23 de abril de 2012

EL DE LUIS BUÑUEL. TODOS SOMOS MORCILLISTAS

Francisco es un buen hombre. Va a misa cada domingo y ha vivido por siempre en la virtud que enseñan las escrituras. Ha heredado una fortuna de sus antepasados, incluso en su natal Guanajato hay unos predios que le pertenecen. Los facinerosos descreídos han invadido sus tierras, los títulos de propiedad son muy viejos, los últimos datan de principios del siglo XIX pero aún así contratará abogados en ese caso, completamente perdido…menos para él.

Jueves santo en la tarde. En su obligación de Cristiano ha ido a la iglesia. La basílica de México completamente llena, el cura haciendo el tradicional lavatorio de pies. Ahí está ella, un rostro entre la gente. El obsesivo ha conocido su víctima, la mira, pone sus ojos sobre ella. Evade su mirada, presiente el peligro pero también la atracción que ejerce en todos los cuerpos la proximidad de la víctima. La consigue a pesar de que está prometida a uno de sus mejores amigos. Se casan, ella lo abandona todo pero eso no es suficiente. Si la besa y cierra los ojos es porque está pensando en Raúl, su antiguo amor. “¿En quién piensas Gloria?” y ella pues en nadie mi amor, y él que si, no me mientas mujer del infierno.

Gloria ha estado entre los brazos de otros hombres, él en cambio es virgen, puro. Eso es un yugo que pesa en él como pocos. Van a la luna de miel a Guanajato, siempre pendiente de sus negocios, primero y segundo él. Ella lo ama, le encanta ese aire mandón, dominante. El sicópata y su complemento… están almorzando en el restaurante del hotel, él le dice que la ama, la ama por su dulzura (¿Sumisión?) ella le dice que también lo ama, sobre todo por su seguridad, por su aire mandón.
“¿Y que es lo que menos te gusta de mi?
Como suele suceder en estos casos el interpelado se pone incómodo y dice que nada “No hay nada que no me guste de ti”
“ Bueno Francisco, si tanto insistes pues hay algo que no me gusta de ti… a veces eres un poco injusto”
Francisco el santo se ríe.
“Que curioso que lo digas, hay pocos hombres que tengan un sentido de la justicia tan despierto como el mío”

Buñuel es el autor por antonomasia. Dicen sus amigos que en sus películas hay bromas que solo las podrían entender aquellos que convivieron en sus jóvenes días en la residencia de Madrid. Esta actitud de Francisco es una referencia directa a una anécdota contada por Falla. El músico fue invitado a almorzar por un pintor andaluz llamado Morcillo. El compositor contempla todos los cuadros que el pintor le enseña y dedica a cada uno una frase de elogio sin la menor reserva. Se fija que en el piso hay varios cuadros cubiertos por una manta. Falla insiste en que quiere verlos pero Morcillo se atrinchera en su negación, esos cuadros están cubiertos porque están mal hechos, pura obra defectuosa.
Después de la insistencia de Falla el pintor se deja convencer, a regañadientes quita la manta de los cuadros y se los muestra
-Mírelos, no valen nada.
Falla protesta, el cuadro le parece muy interesante.
-No, no- Responde Morcillo- La idea general me gusta, algunos detalles son bastante buenos, pero el fondo no está logrado.
-¿El fondo? –Pregunta Falla, mirando el cuadro más de cerca.
-Si, el fondo, el cielo, las nubes. Esas nubes no valen nada ¿no le parece?
-Efectivamente- admite al fin el compositor- puede que tenga usted razón. Quizás las nubes no están a la altura del resto.
-Usted cree?
-Si.
- Pues ya ve- dice entonces el pintor- precisamente son las nubes lo que más me gusta. Yo diría que son lo mejor que he hecho durante los últimos años.

Dice Buñuel en su libro de memorias Mi último suspiro “Toda la vida he encontrado ejemplos más o menos disimulados de esta actitud, que yo llamo morcillismo. Todos somos un poco morcillistas. El morcillismo nace del afán insaciable de elogio. Se pretende agotar todas las posibilidades de alabanza. Y uno provoca la crítica – una crítica justificada, por regla general- no sin un punto de masoquismo, a fin de confundir mejor al imprudente que no supo ver la trampa”
El fue la película preferida de Buñuel. Francisco encarnado por Arturo de Córdova representaba al hombre paranoico per- se algo que obsesionó no solo al aragonés sino a su amigo Salvador Dalí. Los celos es la manifestación por naturaleza de la paranoia. En ese sentido el afectado es casi un poeta ya que todas las cosas que lo rodean son transformados por su propia imaginación. Todo es sometido a una reinterpretación. Si su esposa toca el piano es porque le está mandando un mensaje cifrado al amante que espera ansioso en la esquina, si se encuentra con un conocido en la calle es porque de ante mano habían pactado una cita.
Gloria acaba de llegar de la Argentina, quiere casarse con Raúl pero ha caído en los brazos de ese hombre apasionado, dominante, poderoso. En la luna de miel se ha dado cuenta del infierno que le espera. Sin embargo Gloria no decide separarse. Le gusta sentirse sometida. Los vejámenes cada vez van en aumento. No sabemos que le puede hacer a su joven esposa. En los noches solo escuchamos su llanto sordo. Sus gritos de auxilio. Ha quedado alejada de su madre, de todas las cosas que ama. Francisco ha llegado no solo a golpearla sino que ha atentado contra su vida. Pero ella sigue allí, firme, leal y fiel. Él manipula a su madre, al cura, a ella misma. Nadie puede dudar de lo intachable que puede llegar a ser un caballero de la virgen. Ella solo se separa de él cuando este enloquece. Sino seguiría por siempre a su lado aferrado a un lazo más poderoso que el acero.

El es una película universal, todos nos sentimos identificados con el dominante, egoísta, celoso y obsesivo Francisco así como todos tenemos un poco de la sumisa y masoquista Gloria. Es una suerte para los latinoamericanos que un maestro como Luis Buñuel se haya visto obligado a hacer películas en un país que el detestaba pero que es tan entrañablemente cercano a nosotros.
Los personajes están tan bien construidos desde la misma escritura del guión que el propio Lacan le pasaba el filme a sus estudiantes. Todos poseen una hondura sicológica que los transforma en seres absolutamente reales, creíbles. Francisco solo obtendrá consuelo recluyéndose en un convento, esperando que Dios le de sosiego pero en esa última imagen, la del monje subiendo en zig-zag una escalera sabemos que para salir del profundo poso de sus obsesiones no bastará la oración ni la penitencia.

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