18 de agosto de 2010

BLOQUEADO

La inspiración no es un ánima en pena que llega sin que la busques, a la inspiración hay que invocarla y el mejor rito que conozco es sentarse a trabajar. No importa si se tiene una idea fija hay que sentarse y dejarse arrastrar por el flujo incesante de la imaginación. Nunca sé a donde me llevará el cuento, hay otros que si lo saben y por eso serán mejores escritores que yo, pero lo que me divierte de escribir es esa incertidumbre. No sé cuantos cuartos oscuros puede tener mi inconsciente.
Desde ayer me he visto tentado a escribir una pequeña historia que tenga como protagonista a John Cassavetes, no he podido porque cada vez que escribo la primera frase esta me suena artificial, ridícula, como mi propia voz. Comienzo hablando de su padre y del súbito impulso que lo obligó a dejar su natal Salónica para embarcarse en un trasatlántico que lo llevaría a América sin saber muy bien que misterios se encerraban en esa palabra. Si pudiera entrar en la mente de ese muchacho podría escribir un cuento pero su mente se encuentra cerrada para mí, además no quiero escribir sobre él sino sobre su hijo, hace dos noches me vi Una mujer bajo la influencia y necesito hablar de lo mucho que me gustan sus películas pero no encuentro el tono y me siento como un vampiro tanteando un cuello en la oscuridad. Me levanto de la silla frustrado, enciendo un cigarrillo y busco en esa discoteca de Babel que es Youtube algo que me descongestione el cerebro. Intento con varias cosas hasta que vuelvo a caer en la presencia de A love supreme. Me acuesto en el piso y al cerrar los ojos contemplo la figura fofa de Coltrane encerrado en su ático, alejándose del mundo como lo hizo un tipo que se parecía mucho a él, un carpintero de Jerusalem que hastiado de sus pecados decidió perderse en el desierto. Los dos tenían en común el odio que sentían ante sus debilidades. El músico enganchado a la heroína durante años descuidó a su familia y a su amado arte. El otro, se despreciaba por su pusilanimidad y cobardía, para sobrevivir le hacía a los romanos las cruces donde asesinaban a sus propios hermanos. Un día sienten que una voz les empieza a hablar desde adentro de ellos mismos. Para escucharla mejor tienen que alejarse de los otros que siempre hacen ruido. Jesús permanece cuarenta días en el desierto soportando las tentaciones que su propio padre, disfrazado de demonio, le ofrecía, Coltrane solo estuvo tres días a pan y agua traduciendo esa música que le dictaba Dios. Ambos volvieron, uno con un evangelio y el otro con la melodía más hermosa que le han ofrecido al Todopoderoso desde los tiempos de Bach.
Mientras que se consume mi cigarro pienso con envidia en la vocación de esos dos hombres. Fueron consecuente con su destino, lo aceptaron sin quejarse. Yo no podría entregar mi vida a una idea. Me distraigo con facilidad y aspiro a la gloria literaria representada en unos cuantos fajos de billetes. Hoy escribo no porque tenga algo que decir sino porque no hay fútbol y las tardes en Ringuelet se pasan lentas. Mejor jugar a que soy un escritor a que por unos meses solo podría vivir para esto y después cortarme el pelo y la barba y reintegrarme a la fila de mendigos que extienden sus manos en busca de un trabajo.
Restriego la colilla contra la taza que ahora me sirve de cenicero y se me viene a la cabeza una idea, la historia de un hombre que tiene muchas ganas de comer pero que no tiene boca. Pinto un lugar y meto al personaje en él, a la tercera frase el personaje comienza a darse cuenta que no está vivo, que está hecho de las palabras y las imágenes de otro. El cuento se desvaneces, hoy no es que haya mucho para decir. Sin embargo no me resigno y me aferro al escritorio para poder purgar mis culpas. No me iré sin un relato o al menos sin el bosquejo de uno. Me acordé que hace un par de noches, a raíz de la conversación que tuve con una amiga de la cual ya me estoy volviendo adicto, tuve la idea de empezar a escribir poesía. El método sería muy simple: Pensar en imágenes, que cada frase fuera una pintura, una escena de una pintura, un plano. Los poetas pueden ser los borrachos mas desagradables de este mundo pero cuanta sangre hay que verter para escribir un solo verso digno. Me esforcé y me salió un cadáver, lo envolví y se lo envié a una mujer que me encanta. Ya era de noche.
Desilusionado llamé al peruano y gracias a él invocamos al Angel de la Soledad y de la Desolación. Destapé varias botellas y puse varios ejércitos en formación. A mi edad no debería tener esos excesos pero bueno, los escritores necesitamos del cliché para al menos tener un poco de dignidad. Si no tenemos una obra al menos tengamos una vida parecida a la de los grandes malditos que tanto nos gustan.
Me levanto en un charco de vómito, las botellas vacías reposan a mi lado como mujeres violadas. Me miro al espejo y estoy completamente rojo, el dolor punzante en la sien se asemeja mucho a lo que describe la gente que ha sido atacada por duendes esquizofrénicos armados de tenedores. Pienso que este es el momento de hacer un cuento, si  a mi vida no le pasa nada entonces creemos un mundo. Veo a un niño de cinco años jugando con el revolver de su papá, se mira en el reflejo niquelado, se apunta y accidentalmente se pega un tiro en la frente. La cabeza estalla y puedo ver partículas de su cerebro en las cortinas. Me levanto y pongo a hervir el café. Lo mejor es ir hasta la estación y agarrar el próximo tren a Buenos Aires, arreglarlo todo de una buena vez. Paso por el lado del escritorio y veo la hoja. En ella noto que a pesar de no tener cabeza el niño continúa moviéndose, si me siento ahora lo podría salvar. Me siento . La cafetera explota, me sumerjo en la historia. El mundo vuelve a perder importancia. 

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