2 de abril de 2014

10 GRANDES PELICULAS DE TERROR. EL ABOGADO DEL DIABLO.

Mi demonio favorito se llama John Milton, vive en el último piso de una inmensa torre en Nueva York, es un hombre con mucho prestigio y buen gusto, es capaz de contar chistes en cantonés y puede recitar en griego algún pasaje del Deuteronomio. A pesar de ser dueño de un imperio a Milton eso de andar en limosina lo saca de la realidad. Para recordar todo el tiempo su origen humilde, su pasado de proscrito –recuerden que fue echado por su padre de las aburridas huestes paradisiacas en donde no pasa nada y todos sus habitantes permanecen de rodillas, extasiados ante la gracia de Dios- se desplaza por la ciudad en subte. Él es el hombre que te mira desde el último vagón, él sabe todo tu pasado y cuanta ambición puedes llegar a  tener. Él antes de ocupar su sillón en la torre más alta de Manhattan recorre todas las mañanas la ciudad en busca de uno de sus tantos hijos desperdigados en Time Square con el suficiente coraje para reemplazarlo. Son veinte siglos de intenso combate, veinte asaltos sangrientos que desgastan al más duro. Por eso necesita un aire y que lindo sería para él que alguno de sus bastardos le pueda dar un nieto. Hasta el Diablo se enternece cuando llega a cierta edad. Pero el elegido, cuesta creerlo, no vive en la gran manzana sino en una ciudad insignificante de la Florida. Hasta allá tienen que ir sus esbirros a buscar a Kevin Lomax, el abogado sin alma que nunca ha perdido un caso.

No le cuesta mucho trabajo a John Milton impresionar al brillante pero provinciano joven letrado. Este no ha soñado otra cosa con llegar a viejo y tener el poder de su mentor. Por eso, ciego de poder se deja tentar: Un apartamento para él y su ambiciosa esposa con vista al Central Park, fiestas repletas de despampanantes mujeres y todo el dinero del universo para comprarte lo que te de la gana,  son argumentos que pueden convencer a cualquiera. Y entonces, ebrio de éxito, ha caído sobre sus ojos un velo denso y negro que le impide ver como su esposa se empieza a hundir en la depresión, cómo el lujoso piso donde vive se vuelve lúgubre y feo, cómo es manipulado para defender a los peores criminales de la Babilonia de los rascacielos y cuando ya sea muy tarde, cuando todo esté perdido, el velo caerá y se dará cuenta de quién es su padre.
No me culpen por mi entusiasmo, la verdad me confieso inocente. Nunca había visto El abogado del diablo y una de estas noches, sin tener ninguna serie especial para ver me puse a verla aprovechando la irrupción en la web del sitio miradetodo. Me sorprendió constatar el desprecio con el que la crítica ha mirado esta estupenda película, una de las mejores que se hicieron en Estados Unidos sobre el quiliasmo, el miedo que siempre ha sentido la humanidad cuando empieza un nuevo milenio. ¿Recuerdan a los noticieros de la época mostrando a un poco de gringos gordos acaparando sus refugios de víveres porque abría una especie de Armagedon cibernético? Las máquinas se iban a volver locas y nadie podría contenerlas y entonces resetearían el progreso y empezaríamos de nuevo de cero, una idea que si uno se pone a pensar no estaría del todo mal.
Hollywood entonces, desde finales de la década del setenta, empezó a apostarle al fin de los tiempos, en una carrera que el escritor español Ángel Sala denominó él “Frenesí apocalíptico”. Entonces aparecieron, sucesivamente, la trilogía de La profecía en donde el anticristo tenía cara de niño bueno y una extraña mancha en el cuero cabelludo  que cualquiera podía identificar con el 666, el número de la bestia, del sur de Estados Unidos Alan Parker nos contaba la historia de El corazón del Ángel en donde un magnífico Robert de Niro nos explica porque el alma del hombre se parece a un huevo cocido, en 1994 Gary Sinise protagoniza The Stand, una serie de televisión que narra los momentos previos al apocalipsis, David Cronemberg nos muestra al anticristo convertido en un enloquecido y belicista candadito a la presidencia de los Estados Unidos, llamado a desencadenar un holocausto nuclear, toda una prefiguración de George W. Bush en su impresionante The dead zone. Ya en los noventa James Cameron nos habla del mesías y del juicio final en la segunda parte de Terminator, Rossana Arquette es poseída no por el demonio sino por un santo que viene a anunciarnos el fin en Estigma y Peter Hyams vuelve a usar a un Schwarzenneger en franca decadencia en la ridícula El fin de los días. Teniendo en cuenta que se me escapan por los menos una docena más de películas, podíamos decir que la gente no hablaba de otra cosa que de fin de los tiempos.
Pero entre todas esas la que menos ha envejecido es El abogado del diablo. A nadie se le había ocurrido que Luzbell era el dueño de una poderosa firma de abogados especializados en defender a todos los chicos malos del mundo. Que si en Uganda a Idi Amin le dio por comerse a toda la oposición, que si a Álvaro Uribe o a Pinochet lo investigan por violar los derechos humanos eso no importa, para eso tenemos a los mejores abogados del planeta dispuestos a ayudar al que lo necesite. ¿Para eso no están los amigos? Que si a Mike Cullen, uno de los constructores más prestigiosos de Nueva York le da por asesinar a toda su familia para quedarse con el seguro de vida de su esposo… bueno, de John Milton pueden decir cualquier cosa, menos que deja en la estacada a sus más fieles seguidores, por eso le dará a Cullen lo mejor que tiene: el más brillante de sus hijos.

Y la verdad que es una pena que Kevin Lomax sea interpretado por esa nulidad que es Keanu Reeves, el peor de los actores de su generación. El pobre es tragado sin atenuantes por una debutante Charlize Theron y bueno, un tipo como Al Pacino – El hombre de los ojos huecos como lo bautizó el crítico Lawrence Grobel- lo borra de la pantalla. Dicen que Brad Pitt estuvo a punto de cerrar el trato pero que no quería quedar encasillado como “El tipo que siempre pierde a sus esposas” por aquello que le pasa a Gwyneth Paltrow en Seven. Una verdadera pena y un castigo demasiado severo condenarla al ostracismo como ha querido hacerlo un sector de la crítica simplemente por este error de casting.
Una película de terror con un guion tan poderoso no debe ser olvidada tan facilmente. La conversación que sostienen Al Pacino y Keanu en el último piso de la torre Milton es alucinante. Es la mejor compra del alma que se ha visto en el cine luciferino. Abajo está de Nueva York como un simple decorado expresionista y los dos hombres arriba, hablando soterradamente de cómo se van a repartir el mundo. Ellos no son como el resto de los mortales que miran la ciudad para arriba, no, ellos miran la gran manzana por encima del hombro.
La actuación de Pacino es tan buena que a uno se le olvida por completo Keanu. Que diablo se ha creado el realizador de En busca de Ricardo III, como si en vez de alma tuviera botones que lo trasnformaran en unos cuantos segundos en otra persona: si oprimes acá te volverás frío, este botoncito verde te pone sexy, este otro te hace ver como una rata de alcantarilla y este azul te convierte en un emperador. Pacino es el diablo y es una docena de personas a la vez. En varias entrevistas el protagonista de Scarface ha dicho que no sabía cómo interpretar al demonio hasta que vio a Walter Huston en El diablo y Daniel Webster y que apenas lo vio supo que tenía que cargar de encanto y no de maldad a su personaje. El diablo tienta y seduce, sólo Dios castiga y oprime.

Realizada en 1997 El abogado del diablo no ha envejecido nada. Tiene un encantador toque kitsch que le remite uno inevitablemente a las viejas películas de serie B, con la que se emparenta en espíritu a pesar de su presupuesto multimillonario. Véanla y muéstrenselas a sus hijos adolescentes. Esta es la mejor manera de comprobar que esta película es cómo el demonio mismo: lejos de envejecer se mantiene vigente y siempre consigue nuevos adeptos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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