5 de enero de 2011

LA TARDE EN QUE LA MUERTE DEJO DE SER ABSOLUTA

Cierro los ojos y me inserto en el cuerpo de una persona, los abro y estoy caminando en París sobre la calle de las capuchinas. Es una despejada tarde de invierno y la ciudad vivía la resaca de la navidad. El siglo se acaba y no se sabe si reir o llorar al ver como el hombre era capaz de acelerar el tiempo, torcer el destino, ganarle el pulso a Dios con el poder de sus inventos. Ahora, precisamente, a unos cuantos metros en el Salón Indien del Gran café los hermanos Lumiere darán a conocer su nueva empresa, una máquina que es capáz de captar, retener y proyectar el movimiento. Ahora el tiempo podía caber en una lata. Miles de años después se haría realidad el sueño que tuvo ese cavernícola al tratar de proyectar el movimiento de un bufalo en la escabrosa roca de una cueva en Altamira. A pesar de la relevancia del evento la sala está semivacía y solo un periódico a decidido mandar un reportero. Esa mañana de navidad París era una sola migraña.
Subitamente se apagan las luces, el hombre que no soy yo torpemente se abre camina entre las butacas y por pisar los encallecidos pies de una gorda se gana un paraguazo. Sin embargo logra ubicarse en un buen sitio a pesar de la rechifla generalizada. Sobre una pared blanca una luz comienza a desparramar imágenes, como manchas de humedad crecen sobre la pared las imágenes de unos obreros saliendo de una fábrica, una mujer sumergida en sus pensamientos viendo como el mar se la quiere tragar, un niño riega unas plantas e incluso nos tuvimos que echar al suelo al ver como una locomotora se nos venía encima. Cuando se prendieron las luces la gente estaba pálida y apenas podía coordinar unos débiles aplausos.
Al salir me sorprendió constatar que aún era de día, caminé por la ciudad gambeteando el viento que empezaba a aparecer cortando el gabán como un cuchillo. Dormí con tranquilidad soñando los sueños de otro, me levanté y busqué en los cinco periódicos que circulaban en París alguna noticia del milagro que había presenciado . En solo uno encontré una nota pequeña pero hecha con delicadeza, una nota que abría la historia de la crítica cinematográfica y que terminaba de esta manera “ Con este nuevo invento la muerte dejará de ser total y absoluta; los personajes que hemos visto en la pantalla permanecerán con nosotros vivos y activos después de su fallecimiento”.
Ese 25 de diciembre de 1895 los impresionistas vivieron el último estertor de su alegría porque en el suave contonera de una señora encorsetada, en el ondear de el gorro enmohecido de un obrero, en el abanicarse de una joven, en el humo que vomita la locomotora, significaron el fracaso absoluto de la búsqueda de Monet, Van Gogh o Renoir, no podían revertir la situación mientras ellos solo contaban con una paleta llena de colores los Lumiere atacaban con su metralleta que disparaba 16 fotos por segundo.
Como evangelistas salieron por el mundo los camarografos de Lumiere llevando el legado, la muerte se podía vencer, los recuerdos conservar, la belleza eterna. Se filmaron mares, paisajes exóticos que el ciudadano común y corriente nunca pensó llegar a ver.
Sin embargo al cabo de tres años los hermanos comenzaron a tener perdidas, la gente se cansaba de ver las mismas tomavistas sin que ninguna acción pasara en ellas. Espentados por el declive le vendieron su invento a un mago francés un tipo que dirigía el Teatro Houdini de París y que se llamaba George Melies el hombre que transformó un adelanto tecnológico en la más eficaz de las varitas mágicas.

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