18 de octubre de 2011

UN HOMBRE Y SUS ESPINAS. Las Acacias de Pablo Giorgelli

La acacia es un árbol duro, fuerte, muy imponente si lo ves de lejos, pero no te acerques y ni siquiera pienses en tocarlo porque lo más seguro es que alguna de las espinas que visten su tronco perforen tu carne. Rubén es como ese árbol, las continuas crisis y golpes de la vida han hecho crecer sobre su cuerpo unas espinas que son como puñales. Hace años que no habla con su hijo y de su mujer es poco lo que sabe. Conduce para no ahogarse en ese río de lágrimas que se le forma en el pecho y que él no quiere dejar salir. Son miles ya los kilómetros que acumulan sus brazos, enfrente de sus ojos se pasean como una película los paisajes áridos de la frontera con Paraguay, el verdor incesante de la pampa los rostros de muchos hombres y mujeres que día a día extienden su mano con la esperanza de cruzar la frontera y cumplir su sueño en la metrópolis porteña.
Mejor andar solo, carcomerse en su dolor silencioso, por ahí tiene la radio que ocasionalmente enciende pero el diálogo lo tiene es consigo mismo hasta que aparece ella y su bebé. No la ha recogido al azar, ella viene recomendada pero nadie le habló a Rubén de un bebé, a regañadientes decide subirla a su cabina y empieza el largo viaje de día y medio. La acacia se mantiene incólume, mejor es callarse, hundir la mirada en el paisaje y dejar que las ruedas se coman los kilómetros. Los paraguayos suelen ser silenciosos pero no existe nada más expresivo que los ojos de un bebé. Si al principio Rubén no puede soportar su llanto poco a poco irá cediendo, aferrándose a la sonrisa de la niña, a sus bracitos gordos y cálidos que lo llevarán irremediablemente a los valles donde reposan sus paraísos perdidos.
A pesar de que ésta es su ópera prima Pablo Giorgelli es un hombre que ha estado vinculado al cine desde hace muchos años por su oficio de editor. A sus 43 años ha decidido plasmar en imágenes una de las ideas que más lo obsesionaban: La de un hombre solitario viendo durante horas como el paisaje se va transformando. El vidrio panorámico como una pantalla de cine. En cierta forma Las acacias es cine dentro del cine, esa pampa extendiéndose imponente casi que infinitamente sobre el lienzo forma parte de otros filmes. Después de una terrible crisis personal donde fue abandonado por su esposa y de la muerte de su padre después de una larga enfermedad Giorgelli sintió el llamado de Rubén. Fue el personaje el que empezó a crecer dentro de su cabeza como un tumor. Ese hombre solitario y amargado no es más que una persona débil que trata de defenderse de los sufrimientos que no cesan, que nunca aflojan. En cierto sentido Rubén es como Travis desahogándose del dolor a punta de volante. Pero Rubén no necesita matar para volver a ser lo que era antes del horror. La sonrisa de una niña lo traerá de nuevo al mundo de los vivos.
Sin la prepotencia de Lizandro Alonso que insiste con sus atmósferas pesadas casi que impenetrables y más cercano al humanismo de Lucrecia Martel, Giorgelli ha decidido rosar este filme para encontrar el alivio que ha buscado desde que su mundo se destruyó. El gran mérito de Las acacias es que es una película de autor, él es el paisaje y la mujer, el hijo ausente y el camionero, él es la cabina y el volante, la gasolina que necesita el camión para continuar el largo camino que separa a Asunción de Buenos Aires. Un filme pequeño, íntimo hecho sin pretensión, filmado para continuar viviendo, para sacar el rostro a la superficie y respirar por fin.
A pesar de la cantidad de premios que ha venido acumulando (Cannes, San Sebastián, Biarritz) Las acacias no es el típico filme festivalero. La belleza de sus imágenes, la sencillez y la honestidad de su historia han cautivado a todo el mundo incluso ha logrado vencer los clichés con los que los jurados buscan premiar una película. Acá no existen las grandes sentencias formuladas por personajes súper inteligentes, sino que encontramos la cotidianidad, los silencios y la sencillez de dos personas comunes y corrientes.
Después de día y medio de camino el verdor se abre paso ante el gris sombrío que recubre la ciudad de la furia. La mujer y su niña se perderán entre la multitud que fluye por las venas del monstruo y Rubén volverá a caer en su amargura, en el fracaso constante de intentar el desahogo pisando con furia el acelerador. Un gesto suyo podrá cambiar la ecuación, una caricia hará que las espinas caigan para siempre de su cuerpo.

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