28 de junio de 2011

OSCAR WILDE BAJÓ DE UNA NAVE ESPACIAL. Apuntes sobre Velvet Goldmine de Todd Haynes


Pretender que Velvet Goldmine hubiese tenido una distribución comercial era un absurdo. No solo por ser la película donde se muestra como gracias al Glam Rock ser gay no solo dejó de ser un pecado sino que se convirtió en algo cool, sino porque como suele suceder en el país tenemos una alergia absoluta al buen cine.

Una nave espacial dejó en la puerta de la familia Wilde a un niño al que sus atribulados padres le pusieron el hombre de Óscar y que en el colegio, mientras todos querían ser abogados o ingenieros él aspiraba a convertirse en un ídolo pop. Un siglo después, bajo el nombre de Brian Slade rompería las estructuras del viejo rock, del agozinante rock para volver los conciertos una puesta en escena; la música que le gustaría ver a Tholouse Loutrec si hubiese bajado también de una nave espacial.

El brillo de una nueve milímetros pasa desapercibido en un concierto Glam, es el ruido lo que llama la atención. Brian Slade cae de espaldas, tiene un hueco en el pecho, sin embargo ha abierto los ojos. Todo suena a fraude, el haber montado su propia muerte le puso fin a su carrera. Como suele suceder con los grandes genios la gente no puede entenderlo. No sospechan que para matar a un extraterrestre necesitas más que una nueve milímetros.

De entrada sabemos que asistiremos a la película de un cinéfilo, esos muchachos pálidos corriendo nos recuerdan el principio de Blow Up, la manera como está contado el filme, el periodista recogiendo datos para saber quién fue Brian Slade nos hace evocar la búsqueda del reportero por saber que significa Rosebaud en El ciudadano Kane y además está la atmósfera, la recreación, la máquina del tiempo que hizo Visconti y Kubrick todavía sirve y viajamos por ella a finales de los sesenta a ver como el rock moría y también la falsa masculinidad. Los primeros golpes que había dado Wilde contra la moral victoriana conseguían resquebrajar los viejos valores ingleses y ya nadie te podía decir nada porque salías mostrando el ombligo o porque comprabas el disco de un puto posando como San Sebastián.


Pero esa oleada desenfrenada, el último coletazo de la revolución sexual se ha extinguido con el falso atentado a Slade. Ahora es 1984 y todo es gris. Los rockeros apoyan la dictadura de Margaret Tatcher, se hacen teletones para combatir el hambre en África y engendros como Bob Geldorff son considerados artistas. Tu ya no compras los discos de los putos, te has conseguido un buen trabajo, te has cortado el pelo, no te pintas. Como toda especie te supiste asimilar muy bien a la manada. El miedo a desaparecer pesa más que la libertad. Ahora se cumplen diez años de la falsa muerte del ídolo, debes buscar las pistas no solo para saber que pasó con él sino para saber que ha sido de tu vida en estos diez años donde ya no ves a los chicos, donde el rubor no ha vuelto a tocar tu rostro.

Los salvajes ya no gritan, se han sosegado. Hubo entre el 70 y el 83 una emisión constante de rayos gama que destruyeron lo que la lisergia no pudo, lo que los lisérgicos ayudaron a exacerbar, los gamma acabaron con la imaginación, destruyeron todo indicio de sentimientos. Por eso caminas entre ese mundo de gente tan limpia, tan seria y no puedes ver que ellos vieron lo mismo que tú, escucharon el sonido de la libertad para después apagarse porque no pueden entender que los extraterrestres solo pueden morir con una pistola desintegradora marca ACME.

A pesar de haber ganado el premio de la crítica en Cannes, Velvet Goldmine fue en su momento un estruendoso fracaso de taquilla por culpa expresa de los terribles hermanos Weinstein, jefes de Miramax compañía que se encargó de monopolizar la distribución de las películas independientes en la década del 90 y que cometió muchas arbitrariedades, abusos con jóvenes directores que como Todd Haynes buscaban desesperadamente salirse de los cánones de Hollywood y aspirar a poder tener la libertad de decir lo que les diera la gana. Sin embargo ese primer fracaso hizo que se volviera una especie de ceremonia ver una y otra vez este filme trasngresor, en cierta medida polémico, surrealista pero a la vez documental, todo un antecedente de lo que años después haría Winterbotton con su particular y maravillosa historia del punk en 24 Horas de fiesta.

La ópera prima de Haynes como muchas obras maestras es incalificable. En parte es ciencia ficción, en parte Brian Slade es lo que siempre quisimos ver en David Bowie, un marcial el The man who sold the world que inmortalizaría Nicolas Roeg.

Nada falla en esta obra ambiciosa, extraña. La música, dirigida por Michael Stipe, líder de R.E.M cuenta con la colaboración de integrantes de Radio Head, The Stooges, Placebo y Sonic Youth lo cual garantiza de que si entras a la sala con un porro en la cabeza vas a tener sensaciones extrañas y te convencerás de que eso que pasa por tus ojos no es otra cosa que una joya desconocida. Se hará ante ti visible lo invisible. Pero lejos de ser solo un ejercicio estético, Velvet Goldmine fue el disparador de la carrera de varios grandes actores como es el caso de Ewan Macgregor, Cristian Bale y el inquietante Jonathan Rhys-Mayer quien en su alter ego de David Bowie se robó la atención de otros grandes directores como Woody Allen quien lo terminaría de consagrar dándole el papel protagónico en Match Point.

Hoy en día la única posibilidad para verla es la que todos usan; descargándola por internet. Como American Pop, como 24 horas de fiesta, Velvet Goldmine ayuda a contextualizar mejor uno de los periodos mas fecundos para la historia de la música, cuando componer canciones era mucho más que ganar millones de dólares, cuando “Intentamos cambiar el mundo pero el mundo terminó cambiándonos” Como diría Curt Wild al joven Cristian Bale mientras le entrega el prendedor espacial con el que bajó de la nave Oscar Wilde. Una pieza más para visualizar lo que pudo ser la música si los putos de MTV no lo hubieran jodido todo.

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