8 de septiembre de 2010

ELLA Y EL EN LA CIUDAD DE METAL

Se despertó de tarde con el dolor de cabeza de las malas noches. Las botellas vacías rodeaban su pobre colchón. Otra vez la nausea las ganas de vomitar, juntar unos billetes y decirle a la prostituta de turno que se largue de una vez que se lleve su aliento de verga a otra parte. Para colmo cambia el clima se pasa del frío extremo al calor sofocante. Acá no existen las estaciones sino los extremos. El debería estar acostumbrado pero que va, ya está muy viejo para acostumbrarse a algo.
Llegó hace mucho tiempo a la ciudad de techos de metal. Ella estaba acá y le dijo que la buscase. Subió montañas y cruzó ríos solo para estar con ella. Nunca le gustaron las paredes de granito con las que están recubiertas las murallas que cubren la ciudad, el estaba acostumbrado a la aridez perpetua de su tierra, a la sequía constante a la lucha palmo a palmo por un pedazo de tierra. Se acostumbró a vivir con muy poco y seguramente no hubiese salido de allí sino se hubiera cruzado con los ojos de ella. Era una morena alta y delgada de ojos miopes que le daban a su mirada una ternura particular. Iba a dar clases a la escuela municipal y el justo arreglaba los trastes de las carretas en el taller que quedaba al frente. Un día la vió y la persiguió, aunque la hizo reir ella rehusó salir en la primera cita. A la segunda le dio un beso pero le advirtió que sus días en el pueblo estarían contados porque pronto partiría a la ciudad de metal. El le dijo que cualquier cosa que pudiera hacer para estar juntos no era ningún sacrificio. Ella se fue a los dos meses y cada tanto le mandaba cartas apasionadas donde le recordaba las bondades de estar en una ciudad con una planta eléctrica propia y con trabajos dignos de un ser pensante, donde necesariamente no se necesitaban las manos sino también la imaginación. Ella había trabajado toda su vida con el anhelo de poder salir un día de ese pueblo carcomido por el viento y el sol y ahorrando peso a peso pudo juntar lo suficiente para irse a estudiar pintura al instituto más importante de la ciudad de metal. Su familia se opuso porque una mujer no estaba para encarar sola una aventura de esas, la mamá le decía “Mija no se vaya sola, mire que la gente va a pensar que usted está embarazada y va a querer tener el hijo fuera de acá para que nadie lo note” Pero a ella le daba risa esa ocurrencia y sin importar el dolor que pudiera proporcionarle a su familia se marchó del pueblo dejándolo todo. Lo único que extrañaba era el vigor de los brazos de aquel hombre, la inocencia y sinceridad con que le decía que la quería. Era pura fuerza, había soñado para su vida algo más sofisticado una persona que le pudiera enseñar el mundo en cuatro libros, que hablara varios idiomas y que cuando le escribiera cartas de amor no tuviera tanto errores ortográficos.
Pero justo, pocos meses antes de partir se ha enamorado de la inocencia de un herrero y no puede evitar extrañarlo en las primeras semanas que pasa en la soledad devastadora de la ciudad de metal.
Así que vende sus tres carretas viejas, su torno y yunque y con lo poco que recoge cruza los caminos, destroza caballos y llega después de extenuantes días a la ciudad donde todos los ríos se secan. No miraba la particular manera con que la gente caminaba e iba vestida, como si eso no le importase, ni miró las fuentes que siguiendo el ritmo de una canción iba expulsando sistemáticamente el agua. Ni los arcoíris artificiales que se extendían de edificio en edificio. Para el todo era un mismo cielo. Con los zapatos rotos llegó a la pensión donde vivía ella, se abrazaron y lloraron juntos y fueron por unos instantes absolutamente felices.
Pero la rueda de la fortuna nunca se detiene. Ella trató de convencerlo de que dejara de hacer tanto trabajo físico y aprovechara la oferta cultural que presentaba la ciudad de metal para educarse un poco. Para él, ella era un ídolo así que le hizo caso. Se matriculó en un taller para aprender a comprender el cinematógrafo pero a él eso de que unos gnomos diminutos se muevan dentro de una sábana le parecía una cosa demoniaca. Solo fue a una casa y se encerró con una botella de brandy en su pensión, en la soledad de su pensión a esperar que ella llegara de clases. Al contrario de lo que pudiera sentir él, ella cada vez disfrutaba más de las ventajas que le proporcionaba la ciudad de metal. Incluso un amigo de la facultad construyó para ella unos lentes enormes y gruesos para que pudiera ver con más claridad. Entonces supo que el mundo estaba compuesto de colores diáfanos y hermosos. No sabía que se pudiera ver con tanta claridad. Corriendo fue a verlo a él, a buscarlo en su pensión. Llevaba días así, callado y algo alterado, ya no le gustaba salir al teatro porque decía “No entiendo una sola palabra de lo que dicen” y ella quería alegrarlo con algo, era su sostén, su mayor alegría. Entró al cuarto y lo vio tumbado en el sofá, sin camisa y con una botella de ginebra en la mano. Vio con claridad los pliegues de su rostro, lo viejo que era, lo poco que se parecía a esos jóvenes despiertos y sanos que hacían con ella el curso. El se despertó murmurando maldiciones y ella para evitar vomitar se tuvo que quitar los lentes.
Por mas de que quiso no lo dejó volver a tocarla. La impresión había sido muy fuerte. Se esforzó porque no le molestaran sus ronquidos, trató de quedarse con solo las cosas buenas que el pudiera proporcionarle, pero el cayó en una depresión terrible y comenzó a beber mas de la cuenta y también le robaba los pocos pesos que le daban por esos cuadros que cada vez le quedaban mejores porque ella día a día iba mejorando la técnica hasta el punto que ya se hablaba en la facultad de que se iba acercando el día en que haría una exposición. Si tuviera un espacio –pensaba ella- un espacio para mi sola…
Llorando un día lo afrontó y el en el sopor de la borrachera dejó de ser un salvaje y entendió que la había perdido. Ella en compensación le dio un fajo con billetes de un cuadro que acababa de malvender “Con eso tienes lo suficiente para volver al pueblo, perdóname por favor” El tenía ganas de golpearla se contuvo y más bien salió dando un portazo. Se dejó llevar por el río humano que es el único río que fluye en la ciudad de metal y así flotando en él llegó a un prostíbulo donde se acostó en un colchón sucio y se acostó con una prostituta tras otra y la quiso olvidar así pero a su depresión se le juntó la misera de verse sucio.
Así que se despertó esa mañana en un cuarto que no conocía, tratando de juntar los últimos billetes para decirle a la puta que se fuera, quiso salir de allí y poder buscarla en las calles sin nombre de la ciudad de metal. Salió y el sol le dio de frente como si fuera una cachetada, como un loco empezó a gritar su nombre, le dolía el pecho y la gente que pasaba a esa hora perfectamente ordenada como si estuvieran en una marcha no se mosqueaban ante su dolor. Se arrodilló en una acera y ya sin esperanzas se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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