble. El escritor, o mejor los escritores no están sujetos a las limitaciones de tiempo. Esas ventajas, no siempre aprovechadas en la televisión, son las que Vice Gilligan ha utilizado para hacer de Breaking Bad uno de los mejores dramas realizados jamás para la pantalla cada vez menos chica.
La serie va contra todo tipo de convencionalismo. No sólo desde el punto de vista ético sino también visual. Ha creado una estética propia que ha llevado a varios artistas a pintar en cuadros que se han vendido muy bien los rostros atormentados de White y Pinkman. Esto no es un capricho de una pandilla de artistas locos, a nivel visual la serie es magistral. Recuerdo una escena de la cuarta temporada cuando Gustavo Fring está a punto de ajusticiar a Walter en medio del desierto. Es un plano general y vemos claramente como pasa una nube. La escena debe durar minuto y medio y se hizo en un solo plano. Era el plano de un western de Ford.

Además cuando Walt se transforma en Heisenberg, con su figura elegante, alta, delgada y su sombrero recordamos inmediatamente a William Burroughs apuñalando mendigos en las calles de París.
La sensación onírica que da ver la serie está reforzada además por la música. Ésta  ayuda a que Breaking Bad se viva como una alucinación. No sólo es blues o las mezclas electrónicas que hace ese nuevo genio de la banda sonora que es Dave Porter sino la música mexicana siempre latente en la serie. En la mitad de la segunda temporada hay un corrido interpretado por un grupo de Sinaloa dedicado a Heisenbeg y su metanfetamina. Con ese video clip abren el capítulo. Es de no creer, tienes que pararte ante el computador y comprobar que sigues viendo la serie. La música de esta es para descargarla y escucharla todo el tiempo encerrado en un cuarto, viendo como el humo espeso se disuelve en el aire.
Bueno y están las actuaciones. Por ahí he leído que al parecer AMC, el canal que transmite la serie no le tenía mucha fe y que por eso no le apostaron a las grandes estrellas. Eso tiene que ser una mentira absoluta. El casting es de lo mejor que hemos visto. Bryan Craston en su papel de mister White no sólo es un tipo sufrido sino duro. Su voz gruesa, metálica asusta no sólo al traficante más sanguinario sino a alguien más peligroso y bravo, su propia esposa. Aaron Paul se consagró siendo el entrañable Jesse Pinkman. Que me cuelguen los fanáticos de mister White pero sufrimos y lloramos es por nuestro torpe, tierno y sensible drogón preferido. Lo de Paul es intensidad pura, la mirada de este joven actor parece haberla entrenado la mismísima Stella Adler. Es injusto que su actuación no tenga más relevancia, que los estudios no se disputen por trabajar con él.

La pareja Pinkman- White es de las mejores que se recuerden en la historia de la televisión. Es una relación entre padre e hijo. Significativo cuando en los capítulos finales de la cuarta temporada Walt le dice a su hijo, a punto de acostarse “Buenas noches Jesse”. El amor que siente Walt hacia su compañero es tan egoísta que no deja que nadie se acerque a amarlo. Todo el que se acerque a Jesse saldrá herido por culpa de su socio. A pesar de que se golpeen o se insulten, que juren que nunca más volverán a verse su amistad está blindada, nadie podrá dividirlos ni siquiera ellos mismos.
Ambos están acompañados por actores bastante competentes, por gente dura como Giancarlo Espósito, el frío Gustavo Fring que usa sus Pollos Hermanos como tapadera para su imperio de crímen, por gente dicharachera, eficiente y enérgica como Dean Norris en su papel de Hank o Anna Gun y su Skyler, indescifrable, ambiciosa y a la vez buena madre.
Es que en Breaking Bad como en la vida misma la línea que separa los comportamientos buenos de los malos es casi invisible. Están tan bien construidos los personajes que le hacemos fuerza a los bandos opuestos, queremos que le vaya bien a Hank en su investigación pero que por nada del mundo vayan a descubrir a nuestra pareja preferida.

Pero Breaking Bad  es sobre todo una feroz crítica al sistema de salud norteamericano. No importa si eres un héroe de la DEA o un destacado profesor de química, el sistema de salud te fallará. Si quieres que te atiendan como a una persona, que te den una luz de esperanza en medio del dolor y de la inminencia del fin debes gastar miles de dólares. Tu trabajo mediocre no te dará para tanto, deberás torcerte, tendrás que convertirte en un temible traficante de metanfetamina para que te extirpen el tumor y poder seguir respirando sin que sientas el ahogo de dos manos estrujándote el esófago.
Envidio a todos ellos que no la hayan visto, tendrán unos días maravillosos donde seguramente no podrán bañarse con la luz del sol. Vivirán encerrados en sus cuartos, no contestarán el teléfono, no verán a nadie. Cuando vean el último capítulo de la cuarta temporada saldrán a la calle pálidos, con ojeras a buscar al amigo más cercano, lo agarrarán del cuello y le dirán que por favor la vean, que dejen todo lo que están haciendo, que no han visto nada parecido. Entenderán por fin porque los Testigos de Jehová salen a la calle a predicar la palabra del señor. Cuando una pasión te embarga quieres evangelizar, que todo el mundo comprenda tu gozo, tu placer.
Somos devotos de Walter White.

16 de enero de 2013

POSESIÓN SATÁNICA DE Ole Bornedal. Los rabinos también expulsan demonios


El problema es que uno siempre espera más y con estas películas de terror que nos toca ver hay que ser compasivos, ceñirse al contexto y juzgarlas a partir de allí. Hay que agradecer que ésta no nos haya expulsado de la sala como suele suceder generalmente, hay que reconocer que al menos tuvieron la molestia de construir personajes y situaciones más o menos creíbles, que se trató de mantener la tensión hasta la mitad del filme.
Ahora, de ahí a no poder dormir en la noche porque una oscura fuerza demoníaca te está acechando es otra cosa. La sugestión ha terminado para siempre, ninguna tiene esa fuerza hipnótica que te hacía creer en el maligno. Esperar que algo te sorprenda en un género dónde las fórmulas al parecer están agotadas es demasiado.

Llevaba mucho tiempo con ganas de ver Posesión Satánica. Seducido como muchos por el afiche donde una mano sale de la boca de una niña y toma su rostro, la descargué por internet. Estaba preparado para subirme en una montaña rusa de emociones. Hábilmente y por sugerencia del productor Sam Raimi, pusieron antes de los créditos que estaba basada en un hecho real. Imagínense, no existe mejor gancho para una película de terror que decir que eso pasó de verdad, con esas palabras tienes el derecho de hacer cualquier cosa amparado en el argumento contundente de “Y yo que voy a hacer, si eso pasó en la vida real”.
En realidad lo que sucedió no es lo que se plantea en el filme. En el 2004 un periodista de Los Angeles Times dio a conocer un artículo que trataba sobre un hombre que vendía un escalofriante objeto por internet. Este era una caja que según el vendedor contenía un “Dibbuk”, demonio en hebreo. Según la descripción en e bay muchas desgracias había traído a su familia la cajita. El director Ole Bornedal se basó en esta insignificante anécdota para trampear y contarnos la historia de una familia en descomposición. Clyde, lleva a sus dos hijas de fin de semana a su casa. Al frente de ella se está realizando una venta de garaje. Em, la más pequeña de las dos niñas, se fija en una enigmática cajita que en la tapa de arriba tiene una extraña inscripción en hebreo. La niña se obsesiona con la caja hasta el punto de quedarse dormida en su cama abrazando la caja como si fuera un tierno osito de peluche.
Hay que abonarle a Posesión Satánica que una simple caja de madera nos cause tanta inquietud. No nos han dicho nada pero sabemos que la pequeña Em no debe abrir la caja. Cuando lo hace encontramos un diente, un anillo, un perrito de madera. Sin saberlo la pequeña Em ha desatado un poderoso demonio que vivía recluido en esa caja.

Una de las razones por las cuales vale la pena ver esta película es que nos muestra, de una u otra forma, como se realiza un exorcismo judío. Yo la verdad no me había imaginado que los rabinos también podían expulsar demonios. Una de las mejores escenas de la película es cuando Clyde va hasta una sinagoga y suplica por la vida de su hija.
El principal problema de Posesión satánica es justamente el momento del exorcismo. Este es igual de insatisfactorio que todo lo que hemos visto antes, la niña golpeando a los mayores con fuerza inusitada, las groserías dichas en el idioma del infierno o en inglés al revés y la posterior expulsión del Dibbuk. Acá al menos Bornedal intenta dar una nueva vuelta de tuerca haciendo del demonio una presencia física, como un tumor maligno que debe ser expulsado.
Así que ceñidos al contexto y después de ver esperpentos como La aparición, que de una manera descarada plagió el afiche de Posesión para atraer más público o la última secuela de Actividad paranormal, esta es una película que intenta contar algo diferente, que te mantiene interesado un buen tramo de la misma pero que al final irremediablemente cae en el lugar común y esto en una película de terror es un error imperdonable.

15 de enero de 2013

RUMBO AL OSCAR 2013. MOONRISE KINGDOM De Wes Anderson.


Durante semanas llevaba escuchando maravillas de esta sorpresa en las pasadas nominaciones a los premios de la academia. Aun así tenía mis reservas. Nunca me han gustado las películas de Wes Anderson, su atmósfera tan particular que lo ha llevado irreductiblemente a crear un lenguaje y una lógica propia me han alejado de su cine. Ha sacrificado la posibilidad de crear personajes auténticos para tener una estética particular. Por eso es que en sus películas los niños son personajes más reales que los adultos. Estos siempre están confundidos, sumidos en algún tipo de tara.
Eso es precisamente lo que me molesta de su cine, esa artificialidad tan pretenciosa. Fui a ver Moonrise Kingdom alentado por la que consideraban casi que un unanimidad la mejor de sus películas desde Academia Rushmore. Es muy difícil no sentirte identificado con el par de niños que hastiados del mundo de los adultos planean escaparse a donde no hay nadie. Por momentos llegas incluso a conmoverte con los debutantes Jared GIlman y Kara Hayward. Él es un huérfano que no tiene nada, todo lo que sabe lo ha aprendido con los Scout, ella está harta de sentirse la freak de una familia que se desmorona con cada segundo que pasa.

Han pasado tres cuartas partes de la película y no lo puedes creer, Wes Anderson ha dejado de lado toda su pedantería para narrarnos un relato coherente, lejos de la frialdad a la que nos tiene acostumbrados. Eso sí, en ese punto del filme ya te das cuenta que los personajes de los adultos son simples caricaturas desprovistas de cualquier tipo de humanidad pero igual lo aceptas, te encoges de hombros y dices “Que diablos… es una Anderson movie”. También alcanzas a ver su particular arquitectura que nos remite a los filmes de Jaques Tati. Sin embargo estás enganchado, sufriendo por la parejita de protagonistas que en medio de su huida del mundo real tienen que protegerse de la tormenta más furiosa que se recuerde en mucho tiempo.
Sin pensarlo estás emocionado, viviendo de lleno el maravilloso 1965. Todo es hermoso, el tocadiscos portátil de Suzy, la carpa amarilla, los paisajes.
 El problema viene en el último cuarto de hora, justo cuando sobreviene la inundación y Wes Anderson se acuerda de que es un genio y empieza a imprimir su estética particular.
Entonces aparece lo ilógico, lo absurdo, lo “loco”. Me esfuerzo desde mi butaca para sumarme a la opinión generalizada de que esta es una nueva obra maestra pero lamentablemente termino ahogado en la inundación. Soy inmune al encanto de Wes Anderson como soy alérgico al de los hermanos Coen. Entiendo toda esa gente que me maldice porque amo a Tarantino. Hay directores que definitivamente no nos pueden llegar y este es uno de ellos.

Esto no quiere decir que Moonrise  Kingdom sea una mala película. Los que aman el cine de Anderson la vana  disfrutar enormemente y aquellos que busquen una experiencia diferente en una sala de cine pues no duden, búsquenla en el teatro más cercano y ábranse a su particular atmósfera. Yo salí una vez más decepcionado, inmune todavía al encanto de Wes Anderson y su cine.

13 de enero de 2013

PELICULAS NOMINADAS AL OSCAR 2013. ARGO De Ben Affleck.


Artículo publicado en noviembre.

Fui al cine convencido de que iba a ver la gran película. Para afirmarlo tenía dos argumentos contundentes, una era haber visto los dos trabajos de Affleck como director, Gone, baby gone y The town, la otra eran los kilómetros de tinta que habían desplegado los críticos después de ver la película. La trataron como “El evento cinematográfico del año”, “Una revelación” ante estas expectativas es imposible no sentirse ansioso cuando las luces se apagan y empiezan a aparecer los créditos.
Usando de una manera muy acertada el recurso del Story board nos empiezan a poner en el contexto de la película. En 1979 después de la revolución chiita  los gringos le dieron asilo al derrocado Sha y el Ayatolah furioso mandó a tomar la embajada de Estados Unidos y secuestrar a todos los que trabajaban en ella a cambio de que devolviera a Irán al Sátrapa para ser juzgado allí. De más está decir que el gobierno de Carter desoyó las amenazas y comenzó a idear un plan para sacar de allí a seis empleados que habían logrado escapar de la embajada y ahora se escondían en la casa del embajador canadiense.

Había que sacarlos del país lo más pronto posible. Las ideas que proponen los “duros” de Inteligencia no tienen nada que ver con lo que vemos en James Bond, hay alguien incluso que es capaz de decir que lo mejor es enviar unas bicicletas y que los siete pedaleen hasta Irak. La idea menos mala es planear una película para ser rodada en Irán.  A Tony Mendez la idea se le ocurrió mientras hacía zapping y se encontró con Batalla en el planeta de los simios. Pensó que se podría hacer el planteamiento para realizar una película de ciencia ficción en el medio oriente… porque no en el Irán de Khomeini. Friedkin había filmado secuencias de su exorcista en Irák unos años atrás… así que ¿Por qué no?. Allí podrá entrar el mismísimo Ben Affleck (Quién es el extractor) y convertir a los empleados de la embajada en todo un equipo cinematográfico.
En esas está uno frente a la pantalla, esperando que aparezca la gran película que hemos leído en los periódicos pero esta la verdad nunca aparece. Con esto no quiero decir que Argo no sea digna de verse. Al contrario, es una obra digna de un director joven quien no tardará en convertirse en alguien de la talla descomunal de Clint Eastwood. El problema radica en que con un argumento tan fuerte como el que se plantea la narración empleada por Ben Affleck se queda francamente corta.
Nunca pudimos sentir la tensión de los siete refugiados en la casa del canadiense precisamente porque no hubo la intención par parte del director de hacer de cada uno de ellos una persona diferente.  Affleck creyó que con maquillarlos y volverlos idénticos a los protagonistas reales era suficiente. Ese exceso de maquilla es lo que tal vez convierte a estos personajes en marionetas sin vida, inexpresivos.
Me fijé en los créditos que George Clooney es uno de los productores. El director de Confesiones de una mente peligrosa poco a poco se está dejando influenciar por la frialdad del insoportable Steven Sodenbergh. Después de un comienzo prometedor Clooney demostró con la reciente Idus of march que es un director muy eficaz, muy técnico pero sin muchas cosas para decir. Posiblemente los consejos de su productor terminaron haciendo mella en el proyecto de Affleck. Lo primero que tiene que hacer Ben al que de entrada quiero decir que no sólo no me cae mal sino que lo considero una de las esperanzas de que el cine norteamericano pueda volver a los niveles de calidad que tuvo en la década del setenta, es dejar de actuar. No podemos sentir ningún afecto por ese hombre frío que vive sus días pegado a una botella, silencioso y triste y lamentablemente sin ningún matiz de humanidad. Resulta extraño que siendo productor y director actores sean justamente las actuaciones el lado más flaco de Argo. Por eso cuando vemos a Allan Artkin en su delicioso papel de productor de Hollywood y al gran John Goodman pareciera que volviéramos a respirar un poco. Le dan algo de cinismo a unas actuaciones demasiado solemnes.

Tal vez si no hubieran hablado tanto de ella yo hubiera ido a disfrutar la película como verdaderamente es: una buena historia de espías y no esa obra maravillosa, extraordinaria que pareciera estar avocada irremediablemente a acaparar los premios más importantes que anualmente entrega la academia.

HANNAH Y SUS HERMANAS De Woody Allen. El cine puede salvarte la vida


Mucho trabajo le costó a Woody Allen separarse de la imagen de simple bufón y adquirir por fin el estatus de autor. A pesar de que un filme como Annie Hall está más cerca de las Fresas salvajes que What’s up Pussycat ya que en la historia protagonizada por Diane Keaton se usan recursos bergmanianos como el tiempo recobrado, la crítica seguía viéndolo como un comediante que tenía ciertas pretensiones ridículas de emular a los grandes maestros europeos.
Cuando se estrenó Interiores se le acusó de snobista. Se le aconsejó además volver urgentemente a las payasadas medianamente inteligentes como Bananas y reservarse de pastar en los terrenos de los cineastas serios. Algunas veces como en Stardust memories su intento desesperado de emular el Ocho y medio de Fellini, los críticos tenían razón. Lejos de intimidarse con este tropiezo Allen lo siguió intentando. El reconocimiento unánime le llegaría por fin en su catorceava película, tal vez la más difícil que haya hecho hasta la fecha.

En Hannah y sus hermanas el realizador judío se arriesga no ha contar una historia (intentar describir su argumento es muy complicado) sino a desarrollar media docena de personajes, cada uno completamente distinto a otro y establecer entre ellos hilos conductores. El eje central es Hannah, fría y brillantemente interpretada por ese témpano de hielo conocido por el nombre de Mia Farrow. Ella es una exitosa actriz de teatro, la única de tres hermanas que heredó el talento histriónico de su madre (Interpretada por Maureen O’Sullivan quien en la vida real era la mamá de Farrow y fue además en la década del treinta la mítica Jane de Tarzan). Ella vela por el bienestar de sus impredecibles, inestables e histéricas hermanas. De lo único que se le puede acusar a Hannah es de ser demasiado perfecta.
La construcción de los personajes es realmente admirable. No importa el tiempo que estén en pantalla, todos están revestidos de una oscura profundidad. Ese es el caso de Frederick, el pintor que vive con Barbara Hershey. Bastan unos pocos minutos para que nos demos cuenta de su iracundo y radical carácter. Para este papel Allen eligió a Max Von Sydow. Nadie como él podría revestir a este personaje de ese aura intelectual, áspera y distante. Su voz metálica y sus rasgos duros, como tallados con cincel lo convierten en el misántropo perfecto.

Por primera vez en su carrera el autor de Zelig va a usar a un alter ego, algo que se volvería muy común sobre todo cuando su edad y su creciente ceguera le a impedido interpretar esos personajes que parecer escribir para él mismo. Esta responsabilidad recae en Michael Caine. Él es Elliot, el actual esposo de Hannah. Es un asesor financiero de éxito que tiene un pequeño problema; se está enamorando de su cuñada. Inexplicablemente se deja llevar por un impulso adolescente que lo acerca inevitablemente a ella. Micky (Woody Allen), el ex de Hannah dice algo que parece describir las razones por las cuales le dio el papel al mítico actor británico “Elliot me cae bien, es un perdedor, completamente inseguro de sí mismo. No me caen bien todos esos farsantes que tienen el autoestima alto”.
Pero es sin duda en los papeles femeninos donde Woody Allen definitivamente se revela como el gran director de actrices que es. Ya mencionamos a Barbara Hershey y a Mia Farrow pero la que se destaca por encima del resto en Diane Wiest en su papel de mujer confundida que vive a la sombra del éxito de su hermana. Como un planeta gira en torno a la sombra de Hannah para desligarse de su órbita intenta sin éxito forjarse una carrera como actriz. Luego se une a Carrie Fisher en su desafortunada compañía Stanislawsky de canapés. Trata de salir con un arquitecto pero su amiga y socia se lo quita vilmente. Desesperada y recurriendo de nuevo a la buena de Hannah se refugia en la escritura, consiguiendo inesperadamente y rozando los cuarenta años su verdadera vocación.

Esta interpretación le valdría a Wiest el primero de sus dos óscares como actriz de reparto. La película además ganaría el Óscar a mejor guión y a mejor actor de reparto gracias a Michael Caine.
La complejidad de los personajes la hacen una película difícil. La razón de esa dificultad estriba en que es un filme que habla sobre muchas cosas, la actuación, la vida en pareja, la búsqueda de una divinidad que le dé sentido a la vida, pero sobre todas las cosas es una película sobre Nueva York. Allí está la gran ciudad vista en cada una de las cuatro estaciones, ella es la gran protagonista, la que marca la vida de sus personajes, ella es la gran divinidad que tanto busca Micky, en ella te enamoras, mueres, renaces con un beso. Esta es la declaración más contundente del director por su ciudad, por encima incluso de Manhattan.
A pesar de esa complejidad existencial Hannah posee momentos de humor maravillosos, plenos, como aquel en que el hipocondriaco cree tener un tumor en la cabeza “Del tamaño de una pelota de basket” o su suicidio fallido. Además está ese homenaje a la entrañable Duck Soup, el cine por encima de cualquier antidepresivo puede curarte las ganas de morir. Para seguir vivo solo tienes que escoger la película correcta y Hannah y sus hermanas lo es, por eso hay que seguir viéndola una y otra vez hasta que se estampille en la memoria y que llegue un momento que para poder verla de nuevo solo tengas que cerrar los ojos. Allí estará, metida en ti para siempre.

11 de enero de 2013

SOBRE QUENTIN TARANTINO.


Fue en el cine Rosetal. Estábamos ahí atraídos por la estrategia comercial que se había fabricado en torno a Forrest Gump. Pocos minutos antes de que Tom Hanks nos enseñara, a la manera de Paulo Coelho que “La vida es como una caja de chocolates” vinieron los avances de los estrenos. La pantalla se puso en negro y empezó a sonar de la nada, que es el lugar de donde viene la música en el cine, Miserlou de Dick Dale. Sentí inmediatamente como mis venas se llenaban de adrenalina, quería pararme en la silla, destrozar el lugar. Al frente mío estaba un negro de crespos ligeramente alisados por una potente gel. El tipo le hablaba a su enemigo, le estaba recitando un versículo de Ezequiel. Cuando acabó su letanía disparó sobre él.

Pasaron 50 segundos. El nombre en la pantalla se me quedó grabado en la parte de atrás de la casa. Además el tipo ya empezaba ganando con ese nombre que evocaba a los personajes de las novelas de la Serie B. ¿Quién podía llamarse Quentin Tarantino? Sólo alguien que estuviera destinado al éxito, alguien que para conseguir el éxito estaba en capacidad de destruirlo todo a su paso.
Frente a mí estaban tres horas de un imbécil que representaba el siglo XX en Los Estados Unidos. Sus discursos azucarados me tenían inquieto, mi papá en cambio lloraba y evocaba esos tiempos donde la gente y el aguardiente eran mejor. Yo no estaba allí, ese nombre en amarillo, Pulp fiction, esas imágenes oscuras, lo que se alcanzaba a vislumbrar de Travolta y Uma Thurman bailando como un par de epilépticos una canción de Chuck Berry. Los jóvenes por fin teníamos un director de cine como ídolo. Que se mueran todos los que hayan crecido con Orson Welles, nosotros señores ya teníamos un padre.
En esa época no había internet. Al cabo de los días supe que la película había ganado la Palma de Oro y que tenía varias nominaciones al Óscar. Tarantino ya era considerado un genio. Su genial manera de narrar la aprendió lejos de las estériles aulas de una universidad. Administraba un video club donde lo vio todo, desde Tinto Brass hasta Bergman. Él era un niño grande que amaba el cine.

Pulp fiction le partió la cabeza a los muchachos de mi generación. Habíamos visto muy pocas películas y no sabíamos que se podía jugar con el tiempo, con los personajes. Ignorábamos que se podía hacer una gran película a partir de literatura considerada por muchos “Entendidos” como basura. Mientras otros caían en la tentación de volverse locos por aquel video clip insoportable llamado Asesinos por naturaleza hubo una parte de la comunidad cinéfilo que se arrodilló ante el joven Dios de apellido italiano. No sabíamos que el guión de la sobre valorada película de Stone lo había escrito el autor de Perros de la reserva. Me alegré cuando en declaraciones Tarantino detestó lo que había hecho el seudo guerrillo del Oliver con su trabajo. No era para menos.
Los años pasaron y la promesa se hizo realidad. Lo más cerca que ha estado del fracaso fue con Cuatro cuartos se le notaba la presión que tenía con los Weinsten, sus mentores, por hacer algo tan bueno y tan iconoclasta como Pulp. Pero ese mal sabor de boca fue transitorio. Si bien Jackie Brown no tuvo el éxito de su antecesora si demostró y ampliamente que la promesa estaba llena de talento y sin duda era una realidad.
Cuando se convirtió en un indiscutible el genio empezó a hacer lo que le diera la gana. Pocos directores tienen la libertad  que hoy en día posee . Esto se ha reflejado en las películas que ha venido realizando después de Jackie. Exploró el Kung- Fu con las dos partes de Kill Bill, la guerra con Bastardos sin gloria, las películas de autos con Death Proof y ahora el western con la que parece, según los que la han visto, su nueva obra maestra Django sin cadenas. A pesar de que cada uno de estos filmes pertenece a un género determinado basta ver unos cuantos segundos para percibir la estética y el estilo del director.

Quentin Tarantino es ante todo un autor. Su pasión es el cine. Podemos decir que lo poco que ha vivido lo ha compensado viviendo la vida de otros en la oscuridad de la sala de cine. Sus magistrales diálogos no sólo se deben a su extraordinario oído sino al haber escarbado en toda la obra de Eric Rohmer, del que se considera un admirador. Sus zooms sicodélicos son una extraña combinación de las películas de artes marciales chinas de finales de los setenta, en las que El gran jefe es la más representativa de todas y es Spaguetti Western liderado por los Sergios Leone y Corbucci a los que ha mostrado en más de una ocasión su absoluta adoración.
No habría nada más exhaustivo que tratar de rastrear cada una de las influencias que ha tenido este escritor que es tan celoso con sus guiones que no ha tenido otra opción que dirigir sus propias ideas para que estas no sean traicionados.  Pero sus influencias no se limitan al cine. Ha sido un arqueólogo de la música de los setenta, ha descubierto grupos que parecían enterrados para siempre. Como Kubrick con la música clásica Tarantino se ha apropiado de canciones que no se han hecho expresamente para sus filmes y las ha transformado en parte integral de la trama. El baile de Travolta y Thurman, la mutilación del policía a cargo de Michael Madsen, la llegada de Lucy Lu al aeropuerto, Pam Grier caminando en la banda elástica, Las muchachas tripiadas en el auto escuchando la radio ignorando la embestida de Kurt Russel, todos estos momentos están ligados intrínsecamente a la música. Qué duda cabe, Tarantino es un DJ.

Algunos críticos se han resistido a su encanto. Hay incluso gente que todavía lo considera una moda pasajera. Parece que todas esas críticas se acallarán con su último filme. Se equivocan feo los que piensen que van a ver un western. Se mete en los géneros para destruirlos, ensambla algo completamente diferente, único, propio. Sus películas son el último reducto de una época que se extingue, la época de los sicotrópicos, de ir colocado al cine con los dedos todavía chamuscados del último porro. 
Por ahora calmaremos la ansiedad, el mono de su último joint con sus películas pasadas. Hay que esperar a su Django desempolvando su Jackie Brown, volviendo a ver a sus maravillosos Bastardos. Han pasado cuatro años desde ellos. Podemos esperar unos días. No mucho más.

9 de enero de 2013

LA MATANZA DE CIELO DRIVE.


No expreses tu felicidad en público si no quieres atraer malas vibraciones. Decía Henry Miller en Sexus “Un verdadero amigo no es el que te escucha cuando estás triste, el verdadero amigo es el que disfruta contigo tu propia felicidad”. No existe nada peor que expresar el amor en público, salir con tu pareja en todas las revistas de moda, con una sonrisa cruzándote la cara, declarando sin ruborizarse que “Estaba pleno con mi carrera y mi vida personal”.
                                               Roman y Sharon. Insoportablemente felices

A finales de los sesenta Roman Polanski l tenía todo. Este diminuto polaco, con su rostro de Topo diabólico había hecho realidad el sueño americano. Su espectacular éxito El bebé de Rosemary lo había catapultado como el director más representativo del Nuevo Hollywood. En febrero de 1969 Había comprado una espectacular mansión en Cielo Drive. Invitaron a sus amigos y celebraron además el embarazo de Sharon. La vida no paraba de sonreírle a Roman.
Los que lo conocieron en esa época no dudan en afirmar que Polanski era uno de esos tipos que no paran de hablar de sí mismo toda la noche. Tenía la energía de un ratón anfetamínico, no paraba de moverse ni de hacer payasadas en las interminables fiestas y orgías en las que participaba. Su éxito había atraído a más de un zángano que vivía de su absoluta generosidad. Muchos de ellos pasaban semanas en su mansión , llenándose la cabeza de mezcalina, marihuana, cocaína y alcohol en cantidades industriales.
La mayoría del tiempo Roman estaba fuera de casa, tratando de ligar cuanta chica se cruzara por su camino y cuando quedaba algo de tiempo se sumergía en un proyecto que él personalmente detestaba. Se trataba de un triller sobre unos delfines asesinos, algo completamente traído de los cabellos que el incomprensiblemente había aceptado. El proyecto se iba a filmar en Londres por lo tanto el director tenía que estar el mayor tiempo posible alejado de su esposa.
                                             Sharon Tate alistando el ajuar del bebé.

A pesar de su disipada vida Polanski amaba a su esposa. Como todo polaco era un machista a ultranza y le encantaba esa devoción que Sharon le profesaba. Sus conocidos afirman que ella se desvivía por atenderlo. Contrario a lo que se podía pensar Tate ganaba mucho más dinero que su marido, sin embargo ella estaba dispuesta a renunciar a su naciente carrera por consagrarse a su amado. Tenía 25 años. Al realizador de Repulsión le preocupaban cada vez más las llamadas que su esposa le hacía. En ellas se quejaba de que amigotes como Wojtek Frytowski un ex atleta a quien conocía desde su juventud polaca, solía usar la casa como un estudio fotográfico donde llevaba a diversas furcias a las cuales les hacía fotos que rozaban con la pornografía. Polanski era consciente que iba a ser padre y que a sus 36 años lo mejor sería empezar a cambiar de vida.
Él no tenía la mejor prensa. Los periodistas lo asociaban con un adorador del demonio. Sus declaraciones siempre ambiguas, rozaban con el satanismo. Además El bebé de Rosemary era considerada una pieza de luciferismo puro. El polaco era un hábil publicista y sabía que todas esas cosas que sobre el decían le favorecía. No había nada en el mundo del cine para mantener viva una carrera que despertar morbo.
                                                     "Lo malo es que no hablen de ti"

Sharon con siete meses de embarazo había aceptado una propuesta para filmar una película en Roma. A finales de julio de 1969 se escapó para visitar a su esposo en Londres. Estuvieron un par de noches. A Roman le angustiaba que ella en tan avanzado estado estuviera lejos de casa.  Trató de conseguirle un pasaje en avión pero no había cupo, así que la embarcó en un trasatlántico. En un muelle la abrazó por última vez.
El guión de los delfines crecía como un tumor maligno. Se la pasaba el día escuchando el lenguaje delfínico y él se sentía un poco ridículo haciendo esta película. Tenía en la cabeza realizar una versión de Macbeth, darle rienda suelta a su talento y locura con una surrealista e iconoclasta comedia sexual. Pero sobre todas las cosas le angustiaba estar tan lejos de su embarazada esposa.
Ella no se quedaba atrás. Lo llamaba cada noche, casi siempre sus conversaciones empezaban con la misma pregunta “¿Cuándo vas a volver?”. Sharon matriculó a su esposo en un taller de padres que empezaba el 18 de agosto en Los Ángeles. Era su tierna manera de darle un último plazo. Roman haría todo lo posible para estar allí en esa fecha. No le iba a quedar mal.
Muchas historias se han tejido alrededor de lo ocurrido la noche del 8 de agosto de 1968 en Cielo Drive. Se acostumbra a decir que esa noche iba a realizarse allí una de las acostumbradas fiestas y que a ella iban a acudir Bruce Lee, Frank Sinatra y Peter Sellers entre otros. Eso es mentira. No se pensaba hacer nada especial esa noche en la mansión. A las diez de la noche Frykowski estaba en uno de sus viajes con mezcalina acostado sobre la alfombra de la sala, usando de cobija una bandera de los Estados Unidos, Abigail Fogler liaba porros mientras observaba una vieja película de terror en la televisión. Sharon Tate y su amigo y conocido estilista de las estrellas de Hollywood, Jay Sebring se habían retirado al cuarto a dormir. Sharon se había quedado en ropa interior agobiada por uno de los peores veranos que haya vivido los Ángeles en mucho tiempo.
                                                                     "No estoy loco"

A 30 kilómetros de allí, en un oscuro lugar llamado Rancho Spahn un hombrecito pequeño, de 34 años, acostumbrado a vivir en centros de reclusión desde su más tierna infancia y que aprovechando el movimiento hippy y sus contactos con uno de los Beach Boys había intentado sin éxito empezar una carrera como cantante, jugaba con sus “Súbditos” al Creepy Crawl (abordaje silencioso) que consistía en ir hasta donde vivían los más ricos de la ciudad y allanar sus mansiones.  Para esa noche escogió a sus mejores muchachos. Al espacioso auto entraron cuatro de los que integrantes de su “Familia”. Ellos eran  Charles “Tex” Watson de 23 años, Patricia Krenwikel de 21, Susan Atkins de 21 y Linda Kasabian de 20.  El hombrecito dio las ordenes pertinentes, el Helter Skelter había comenzado. Esa noche se desataría el caos.
Los integrantes de la mansión estaban tan distraídos que no escucharon los dos disparos que acabaron con la vida con un joven repartidor que había tenido la desgracia de estar en el lugar y en el momento menos indicado. Kasabian al ver el rostro ensangrentado del joven entendió que esta vez el Creepy Crawl  tendría otros componentes. Se quedó afuera a avisar si algo raro sucedía. La mansión la conocían bien. Allí había vivido Terry Melcher un productor musical que había rechazado sin mucho aspaviento la obra musical de Charles Manson, el oscuro hombrecito que movía los hilos de su familia en el Rancho Spahn.
Por eso los integrantes de su familia sabían muy bien donde entrar, donde dar el primer golpe.  Watson fue el encargado de despertar con su revólver a Frykowski, este, nublado por la droga no entendía muy bien que pasaba. Krenwikel y Atkins lo ayudaron a levantar. El amigo polaco no entendía muy bien porque gritaba Sharon Tate a quien recién habían sacado de la habitación y porqué estaba tendido boca abajo sobre el sofá Sebrling. Trataban de estar calmados, posiblemente era una de esas bromas pesadas a las que acostumbraba someter a sus amigos el bueno del Roman. Pero las cosas se harían más confusas para el ex deportista olímpico cuando vio como Watson disparaba en la espalda del estilista.
Tanto Tate como Fogler tenían sobre el cuello una cuerda. Estaban amarradas entre sí. Atkins empezó a tirar de la cuerda, las mujeres mostraban los primeros indicios de estrangulamiento. Los pies de ambas comenzaban a elevarse. Frykowski reaccionó, peleó como un guerrero por su vida, por la vida de los amigos. Alcanzó a herir a Atkins pero Tex Watson le propinó varias cuchilladas en el pecho. Con las pocas fuerzas que tenía el polaco alcanzó a salir de la mansión. Iban a ir tras él cuando el discípulo de Manson ordenó a las dos muchachas que acuchillaran a Tate y su amiga. Atkins le dio dos cuchilladas en el pecho a la actriz. En una de sus declaraciones  durante el juicio dijo que “Había alcanzado a ver como algo se movía dentro de ella… era realmente espeluznante” Había pensado en extraerle el feto a Tate y llevárselo a Manson como una especie de trofeo. Lamentablemente para ella no pudo efectuarle el regalo a su maestro. El cuchillo se había atascado en el omoplato de la actriz. Quedó encogida, en posición fetal. Sus últimas palabras fueron “Mamá… mamá”.
                                                          Sharon Tate en posición fetal

Frykowsky se encontró afuera con Linda Kasabian, ella lo vio bañado en sangre pero aún de pie. Detrás venía Watson. Allí lo remato. Necesitaron 7 balas y cincuenta cuchilladas para matar al gigante polaco.
Antes de irse, los miembros de la pandilla escribieron con la sangre de las víctimas la palabra Pigs en una de las puertas traseras de la casa. 
Eran las nueve de la noche del nueve de agosto en Londres cuando el representante de Polanski lo llamó a un exclusivo restaurante en Chelsea. Los que estaban allí recuerdan que Roman se quedó pálido, mirando un indeterminado lugar del piso. Solo decía “No, no… otra vez no” Era la segunda vez que una mujer que amaba había sido asesinada mientras estaba embarazada. La primera vez había sido su madre, muerta en un Auschwitz en 1942.
Roman a los dos días volvió a la casa. Como un fantasma, pálido y mudo la recorrió de nuevo. Se acostó en la cama, y con cada ruido que se hacia en el piso de madera renacía en él la esperanza de que en cualquier momento Sharon saldría de algún rincón de la casa.
La policía se dejó guiar por pistas falsas. Todo el mundo le achacó a escandalosa manera de vivir de Polanski los crueles asesinatos de Cielo Drive. Se habló durante mucho tiempo de una secta satánica que enfurecida por haber revelado sus secretos en El bebé de Rosemary se había vengado del director. La prensa hizo su agosto y destruyó la reputación de Polanski. Se hablaban de orgías dentro de la mansión, de invocaciones al demonio. “Uno muere como vive” decía la opinión pública.
 Pasaron cinco meses hasta que Atkins, encerrada en prisión por otro crimen le había contado a una compañera de celda que ella “Había hundido el cuchillo en el corazón de Sharon Tate”. Apresaron a Manson quien llegó a juicio con una cruz tallada en su frente. Seis meses duró el juicio, sentenciaron a toda la familia a pena de muerte pero una extraña coincidencia les conmutó la pena a cadena perpetua.
Roman Polanski nunca se repondría de esto. Antes de despedirse de Sharon en ese muelle inglés sabía que algo malo iba a pasar “Estaba muy feliz… nadie puede estarlo sin pagar después las consecuencias”.
                                                        Manson y la cruz en su frente                                              

Después de que Charles Manson reconociera sus crímenes Polanski intentó infructuosamente en que su reputación y la de su asesinada esposa fuera recuperada. Nada de eso sucedió. Herido en su dignidad decidió irse de Estados Unidos como otros tantos artistas, escupido como un pedazo de carne atragantada en la garganta de un gordo. Volvería para hacer Chinatown, el éxito de esta película le hizo creer en que todavía el sueño americano le pertenecía. Pero en 1978 lo ocurrido en la casa de Jack Nicholson le recordó que allí no sería nunca bienvenido.
Un sicólogo le dijo que el duelo por lo ocurrido a Sharon podría durarle entre cuatro y seis meses. Han pasado 44 años desde aquello. Como es lógico no hay un solo día en que no recuerde a su rubia de ojos de cristal.

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