5 de noviembre de 2012

FIEL A SI MISMO.Crónica sobre el estreno de Aniceto de Leonardo Favio


La ciudad comenzó a llenarse de esos carteles. Sobre un fondo negro un hombre está mirando con tristeza algún lugar indeterminado. Debajo, el nombre de Aniceto y más abajo el nombre del director: Leonardo Favio. Con el mismo bajo perfil que lo ha caracterizado en cinco décadas se estrenó en el Teatro Gaumont de la ciudad de Buenos Aires su última película. La sala se abarrotó de gente, un promedio de edad muy alto, como si los que vieron acá por primera vez Crónica de un niño solo hace más de cuarenta años se hubieran agazapado en los asientos y hubieran salido de allí con la espalda cargando el peso de los años.

Para muchos en Colombia Leonardo Favio es un cantante popular firmemente arraigado en el corazón del pueblo. Sus canciones son el reflejo del barrio que él retrata con tanta eficacia y poesía en cada una de sus películas. Canciones como O quizás simplemente te regale una rosa se han convertido en clásicos indiscutibles dentro de la música latinoamericana y han sido traducidas a idiomas que el mismo Favio desconoce. Pocos saben que con sus nueve películas es considerado por muchos críticos como el cineasta argentino más importante de la historia, por encima del legendario Leopoldo Torre Nilsson, su maestro, al que le dedicaría su ópera prima y de quien aprendería todo ya que empezó a actuar en sus películas. Sus obras se han espaciado a lo largo del tiempo. Desde 1999 no rodaba ninguna película y con los años se ha convertido en un artista meticuloso y obsesivo en la sala de montaje. Filmes realizados hace treinta años como El dependiente han vuelto a ser revisados y corregidos  por él mismo, aprovechando las ventajas que le da la nueva tecnología. Con un dejo de tristeza y añoranza, como si fuera uno de sus propios personajes dice “Si por algo lamento el límite de la vida es porque digo: ¡Carajo! Justo ahora que están todas estas herramientas para trabajar mejor”.
Aniceto es la continuación de un filme hecho en 1967 de nombre largo y decimonónico: Este es el romance de Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza…y unas pocas cosas más. “El proyecto comenzó a latir desde aquel rodaje, hace cuarenta años, cuando notaba que en el silencio de El romance... había una gran sinfonía, pero no sabía por dónde lo iba a resolver”, dice el autor de Nazareno Cruz y el Lobo. Duró cuatro décadas con la idea dándole vueltas en la cabeza hasta que un día se encerró en un hangar de Quilmes. La ambientó en la misma época de la primera pero esta vez no era un drama cualquiera sino un ballet. Favio a sus setenta años no se cansa de sorprendernos. Una película con marca propia de autor, algo tan difícil de ver en esta parte del mundo.

Le costó mucho trabajo abrirse paso en el mundillo intelectual bonaerense. Nadie podía entender que el mismo tipo que había escrito esa canción tan popular como Ding dong, son las cosas del amor pudiera ser el creador de Juan Moreira. En el ambiente snob de Buenos Aires, donde todos los artistas juegan a ser Borges, Favio rompió el molde y buscó su propia voz. Peronista convencido, con una religiosidad que raya en el misticismo, Favio es ante todo un amante de la vida, un hombre que mira cada objeto con una añoranza y un amor, como un niño despidiéndose de un juguete. Sus obras respiran ese ambiente del pueblo en el que el tanto cree pero esa creencia no lo lleva a idealizarlo, allí radica su magia, en mostrar a la gente tal y como es, casi sin máscara, algo que en Colombia sólo se ha visto en las primeras películas de Víctor Gaviria.
Un cineasta es él y sus limitaciones. Consciente de la deficiencia del sonido que tenían sus primeras producciones trató de contarlo todo en imágenes para después doblar las voces. A pesar de que en Aniceto vuelve a aparecer el héroe Faviano, aquel hombre que se revela contra el destino, “que no muere en la cama sino fiel a sí mismo hasta el fin, más cerca de una imitación de Cristo” como él mismo lo dice, es diferente al resto de sus películas a pesar de que comparten la misma esencia. Existe un deslumbramiento en cada plano por parte del público, una luz que todo ilumina y que a todo da forma, se recuerda a Sorolla, a los cuadros del Greco. Una fiesta visual que tiene su punto más alto en las peleas de gallo filmadas en ralentí y con crudeza, como si en vez de dos gallos estuvieran dos seres mitológicos tratando de arrancarse la cabeza. Una imagen brutalmente hermosa. Historias de rufianes y de amores encontrados evocando una época donde el honor importaba mucho pero resultaba peligrosamente caro.
Disminuido por una enfermedad que lo aqueja desde hace años Favio ha establecido su mundo en el apartamento que tiene en el barrio de Balvanera. Allí, como un viejo sabio, se refugia en esos contrastes que tanto le gustan, va desde Sandro hasta Verdi. Ha sido un independiente, un hombre que se tomó en serio todo lo que hizo, desde su balada más tierna hasta su más adorada película. Es una verdadera pena que queden tan pocos como él.

Publicado en la Revista Arcadia, Julio del 2008

3 comentarios:

David Alexander dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
David Alexander dijo...
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David Alexander dijo...

Cabe recordar que Favio en los últimos largometrajes de ficción que realizó después de volver a Argentina de su exilio en Pereira, no se olvidó de Colombia:
> En "Gatica El Mono" (1993), nuestra Kika Child interpreta a una esposa del boxeador José María Gatica.
> En "Aniceto" (2008), en cierta secuencia suena la cumbia "La Burrita", de nuestro homónimo Aniceto Molina. Definitivamente un tributo a la nación que ha sido su segunda patria.

Que lástima que la mayoría de los colombianos seamos tan monotemáticos y en el caso del Maestro Favio lo tengamos encasillado sólo como cantautor e ídolo de nuestras matronas, cuando nos ha legado tanto como cineasta!

Al parecer, el mayor pecado de Favio en Colombia no fue alguna de sus oníricas andanzas en "la querendona, trasnochadora y morena", sino jamás haber realizado algún proyecto con el extinto FOCINE y de paso darle cátedra a la mayoría de nuestros referentes audiovisuales. Parece que su estética y temáticas eran demasiado "argentas" para nuestro gusto más que criollo, indigesto de propaganda hollywoodense.

Pero como cierta vez afirmó otro Maestro:
"Cuenta la historia de tu aldea y contarás la del mundo".

Ivan: Felicidades y éxitos!

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