26 de julio de 2012

FURIA DE FRITZ LANG. El pueblo pide sangre.


A Hitler le encantaban sus películas, por eso mandó  a Goebbles para que le cumpliera su capricho: quería que  Fritz Lang dirigiera la UFA. Cuando vio al flaco deforme, con un gabán que le colgaba ridículamente sobre los hombres, parado ante su puerta, dictándole los mandatos del Fuhrer, pues el querido señor Lang le dijo que listo, que mañana pasaba por allá y hablaban un rato mientras concretaban los pormenores de su vinculación. El ministro de la propaganda y filósofo de pacotilla se subió contento a su auto pensando en las buenas nuevas que le iba a dar a Adolf.

Lang no lo pensó mucho. Esa misma noche metió sus cosas en una maleta y como muchísimos otros directores alemanes de la época, decidió cruzar el Atlántico. Era 1935.
Su reputación lo precedía así que no tuvo muchos problemas para conseguir trabajo en Hollywood. Es más, dos años después ya había filmado Furia uno de sus filmes más importantes de su carrera.
Joe Wilson es un tipo humilde que ha conocido a la chica de su vida y quiere casarse con ella. Lamentablemente no tiene el billete que le asegure poder darle una vida digna. Así que con todo el dolor la pareja de enamorados se despiden. El se concentra en su trabajo, ahorra, reúne la plata necesaria para poner una gasolinera. Al fin puede ir a visitar a su novia, proponerle algo serio. Hasta ahí uno cree estar viendo otra oda al sueño americano. Pero recuerden, son los 30, el sueño se había roto. En la mitad del camino a Joe lo detiene la policía, lo acusan de haber secuestrado a una niña, lo encierran.

 El pueblo tiene ganas de divertirse. Se reúnen en el bar, se ponen de acuerdo. Eso es mejor pasar por encima de la ley, romper la celda y asarlo allí mismo. Milagrosamente Joe escapa y ahora cuando todos lo dan por muerto es cuando planea su venganza. Quiere llevarlos a un juicio y quiere ver a los 22 hombres que entraron a la fuerza a la cárcel, colgados.
En los primeros planos a los rostros, en el ambiente claustrofóbico, se rebela todavía al Lang expresionista. Parte de la potencia que tiene Furia se lo debe a que es un filme absolutamente visual. Estaba convencido, como muchos otros directores, que la aparición del cine sonoro había significado un retroceso para el lenguaje cinematográfico. La cámara forma parte integral de la historia, es un personaje más por eso nos encontramos con algún rostro histérico o asustado, mirándonos directamente a los ojos, intimidándonos o pidiendo clemencia.

En el guión nada está escrito al azar. Si a Joe su prometida la entrega un anillo es porque ese anillo va a ser vital en el desarrollo de la historia. Lo mismo pasa con el mani, con una leve rasgadura de un gabán y el posterior remiendo. Todo forma parte del rompecabezas.
Cuando Hitchcock hizo Chantaje lo llamaron “El Lang inglés” por eso resulta injusto que hoy se le considere a Fritz como el “Hitchcock alemán”. Lo puntilloso que el autor de Vértigo era con los detalles lo sacó del autor de Las tres luces. Esa es la clave de un triller, unir las piezas que conforman el acertijo.
Pero por encima de todo Furia es una reflexión sobre lo peligroso que puede ser la masa. Cuando 22 hombres se juntan con odio para lograr un fin por lo general se comete un crimen. Toda una metáfora sobre la asfixiante situación que se vivía en la Alemania de Hitler en 1937. La furia enceguece no solo al opresor sino al oprimido cuando sobrevive. En el odio no se puede sembrar una idea.

Seguramente ese final feliz de Spencer Tracy y Silvia Sidney en medio del tribunal sea una imposición de Joseph L. Mankiewicz. Ni siquiera ese beso nos puede sacar de la boca el sabor amargo de haber presenciado los oscuros rincones del alma humana. Lang, como el Dios de los judíos condenaría en la hoguera hasta a una madre con su hijo en brazos. El odio es un mutante que tiene la capacidad de transformarse hasta en el ser más inofensivo del planeta.
Para los actores no era muy fácil trabajar con el director alemán. Tenía fama de tratarlos como si fueran ganado. Se sabe por ejemplo que Spencer Tracy terminó el rodaje en muy malos términos con él y juró que en su vida jamás volvería a compartir un set con el autor de Metrópolis. Si bien no era un gran dialoguista, en muchas partes de la película hablan como si estuvieran recitando una traducción, su sangriento método hacía que a nivel expresivo los actores dieran lo mejor de si. O si no recuerden la cara de Tracy llegando a la casa de sus hermanos en su “Resurrección” parece que hubiese visto con sus propios ojos las llamas del infierno. O el rostro de Silvia Sidney cuando se da cuenta por la carta anónima que Joe está vivo.  Era todavía cine mudo.
Furia es una película fundamental no solo para aprender cómo se construye el lenguaje cinematográfico sino para comprender que no hay asesino más despiadado que una turba embravecida.