12 de enero de 2011

LA MAQUINA QUE DERROTO A NAPOLEON

En 1769 Maria Tereza de Austria decidió convocar a su palacio a los sabios e inventores mas reputados de la corte. A la Emperatriz le preocupaba aburrirse en sus ratos libres así que necesitaba urgentemente un entretenimiento. Entre todos los inventos exhibidos le llamó la atención el que le ofreció el barón Wolfgang Von Kempelen. El invento consistía en un hombre de madera sentado al frente de un cajón donde se dejaba ver un reluciente tablero de ajedrez con una visible actitud de desafiar a cualquiera, a trenzarse en una feroz partida. Maria Tereza y sus ministros quedaron estupefactos al ver como el hombre de madera con suma autoridad, derrotaba en unos cuantos movimientos a todo aquel que osara retarlo. Esa tarde comenzó la leyenda.
El ajedrecista, uno de los autómatas mas celebres de todos los tiempos se enfrentó con los hombres más brillantes de su época. Desde el emperador José II pasando por Federico el Grande e incluso a Benjamin Franklin al que derrotó en París. Entre todas las partidas que realizó se destaca la que sostuvo con Napoleón al que derrotó con suma facilidad. En la Historia del ajedrez (1913) H.J.R Murray reconoce que “Napoleón era un jugador entusiasta pero no muy bueno era malo en la apertura e impaciente con el ataque, además de que tenía muy mal perder”. Los que presenciaron la partida afirma que el emperador hizo trampa repetidas veces y que se molestaba cada vez que el turco (Nombre con el que también se conocía la supuesta máquina ya que llevaba un turbante y una pluma en su cabeza) le corregía el movimiento haciéndole notar su error. El emperador terminó tan desesperado que optó por acabar la partida pegándole un puñetazo al tablero haciendo que las fichas se estrellaran contra el suelo.
Por supuesto que muchos dudaban de la veracidad del Turco. Era prácticamente imposible que en el Siglo XVIII una máquina pudiera pensar por si misma. Hombres de talento y de genio como Edgar Allan Poe escribieron sendos ensayos donde intentaban aclarar el misterio, las sombras en las que estaba envuelto el Turco.
Incluso su inventor, nunca afirmó que su criatura jugara al ajedrez por si mismo “ Se trata de un mecanismo sencillo, una bagatela cuyos efectos resultan tan maravillosos solo por la audacia de su concepción y por la afortunada elección en los métodos que se adoptaron para estimular la ilusión” Está claro que el truco existía y los mejores ajedrecistas de esa época habitaron el cuerpo del Turco. Todo consistía en un complejo sistema de espejos e imanes que acá no tendremos el espacio ni el tiempo ni la paciencia para explicarlo. Además optamos por creer que es mas importante el bluff que sostuvo Von Kempelen y sus otros dueños, un truco que prefiguró las maravillas que trajo la modernidad como ese ordenador que hace una década destrozó al mejor jugador de la historia y sin embargo esos computadores están lejos de poseer el aura de magia y misterio que poseía el Turco.
Después de derrotar a los mejores jugadores de Europa el hijo de Von Kempelen, pensando en que la curiosidad por la máquina mermaba vendió el invento de su padre a Johann Maelzel quien se dedicó a exhibir al autómata por toda Europa hasta que en 1825 sus deudas le obligaron a huir a Nueva York donde emprendió una improvisada y para nada fructífera gira americana. Acosado por los acreedores recién adquiridos en el nuevo continente Maelzel decide develar el secreto del Turco a varios periódicos a cambio de un puñado de dólares. Los días como atracción de feria del autómata estaban contados. Sin embargo por unos cuantos años más siguió viajando, incluso alcanzó a estar en Cuba donde Schlumberger, el ajedrecista que en ese momento estaba dentro de la máquina contrae fiebre amarilla y muere después de una breve y tormentosa agonía. Maelzel aquejado de una serie de dolores y de una debilidad constante decide embarcarse a Nueva York donde sería sorprendido por la muerte en la mitad de la travesía. Su cuerpo como si fuera un amasijo de carne putrefacta fue arrojado al mar junto a las costas de Charleston.
El Turco, ya huérfano, es comprado por un excéntrico y filantrópico millonario que tuvo la idea de donarlo al Peale’s Museum de Filadelfia donde logra descansar quince años hasta que un voraz incendio lo transformó en cenizas. Corría el año de 1854.
Durante un siglo el jugador de ajedrez fue objeto de admiración, burla, envidia e indignación. Tuvo una vida parecida a la que siglos después solo tendrían las estrellas del Rock. Sobre él escribieron las mejores plumas del siglo XIX e inspiró historias macabras como la que escribió Ambrose Pierce: El maestro de ajedrez de Moxon publicado en 1909.
De el Turco solo nos han quedado algunos dibujos y sobre todo la imagen difusa que deja su leyenda. Solo Vaucanson con su pato cagón estuvo tan cerca de crear vida. Tan cerca y tan lejos. Todo creador es un mentiroso, un inventor de bluff, un fraude. Sin embargo es una mentira que nos hace felíz.

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