20 de enero de 2013

MICHEL PETRUCCIANI De Michael Radford. Un duende en tierra de gigantes.


                                                                       Para A.B. Que se fue a la eternidad en tren.





Estaba pasando canales y vi a este hombre de un metro, deformado por una extraña enfermedad aporreando con su inmensa mano un Steinway. Me detuve un momento y comprobé que el documental apenas había arrancado. El tipo parecía muy cómodo con su condición física, es más siempre que se sentaba en una mesa era una atracción por su diabólico humor.
Tenía muchos amigos sin duda, la gran mayoría hablaba de su vitalidad, de su energía desbordante de sus ganas irrefrenables de probarlo todo, mujeres, tragos, comidas, drogas. Sin embargo, como la gran mayoría de los genios era de un trato difícil. Casi imposible.

Michael Radford, el conocido director de la lacrimógena El cartero, está a cargo de este documental. Él dice en una entrevista que muchos de los amigos del pianista desistieron de dar una entrevista porque algunos habían quedado “Bastante heridos” con el trato que les daba el músico.
La inminencia de la muerte lo hizo entender que a la vida había que devorarla a dentelladas. Hijo de una familia de músicos Petrucciani se acercó al instrumento a la edad de 12 años. Un piano sería el neumático que lo mantendría a flote en ese mar tormentoso que es la vida para un discapacitado. Pero no sólo el náufrago sobrevivió sino que se transformó en un ídolo, en uno de los artistas más grandes del Siglo XX.
Contrario a lo que he leído este no es un documental sobre un hombre que a pesar de sus limitaciones físicas con esfuerzo y disciplina lo puede lograr. No la gran mayoría de los que nacen con Osteogenésis imperfecta por más de que luchen y se propongan sentarse en un piano e intentar sacar una melodía, tan solo una pinche melodía lo podrían hacer. Lo máximo que lograrán será romperse los huesos de los dedos o romperse el coxis después de dos horas de concierto. Eso lo podía hacer Michel Petrucciani porque era un genio, un súper dotado, un obseso y para un loco no existe dolor ni impedimento. El genio se sobrepone a cualquier cosa.

Empecé a ver el documental por morbo, ¿Cómo así que este enano es capaz de levantarse a tantas mujeres hermosas e interesantes? Pasó un cuarto de hora cuando ya había sido hechizado. Y es que Petrucciani no sólo fue dotado para la música sino para la vida. Era un hombre que enamoraba al que conociera, la mayoría de sus amigos se declaran haber caído “ante su encanto” después de un breve apretón de manos. Entonces se te olvida que deba ser cargado todo el tiempo porque hacer caminatas cortas le podría significar la fractura de sus rótulas, que difícilmente podía respirar, que era un duende en una tierra de gigantes.
Y entonces te quedas solamente con su música, algunas veces alegre, otras veces demoledora, feroz.
Eso es lo que convierte a Michael Petrucciani en un documental brillante, inteligente y a la vez supremamente emotivo. Elude todas las trampas y es capaz de mostrarnos a aquel hombre que embrujaba a todos los que lo conocieron. Radford logra que lo veamos a través de los ojos de sus amigos. Y créame que le terminamos teniendo envidia al maldito enano, todo hinchado y calvo subido en una tarima frente a cuarenta mil personas y a la taciturna mirada del Papa pocos meses antes de su muerte. El de Roma fue su último gran concierto. Allí destrozó literalmente un piano mientras interpretaba Night and day e hizo que las faldas del Sumo Pontífice y de sus cardenales se movieran al compás de una epiléptica versión de Straight no chaser.

Los 222 conciertos de los que compuso su gira de 1998, el abuso de drogas, los trasnochos excesivos el frío cruel del invierno Newyorkino aceleraron su muerte. Llevaron su féretro hasta París donde miles de amigos y admiradores lo dejaron en su nuevo hogar, el Pere Lachaise teniendo de vecino a otro pianista con cierto talento de apellido Chopin.
Los catorce años que nos separan de su fallecimiento han servido para que la leyenda florezca. A partir de ahora su música me acompañará en todas mis tristezas. 

                                                                                                                          

5 comentarios:

Mario dijo...

Igual me pasó hace unos años cuando me encontré en Film and arts una versión de Cantabile por Michel Petruciani.

En ese entonces tenía lista la casetera VHS para gragbar joyas como esta, lástima que la llegada del DVD truncara esa dichosa costumbre.

http://www.youtube.com/watch?v=EhjZABvC6Ng

David Alexander dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
David Alexander dijo...

A Michel Petrucciani lo vine a conocer en 1991, en la casa/edificio de mi recordado colega ciclista y comunicador Hernán Prada (cuando vivía en Búcara), quién atentamente grababa en VHS los programas y toques de jazz que podía encontrar en TV Cable, "teve alambre" como decía Iván Serrano.

Recuerdo no sin emoción y nostalgia que Hernán me revelaba cada hallazgo con una devoción místicamente cool. Luego me mostraba la carátula de algún legendario vinilo, cuyas curvas sólo serían iluminadas por una sagrada lámpara, mientras escuchábamos a algún mago... Petrucciani entre los elegidos.

Anónimo dijo...

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