4 de abril de 2013

9 DE ABRIL. 1:05 DE LA TARDE. EL DÍA QUE EL PAÍS CAMBIÓ


El 24 de marzo de 1948 hubo en la plaza de Santa María de Bogotá una corrida de toros.  El último de los animales resultó ser bastante tímido, manso, cada vez que el torero lo invitaba con su capote a embestirlo el toro se volteaba y miraba las graderías atestadas de un público impaciente que con espuma en la boca pedía sangre. El matador enfiló su espada y se la clavó justo en la parte de atrás de la cabeza. Mal herido, el toro tambaleaba con la boca abierta pero se resistía a caer. De un momento a otro la arena comenzó a llenarse de gente armada de navajas y palos, se acercaron al toro y allí mismo ante el asombro del torero lo despedazaron vivo.
                                              "No soy un hombre... soy un pueblo"

Este hecho no era más que una premonición del estallido de violencia que sacudiría al país dos semanas después. El 9 de abril de ese mismo año Jorge Eliecer Gaitán había amanecido pletórico de alegría. En la madrugada de ese día había acabado con éxito su defensa al teniente Cortés. El juicio fue escuchado por todo el país a través de la radio nacional. En esa época los juicios se escuchaban con la misma emoción y euforia que hoy en día puede verse un partido de fútbol. El alegato de Gaitán había confirmado que sólo Laureano Gómez podía ser su rival en el arte de la oratoria. A las cuatro de la mañana se dio el veredicto absolviendo al militar. El líder del partido liberal había sido sacado en hombros del estrado.
Esta victoria le garantizaba a Gaitán el apoyo incondicional del ejército. Unos meses atrás había demostrado su impresionante influencia en las masas con las espectaculares marchas del silencio y de las antorchas. El hecho de que el conservador Mariano Ospina Pérez estuviera en el poder se lo debía a la desorganización del partido liberal. En las elecciones de 1946 el liberalismo decidió tener dos candidatos, Gabriel Turbay y Jorge Eliecer Gaitán. Entre ambos recaudaron más de 800 mil votos lo que constituía el 58 por ciento de la población votante. Ospina Pérez apenas había obtenido el 42 por ciento, pero a pesar de ser minoría el partido conservador había vuelto a la presidencia por culpa del suicido que habían cometido los liberales.
                                                  La turba arrastrando a Roa Sierra
 Dos años después Gaitán había consolidado su imagen de líder absoluto del pueblo. Ahora el sería el candidato único del liberalismo.  Lo más seguro es que el pueblo lo elegiría presidente de la república en las elecciones de 1950. Había llegado la hora de que los menos favorecidos fueran escuchados, la oligarquía tenía los días contados.
Al mediodía estaba en su despacho, rodeado de su círculo más íntimo. El doctor Plinio Mendoza Neira propuso un almuerzo para celebrar la victoria . Bajaron por el ascensor. El portero del lugar contó días después que toda esa semana había visto a un individuo bajito, como de un metro sesenta, mal vestido, con mirada de fanático apostarse cada mediodía en la entrada del edificio “Yo no dije nada porque como al doctor Gaitán venía a visitarlo gente de todo tipo… de la más normal a la más rara”. El hombre estaba allí, fiel a su cita y cuando vio que las puertas del ascensor se abrían y de él salía el líder con sus compañeros de lucha, salió del edificio y lo espero afuera. Los testigos afirman que una vez en la calle el doctor Mendoza Neira le pidió que se adelantaran unos metros para hablar de un asunto pendiente, una vez hicieron esto el hombre volvió a aparecer, pálido, con la mira destilando fuego, Gaitán alcanzó a verlo, intentó retroceder pero ya era tarde. El hombre disparó tres veces antes de caer, una vez en el piso lo remató con otro balazo.
                                                     El joven Fidel en el Bogotazo

El tiempo pareció detenerse. Incrédulos sus compañeros se agacharon y miraron al Jefe el cabello le caía de manera desordenada por la frente y un hilito de sangre le salía por la boca, tenía los ojos abiertos y se le pusieron completamente blancos. Si se acercaban a él podían escuchar unos gemidos muy débiles. Pararon un taxi, lo metieron allí. Cuentan los que estaban en el  Gato Negro el café que quedaba justo al frente del edificio,que una vez se fueron para el hospital los transeúntes que pasaban por el lugar donde se realizó el atentado se agachaban a empapar sus pañuelos de la sangre del líder inmolado “Después se arrodillaban a rezar por la salud del Jefe, mientras lo hacían chupaban los pañuelos empapados de sangre”. Era la 1:05 de la tarde.
30 minutos después El Jefe estaba oficialmente muerto.
Muchos de los espontáneos que destrozaron al toro en la Plaza de Santa María. fueron los que acorralaron en una droguería del centro bogotano a Juan Roa Sierra, quien ayudado por dos agentes de policía trataba de resguardarse infructuosamente de una horda que minutos después derribaría la puerta y terminarían sacándolo a la calle acabando con su vida a punta de patadas, navajazos y golpes con piedras, cajas de embolar o pedazos de madera. Cuentan los testigos que poco después de dispararle a Gaitán uno de los hombres que acompañaban a Roa Sierra lo señalaron para que el pueblo, enceguecido por la ira se encargara de lincharlo y así no pudiera hablar, no pudiera confesar quien había ordenado el magnicidio.
                                                          El tranvía en llamas
La noticia de la muerte de Gaitán se extendió por toda la ciudad. Los policías completamente amotinados repartieron fusiles al pueblo. Este sin ningún tipo de organización saqueaban ferreterías, talleres, estaciones de gasolina, buscando cualquier objeto contundente que pudiera servir como arma. Bajaron de los barrios, desfilaron por toda la carrera séptima como un río humano, llegaron a la plaza, arrastrando el cadáver destruido de Roa Sierra y poniéndolo en toda la entrada, avisándole al gobierno que con el pueblo no se juega.
Fidel Castro era un estudiante de derecho que estaba en Bogotá convocado a una reunión de estudiantes latinoamericanos. En sus declaraciones dice que nadie organizó la revuelta, esta fue espontánea, brotó del fondo del corazón de los gaitanistas indignados al ver como habían acribillado a su líder y que esta desorganización fue precisamente lo que terminó en pocas horas con la revuelta.
Destruyeron el tranvía, entraron al diario conservador El siglo y quemaron su imprenta, el incendio se extendía por Bogotá y amenazaba con carcomérselo todo. Ospina Perez y su esposa Berta esperaban resignados a que la turba entrara al palacio y los linchara. Todo eso estuvo a punto de suceder si el pueblo no hubiera caído en la tentación de saquear los estancos.
                                              El pueblo sitiando el palacio de gobierno.

 A las cinco de la tarde mientras un aguacero azotaba a la capital del país, la multitud estaba completamente borracha y había olvidado su ambición de tomarse el poder. En el palacio presidencial Darío Echandía, el liberal más fuerte después de Gaitán, transaba con el gobierno conservador la paz, una paz de mentiras, infame, una paz que protegía a los asesinos, que le apostaba a la impunidad.
El estallido se aplacó en Bogotá, pero fue imposible convencer a los campesinos liberales de los Santanderes, del Tolima, del Cauca, que había que olvidar que Jorge Eliecer Gaitán, el líder del pueblo había sido asesinado. Acorralados por la represión conservadora los campesinos se armaron formando lo que después se conocería como guerrillas liberales. La violencia en Colombia entraba en su segunda fase, una etapa que todavía no hemos terminado.