25 de agosto de 2010

EL PREDICADOR

Fui llegando a la ciudad de metal, los zapatos hechos mierda y los pies llenos de ampollas. Nadie salió a recibirme. Me senté en la acera y pude comprobar las huellas de los ejércitos que deambularon por acá. Una vieja envuelta en un chal gritaba desesperada por su nieta, se abalanzó hacia mi y yo le di una patada. En vez de salir corriendo la vieja me pidió un pedazo de pan y yo le escupí el rostro, se fue entre un lastimero llanto, la perdí de vista. Entre a un supermercado, la multitud se había llevado todo. Como en las otras ciudades no dejaron nada tan solo los cadáveres insepultos de los que mas amaban.
El cielo atómico comenzaba a votar toda su lluvia ácida. No había lugar para los valientes. Hubo una época donde yo buscaba a Jesús y lo encontraba en el milagro de una flor pero ahora todas las flores se han secado. Mi madre murió hace unos días, venía quejándose de un dolor en el estómago, le dije que no tomara agua del río pero no me hizo caso, la obligué a caminar porque tenía el presentimiento de que en la ciudad de metal encontraríamos algo de comer y hasta agua, eso me habían dicho algunos peregrinos que nos encontramos en el camino, la obligué a acelerar el paso, cuando se sentó el sol de plomo caía sobre nuestras cabezas, me dio miedo morir calcinado y que a ella le pasara lo mismo. Era una viejecita muy tierna, me dio los momentos más dulces de mi vida, cuando la bomba estalló me cubrió con su cuerpo para que la radiación no dañara mis músculos, por eso me enrollé la correa en la mano y comencé a azotarla para que se levantara y llegara conmigo a la ciudad pero al tercer correazo se tendió en el piso y ya no se volvió a levantar. Yo mismo cavé el foso con mis propias manos, la metí en él y lo tapé. Me arrepiento de no juntar dos bejucos y hacerle una cruz, sé que a ella le hubiera gustado pero ya no me quedaban fuerzas.
Los semáforos todavía servían y el calor comenzaba a arreciar. Los buitres sobrevivieron y bajaban en caída el libre a estrellarse contra la carne podrida de los cadáveres insepultos. Me acerqué a uno de ellos, le disputé una vejiga al buitre que parecía el jefe de su banda, me dio dos picotazos pero un correazo lo hizo retroceder. Abrí la vejiga y me tomé todo el liquido que había en ella. No abrí los ojos y me lo bebí de un solo sorbo sin tener tiempo de pensar en su sabor. Me quemó la garganta y vomité. Tenía unas cuantas horas más de vida.
Los ejércitos se enrutaban hacia el sur, irían contra la última ciudad que no habían conquistado. La comida, el agua todo lo embarcarían en el puerto y se lo llevarían a donde no crece el pasto. Nadie sabe como comenzó esta guerra, solo vimos el brillo y escuchamos el quejido de los hombres. En ese momento todos gritaron, yo pensé en como se vería la gran explosión desde la luna. Dicen que allá hay agua, los selenitas alcanzaron a hacer unos canales muy bien fortificados, nada los podrá contaminar. Jesús sobrevivió cuarenta días con sus noches en el desierto, recuerdo que prediqué su palabra, íbamos de pueblo en pueblo y cuando me cansaba de hablar mi madre comenzaba a rasguear su guitarra y cantaba las alabanzas al altísimo. Los hombres venían hasta mi a preguntarme si sería posible que la gran explosión se volvería a dar un día, yo abría los brazos y les decía que no se preocuparan “Si ocurre no tendremos tiempo de sufrir” Pero si sufrimos y cuando los ejércitos entraron a nuestras ciudades pensamos que nos llevarían con ellos pero no fue así, acabaron con cualquier tipo de vida y se llevaron los pocos alimentos con los que podían contar los sobrevivientes. Nos escondimos en el sótano, debajo de la estufa, apeñuzcandonos entre las ratas y los rastros de aceite quemado. Vimos las botas de los soldados husmeando, las ratas chillaban como si quisieran delatarnos, no nos vieron. Le dije a mi madre que teníamos que buscar la ciudad de metal, ir detrás de los ejércitos y mirar en el piso la poca comida que podían tirar, “Un soldado siempre deja comida a su paso” le dije y no me creía. Tenía las piernas hinchadas de várices y ese dolor terrible en el estómago. Ella estaba acostumbrada al fragor del viaje pero ahora decía que había perdido la fuerza y la fe, que la explosión había terminado de matar la pobre imagen que tenían los hombres de Dios. La agarré de los cabellos y la saqué de la casa. Todo era por su bien pero así y todo terminé matándola.
Conseguí en un bolso y fui metiendo allí las vejigas de los cadáveres menos podridos. La ciudad estaba desierta y lo único que se movía era el brillo del sol chocando contra el metal. Enfilé mi paso hacia el sur, caminé unos cuantos metros y por costumbre le lancé una maldición a mi madre obligándola a acelerar el paso. Pero ella no estaba ahí. Entonces me largué a llorar

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