28 de junio de 2012

SAMUEL FULLER. EL CINE COMO UN CAMPO DE BATALLA






El periodista.
Los disparos sonaron al final del callejón produciendo un eco sordo que se iba expandiendo por las paredes. El niño esperó que los tipos vestidos de negro se perdieran en la calle.  Sigilosamente caminó hasta  las bolsas de basura regadas en el piso y entre ellas pudo ver a un hombre despedazado por una docena de balas. Con algo de culpa se escondió en su habitación, sacó el blog de notas y escribió su primera crónica roja.
Creció en una familia de inmigrantes judíos viviendo una infancia razonablemente feliz. Sin embargo le obsesionaban todas esas lecturas que aparecían en los periódicos que religiosamente compraba su padre y que dejaba desordenados en el viejo sofá de roble. Un cuerpo muerto para un niño puede ser un tesoro. Esa fascinación por lo real lo llevó a los doce años a la novela de Frank Norris Mcteague quien con tanto éxito llevara a la pantalla Erick Von Stroheim cambiándole el nombre a  Avaricia. “Con Norris aprendí todo lo que se necesita para escribir. Cada palabra debe ser concisa y seca, como un gancho al hígado” Decía muchos años después cuando era un monstruo sagrado. Un año después de descubrir la literatura ingresa como mensajero en un diario local. Le encantaba el ruido como de ametralladoras que hacían los periodistas al golpear sus Olivetti. Su vocación se despertó desde muy joven.

A los 16 años viaja a Nueva York con un puñado de dólares. Después de varias semanas de buscar trabajo por fin pudo tener su oportunidad. El gurú del amarillismo Arthur Brisbane le abrió las puertas del New York Journal. Sería uno de los reporteros más destacados.
En medio de la sordidez de la Crónica Roja, Samuel Fuller perfeccionaría su talento y adquiriría el oficio y la disciplina para escribir. En muchas de las tramas de  sus películas es precisamente algún periodista el que inicia una investigación. Está el hombre del diario al que le preocupa el hecho de que norteamericanos hayan organizado una banda de asaltantes en Tokio en La casa de Bambú. Miren al periodista que se hace pasar por loco para ingresar a un manicomio e investigar un asesinato en Corredor sin retorno. Los policías que persiguen a los mafiosos en Bajos fondos abordan la investigación y teclean sus maquinas de escribir como si fueran cronistas de cualquier periódico. Pero es sin duda en Park Row donde expresa todo el amor que pudo sentir por su primer oficio. Una película donde de una manera profética denuncia el problema que tendrían al cabo del tiempo el linotipo y el papel debido a los avances tecnológicos. Park Row  fue un estrepitoso fracaso, algo que contribuyó sin duda a que su carrera como cineasta se viera seriamente afectada.
Guillermo Cabrera Infante cuenta en uno de los artículos compilados en Cine o Sardina como conoció a Samuel Fuller. Con su curiosidad insaciable de amante de las películas y al estar con uno de sus directores favoritos le preguntó cuál era el mejor momento que recordaba en el cine. La respuesta sorprendió al escritor cubano “fue cuando descubrí el cadáver de Jeanne Eagles siendo un periodista novato”. Eagles había sido una estrella del cine mudo que había sucumbido ante las drogas muriendo muy joven. Era característico de Fuller que escogiera un recuerdo periodístico y no cinematográfico. El escritor le preguntó poco después qué proyecto en Hollywood estaba pensando abarcar y el autor de Naked Kiss no dudó en responder
-No tengo ninguna película en mente, en cambio le puedo decir que mi sueño es ser dueño de un periódico y dirigirlo.

Hay décadas convulsionadas y los años 30. La crisis azotaba un país que se creía invencible. Una época oscura donde pululaban los suicidios y se consolida una manera de escribir. Para muchos intelectuales de ceja levantada el Pulp no era más que un conjunto de boletines de consumo popular, para Fuller “No existió un género que supiera retratar mejor a una civilización a punto de colapsar”. Su jefe  confiaba plenamente en él, por eso le permitió recorrer el país para hacer una serie de retratos de esa América que se moría de hambre o por culpa de las balas de los gangsters. Además de sus implacables y precisas crónicas Fuller se revela como un poderoso escritor. De 1935 data su primera novela Burn baby burn y un año después escribiría Test tube baby. Si en fotografía Dorothea Lange y Walker Evans supieron retratar la miseria en que se sumió de la noche a la mañana la nación más rica del mundo, hay que leer a Hammet, Cain y por supuesto a Fuller para entender cuál era el panorama apocalíptico que azotaba a los Estados Unidos de América.
Fue un cineasta que se movió en tres géneros, el western, el cine negro y el bélico. En su ansia por expresarse libremente llegó a producir, escribir y dirigir sus propias películas. Fuller, qué duda cabe fue un autor, pero le frustraba seriamente que cada película fuera un fracaso “Nunca salen las imágenes que tengo en la cabeza, por eso escribo novelas, esa es mi venganza literaria” Decía  en una entrevista poco antes de morir.
Como a Buñuel le hubiera gustado quedarse apartado escribiendo libros, sin tener detrás a un hombre obeso mutilándole la película. Libros que tuvieran que ver con esa realidad que tanto lo apasionaba.

FULLER EN EL CAMPO DE BATALLA.
Fuller lo deja todo y se va a la guerra. Más que por sentir un profundo deber patriótico,  se enlista en el ejército por esa curiosidad voraz que lo consumía. Aun así conoció de los horrores que se pueden ver en un frente de batalla. Combatió a las fuerzas de Rommel en el África, estuvo en el terrible desembarco de Normandía. Este periodista hiperkinético  recibió la Estrella de Bronce, la estrella de plata y el corazón púrpura.

Fue un héroe de guerra sin proponérselo. Estaba allí porque quería escribir un libro o un guión sobre el conflicto bélico. Estaba tan loco como el protagonista de Corredor sin retorno quien simula ser un esquizofrénico para poder ingresar a una institución psiquiátrica, convivir con los enfermos y hacer el reportaje que  le dé el Pulitzer.
 Las películas de guerra de Fuller  son de un realismo único, un hombre que no solo se fija en los detalles sino que los conoce muy bien. En un cameo que hace en Pierrot el loco dice Fuller quien se interpreta así mismo: “Una película es como un campo de batalla. Amor, odio, violencia, muerte….en una palabra, emoción!”.
Para Peter Bogdanovitch sus películas de guerra no se parecen a ninguna otra “hizo los únicos films bélicos en los que se nota que fueron hechos por un hombre que sobrevivió a una guerra, lo que efectivamente hizo como miembro de la Primera Infantería durante la Segunda Guerra Mundial. Cascos de acero, Bayoneta calada, Las puertas rojas (China Gate), Misión a Burma y Verboten!, están completamente libres de sentimentalismo o de la piedad que moldea la mayoría de los films acerca de hombres en guerra; uno tiene la sensación de que así es realmente como fueron las cosas: amorales, totalmente destructivas, insoportablemente intensas y claustrofóbicas”.
 “Me metí a hacer películas sólo por dinero, me dejé aconsejar por Brisbane quien había acuñado  una frase de la Biblia, “Donde está tu dinero está tu corazón” viendo todos los problemas que he tenido con esos productores me provoca escupir sobre la memoria de ese viejo estúpido”

En 1936 escribe su primer guión para ganarse un dinero extra, Hats off una película que no solo no he visto sino sobre la cual no tengo información. Después de la guerra decide meterse de lleno en el mundo del cine, Robert L. Lipper se comprometió a darle completa libertad creativa. Fuller firma el contrato que al poco tiempo se le termina convirtiendo en un grillete. Lipper le cambiaría a medio camino las reglas del juego. Si aspiraba a tener la libertad deseada tendría primero que venderle el alma al diablo con una serie de proyectos destinados a entretener al grueso del público.
 Uno de esos proyectos fue  A bayoneta calada una de las primeras películas que abordaron el tema de la guerra de Corea. La película posee un argumento muy al estilo de Fuller, el de un grupo de hombres comprometidos en un problema muy grande. Acá se narra como un pequeño pelotón se queda a cubrir la retaguardia, mientras sus compañeros se retiran y hacen creer al enemigo que son todo un ejército. Ocultos en un cueva de unas montañas pondrán en jaque a los coreanos, incapaces de atravesar un pequeño estrecho (Dios, parece que estoy contando el argumento de ‘300’). En la angustiosa espera porque el enemigo se trague el anzuelo y con la necesidad de volver a sus hogares, iremos siendo testigos de las relaciones entre los soldados del pelotón, y veremos los miedos internos de cada uno de ellos.
Para muchos críticos  A bayoneta calada no es más que una película pro-yanki, fascismo puro, propaganda del peor gusto. Pero a Fuller más que desarrollar historias le encantaba desarrollar personajes. No se puede juzgar a sus películas solo por sus argumentos, necesariamente se debe conocer la sicología de cada uno de los personajes que integran sus filmes.
Un ejemplo claro de eso es La puerta de China una de sus películas más odiadas. Fue el primer filme que abordó el conflicto colonialista que empezaba a gestarse en Vietnam. Un conjunto de mercenarios pelea a favor de los franceses. Ho Chi Minh y todo el Vietcong son vistos como unos monstruos crueles, sin corazón. Sin embargo, los norteamericanos que van a ayudar a los franceses se ven acá como un puñado de fanáticos racistas y machistas. Esa ambigüedad se debe a la meticulosidad con que  escribía sus guiones. Nunca hizo una caricatura, sus personajes tenían alma.
Resulta bastante curioso que un tipo de atmosfera tan ruda como la que se plantea en sus películas introduzca siempre a una mujer en los ambientes más hostiles. En La puerta de china una mujer debe cuidar sola a su hijo después de que el marido la deje al enterarse de que el niño es “Un chino de pies a cabeza” no contenta con eso realiza una misión con una pandilla de asesinos anti-comunistas, en El diablo de las aguas turbias la bella y malograda Bella Darvi debe cruzar el océano en un submarino con una docena de hombres malolientes, en El Kimono Rojo, Victoria Shaw es una hermosa y delicada pintora que además de convertirse en la principal testigo de un asesinato  está asediada por el amor de dos policías, uno japonés y el otro norteamericano. En Bajos Fondos Dolores Dorn también es el testigo principal que tiene la policía para desmontar una red de narcotraficantes. Es maltratada y a la vez amada. O la geisha enamorada de Robert Stack en La casa de Bambú. Dispuesta a darlo todo con tal de recibir un poquito de protección, de amor.
Sus  personajes femeninos  no solo son rosas en un desierto. Son las únicas que pueden pensar con raciocinio en medio de tanta testosterona, de tanto honor barato y sangrientas venganzas. Fuller tiene en común con Douglas Sirk el excelso cuidado que le daban a las mujeres en sus películas no en vano una de las mejores películas del director alemán, Mas fuerte que la ley fue escrita por el creador de Verboten.



LEGADO
Como Hitchcock o Howard Hawks, su talento fue subestimado por los críticos norteamericanos. Tuvieron que venir los revoltosos de la Nueva Ola para hacernos entender que Samuel Fuller no solo era un director muy competente sino un gran artista.
El final de Sin aliento con Jean Paul Belmondo zigzagueando antes de caer al asfalto con la espalda rota por un balazo es un homenaje directo al final de Bajos Fondos. Francois Truffaut dijo que su cine no era “Primario sino primitivo, su talento no es rudimentario sino rudo”.
Wenders no fue inmune a su encanto, no solo lo hizo su actor en películas como Hammet, el estado de las cosas y El amigo americano (donde lo puso a actuar con otros dos  malditos de Holywood Nicholas Ray y Dennis Hopper) sino que lo consideraba uno de los directores más grandes de la historia.
Los antagonismos, rivalidades y enfrentamientos de sus personajes han influenciado las obras de Scorsese, Carax, Jarmush y Quentin Tarantino. Su valor para ser independiente, para correr riesgos económicos monumentales, hasta el punto de llegar a jugar con la hipoteca de su casa inspiró al padre del cine independiente, John Cassavetes.
Formó la carrera de Curtis Hanson al darle la oportunidad de escribir con él el guión de su última película, El perro blanco. Cuando Peter Bogdanovitch era el oscuro programador del cine club del Museo de Arte de Nueva York lo convenció para que buscara financiamiento a un guión que había escrito el joven crítico, Targets, el no solo le corrigió y escribió algunas secuencias del guión sin pedir ningún tipo de crédito sino que convenció a Boris Karloff para que lo protagonizara sin cobrar un solo dólar.
Bernardo Bertolucci le hace su respectivo homenaje al inicio de Los soñadores cuando los jóvenes revoltosos de la Cinemateca Francesa veían embelesados las imágenes de Corredor sin retorno.
Samuel Fuller es un nombre que hoy en día no le dice nada al gran público. Sin embargo, una buena parte de sus películas forman un legado imborrable. Un director valiente, a quien nunca le dio miedo ser un malpensante. Un tipo que nunca se casó con una ideología, que dijo e hizo lo que pensó. Le enseñó a las nuevas generaciones, como Roger Corman,  que no necesitaban de un productor para hacer realidad sus sueños. Es más cómodo estar solo en tu casa, escribiendo una novela, sin tener que lidiar con sindicatos, con el ego insoportable de los actores. Pero cuando has sobrevivido a una guerra mundial extrañas un poco la adrenalina que se despierta en un campo de batalla. Y para Fuller el plató era una trinchera.

4 comentarios:

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