9 de marzo de 2012

SMOKE. De Paul Auster. Los cigarrillos son sublimes!

Auggie todas las mañanas a la misma hora toma una foto desde el mismo ángulo, en la misma esquina. Tiene varios álbumes atestados con ese momento. La vida transcurriendo ahí, lenta y a la vez cambiante. Cuando Paul Benjamin, el escritor que va a comprarle cigarrillos en su tienda, le pregunta porque hace eso Auggie responde “Porque es mi proyecto”. Entonces nos meten esas fotos y comprendemos porque lo hace. Hay que contemplar las fotos con lentitud, mirar como un día en esa esquina hizo sol, al otro día estuvo desierta o atestada de gente, alguien dándose un beso…lo que pretendía Auggie era captar la esencia de la vida en ese preciso momento.

Mientras el escritor pase las páginas del album ve, que en una de las fotos está su esposa fallecida, lleva una sombrilla y sonrie con timidez, como si se sintiera observada. Se ve tan viva en la foto....Benjamin acaricia la textura de la foto, puede sentir su piel carcomida por la tierra desde la muerte. Esa foto es un portal. Siente el nudo en la garganta, explota en llanto, tal vez nunca ha llorado a si, ha tenido que volverla a ver, se ha asustado y a la vez ha entendido el maravilloso proyecto de Auggie.

Y está el tema de la soledad ¿no? esa que es imposible de sobrellevar si no tienes un cigarrillo a la mano. Si necesitas escribir, si llevas mil palabras y sientes que se te acaban, detente, busca en la cajetilla y enciende uno… no hay mejor consejero. Si tienes la certeza de que todos te han abandonado, que la desgracia es una vieja gorda que se ha sentado en tu sofá espántala con humo. No le temas a las consecuencias, igual la vida es un cáncer.
Smoke no se parece a ninguna otra película tal vez porque detrás de la cámara no solo está un cineasta (Wayne Wang) sino que está un escritor, Paul Auster, quien nos ha metido en la intimidad de sus maravillosos personajes, cada uno sobrellevando su propio drama, su propia soledad, flotando en el absurdo gracias a los cigarrillos. Antes de que las ligas de la salud, pobladas de viejitas prejuiciosas y jovencitos obedientes  y tecnócratas, la vida era imposible de ser llevada si no sentías en el bolsillo de tu pantalón el glorioso tabaco. Muchas veces el escritor, antes de abordar su trabajo, enciende uno, lo deja en el cenicero y allí se va consumiendo, lenta e irrevocablemente. Los encienden como los feligreses prende un cirio para adorar a su Dios. Los cigarros quien lo duda son sublimes, tienen un encanto imperecedero, son ideales para el trasnocho, para una buena conversación, para pensar, para descansar, para después del amor, de una cena, para escribir. Cuando tenía quince años pensé que todos los escritores llevaban gabán y fumaban como locos. Creí que eso era inherente. Es hermosa esa imagen ¿Saben? La de un tipo flaco sofocado en su buhardilla por el humo de su propio cigarro.

Es imposible negar que no causen enfisemas y todo eso. Pero ha salvado a muchos del suicidio. Tal vez ha salvado a más gente de la que ha matado. Un cigarrillo sirve para reconciliarte con la vida. Paul Benjamin sufrió la muerte de su esposa abaleada por unos ladrones que no supieron robar un banco. Después de la desgracia perdió las ganas de escribir y más de una vez habrá intentado, como quien no quiere, elevarse en una calle, pensar en dos palomas destrozándose una a otra en la plaza Tiananmen y que una camioneta lo haga fundir con el asfalto. Lo pensaría más de una vez mientras aspiraba el humo que redime, es reconfortante saber que algún día vas a volver a ver al ser amado, que ni la muerte tiene el poder de separar para siempre a dos seres que se aman.
El humo te da esperanza, te resucita. Los personajes de Paul Auster han tenido que soportar unos particulares e intensos infiernos. Están allí, viven. Están vivos, ¿No es eso fantástico? En las fotos de Auggie, en el brazo de hierro de Cyrus, en los sesenta mil dólares de Rashid, ocurre el milagro, los personajes respiran a través de la pantalla.

Y el final no?, el glorioso final, mientras los créditos van cerrando la película vemos el relato de Auggie, todo lo que nos contó en su monólogo lo que nos imaginamos nos lo muestran en las imágenes. La anciana ciega abrazando al que cree ser su nieto, el pavo partido con la mano, el vino encendiendo el ánimo, la ida al baño de Auggie y el encuentro con la cámara fotográfica ¿Porque no sacarla de allí? ¿Acaso no es robada? Al salir la anciana está dormida, Auggie ya ha cumplido, le dio la felicidad de pasar una noche buena acompañada, abre la puerta, se va, se cierra la película ante nosotros, buscamos la cajetilla, encendemos el cigarrillo, el humo sabe mejor cuando se es feliz.

1 comentario:

David Alexander dijo...

Pues... "¿que querés que te diga?" Muchas gracias! Haré un espacio en el muro de mi cine-club para publicarlo.

P.D: Ahora me dieron ganas de fumar esos calillos marca "Gitano" que manufacturan en Piedecuesta.

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