27 de enero de 2014

RUMBO AL OSCAR 2014. GRAVEDAD.

Un periodista mexicano le preguntó a Alfonso Cuarón sobre las dificultades técnicas que tuvo al filmar una película en el espacio. Estamos de acuerdo con que la pregunta es estúpida pero  sin duda refleja la impresión que uno tiene después de ver Gravedad. Cuesta creer que no se filmó por fuera de nuestra órbita sino que ni siquiera tuvo a su disposición un presupuesto ilimitado sino que contó con sólo 80 millones de dólares, un presupuesto irrisorio para un filme como estos.
La Paramount tenía archivado durante el proyecto precisamente por falta de billete. En el 2010 la Warner compra la idea y se empezaron a barajar los nombres de Robert Downey jr y de Angelina Jolie para protagonizar esta epopeya espacial. Antes de empezar el rodaje Iron Man decide renunciar por no tener espacio en su apretada agenda y los productores deciden no contratar a la esposa de Brad porque ella pedía 20 millones de dólares por interpretar a la científica que queda completamente sola flotando en la galaxia.

Estuvieron a punto de cancelar el proyecto hasta que encontraron a la pareja perfecta. Por ahí he leído que a algunos críticos les molesta que sea precisamente George Clooney el que interprete al experimentado astronauta que libera su tensión contando historias sobre vaqueros o escuchando canciones de Hank Williams, ya que para ellos Clooney es una cara “demasiado conocida”. A estos escépticos les tengo que recomendar que vean la adaptación que hizo Steven Soderbergh de Solaris y que me contradigan si al ex-Batman no es el cosmonauta perfecto. En Gravedad es un ángel guardián, un hombre que no pierde los estribos ni ante la más feroz lluvia de meteoritos. Su papel de Matt Kowalsky es conmovedor, entrañable y a la vez sumamente divertido.
Ni hablar de la crispación que se sintió cuando anunciaron que Sandra Bullock, esa nulidad especializada en películas para solteronas y gays reemplazaría a la Jolie. Incluso cuando vi su rostro detrás del casco de astronauta sentí que la película se iba por la borda a pesar del espectacular tráiler. Pero de más está decir que la Bullock nos ha sorprendido a todos y que su papel estremece  como no lo hacía ningún otro papel en la reciente historia de Hollywood.
Gravedad no fue filmada en el espacio como algunos pensamos después de verla. El propio Cuarón no ha dudado en decir que ni siquiera él sabe cómo la hizo. Antes del rodaje les pidió consejo a los directores más experimentados de Hollywood. James Cameron quien estuvo a cargo de Avatar le dijo que esa película era imposible de hacer si no se contaba con 400 millones de dólares. Mientras que David Fincher, el mismo de El club de la pelea le aconsejó esperar 7 años mientras se contaba con la tecnología necesaria para hacer realidad tan ambicioso proyecto.

Pero él no iba a estar dispuesto a esperar tanto tiempo así que se rodeó de los mejores arquitectos, ingenieros y técnicos para hacerle creer a ese paisano suyo y a tantos otros espectadores ingenuos que había sacado la cámara de la órbita terrestre para contar una historia. El cine es engaño, mentira y la mentira que nos ha contado Cuarón ha sido gloriosa. Los actores están flotando gracias a unas cuerdas que nadie ve flotando como si no hubiera gravedad. En algunos momentos tenían que detener el rodaje de una escena porque los actores se ponían rojos de tanto tener la cabeza para abajo. Fue un esfuerzo de casi dos años de intenso trabajo, el resultado ha sido espectacular: ante nosotros está la mejor película que se ha filmado nunca sobre el espacio.
Si, así de espectacular es y que no se me vengan encima los snobs que me van a recordar que es mejor 2001 con el único argumento de que la rodó un genio. Los desafío a que la vean, a que padezcan sus casi tres horas soporíferas. La única forma en que uno puede disfrutar la ópera de Kubrick es con una gota de LSD en la cabeza. Hasta eso le achacan a Gravedad de que es sospechosa por ser tan entretenida como si el cine no hubiera sido creado para eso, para contar historias maravillosas, envolventes, hipnóticas.
La sensación que tienes al verla es como si estuvieras en un simulador de la Nasa. Te ves allí flotando, agarrando a la persona que tengas al lado para no caer en el abismo infinito del espacio. Gravedad es una experiencia que se tiene que ver en una sala de cine y en 3D, verla de otra manera es maltratar una obra única y sublime, un clásico absoluto. Véanla una y otra vez, aprovechen hasta el último día que esté en cartelera, inviten a sus amigos, disfrútenla hasta el cansancio.
Gravedad nos deja claro que arte y espectáculo son indisolubles

24 de enero de 2014

RUMBO AL OSCAR 2014. AGOSTO De John Wells

No, no viajé a ningún lado para verla. La busqué en el sanandresito más cercano y la compré sólo por la curiosidad de snob inveterado por ver, año a año, que caprichos tienen los viejitos de la academia. Cuando me senté frente al televisor no sabía ni siquiera que estaba basada en la obra de teatro de Tracy Wetts, al parecer un clásico contemporáneo. Estaba dispuesto a pararla en cualquier momento porque uno de mis propósitos en el 2014 es no volverme a aguantar un bodrio lento y frío como una abuelita convertida en zombie. Además que al primer problema que encontrara con los subtítulos la sacaría del blueray y la arrojaría al basurero ese de discos plateados en el que se ha transformado mi patio. Ver a Sam Shepard hablando de T.S. Elliot y de lo reconfortante que puede ser una biblioteca para alejarse de los tormentos que trae la realidad me interesó. Sabía que ese no era el momento crucial para saber si la terminaría o no. Todo dependía de Meryl Streep. De un tiempo para acá había a rehusado de plano a seguirla viendo. Desde que me levanté a la mitad de La dama de hierro mi relación con esta leyenda del cine se había roto por completo.

Pero me ha cerrado la boca de un puño al haber creado este personaje “que a veces da lástima y a veces provoca estrangularla” como dijo un crítico español. Ella es Violet, una mujer adicta a las pastillas desde hace mucho tiempo y que ahora se ha exacerbado su adicción por culpa del ardor que le hace sentir en la boca un cáncer agresivo. La quimioterapia le ha arrasado su pelo y ha empeorado sus caprichos y su mal genio. El único consuelo que tiene Sam Shepard de verdad es irse a una cabañita, escribir un rato, leer a Elliot y luego ahogarse en el lago para no volver a escuchar los berrinches de su esposa.
Sus hijos han llegado a la casa para asistir al funeral. Después de enterrar al laureado poeta se sientan en la mesa a tener una cena en familia. Este es el momento más logrado de la película, una escena que recuerda la adaptación que hizo John Huston de Los muertos y la escena de la cena fúnebre que da Katerina Ivanovna en Crimen y castigo. No sé si estos diálogos magistrales, si esta atmósfera agobiante, infernal, de reproches y agresiones, tan típicas de una familia común y corriente, se deban a la obra de teatro o a la puesta en escena de Wells, lo que si se es que las actuaciones están geniales. En esa mesa están una amargada y convincente Julia Roberts, una juguetona y a la vez triste Julliete Lewis, un solapado Ewan Mcgregor, un irreconocible Benedict Cumberbacht en su papel de perdedor absoluto, una poderosísima Misty Ulman, un divertido y conciliador Chris Cooper , una rebelde Abigail Breslin y una contenida y soberbia Julianne Nicholson. Bueno, entre todos esos actores maravillosos se destaca como un sol Meryl Streep, consiguiendo su mejor interpretación en muchísimos años. Si Cate Blanchet no hubiera hecho Blue Jasmine nadie podría discutir que la amante del teniente francés no aspirara a su cuarto Óscar.

La cena es el climax de la película, si lograra mantenerse así  en la hora que le resta…. Estaríamos hablando de un clásico. Después decae un poco y termina agarrando un tufillo aleccionador que molesta un poco pero nunca tanto como para levantarse e irse. Sin duda que es una buena película, la mejor que sacaron este año los Weinstein, los grandes perdedores del Óscar ya que su apuesta, la insoportable El mayordomo, no obtuvo ninguna nominación por parte de los miembros de la Academia. A veces los viejitos tienen razón.
Esperamos verla en su formato original. La llegada a Colombia de las nominadas al Óscar se ha visto empantanada por las siempre equivocadas exigencias del público. Por ahora solo nos queda la piratería que es más efectiva y atenta que nuestros distribuidores locales.


23 de enero de 2014

YO TAMBIÉN CONOCÍ A PYRETTA BLAZE

Claro que yo también conocí a Tereza Henao, lo que ignoraba es que tuviera tantos nombres. Vivía en una pensión en San Alonso, después de haber vuelto de Bogotá con una pila de abrigos que ya no usaba. A Doña Alcira le preocupaba que durara horas encerra en su cuarto con esa tal Alejandra de Merak durante horas y todos saben muy bien la moral tan férrea que puede tener una señora que ha transformado su casa en una pensión.   Por más de que ella les hiciera un chocolatico de onces y las invitara a seguir a la mesa, estas niñas no hacían caso y seguían encerradas. Desesperada, masticando el crucifijo,  Doña Alcira ponía el oído contra la puerta . No se escuchaba siquiera el leve zumbido de su respiración.
                                            Ricardo Abdallah ya calvo a los siete años

No sabía que se hacía llamar Pyreta Blaze y que en las noches de insomnio caminaba por el pequeño Ámsterdam, tirando al aire una moneda de mil pesos que había encontrado en el bolsillo de su pantalón. La última moneda, los mil pesos con los que tendrás que sobrellevar el apocalipsis. Se sienta en la barra del Cartagenero y pide con la moneda una cerveza. Dentro de poco llegará Ávila a oírla, a soñar con que un día ella será de él y que todas esas noches en vela no han sido en vano. Darán una vuelta por el Caballo de Bolívar, la zona nocturna más desolada de Bucaramanga, el lugar donde lo único que pasa después de las 11 de la noche son atracos y trabas. Allí están caminando por entre las calles, el humo de la marihuana, como una nube viajera, los acompaña.
Claro que conocí a la que antes se llamó Tereza Henao y después se cambió el nombre a Terry Henao y por último se bautizó como Pyretta Blaze por una canción de Type o Negative  que le gustaba mucho. Ella es todas esas mujeres que uno quiso pero que nunca les pudo preguntar el nombre, ella era esas muchachas que uno veía solitarias, en el Gabinete o en Carpe Diem, vestidas de negro y de ojos grandes y melancólicos y a las cuales yo nunca pude acercarme porque nunca tuve demasiada tristeza para gustarles.
                                    Los Extrapolados. Extraño homenaje a los Hombres G

En su última novela Ricardo Abdallah ( “Seamos serios, ¿qué latinoamericano tendría un apellido que terminara en h?”) logra recrear un mundo que muchos de nosotros, los que pasamos por la UIS a principios de este siglo, logramos ver y disfrutar a punta de borracheras y plones de marihuana. Al leerla no sólo vuelvo a sentarme con el loco Isaias a jugar una incongruente partida de ajedrez sino que vuelvo a tener 20 años. La ternura con la que logra describir, no una edad sino un estado de ánimo como es la adolescencia es realmente notable y lo pone al lado de esos dos grandes adolescentes eternos que son Andrés Caicedo y Hugo Chaparro Valderrama.
Solo siendo local se puede aspirar a la universalidad, la premisa tolstoiana se cumple a rajatabla en Pyretta Blaze. Si bien algunos leemos la novela como si fuera una bitácora de viaje, para los que no estuvieron allí, en la época pre-redesociales, podrán descubrir los primeros síntomas del rompimiento, los últimos vestigios de una juventud que se deprimía o se divertía viéndose la cara, saliendo a la calle, exponiéndose al sol perpetuo y a los atracos.

En el trasfondo se siente el desencanto, las ganas de huir que da vivir en una ciudad para adolescentes como lo es Bucaramanga. Las ganas de prenderle fuego y ver desde El Picacho como la ciudad se consume, como las cenizas son subidas por el viento hasta el páramo. Pyretta, como tantos otros, huyó a Bogotá para protegerse del incendio y sobre todo de ella misma. Ciudades como Bucaramanga, como Cali  te recordarán siempre que los 25 años es una buena edad para morir.

19 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE De Woody Allen

Se volvió un lugar común simular ser muy inteligente despreciando las películas de Woody Allen. Algunos se atreven a decir que Medianoche en París es una peliculita ahí, irregular, medio fantasiosa e inofensiva, una postal insulsa de la ciudad luz. Como si este genio inagotable no tuviera derecho a relajarse, la crítica lo señala porque decide hacer todavía comedias románticas frescas y divertidas como Scoop o De Roma con amor. Aclaro esto de entrada porque no estoy de acuerdo con los que dicen que Allen se reencontró con su talento en Blue Jasmine y que sin duda es su mejor filme desde Match Point. No sé cómo hace este anciano pero cada premiere suya es un acontecimiento único, maravilloso. Su presencia permanece ahí, inmarchitable, necesaria para estos días en los que las películas se parecen cada vez más a los juegos de video.

¿Qué pretenden entonces? ¿Qué cada año estrene un clásico? ¿Una obra maestra absoluta? Es un milagro que puedas hacer una buena película en toda tu vida y este judío es capaz de hacer una cada año y deja por ahí cada lustro una joya inmortal, un fresco de las emociones humanas, un testimonio para las generaciones venideras de cómo era nuestra época.
Y eso es lo que vemos en Blue Jasmine, la historia del arribismo de nuestra era, de la absurda ostentación que algunas personas hacen de su riqueza y de la búsqueda desesperada del poder y el oro que llevan a ciertos tipos a cometer delitos como el de las pirámides financieras. A Cate Blanchet no le importa mucho que su marido, un magníficamente perverso Alec Baldwin, haga una fortuna a costa de la buena fe de los incautos. Ella puede perfectamente hacerse la de la vista gorda siempre y cuando él la sorprenda de tarde en tarde con una pulsera de diamantes o un collar de las más finas perlas. Ella ama a su esposo, lo adora y lo cela. Las buenas maneras de la sociedad a la que pertenece le impiden exteriorizar la inseguridad que le da verlo rodeado de mujeres tan hermosas, pero créanme, ella siente celos, muchos celos y esta mujer sería capaz de cualquier cosa si su hombre planeara dejarla por una institutriz francesa mucho más joven que ella.
Blue Jasmine es una película inmoral. Explota ese lado sádico que tenemos los seres humanos de alegrarnos por el mal ajeno. Como disfrutaremos el descenso final de esta odiosa protagonista. La oscuridad en la que se suma la película a raíz de la desgracia de Jazmín se atenúa con grandes dosis de humor. No hay duda: es Woody Allen en pleno estado de forma y como tal nos entrega uno de sus grandes personajes femeninos, a la altura de la Mia Farrow de Maridos y Esposos o de la Diane West de Septiembre, soberbia la actuación de Cate Blanchet quien desde ya se perfila como la gran favorita a ganarse el Óscar a la mejor actriz.

Divertida, tenebrosa, emocionante, profunda, Blue Jasmine es el acontecimiento cinematográfico del año, una película perfecta, el filme de un maestro. Larga vida a nuestro neurótico favorito.

DESPACHADOS. Maravillosa!

Así que me dijeron que fuéramos al teatro, a un lugar ubicado en el parkway, un sábado a las nueve de la noche mientras las calles de Teusaquillo se cerraban y la noche era una fiesta. Las últimas veces que había ido al teatro me había aburrido. Al frente estaba un man desnudo que hacía expresiones absolutamente ridículas. La persona que me llevó me murmuraba al oído que eso “Era la vanguardia, la puritica vanguardia mano”. Le menté la madre en silencio y seguí disfrutando de lo incomprensible. El teatro es para los teatreros así como la poesía es para los poetas.

Refunfuñando me metí en una casita que se hace llamar Hombremono en donde una chica muy guapa me dio unas boletas. Yo miraba la casa y me preguntaba “¿A dónde nos van a meter si esto es muy chiquito?” Subimos unas escaleras y luego llegamos a un salón estrecho, en donde el público inevitablemente formaría parte del espectáculo. “Con tal de que no me hagan pasar al frente” pensé con el miedo que tienen los niños cuando van a clase y no se saben la lección.
Bregué quedar en una silla muy cerca de la puerta por aquello de si me daba un ataque de claustrofobia en medio de la función, pero que va, me ubicaron por allá en un rincón y un tipo al que había visto en varias telenovelas nos advirtió antes de la función que era completamente imposible salir una vez hubiera empezado la obra. Elevé una oración a Santa Verónica para que todo saliera bien pero después recordé que esta era la santa del cine y me pregunté si todavía el teatro tenía dioses.
Se apagan las luces y entra un yuppie a su oficina, el tipo se acomoda la corbata, mira por la ventana, le pide a Baba, su mayordomo, un café. El man está nervioso. Suena el timbre y afuera está su parcero de toda la vida, el hombre de barrio que nunca cambió, el adolescente eterno con sus pantalones anchos, la chaqueta de cuero, los audífonos de esquimal y la gorra echada para atrás. Ya no son los mismos así trabajen juntos, el uno creció, el éxito, la plata, los relojes caros y el buen gusto y el otro todavía vive con su madre y sueña con irse un fin de semana a la playa, con su amigo, levantar un par de extranjeras y fundirse en una orgía hasta el otro lunes.
Pero ya no hay tiempo para celebrar la amistad. Trabajo es trabajo y sobre todo si hay problemas, sobre todo si hay un desfalco de billete, de mucho billete y el principal sospechoso es tu amigo; tu mejor amigo. Estaba en la mitad de la obra y no estaba aburrido, al contrario estaba muy interesado, casi que comiéndome las uñas esperando que iba a pasar con esos tipos que podría ser cualquiera del público.
En Despachados no hay resquicios para el aburrimiento. Tampoco es una de esas comedias ramplonas de café concierto. La intensidad con la que los dos actores principales, Alejandro Aguilar y Manuel Sarmiento, hace que literalmente el espectador tenga el corazón en la boca. No sé nada de teatro, me encantan las historias y Despachados es ante todo eso, un excelente relato muy bien dirigido por Quique Mendoza.
Salí y hacía frío. Teusaquillo seguía de fiesta. Entré a un restaurante y pedí una cerveza. No podía dejar de pensar en la obra. Despachados tiene justamente eso; la capacidad de clavarse en el inconsciente, de taladrarte el pensamiento, de hacerse inolvidable. No lo duden, vayan a verla… sobre todo si no les fusta el teatro.

Para los interesados la pueden ver en la Cra 25 # 39-74 La Soledad (Zona Parkway)

13 de noviembre de 2013

ARTISTAS DE CÚCUTA ¡ TÓMENSE LOS MUROS!

Artistas de Cúcuta, sus manos tienen el poder de cambiar la ciudad. Salgan a la calle y plasmen sus ideas en los muros de la Diagonal Santander, en La Salle, en las bases del puente de la Cero. Póngale color a las calles, refresquen los asfixiantes mediodías con los personajes maravillosos que sólo pueden salir de su cabeza.

Hagan resistencia civil convirtiendo nuestras horrendas avenidas en galerías de arte. Ya la policía no les puede hacer nada, desde hace un par de semanas, cuando Justin Bieber demostró que cualquier tonto puede hacer una hojita de marihuana sin pulso, no los pueden perseguir, ni pegarles un tiro como acostumbraban hacer con los grafiteros años antes.  Necesitamos a los mejores de ustedes, a los más experimentados, a los más disciplinados. Dejemos de quejarnos de que no existen galerías en nuestra ciudad; volvamos la acera un museo permanente. Acá hay gente para hacerlo, acá hay hombres que lo han intentado.

En el 2012 el maestro Lucho Brahim intentó llenar de vida los muros del Colegio La Salle. Alcanzó a hacer un par de figuras pero la mezquindad de los sacerdotes impidió que el artista terminara su obra. Hoy en día pasamos por La salle y vemos como las figuras han sido saboteadas, pintarrajeadas, saqueadas. En una ciudad de mercachifles no importa la belleza, importan los negocios, lo que de billete.
Artistas de Cúcuta, ustedes tienen la oportunidad histórica de cambiar la imagen de la ciudad sumida en la más profunda de las crisis morales. Sus manos pueden darle la dignidad a una ciudad hundida por culpa de los traquetos y de una clase política corrupta. El arte callejero es la opción para ciudades del tercer mundo que no tienen ninguna posibilidad de tener una galería o un museo. Banksy demostró en Londres que el arte no debe estar encerrado en un lugar elegante, el arte es para la gente, para los que caminamos la calle, los que tenemos que esperar durante horas adentro de un carro a que se descongestione una avenida. 

El arte es de todos, por favor, democratícenlo, embellezcan, transformen. De las autoridades solo esperemos que no nos maten. No les pedimos dinero, tranquilos que los artistas de Cúcuta no son ningunos limosnero, no les vamos a pedir nada, ni siquiera permiso. En las noches, mientras todos duermen, saldrán los artistas a tomarse los muros, una pared tras otra serán inmensos lienzos en donde los pintores plasmaran sus ideas. Marcianos y ángeles, mártires y víctimas, la paz y la guerra… las paredes callejeras son la conciencia de una ciudad. En sus manos está la capacidad de purificar estos andenes llenos de violaciones, asesinatos y atracos para convertirlas en pasillos donde los colores y la belleza serán los únicos habitantes en las ventosas noches cucuteñas.

Tómense los muros… nadie les pegará un tiro.