14 de julio de 2011

EL ORO Y EL CRISTO NEGRO. Crónicas de la memoria

No se necesita recorrer demasiada carretera para encontrar los sitios donde los paramilitares trataron de impartir justicia en Norte de Santander. A unos cuarenta y cinco minutos está el Corregimiento de La Nueva Esperanza. Bajo un sol de justicia catorce mil personas tratan de olvidar lo que sucedió hace más de cinco años cuando lista en mano las Autodefensas buscaban en las casas a los presuntos insurgentes y sin juicio previo recibían un balazo en la nuca, como si fueran perros agonizando.

Antes de llegar al corregimiento hay dos cosas que llaman la atención. Una es la calidad de las tierras, dicen que las Autodefensas se instalaron acá porque difícilmente se encontrarán unas tierras más fértiles que estas. Todo es verde, como si los árboles y el prado fueran inmunes al calor calcinante. Lo otro fueron dos o tres restaurantes que contrastaban obscenamente con la precariedad de las casas que se riegan por la carretera ¿De qué sirven restaurantes tan ostentosos en una zona tan deprimida económicamente? Esos son los grandes misterios que rodean esta zona donde siempre hay un gran capo desesperado por lavar el dinero teñido de sangre que ha ganado.

En el corazón de la Vereda Bellavista, en el Centro Comunal que lleva el nombre de la Vereda y del cual los habitantes parecen sentirse muy orgullosos, nos esperaban cuatro líderes sindicales. El único natural de allí era Walter Alfonso Mina Saa, los otros tres habían llegado de la región del Catatumbo desplazados por la violencia. “Sin esta desgracia que nos sucedió lo más seguro es que nunca me hubiera ocupado de cuidar y velar por los derechos de los otros compañeros”- Dice Eudigio un campesino de mediana edad a quien los paracos le llegaron una noche a su finca “Amenazándome con que tenía que irme de acá si no quería ver a mi mujer y a mis hijos envueltos en un charco de sangre”. Sin nada llegaron una noche a Bellavista, a finales del 2006. Walter los atendió, los ubicó “Hoy en día yo no pienso en lo que pasó… ¿eso para qué? Yo le doy gracias a mi Dios de que he podido continuar con mi vida, yo creo que eso es lo más importante y sobre todo ver a mis hijos crecer”. Eudigio parece un hombre enclenque, tímido, taciturno, hasta que abre la boca y comienza a hablar, entonces se le ven las venas surcando su cuello y sus manos, se le va la fuerza que lo ha llevado a seguir adelante.

A primera vista uno no logra dimensionar que significa el Centro Comunal para esta gente. Resulta que este kiosco todavía en obra negra de tejas de zinc completamente incoherente arquitectónicamente hablando, es el bastión de fuerza con que los líderes comunales cuentan para agrupar a la vereda, para hacerla visible. Lejos de tener una biblioteca o una tarima para representar improvisados sociodramas lo primero que pidió la comunidad fue hacer un altarcito y pedir dos cristos para hacer del Centro Comunal Bellavista una capilla improvisada. En las tres horas que estuvimos con los líderes más de una persona entró, se arrodilló y emitió su plegaria delante del Cristo Negro. Nadie sabe cómo llegó este Cristo gigante al Centro Comunal ni quién lo trajo. Ellos tienen muy claro las fechas en las que fueron desterrados de sus tierras u ocurrieron sus desgracias pero es como si su memoria fuera reservando el espacio para lo más importante que es recordar para siempre el rostro de los hombres y mujeres que aún extrañan.

Se formó una pequeña polémica unos en contra y otros a favor de la existencia de un Cristo Negro. Nosotros les decíamos que esa imagen es muy parecida a la que nos quedó en la conciencia general del Cristo rubio y ojiazul, la cara del actor Robert Powell protagonista de Jesús de Nazareth de Franco Zeffirelli que religiosamente pasan cada Semana Santa por nuestros horripilantes canales televisivos “¿Cómo así que era moreno?” Decía una señora escéptica ante lo que decíamos, incluso llegó a escandalizarse como si lo que dijéramos fuera una herejía. La única forma que tuvieron para aceptar El Cristo negro, fue meterse la mentira de que El señor de los milagros, el verdadero señor de los milagros era africano. Por eso la capilla que funciona dentro del Centro Comunal se llama Capilla del Señor de los Milagros.

Walter es negro y sus creencias religiosas distan mucho de ser católicas. A él el evangelio le ha ayudado a olvidar los malos recuerdos. Su color de piel coincide con el del Señor de los milagros, pero él tampoco puede creer que Jesús haya tenido su color o que fuera palestino. Se reía ante la discusión, para él ese cristo no tiene ninguna importancia, es un fetiche un pedazo de madera a la que la gente va a arrodillarse como si fuera un ídolo “Dios está dentro de mi corazón” Dice este hombre de treinta años que a pesar que el conflicto no lo ha tocado tiene la conciencia social para ayudar a los que más lo necesitan. “Acá llegan los compañeros desplazados y nosotros los ayudamos a reagrupar, a rehacer su vida, les conseguimos una parcelita de arriendo barato para que reinicien lo que fue interrumpido abruptamente por culpa de los violentos.”

Las casas de La Nueva Esperanza son precarias. Los materiales como latas o bambú se contrastan con las pocas casas de ladrillo que están en el centro del casco urbano, centro conocido con el nombre de Camilo Torres donde las 14 mil personas dispersas en las doce veredas del Corregimiento se reúnen para establecer comercio. Todo es demasiado precario y sin duda que da rabia pensar que a pocos kilómetros de allí entre el corregimiento y el Zulia acaban de ser descubiertos dos pozos petroleros, uno de ellos Pozo Cerrito, es considerado el yacimiento petrolero más importante descubierto en el departamento en los últimos años. Las regalías que debería dar el estado por el permiso que da la comunidad para que los balancines penetren la tierra fueron a penas de ocho millones de pesos “Esto nos sirvió para cerrar el Centro Comunal, para terminar de cerrarlo” Dijo Walter, pero sin duda que el espacio dista mucho de ser un lugar cómodo.

Es increíble que tanta riqueza encontrada contraste con las condiciones de vida con la que combaten los habitantes de este corregimiento. Si bien hace cinco años que no se presentan hechos violentos y las Autodefensas parece que han guardado por un tiempo largo sus fusiles, la comunidad sigue pagando el lastre del olvido al que la ha sometido la administración departamental. Hace siete meses que ha sido interrumpido el suministro de agua obligando a sus habitantes a consumir lo que pueden sacar de los “Puntillos” que son pozos subterráneos de agua sin tratar “Muchos de ellos mezclados con orín y mierda que eso es lo que nos tomamos” Dice Walter al explicar que esos pozos se confunden con los sépticos que están dentro de la tierra ya que la vereda no cuenta con servicio de alcantarillado.

A nosotros llegaban ancianos a pedirnos dádivas creyendo que éramos políticos. Ninguno nos pidió que les resolviéramos el problema del agua sino que les diéramos alguito de plata “Para hacerle una reforma a su casa” Los líderes sindicales no solo tienen que luchar contra el olvido y los violentos sino con la inconsciencia e individualismo que prima en casi todos los asentamientos humanos “Lo del agua que se ocupen los concejales, yo quiero que me dan algo para mi” Decía Don Roberto, un anciano de 82 años que venía a pedirle su favor al Señor de los milagros.

Sin agua esta gente no tiene ninguna posibilidad de seguir adelante, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de niños y jóvenes que habitan esta población. Los niños salían todo el tiempo de esas casas que parecen cuevas lúgubres, con sus sonrisas rompían el panorama gris que daba una cancha abandonada llena de maleza, unas calles llenas de polvo y unos perros sarnosos que no paraban de rascarse. Los niños llevaban mamoncillos y jugaban con las gallinas y patos que se esparcen anárquicamente por las destruidas calles de La Nueva Esperanza.

Hasta el momento los yacimientos no amenazan con traer progreso a la región, al contrario, los moradores temen que el oro negro vuelva a hacer sonar las trompetas de los ángeles de la muerte. Históricamente está comprobado todas las desgracias que puede traer la bonanza en este país incoherente. “Nosotros preferimos seguir teniendo las enfermedades digestivas que conlleva consumir día a día agua contaminada, preferimos el olvido al progreso, la última vez que se habló de eso nos mataron a doscientas personas. Que se lleven la plata de los pozos pero que nos dejen en paz”.

Los líderes tienen miedo de pedir, de estirar la mano por miedo a que los perros de las petroleras se las muerdan, prefieren esta calma chicha, esta miseria pasiva a siquiera soñar con unas condiciones de vida favorables, por una vida digna. “Por lo pronto que nos restablezcan el servicio de agua y que nos dejen tranquilos, acá nadie se mete con nadie solo ponemos la mirada en el suelo para que no adivinen lo que pensamos, no vaya a ser que los violentos malinterpreten nuestras miradas”. Nos despedimos de Walter y los otros tres líderes, nos vamos por Brisas, el corregimiento contiguo a Bellavista, la carretera está en perfecto estado, la tierra es exuberante y ya a unos cuantos kilómetros del Cristo Negro vemos la bonanza que le trae a unos pocos el Oro Negro, miles y miles de hectáreas donde pastan cientos de cabezas de ganado, restaurantes lujosos en medio de casas de cartón. La ostentación desmesurada en medio de la miseria más paupérrima y desesperanzadora. Señores de la Guerra: Bienvenidos al Progreso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El racismo es tan grande que la gente no puede soportar que su Cristo haya sido negro o indio, tenía que ser rubiecito como Brad Pitt!!!

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