23 de abril de 2013

EL MUCHACHO QUE SOLO QUERÍA TOCAR BATERÍA. 25 AÑOS DE RODRIGO D NO FUTURO.


El fantasma de su madre todas las noches viene a atormentarlo. Es ella la que no lo deja dormir. Afuera están las calles llenas de cicatrices, las casas a medio construir, la ciudad abajo cubierta de una nata espesa de smog que la impermeabiliza del dolor que sienten los habitantes de la comuna. Rodrigo ya no tiene ganas de hablar, la única manera que tiene para extirpar el dolor es la música. Quisiera tener una batería pero no hay plata para eso. Si acaso logró juntar doscientos pesos para comprarse unas baquetas. Con cuerdas de ropa y baldes de plástico intenta improvisar una batería, pero de ese esperpento difícilmente saldrá una melodía.

Al muchacho le gusta el punk. Tiene en sus manos un cassete de Sexs Pistols, la voz de Johnny Rotten grita que ya ni con drogas ni con alcohol tiene más satisfacción. Las piernas son su batería, sobre ella choca sus manos y consigue un par de notas. La idea no es hacer música, la idea es sacar de adentro todo eso que le duele. No quiere cambiar el mundo, Rodrigo tan solo necesita una batería. Una batería para no matarse.
Los muchachos del barrio hacen lo que pueden. Desde chiquitos estuvieron acostumbrados a usar armas. El más duro es el que vive y se sabe que a los treinta años ya eres un anciano. Que pereza vivir tanto, mejor vivir rápido y dejar un cadáver hermoso. Cuando se reúnen en las ruinas de una antigua mansión donde logran tener un instante de paz, entre bareto y bareto reflexionan sobre la muerte. Todos están conscientes de que en cualquier momento una bala los borrará para siempre. Por eso es inútil tener paz, allí al lado de la piscina, mientras Rodrigo estalla sus baquetas en un muro sacándole música a las paredes ruinosas, los muchachos se divierten peleando con sus navajas. Hasta en el descanso intentan llamar a la señora vestida de negro que no cesará de buscarlos.
Todavía hay gente que insiste en clasificar a Rodrigo D como pornomiseria. Se sienten incómodos con esos ambientes asfixiantes, con esas imágenes tortuosas del infierno. Paran la película a los diez minutos porque es que es muy cansón eso de escuchar una y otra vez tantas veces la palabra Hijueputa o Gonorrea. Se sienten más cómodos viendo a gente bonita en cine y prefieren cerrar los ojos a la realidad, a la dura poesía que muchas veces destila la realidad.

Cuando en el 2003 la infame Ciudad de Dios impresionó a los incautos, más de un crítico puritano comparó la obra de Meirelles con la de Gaviria. Acusaban a este de que a diferencia del brasilero “No dominara la técnica” y entregara una película sucia, borrosa, casi inaudible. Además de que la representación de la favela en Ciudad de Dios mostraba aspectos positivos del Brasil, permitía el optimismo y no explotaba hasta la saciedad el morbo de los “Desposeídos”.
Se equivocan de cabo a rabo. En Ciudad de Dios se maquilla la pobreza, en Rodrigo D se muestra tal y como es. La sociedad de Medellín se ofendió cuando vio el estreno. Esa no era “La tacita de plata”, le sucedió algo parecido a lo que le pasó a Buñuel con la premiere de Los olvidados incluso una señora muy respetada intentó agredir con sus uñas al realizador aragonés por mostrar un México distinto al que ella concebía. Víctor Gaviria pagó el precio de mostrarle al monstruo su reflejo en el espejo. Tuvo que esperar dos años hasta que su selección en Cannes, en 1990 le abrió las puertas de la distribución nacional e internacional.  Ahora sí el creador de Los músicos era un genio digno de las montañas de Antioquia, ahora si los micrófonos de los noticieros estaban abiertos para él. Víctor no los usó. Todo lo que quería decir estaba en la película.
Los niños bien de Medellín fueron a verla atraídos por la leyenda negra de que la casi totalidad de los actores habían sido asesinados antes del estreno. Me imagino verlos salir con la cabeza gacha, no porque se sintieran cómplices de un sistema excluyente que había alejado definitivamente a los muchachos de las comunas de la verdadera ciudad, sino porque su sed de sangre y morbo no había sido saciada en sus noventa minutos.

Sin embargo es muy difícil verla. Todo es opresivo, los rostros apenas los vemos en la oscuridad de la noche. Son muchachos normales, tienen noviecitas, una que otra ilusión, ganas de sacar a su familia adelante y que, como no, le tienen miedo a la muerte. Víctor Gaviría los muestra tal y como son, muchachos que se diferencian del resto solo porque tienen un arma y necesitan usarla si quieren abrirse un camino, el camino que ellos no eligieron sino el camino que la misma sociedad de consumo les ha obligado a tomar.
Las risas que a veces pueden despertar algún diálogo se ahogan ante el horror. Sin embargo ese poeta que es Víctor Gaviria no te manipula, simplemente te muestra la cotidianidad de los muchachos para entenderlos mejor. Con eso es suficiente.

Veinticinco años después de haber sido rodada Rodrigo D no ha envejecido un fotograma. Con cada proyección sigue despertando indignación y admiración a la vez. Hay imbéciles que todavía lo consideran un explotador del dolor ajeno, un cineasta empeñado en mostrar la peor cara de Colombia. Víctor fue el primero en la acartonada era de Focine en quitarnos la máscara y mostrarnos tal y como somos. No pudo salvar a los actores, como tantos taimados se quejan, él no es el estado, es tan solo un cineasta independiente. No los pudo salvar pero les dio vida eterna. Ellos vivirán cada vez que volvamos a ver su película, por noventa minutos cada noche saldrán de sus tumbas y se instalarán en nuestra conciencia. Nosotros estuvimos cerca de ser esos jóvenes.
El legado de ellos vivirá para siempre y eso, eso no es poca cosa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Darío M... ASAO MEN!

Anónimo dijo...

Y cómo consigo esta película?
Está en internet o en su local de piratería mas cercano?