9 de agosto de 2012

LA MUERTE DE STALIN


 Andaba contento, era su cumpleaños y como mandaba la tradición que él mismo había impuesto había que hacer una fiesta. Invitó a sus ministros, a todos esos títeres que humillaba en sus cenas, a las mujeres con las que pasaba sus noches en vela, a su hija Svetlana que a los 28 años ya llevaba encima tres matrimonios y se sentía irremediablemente una solterona.
El anciano estaba animado, quería bailar. 
                                                     El Dictador y su hija
Ya había obligado a sus hombres de confianza a que danzaran. A Jrushchov esto le molestaba profundamente. Era demasiado grueso y su aspecto bailando eran tan ridículo como el de una vaca patinando en hielo. Sin embargo ahí estaba con Beria y otros hombres del politburó. Todos con miedo de que los rumores que circulaban por el Kremlin fueran verdad. Siempre había rumores de purgas pero Pravda últimamente había estado insistente; dentro de poco se destaparía una olla podrida donde caería más de una cabeza que hasta el momento se suponía intocable.
Entonces lo mejor era bailar hasta que se te rompieran los zapatos. No era un buen momento para contradecir al supremo. El dictador a pesar de sus dolencias le pidió a Svetlana una pieza, ella se negó, el jefe no soportaba el rechazo, sobre todo delante de sus subalternos y perpetrado por su propia hija, así que en tono de chanza la agarró del pelo y la arrastró hasta el centro del salón, allí con suavidad le tomó las manos como si ya fuera a empezar la danza pero Svetlana con los ojos arrasados en lágrimas se fue corriendo a encerrarse en su cuarto como lo había hecho su madre veinte años antes, solo que ella no tomaría la decisión extrema de dispararse una bala en el corazón.

                                                       Stalin Embalsamado
Los subalternos apenados por la escena que presenciaron se hicieron los de la vista gorda y continuaron con la farsa. Si el jefe estaba feliz pues lo ideal era no amargarle el rato. Estar ya en su dacha era todo un logro. Una vez al mes Stalin acostumbraba a celebrar una comida. Invitaba a la gente que consideraba más cercana. No ser invitado constituía tener la certeza de que se había caído en desgracia con el dictador, pero recibir la invitación equivalía a noches de preparación sicológica para lo que iba a sobrevenir en esa cena. Por lo general Iosef no servía  vino sino vodka ya que es más efectivo a la hora de soltar la lengua. Le ordenaba a sus cocineros que fueran generosos con la cantidad de pimienta repartida en cada plato, esto pondría a sus ministros de un ánimo todavía mas crispado. Sin duda  disfrutaba ver a todos esos pobres diablos asustados en sus mesas, pensando cada palabra que tenían que decir. Al cabo de dos copas los unos culpaban a los otros. Stalin estaba ahí, más que divertido y cuando empezaba a aburrirse su mirada se centraba en el escote de la esposa de alguno de los ministros. Muchas veces se retiraba sin avisar a su cuarto llevando de la mano a cualquiera de ellas. Los ministros tenían que ahogar sus penas con vodka.
                                                            Culto a Stalin

Pero en esa noche de invierno de 1953 Stalin ya no tenía el vigor de antaño. Ordenó poco antes del amanecer que dieran por concluido el baile. Cuando se retiró el último de los invitados dio indicaciones expresas de que no quería ser molestado por nadie hasta que él lo indicara. El día que se avecinaba iba a ser usado solamente para descansar. Ser el rector absoluto de los destinos de una potencia como la Unión Soviética tenía un desgaste que evidentemente estaba empezando a sentir.
Antes del mediodía tenía la costumbre de tomarse una taza de té con una rodaja de Limón. Los soldados que custodiaban la dasha comenzaron a inquietarse cuando vieron que pasaban las horas y el supremo no cumplía con su rutina. A las seis de la tarde la casa respiró aliviada cuando vieron que desde su cuarto se encendía una luz. Esperaron varios minutos a que se escucharan los pasos del líder bajar por las escaleras. Pero nada de eso ocurrió. Poco antes de las once de la noche se tomó una determinación; había que llamar a sus colaboradores más cercanos.
Stalin era presa de su propio invento; la concentración absoluta del poder. Nadie podía tomar una decisión ya que sus órdenes eran de hierro, si había dicho que nadie podía molestarlo al otro día esto se tenía que seguir a rajatabla. Beria fue el primero en llegar, lo siguió Malenkov y poco después Nikita Jrushchov. Cuando se reunieron los tres tomaron la decisión de entrar en la habitación. Lo que vieron fue una imagen que los horrorizó. En el piso estaba el dictador entre un charco de orines y mierda. El ataque había ocurrido a las seis de la tarde justo en el momento en que los soldados vieron cómo se encendía la lámpara. A pesar de que estaba inconsciente y que su vómito incesante de sangre revelaban la gravedad de su estado nadie tomó la decisión de llamar un médico. Se encerraron en el cuarto deliberando que hacer. El que tomara el teléfono para pedir un médico podía correr el riesgo de que cuando se despertara el dictador fuera condenado a muerte por tomar decisiones en ausencia del líder. Además los cuatro que estuvieron en ese cuarto tenían la presión de una purga inminente.
                                                            Nikita y Fidel
Lo dejaron agonizar y solo hasta las seis de la mañana llamaron a un médico. El problema es que los mejores especialistas del país estaban encerrados en cárceles acusados recientemente de una conspiración para acabar con la vida del líder. Mandaron emisarios hasta las prisiones para preguntarle qué extraña enfermedad había azotado al supremo. Hablaron de un extraño síndrome el Cheynes- Stokes que atacaba directamente el sistema respiratorio.
Iosef Stalin moriría 24 horas después de tener el ataque. Empezaría la disputa por el poder que coronaría a Nikita y condenaría a Bería. Se ordenó embalsamar el cuerpo y ponerlo al lado del otro padre de la revolución, Vladimir Lenin. Pocos años después Jrushchov encontraría la venganza  a ser obligado a bailar como una osa embarazada patinando en el hielo, a ser tratado como lo que era, un campesino inculto y ebrio. En medio de una reunión del partido denunció al mundo los crímenes del stalinismo. Ordenó, como máximo dirigente de la Unión Soviética, desmontar el culto a Stalin. Su cadáver fue sacado del panteón de Lenin y fue enterrado afuera del Kremlin.
Sin saberlo Nikita Jrushchov le ponía los clavos al ataúd del sueño soviético. No se puede sostener un imperio sin el culto al héroe. A falta de Dios el pueblo tenía a Stalin pero ahora no tenía más que un libro gigante, espeso, infumable escrito por un alemán. Después de Stalin ya no había nada en que creer dentro del inabarcable  territorio de la Unión Soviética.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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