7 de julio de 2012

EL MANANTIAL DEL DESIERTO. Crónicas de la violencia.


Después de subir una cuesta donde reposa un monumento que contempla imperturbable al valle de Cúcuta, desciendes medio kilómetro, giras a la izquierda y allí comienzas a ver un conjunto de casas que se extiende por toda la montaña. Algunas todavía están hechas de tablas “Estas son de la época de cuando llegamos” Me dice Magda Barrientos. La gente está afuera ya que adentro es difícil soportar el calor de justicia que irradian los techos de zinc. Has entrado al Desierto el barrio que fue obra de una sola persona : Luz Marina Muñoz.

Nació en Ocaña. La falta de oportunidades la convenció de que lo mejor era buscar fortuna en un lugar más grande. Al quedar viuda de su primer marido ya no le quedaban dudas del camino que tenía que seguir. Llegó a la capital nortesantandereana en mayo del 90 con dos hijas. La mayor tenía 13 años y la había bautizado con el nombre de Magda. La otra apenas cumplía siete años. Consigue un trabajo en una empresa de soldadura en  el barrio San Luis. Allí conoce a Byron, el que sería su segundo esposo. Se fueron a vivir con la familia de él en La Victoria. A los dos años le avisan  que estaban vendiendo unos lotes a un precio muy bajo en el sector de El Desierto. Luz Marina fue a verlo y no lo pensó dos veces. El lote se lo compró a una familia que había invadido. En pocos meses ella se puso al frente de la construcción de la casa. Con sus propias manos cimentó las bases. No contenta con eso ayudó a levantar las casas de sus vecinos. Era la persona indicada en el momento justo. Era  una fuerza de la naturaleza.


Cuando llegaron al barrio no necesitaban preguntar por qué se llamaba El Desierto. “Acá solo estaba la cancha y unas cuantas casas de tabla” Dice su hija Magda. Tenía el instinto del líder, los supo organizar, si no estaban unidos los poderosos podían aplastarlos como hormigas. Lo único que tenía era un carácter y una voluntad inquebrantable. Eso le fue suficiente. Organizó chocolatadas, sancochos buscando fondos para pavimentar las vías, para construir un acueducto. Pero ella no era de las que mandaba y ya. Ella metía sus manos en el cemento y se ensuciaba con el “Ella metía el cuerpo. No solo gestionó el segundo piso de la escuela sino que se puso un casco y preparó la mezcla” recuerda Carlos Vargas  un vecino del sector “ La cuestión del alcantarillado ella se le metía a ayudar. En esa época no existía Aguas Capital ni nada de eso. Por medio de ellos se legalizaron los contadores y en parte esta casa es mía gracias a ella. Aportó muchísimo para que el barrio se desarrollara. El pavimento de la vía principal también fue obra de ella”.


Gestionaba servicios de salud, le daba de comer al que no tenía. Era de una energía y vitalidad indeclinable. Se acostaba a las 12 de la noche “Y ya a las cinco de la mañana estaba por ahí dando vueltas” recuerda Magda. En las navidades y Haloween se preocupaba porque todos tuvieran un regalo. Nadie le dijo como ser líder. Eso lo tenía en la sangre. Pero ese compromiso con la comunidad le trajo problemas con su familia. Byron, su segundo esposo dice que “Para ella era más importante la gente de la calle que nosotros mismos”, Rosmary Camargo, una vecina cuenta una anécdota que resume el grado de compromiso que había asumido Luz Marina para con los habitantes de El desierto “Una tarde me encontró acá en la entrada de la casa llorando. Me preguntó que qué me pasaba y yo le dije que mis niñas tenían hambre, que no tenía ni para la leche. Ella me dijo que no me preocupara, que la esperara ahí porque ya venía. Al ratico apareció con dos bolsas de leche y unos panes. Yo le pregunté que de donde había sacado eso y ella me dijo que le había robado dos mil pesos a las hijas”. En mas de una ocasión prefirió dejar de darles de comer a sus hijos que permitir que una de sus amigas pasara hambre.


La cancha de fútbol fue acondicionada para que fuera una plaza de toros. Este era el epicentro de las ferias del Desierto. Tocaban orquestas, se hacían bazares, durante unos cuantos días al año el barrio olvidaba sus penurias y se volcaba sin restricciones a la alegría. “La casa de nosotros se convertía en una bodega. Allí guardaban las cajas de Coca-cola y de cerveza. Eran días muy felices” Nos dice Ana Karina, una de sus hijas quien recientemente fue elegida como presidenta de la junta de acción comunal.

Todo eso se acabó súbitamente el domingo 28 de mayo del 2004. Era el día de la madre y Luz Marina prestó su casa para que se celebrara allí una eucaristía. La casa estaba llena de gente. A las nueve se acabó la misa y se comenzaron a ir “Entonces yo vi al celador de la cuadra. Nos pidió un vaso de agua, se la bebió de una, como si tuviera mucha sed. Hizo una llamada, me acuerdo mucho de eso. Agarró la cicla y se fue. A los diez minutos llegaron tres tipos y tocaron en la puerta”. Luz Marina estaba adentro, en el patio, cuidando unos cultivos ya que “Por esos días habían llegado unos abonos porque ella entre todas las cosas que se metía había accedido al programa ese Solares Productivos”. En la sala estaban Byron y sus dos hijos. Al escuchar que golpeaban con fuerza la puerta Susana de ocho años abrió. Tres hombres vestidos de negro preguntaron por su mamá. La niña fue, Luz Marina de mala gana fue a ver que querían “Le preguntaron por la carta de residencia, mi mamá les respondió que ella no tenía por qué mostrarles nada. El hombre que respondía al alias de Magola sin mediar palabra desenfundó el arma. Mi mamá alcanzó a correr unos pasos antes de recibir el primer disparo en la espalda, ella gritó ¡Byron! Mi padrastro se fue a levantar pero el asesino le pegó un tiro al televisor, luego volvió a dispararle en la espalda a mi mamá.” Luz Marina cayó antes de entrar al cuarto, Marlon su único hijo varón, el orgullo de la casa alcanzó a suplicarle a Magola que no la matara. El asesino no le hizo caso y la remató en el piso.


Los gritos de dolor se escucharon con más fuerza por el barrio que los disparos que cegaron la vida de esta lideresa. La casa otra vez volvió a llenarse de gente. Esta vez Luz Marina no podía atender a sus visitantes.

La orden la dio el Iguano y la ejecutó Magola. Para Magda Barbosa esto es irrelevante “Yo no quiero pensar ni quien la mató, ¿para que hacer lo mismo que le hicieron a mi mamá? Juzgar a la gente sin saber si de verdad cometieron ese pecado” Para las dos hijas del primer esposo de la lideresa asesinada no existe rencor, al contrario “No quiero que Marlon, mi hermanito crezca con ese odio, por eso nunca lo llevé a las audiencias ni nada”. Para Magda es imposible no recordar lo sucedido sin derramar unas cuantas lágrimas.

Corría el rumor de que los paramilitares estaban rodeando la zona. Empezaron a aparecer celadores vestidos de negro controlando cada esquina del lugar. Un mes antes del asesinato muchachos muy jóvenes recorrían las cuadras en bicicleta. Todos veían los cambios pero nadie imaginó el horror. La organización barrial en Colombia cambiaría para siempre.

Después de la muerte de Luz Marina nada volvió a ser lo mismo en El desierto.  Las AUC pusieron reemplazaron a la lideresa por uno de sus títeres. Los asesinatos continuaron. La gente que ayudó a forjar el barrio se fue yendo. Los jóvenes ya no recuerdan quien fue Luz Marina. Al cumplirse un año de su deceso la alcaldía de Ramiro Suarez hizo un parquecito con su nombre al lado de la cancha. Erigieron un busto pero “Nunca hubo plata para bañarlo en bronce. Además se temía de que se lo robaran. Recuerden que este es un barrio de chatarreros” Nos dice Magda.

Las administraciones municipales se han olvidado del barrio. Los progresos conseguidos la década pasada se están diluyendo como lágrimas en la lluvia. El parque que recuerda a la lideresa asesinada está abandonado. El busto está guardado en la casa de sus hijas, presenta varias fracturas en la parte de atrás de la cabeza. “Yo creo que este busto ya se perdió” dice desconsolada Marta Karina, su hija, la actual presidenta de El Desierto.

La mayoría de los entrevistados coinciden en afirmar que el barrio se detuvo en esa noche de mayo “Ya después para acá no hubo progreso ni nada. Los presidentes de junta no sirven para nada” Dice un señor con la mirada llena de tristeza.

Alguna vez hubo un manantial en el desierto pero a este lo secaron un día y el agua nunca mas volvió a correr por acá. Las balas asesinas arrebataron la esperanza de toda una comunidad que alguna vez creyó en que se podía salir adelante, llevar una vida digna, pensar en que lo que comenzó como una invasión podía convertirse en un barrio pujante. Ahora el desgano y la amnesia amenazan con llevarse lo único que puede quedar después de la muerte: el legado de Doña Luz Marina Muñoz.

3 comentarios:

David Alexander dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
David Alexander dijo...

Recordado Ivan:

Ya era hora de dejar de gastar su valioso tiempo con los estrenos de cine comercial y meterse en temas más serios o sensibles. Ahí está la respuesta a una pregunta que me hizo cuando se estrenó "El Rostro de Alipio" ¿porqué aquí hay personas tan mala leche?

.- Los atropellos cometidos y que cometerán paramilitares o criminales que han contado con el aval de ciertas "autoridades" sólo son y serán posibles gracias al colaboracionismo y la mala fe de una horda de gente ser-vil, así logran imponer sus proyectos e intereses particulares por encima de las necesidades de la mayoría. Odian el talento ajeno, ver a los vecinos progresar con la dignidad que tanto les hace falta y ya aborrecen...

... empiezan los chismes, las calumnias, que fulano o zutana son guerrilleros o chavistas (que es lo mismo para los fachos), no descansarán hasta ver a la "competencia" por fuera, cuando en realidad no había ninguna competencia. Es que en Cúcuta ya no es poca la chusma que vive a costillas de las juntas de acción comunal y no pueden ver ni en pintura a quién intente hacer algo a favor de su comunidad.

Y lo más tenaz, este modus operandi (que no sólo lo vemos en los barrios sino también en otros ambientes de la vida cucuteña, como lo son la educación, la cultura y las artes) hace rato perdió la verguenza y se institucionalizó entre nuestras costumbres, por lo que no nos estaríamos refiriendo solamente a un problema de atraso o subdesarrollo, sino a una conducta enfermiza colectiva que puede infectar a cualquiera, porque ha estado arraigándose de manera alarmante mientras hacíamos malos chistes sobre aquello.

David Alexander dijo...

"No pasa nada en esta ciudad,
es tan difícil poder decir la verdad,
nadie responde, todo se esconde,
se disimula, nadie se apura.

No se hasta cuándo seguir tratando,
de cambiar la realidad,
no se si pueda ser como quiera,
no se si lo aguanto más.

No pasa nada en esta ciudad,
hay mucha gente en una gran soledad,
todo se sabe, pero se evade,
todo se siente, pero se miente.

No se hasta cuándo seguir tratando,
de cambiar la realidad,
no creo que pueda ser lo quiera,
en esta triste ciudad."


Riff (Víctor Bereciartúa)
http://www.youtube.com/watch?v=uq__5jp2Uzw

Se ha producido un error en este gadget.