25 de julio de 2011

MATADERO CINCO DE KURT VONNEGUT

En la región derecha del cerebro se esconde la máquina del tiempo. Por los conductos luminosos retroceden los veteranos de guerra a la horrible tarde donde diez mil bombas aniquilaron una ciudad alemana. Billy Pilgrim no está seguro si ese platillo volador inmenso que lo ha visitado un par de veces forma parte de los secretos que se esconde en su cabeza, y si ese planeta luminoso llamado Trafalmadore existe o tan solo es un invento más, una excusa que ha formado su imaginación para olvidar los pedacitos de carne esparcidos por una calle después de que los bombarderos hayan evacuado completamente sus intestinos.

En mi época de librero veía a diario la tapa de este libro publicado por Anagrama. En la portada un niño vestido con el uniforme de la Wertmarch sonríe inocentemente mientras atrás una nube de fuego se difumina por el paisaje. Nunca me apeteció abrirlo, lo consideraba típica comida para freaks que pretenden impresionar. Mis intereses en la literatura siempre apuntaron alto y después de leer un ensayo de Paul Bowles sobre la lectura intenté imitar al creador de El cielo protector y leer solo obras de escritores que llevaran como mínimo 100 años de muertos. Por un libro que tengo donde vienen conversaciones de Burroughs con Lou Reed y Samuel Beckett me interesé por saber algo más sobre el novelista más representativo de la novela Beatnik pero Almuerzo desnudo la consideré una gran pérdida de tiempo en parte por la asquerosa traducción gayega que hicieron en la edición de Anagrama.

Mi interés por la Segunda Guerra Mundial me llevó a comprar recientemente este librito de menos de doscientas hojas escrito por un autor desconocido en nuestro medio como casi todo lo maravilloso del arte que está absolutamente oculto para el gusto tercermundista que invade este país. Kurt Vonnegut aborda uno de los hechos más sangrientos y menos divulgados en la confrontación que fue el bombardeo de Dresde. En febrero de 1945 la aviación aliada destruyó la única ciudad que se mantenía intacta en Alemania. La localidad estaba muy poblada ya que refugiados de otros ciudades habían huido a Dresde ya que consideraban que allí las bombas norteamericanas no estallarían sobre el cemento.

En dos días murieron más de doscientas mil personas. Kurt Vonnegut estaba allí, en el edificio Matadero Cinco como prisionero de guerra. Fue uno de los siete soldados norteamericanos que sobrevivieron a las lenguas de fuego que los pájaros de metal cagaron desde el cielo. Los nazis obligaron a Vonnegut y sus compañeros a enterrar los cuerpos en fosas comunes pero según explica el joven soldado “Había demasiados cuerpos que enterrar, así que los nazis prefirieron enviar a unos tipos con lanzallamas. Todos esos restos de víctimas civiles fueron convertidos en cenizas” Se acababa la guerra y con la sangre derramada se podía hacer un lago artificial del tamaño del Titicaca. Unos muertos más no les importaba a nadie, por eso este bombardeo el autor de Las sirenas de Satán afirma en decir que fue peor que Hiroshima y Nagazaki es prácticamente desconocido para el mundo occidental.

Si no hubiera sido porque el soldado de 23 años fue hecho prisionero y enviado a ese lugar, prácticamente no quedarían testigos y hubiese pasado un poco como otros hechos terribles en la historia de la humanidad que se quedaron sin cronistas, como fue el caso de el aniquilamiento sistemático de armenios por parte de los turcos mientras en Europa se desarrollaba la I Guerra Mundial o la masacre de los trabajadores de las bananeras que cansados de ser explotados por la multinacional gringa decidieron pedir mejores condiciones para desarrollar sus labores y en respuesta la empresa Norteamericana les devolvió una lluvia de fuego.

A lo mejor si Kurt Vonnegut no hubiera estado allí no hubiera decidido ser escritor, esas ganas de contarlo todo después de ver el horror lo llevaron a sentarse a escribir una vez se recuperó de las heridas, del trauma que significó ver tantos cuerpos mutilados casi que compulsivamente, siete novelas donde solo habla de lo mismo, de las llamas carcomiéndose la madera de las casas, del ruido ensordecedor que puede hacer una explosión y de como se apaga en medio de la noche y casi que súbitamente el llanto afiebrado de un niño.

La genialidad de este cronista de la II Guerra Mundial es que presenta la tragedia con un descarnado humor que provoca la sonrisa sardónica y nos presenta como lo haría Celine en Viaje al final de la noche, un paisaje lleno de rostros humanos. Reposando en un sanatorio Billy conoce la obra de un mediocre autor de ciencia ficción llamado Kilgore Trout. Sus novelitas baratas han ayudado casi que terapéuticamente al ex combatiente a salir del trauma que ha significado para él ver el horror de frente. Trout vive a unas pocas cuadras de Pillgrim y se convierte casi que en su amigo. Lo invita a su lujosa casa ya que se ha casado con una gorda asquerosa de padre millonario y así atenúa sus penas. Gastar el dinero que no es suyo, visitar Trafalmadore cuando las naves bajen hasta la tierra a llevárselo un rato y viajar en el tiempo es la manera que tiene Billy para olvidarse de esos cuerpos destrozados, de esas bombas que no paran de caer en una parte de su memoria.

Matadero Cinco es una obra única, extremadamente original. Una rarísima mezcla de realismo documental con ciencia ficción. Una reflexión sobre el tiempo y la memoria. Los muertos no solo descansan en un ataúd o sus cenizas se han disuelto en el viento, sus almas siguen viajando en el tiempo gracias al poder de la evocación que han dejado sus obras o tan solo el recuerdo que puede guardar alguien en un oscuro rincón del cerebro. Kurt Vonnegut ha creado no una novela sino un portal mágico donde todo se repite y todo vuelve a nacer. Un portal donde la muerte se repite tantas veces que es solo un hecho aislado, rutinario. Morimos tantas veces que la muerte ha dejado de ser algo importante, entonces ahí si podríamos aspirar a la eternidad.

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