23 de enero de 2012

SICOPATA AMERICANO. MATAR AL RITMO DE MICHAEL BOLTON

Patrick Bateman se levanta todos los días a las siete de la mañana. Desayuna ligero, hace una fuerte rutina de ejercicios. Luego sumerge su rostro en dieciséis clases de crema. Antes de salir a su lujosa oficina en el World Trade Center pasa su cuerpo perfecto por la máquina bronceadora. La competencia es tan fuerte en Wall Street que todos visten igual, se peinan de una misma forma, llevan las mismas gafas. El aburrimiento y la frivolidad son lo único que se respira en los despachos de los rascacielos.
Contrario a lo que te han dicho, cuando disfrutas del éxito no tienes que trabajar mucho para mantenerte en él. Trata de rodearte de gente linda, de ganadores. Reserva con anticipación un cupo en el restaurante o en el gimnasio de moda. Si no te ven estas aniquilado. Eres un yuppie, nada puede cambiar, ni los genocidios en Sri-Lanka, ni la muerte de millones de niños por hambre en Etiopía. Eres un yuppie, tienes el mundo en un puño.
Después de la revolución cultural de los sesenta, los hijos de los hippies fueron máquinas perfectamente aceitadas que impusieron en los ochenta el régimen de la tecnocracia. Por eso la directora canadiense Mary Harron tiene el acierto de ser fiel con la novela homónima de Bret Easton Ellis hasta en su propia atmósfera. La película respira por sus poros toda la maldita estética ochentera, las calles de Nueva York destilando fiebre por sus cloacas, las minifalda, las grandes limusinas, el gel, el VHS. Los malditos años de Reagan son al final peores que los de Nixon porque ya no existía la contracultura. La labor había concluido, ya estaban en el poder los Bateman, frios y despiadados. Viviendo solamente para sus cuerpos perfectos, refugiados en sus amplios y desocupados departamentos donde guardan porque no el cuerpo mutilado de la última prostituta con la que salieron.
Cristian Bale no solo es un gran actor sino que tiene la capacidad Deniriana de transformarse en lo que se le da la gana. La transformación no solo es física sino mental. Si nos da tanto miedo Patrick Bateman es porque es un personaje real, construido por obra y gracia de este nuevo genio de la actuación. Cada vez que va a perpetrar un asesinato tiene la costumbre de poner el disco de moda, explicando la grandeza de Genesis cuando decidió sucumbir a la estupidez de Phil Collins, o lo hermosa que es una balada de Whitney Houston. Es el discurso de un fanático, de un hombre que cree que Michael Bolton o Richard Marx bien podrían estar a la altura de Mozart o Miles Davis. ¿A donde se fue Jefferson Airplane?, ¿acaso los asesinos en serie ya no escuchan Velvet Underground?.
El cinismo, la crítica exacerbada no solo a un sistema sino a una década son los puntos fuertes en este nuevo clásico. Hombres vestidos igual, hechos en masa, constatan que la distopía de Huxley se cumplió a cabalidad. No fue el comunismo lo que hizo que los hombres se parecieran sino el capitalismo salvaje. La competencia despiadada igualó a los niños bien. En los ochenta ya no necesitabas tener canas para dirigir la economía mundial, tan solo una buena pinta, un correcto bronceado, un cuerpo escultural es necesario para estar al frente de una compañía.
Cansado de no tener satisfacción el yuppie se divierte matando al que se le ponga al frente. A medida que el aburrimiento vaya aumentando va creciendo la obsesión, el descontrol, Bateman olvidará el método y simplemente matará todo lo que se le ponga al frente. Las cabezas de sus prostitutas se mantienen frescas dentro del refrigerador, la cámara de video registra cada una de las torturas “Incluso he fritado pedazos de cerebro y me los he comido” le dice en una de sus confesiones finales cuando cree que la policía ya vendrá por el.
Pero no, Bateman al otro día va al club y nada ha cambiado. Para unos pocos hombres la ley se aplica y se hace a su antojo. Con una orden emitida desde arriba, desde la punta de una de las torres gemelas el sicópata americano ha quedado exonerado de culpa. Tendrá una segunda oportunidad de redimirse pero el no lo hará. Seguirá torturando y matando al ritmo de Paula Abdul.

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