1 de septiembre de 2011

MIS CUATRO ESQUINAS

A las seis de la mañana el vaho baja del tasajero y se posa encima de la ciudad como una nube soporífera. Los pocos comercios del centro abren sus puertas, los empleados que a esa hora han roto con la resaca de la noche anterior reflejan en sus rostros el malestar de haberse levantado temprano. Debajo otra ciudad pervive como un fantasma, cientos de cuerpos yacen sepultados entre los escombros de la primera villa. De noche entre las ruinas de lo que fue suben a la superficie los fantasmas de los sacrificados.
Nerón alguna vez compuso un poema, por consejo de Petronio, su asesor literario, decidió imponer una imagen apocalíptica a su escrito. “No existe nada más dramático que un poblado ardiendo” para obtener esa imagen, para retratarla se ayudó incendiando a Roma. Desde su balcón su cara se teñía de rojo y escuchaba con placer los gritos de sus súbditos pidiendo auxilio. Fue el comienzo del final de un imperio. En el año 29 de nuestra era el Vesubio decidió borrar del mapa a Pompeya. Todavía los cuerpos de las víctimas brotan de dentro de la tierra congelados en el momento en que sintieron que la lava y la lluvia de piedras los borraría de la existencia.
Pocas ciudades han soportado una hecatombe y han formado después otro poblado encima de los escombros. Los bombardeos ocurridos en la Segunda Guerra borraron del mapa a los centros industriales de Europa. Localidades como Dresde fueron borradas de un solo plumazo de fuego. Sobre esos escombros surgió una ciudad todavía más prospera, más civilizada. Hubo un plan económico impulsado desde Estados Unidos, una organización, pero en 1875 nada de esto existía. Cúcuta ese mediodía tenía solo un telégrafo, no existía la radio ni el cine. El único lujo de la ciudad era un mercado cubierto recién hecho una botica alemana, un par de casas gigantes y lujosas que parecían palacios. Unos días antes habían notado los presagios pero la villa que empezaba a florecer estaba demasiado ocupada para preocuparse por el resplandor fulgurante de los dos cometas que invadieron su cielo, por el hecho de que los pájaros no volvieran a posarse sobre los árboles, por el llanto de mujer que despertaba a los habitantes de la plaza mayor un día antes de que la tierra se tragara con sus poderosas fauces a San José de Guasimal.
“Salgo a recorrer tus calles como quien persigue la salida de un laberinto, quisiera que fueras un libro y quemarte, una letra y borrarte, pero ni el apocalipsis pudo contigo” Piensa un hombre recién llegado de afuera que vuelve a caer como un vicioso en su monótono juego de calles. Uno no escoge ni a sus amigos ni la ciudad donde nació. Uno no elige amar. A las siete ya el calor es intolerable y si te gusta caminar este no es el poblado hermano mío, la camisa se te pega al pecho, sientes mareos, sientes como el colesterol se te agolpa en la sien como un revolver. Si te gusta el jazz, si no gritas, si te gusta leer en las plazas, si buscas las enseñanzas de un maestro, si quieres deleitarte con la obra de un pintor, esta no es la ciudad mi hermano, lo mejor es que alistes tu balsa, la llenes de pertrechos y huyas rápido de acá antes de que el volcán de Ureña se despierte de su sueño milenario.
Me cansé de estar fuera, de vivir condenado a extrañar su abrazo sofocante y húmedo, ya vi lo que hay después de la recta al Corozal, vi como la cordillera se sigue extendiendo en su ramillete de montañas, como languidece en colinas erosionadas hasta ir a perderse en el mar. Es el mismo cielo, las mismas nubes, a donde vaya siempre va a estar el sol de los venados. Me atrinchero en mi ciudad, los enemigos pueden verme en el visor de sus rifles, solo tienen que oprimirlo y estos dedos dejarán de teclear. Prefiero el desprecio, la muerte, el sofoco del mediodía al destierro. No me den un campo, desde mi casa veo el valle, los chulos hacen anillos negros encima del patio, no es un buen momento para salir a regar las plantas, el sol calcina y los gallinazos se comen el resto.
Los vendedores me miran rallado, creen que los voy a robar. Tienen razón en desconfiar, mil robos al día, mil muertes al día. No tengo cara de matón pero es mejor protegerse. Son las siete de la mañana y ya los cujíes hacen la sombra de la tarde. No importa la hora en que salgas siempre habrán los mismos ceños fruncidos el mismo sol, el mismo viento. Son cuatro esquinas miserables de gente que me odia, son cuatro esquinas mugrosas pero son mías.
Jamás me volveré a desaprenderme de ellas.
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