17 de enero de 2012

LA ULTIMA NOCHE DE LA HUMANIDAD. CINE PARA COMER CRISPETA

Hace años que dejé de ir al cine con la expectativa de ver una buena película. Me acostumbré a atiborrarme de crispetas bañadas en mantequilla y chocolatinas. Me quito los zapatos dejando que las imágenes me hipnoticen y que al salir el día se haya convertido en noche.
Aburrido de estas vacaciones interminables me fui a ver la única película de cartelera que no he visto: La última noche de la humanidad. Venía de ver una sorpresa más que grata como fue Los Mupppets, una decepción absoluta (Sherlock Holmes) y una película brillante en lo técnico pero francamente olvidable (Tin-Tin). Esperaba no aburrirme mucho con esta visión adolescente del fin del mundo. Me encontré con hora y media del más puro entretenimiento.
Resulta extraño que con todos los recursos que ahora cuenta el cine todavía este arte no haya podido llegar a la maestría que se ha conseguido en la literatura, por parte de H.G Welles o en el comic gracias a los argentinos Solano López y Germán Oesterheld. Precisamente hay varios puntos en común entre El eternauta y La última noche… esos copos bajando por Moscú, la situación Robinson que viven en la bodega de una discoteca moscovita, evocan la poesía del comic porteño. El recurso de hacer invisible la fuerza invasora es un muy buen recurso. El Tiburón de Spielberg eran mas los tanques flotando en el agua que un pedazo de carne y muelas. En la última noche los alienígenas son los faroles encendiéndose, las sirenas aullando, las personas desintegrándose.
El escenario es Moscú. Primero vemos a la ciudad de los zares llena de gente, renaciendo definitivamente de la barbarie comunista para entrar a la modernidad de la mano de su poderosa y cruel mafia. Dos jóvenes norteamericanos acaban de llegar, van a patentar un GPS que ayuda a los turistas a encontrar con facilidad los sitios mas calientes de una ciudad desconocida. Su contacto en Rusia los ha estafado, cuando ellos llegan a la reunión un tipo ya se ha apropiado de su invento. Para quitarse las penas no hay nada como el vodka así que en unas discotecas nos encontramos a estos tipos, no tienen nada de especial, no parecen héroes, ni siquiera galanes pero en la barra han encontrado a dos norteamericanas sexis y justo cuando creemos que la película se decantará por la seducción barata, Moscú se queda sin energía y comienzan a bajar del cielo esas entidades repletas de energía.
Allí empieza la lucha por la supervivencia, la búsqueda del arma que logre repeler la fuerza invasora. Aparecen los clichés que conlleva el género. A mi en lo particular no me molestaron. Lo de que los rescate un submarino nuclear ruso me parece genial, además de que esa arma que parece un gadget hecho por un electricista moscovita medio loco sumado al afiche me recordaron inevitablemente las grandes historias Pulp de los cincuenta.
Si quieren comer crispetas y dejar que el denso tiempo de enero se pierda entre sus dedos grasientos de mantequilla vayan a ver La última noche de la humanidad. Al menos verán en pantalla gigante las ruinas de una ciudad hermosa y desconocida

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