19 de julio de 2012

EL DICTADOR DE LARRY CHARLES. La carcajada inmoral.



Dejen todo lo que están haciendo, olvídense por un momento que tienen responsabilidades, la ciudad está de fiesta, hay una película de Sasha Baron Cohen en cartelera. Tenía mis dudas, el tráiler no me convencía, eso de que el dictador perdiera su identidad y se convirtiera en un pordiosero ayudado por una asociación democrática izquierdosa me sonaba a una asquerosa declaración de principios. ¿Sería que el bárbaro iba a aprender en este viaje iniciático a la miseria lo horrible que es sentirse oprimido? Para nada, ahí está el hombre que fue Borat, cargando encima el peso de ser judío e inglés, combinación demoledora a la hora de hacer humor.

Cuando creíamos que nada podíamos escandalizarnos aparece nuestro judío preferido (con el perdón del señor Konigsberg) para recordarnos que nada es sagrado, ni la maternidad, ni el culto a los muertos, ni los activistas sociales de izquierda  ni los feroces sátrapas de derecha. No importa mucho la trama, como tampoco nos importaban los hilos conductores en las películas de Monty Phyton, lo que importa acá como en el viejo slapstick, son las situaciones graciosas, los gags. Y créanme que en la película no se van a agotar. Es una sucesión interminable de chistes con humor negrísimo, de situaciones absurdas, ridículas, despiadadas que evocan al grupo que lideró John Cleese a finales de los sesenta.

Wadiya es un país sometido a los caprichos de su dictador. El organiza unos juegos olímpicos donde acomoda todas las reglas para ganar 14 preseas doradas, hace remakes de clásicos como Indiana Jones y acapara todos los premios que llevan su nombre y su cara. Con la chequera abultada por petrodólares, Aladdin no tiene nada que envidiarle a un jeque o a Chávez. Pero la ONU está por ahí algo molesta con su dictadura. No es que le preocupe tanto el tema de los presos políticos sino que se le imposibilite a las grandes multinacionales explotar el petróleo que guarda su desierto. Necesitan una excusa pues ahí la tienen, este tipo está experimentando con armas de destrucción masiva, las pruebas son contudentes así que para prevenir el ataque lo mejor es viajar a Nueva York y aclararlo todo en plena asamblea de naciones.
Pero en la primera noche el plan para asesinarlo creado por su primer ministro empieza a funcionar. El empleado del hotel no es más que un agente de la CIA. Mientras Aladdin está amarrado a una silla le va mostrando los objetos con los cuales lo va a torturar antes de matarlo. El dictador va criticando cada uno de esos instrumentos, dicen que en Estados Unidos “Están muy desactualizados en esa materia” y comienza a criticar los artefactos hasta el punto que hace avergonzar a su torturador. ¿Han leído bien? Todo está en ese tono único, terriblemente despiadado, original, genial.

Sasha Baron Cohen está haciendo algo que hace unos años creíamos imposible, está descubriendo otros caminos para hacer reír y eso que estábamos convencidos que todos estaban cerrados. La escena de los dos paisanos de Wadiya subidos en el helicóptero tratando de convencer a dos paranoicos e histéricos norteamericanos de mediana edad de que ellos eran sus compatriotas es delirante.
Un poderoso empresario chino le paga a Edward Norton, Viggo Mortensen y Harvey Keitel por hacerles sexo oral y disfrutar de un abundante cum shot facial. Aladdin se follaba no solo a Lindsay Lohan o a Megan Fox sino que tuvo sus devaneos con Swarzeneger disfrazado de Terminator, un viejo sueño erótico que muchos adolescentes tuvieron alguna vez.

Es una carcajada constante, culpable. Los imbéciles se han atrevido a decir que Sasha Baron Cohen es un fascista, un antisemita irresoluto y cruel. Se equivocan otra vez. Cohen no solo es judío sino que es un judío practicante. Él es de los que revisa la ensalada que le sirven en un restaurante para comprobar que no hay rastro de jamón u otra forma en que venga camuflado un cerdo. Hace una especie de comedia- documental que a la vez es una denuncia, pero una denuncia ¿a qué?.
Para él hombre que fue un reportero kasako todos somos una partida de bastardos infelices. Es un humor amargo que invita a la desesperanza, que nos recuerda esa máxima de Ciorán, “No te preocupes porque camino debes escoger, igual siempre escogerás el equivocado” Entre la democracia norteamericana y la dictadura de un país árabe o veneco no hay diferencias. Todas las elecciones están compradas, así no haya fraude mi hermano, la mayoría nunca tiene la razón.
Es la dictadura de la subjetividad, el voto de un hombre ilustrado vale lo mismo que el voto de un hombre pobre e ignorante. Con el hambre se obtienen los tronos en países tan pobres como Colombia o Estados Unidos de América.
La película te lleva a este tipo de reflexiones sin olvidar que es una comedia, una comedia que te hace reír hasta que te duele la quijada, hasta que te sientes culpables, porque otra vez el hombre que fue Ali G nos vuelve a mostrar lo implacables que somos, la bestia que tenemos dentro y que todos los viernes en la noche quiere salir a divertirse.
Denle gusto a la bestia, llénenla con hora y media de pura carcajada inmoral. Nada es sagrado y si lo dice un genio como Sasha Baron Cohen alguna razón tendrá.

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