15 de septiembre de 2010

LA RENEVANTE

Mi vida fluctúa entre lo irreal y lo imaginario. Confinado a andar entre cuatro paredes preso de mi propia obstinación un día decido dedicarme a la inacción. Mis piernas apenas se mueven, están encogidas y la cabeza que crece al ritmo frenético de mi barriga. Goncharov describió a ese hombre dos días atrás el mismo miedo a perderse, la puta pereza que da levantarse y afrontar lo que viene. El tren que llega hasta acá pasa las mas escarpadas montañas Los turistas se detienen a tomarle fotografías a las estaciones blancas de nieve. Cuando el sol sale en este lugar encandila tanto que nos ponemos ciegos. No existe un resquicio de paz para mi en este mundo.
Cada dos semanas me llegan cartas implorándome que me vuele la cabeza “Será tu último acto heroico” me dice una de mis tantas admiradoras. Antes, en las novelas epistolares, los amantes se regalaban rizos de pelo, a mi una mujer en Tegucigalpa me ha pedido mi cabeza. Oh Salomé! No tengo un solo Juan Bautista por estos lados para fingir que es mía esa cabeza. Nadie la tiene tan inflamada. Me ha mandado en otro sobre el dinero para enviársela por correo. Yo aprovecho esa plata y le digo al jorobado que cruce el cerro y me traiga dos botellas del más poderoso de los aguardientes. El suicidio es una puerta, una opción, el último recurso de los valientes.
Me emborracho todos los días, me voy al mirador, ese hilo marrón que se ve abajo es el chicamocha. Cuando se alcanza a ver desde estas alturas es porque está crecido. El chicamocha es una bestia que arrastra todo a su paso. Pero por más bravo que sea, por mucho que se crezca no llegará hasta acá. En cambio el fantasma de ella me ha encontrado. Es lo único que ha llegado hasta acá. Vestía la misma bata con la que la enterré pero a diferencia de ese día su piel ha recuperado el color. Yo le hablo, le exijo una explicación. Creí que eso era la felicidad pero estaba equivocado. Tus venas cercenadas me lo hicieron aclarar. No me quedó más remedio que empacar lo poco que tenía y decirle al jorobado que le prendiera fuego a la casa. El jorobado me siguió por las montañas, no le importó que sobre el llovieran mil piedras porque quería seguir el peregrinaje solo, pero con el rostro lleno de sangre me suplicó que quería llevar mi pesado equipaje compuesto de unos cuantos libros y los diarios que nunca he dejado de escribir.
Por culpa de el todavía estoy vivo. Me sigue con su único ojo amarillento, vigila cada uno de mis movimientos. Por culpa de él todavía me llegan cartas e incluso el servicio ferroviario a hecho hace poco una estación a pocos metros de mi cabaña. Los turistas vienen y le toman fotos a la casa pero el jorobado, armado con un rifle se percata que nadie se acerque. Me dejan flores y recuerdos y me suplican que no caiga en la tentación de dejarme carcomer por el tiempo. El escritor mas brillante de su generación no puede tener la muerte indigna de los viejos.
Con lo mucho que me costó obtener la gloria para que Estela me amara, Estela…con lo mucho que hablamos de la muerte y tu dejaste tentar por su cara huesuda. No pudiste con eso, con pensar en que ibas a ser recordada por ser mi esposa. No era mi culpa que no pudieras escribir una sola línea bien. La poesía no es solo inspiración, la poesía exige una disciplina que nunca tuviste, un rigor que tiene que estar emparenatado con el talento. No soportaste mis criticas que aunque despiadadas y crueles lo único que buscaban era enseñarte el camino. Tu soportaste todos mis gritos pero una vez estallaste y yo no pude estar ahí para decirte que lo sentía, que toda esa gloria de la que me hacía acreedor era una gloria que había buscado para tener la vida que nos merecíamos. Pero tu egoísmo pudo más y ahora estoy solo, con la pluma seca, la página en blanco eternamente esperando el momento en que el jorobado apague su único ojo y yo pueda tirarme de barriga al vacío.
Para matarme tengo que matar al jorobado. El cree que es el único que sabe vigilar pero de tanto que me mira yo ya conozco todos sus movimientos. Se que cabecea después de las dos de la mañana, que sería muy fácil quitarle ese rifle porque a pesar de que mis piernas están secas y la barriga dificulta cada paso que soy le podría ganar con fuerza. De pronto lo que pasa es que el jorobado es la excusa que estoy buscando para seguir vivo. Cuando ella se aparece yo soy por unos segundos feliz, asi me mire con desprecio. Se que en el infierno ella grita mi nombre cada vez que un lengüetazo de fuego recorre su cuerpo. Allá te voy a buscar Estela, en ese mar de fango y de lava. Yo seré el que te cerrará esas venas que no paran de botar sangre. Dame unos días Estela, espera que el jorobado se quede dormido y yo le pueda meter un tiro en su frente.
Existe ya un vinculo directo entre la civilización y yo. Cada vez son mas y mas las cartas que llegan exigiéndome más historias sobre monstruos. Mi editor me ha sugerido varios millones si soy capaz de meter en el océano índico a Bebasio, me dice “Tengo un cheque en blanco, rellénelo de números” Pero no me atrevo a bajar, yo estoy seguro que abajo Estela perdería fuerza y ya nunca me encontraría. Quiero quedarme acá con ella o de pronto agarrarla de la mano, desmontar la improvisada cabaña y largarme para arriba donde no llegue ningún tren donde de cuando en cuando viene algún estúpido japonés a tomarle fotos a mi puerta. Intento agarrarle la mano a estela pero no la puedo tocar, ella es una proyección del sol, un reflejo del agua y temo que si la mueva de acá se difumine. El jorobado me dice que volvamos, que yo estoy apegado a un imposible pero no le hago caso. Acá entre estas montañas viene a visitarme y a mi no me importa nada más.

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